El arte de lo cotidiano.
Por fin domingo. El día más esperado de toda la semana. Y este, además, es un domingo reluciente, con un perfecto sol de primavera ¡quién iba a suponerlo en estas fechas! filtrándose a hurtadillas por este invierno aún a medio terminar.
El día, hoy, lo pasaremos a solas, sí, nosotros cuatro, como tiene que ser, escapándose las horas en un parque junto a la playa, en el paseo marítimo del costero Sitges.
A Jorge le veo reposado y satisfecho, eso no tiene nada de raro, él simplemente es así. Laura y Sofía, gemelas, corretean de un lado a otro sin preocuparse de nada, ajenas por completo a la maldad del mundo y sus tropelías, tienen la bendita edad de los cuatro años, la edad de la inocencia y los cuentos de hadas con almibarado final ¡Quién pudiera volver atrás por un momento y dejar de lado toda responsabilidad, para sentirse, como ellas, tan libres como esas gaviotas que revolotean a lo lejos en busca de su alimento!
A Laura le gusta montar en bicicleta. Sofía, en cambio prefiere patinar. Siempre ha sido así, unidas, sí, pero dispares. De aficiones completamente opuestas. Y sin embargo, exactas como dos gotas de agua. ¡Cosas que tiene la vida! Laura no deja de darle a los pedales parque arriba parque abajo y Sofía tiene la tozuda intención, de subirse al tobogán con los patines puestos. Pero ostentan la misma, precisa y sempiterna sonrisa de camarada.
Yo, me siento extrañamente en calma, mi alma se mece al arrullo del sol y de las olas cercanas. Se me ha ocurrido quitarme los zapatos, y andar un poco sobre la, tengo que reconocerlo, gélida arena de un seis de febrero. ¡Qué fría está!
Pero estoy de tan buen humor que no me importa. Ni siquiera me acuerdo de que puedo pillar un buen resfriado. Pronto, pienso, mis pies se habrán acostumbrado y mi circulación sanguínea saldrá ganando con el cambio. Me siento, tengo que decirlo, algo más que mentalmente perezosa. No tengo ganas de abordar las cuitas diarias, ni siquiera ahí, en el intelecto.
Pero intuyo que eso es precisamente, lo que me viene haciendo falta. Un poco de desconexión de la vida diaria, del trabajo y de la casa. Sonrío solo a medias, entrecerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás por un momento, dejando que sol inunde mis mejillas, sintiendo la suave caricia calurosa del astro rey. Tengo la mente completamente en blanco.
He dejado a mis hijas a cargo de su padre, pretendo ausentarme un rato, veinte minutos apenas, para dejar a parte toda una vida, para tomar nuevas fuerzas y recargar las pilas, oxigenando mis pensamientos y apaciguando el alma siempre en continuo vaivén.
No mucho más allá, a la izquierda, un hombre entrado en años, con su larga caña de pescar, su cubo y sus botas, enseña a sus nietos, la sutil ciencia que se esconde tras la pesca deportiva, las horas pasadas frente al mar, junto a la playa, mirando inmutablemente el horizonte, esperando a algún pececillo incauto ávido de comerse su señuelo.
A mi derecha, un matrimonio con hijos, hace volar una cometa. Un crío de unos ocho años, insiste a voz en grito, diciendo que quiere manejarla, pero es el mayor, que tendrá ya sus trece, quien ha acaparado por completo ese momento. Les miro y sonrío.
Me pasa por la cabeza un símil de pensamiento, que habla sobre la familia, la naturaleza, el sosiego y el amor. Me siento terriblemente acaramelada, dulcemente arrobada, en el sentimiento y en el alma.
Miro la maravillosa magnitud del agua, y como siempre, me siento empequeñecida. En ese punto preciso en que mis ojos se estampan con el horizonte es cuando me adentro en la poquedad de la existencia, en saberme nada, en darme cuenta, con precisa nitidez, de la grandeza de la creación y mi insignificante presencia.
Tomo asiento sobre la arena y cierro los ojos. Eso me relaja en extremo, permanecer así sentada, con las piernas cruzadas, sin darme cuenta del paso del tiempo, oyendo como las olas juguetean con la arena, en un rumor sin fin de susurros y arrumacos. Me doy cuenta de cuánto he echado de menos, pasar un día como este, apartada de todo y de todos, a solas conmigo misma, con el fluir de una conciencia, que ahora mismo quiere dormitar y que yo no pienso, ni por asomo, desperezar.
Pienso que la vida no puede ser más maravillosa. Me siento a gusto y en paz. ¡Qué calma, qué tranquilidad, qué armoniosa serenidad!
Inesperadamente, unos brazos infantiles rodean mi cuello. Sobresaltada me encuentro de pronto debajo de dos cuerpos infantiles, mis hijas, ¡qué pesan ya lo suyo! tirada por la playa, mientras ellas se ríen y yo trato de sacudirme la arena del pelo. Mi marido las llama al orden, pero no hay nada que hacer. Se sienten contentas, contentas y risueñas. Completamente ebrias de felicidad. No tienen prisa, aún quedan muchas horas hasta volver a casa, empezando por esa comida en el restaurante italiano, uno de sus favoritos y de los míos….
Cojo entre las manos un puñado de arena. La dejo escapar lentamente por entre los dedos. Siempre me ha gustado sentirla, así, tan resbaladiza ella, con ese suave cosquilleo dispersándose manos abajo.
Recompongo mi pelo alborotado y sacudo las partículas adheridas en mi abrigado jersey negro. Cojo un par de pechinas y se las doy a mis hijas. Luego les digo que miren a su izquierda, al pescador y a la derecha, esa cometa. Pero es un catamarán de ondeante vela a rayas el que de verdad llama su atención. Lanzan largas exclamaciones de admiración y regocijo.
Mientras tanto me levanto y me pongo en pie. Mi marido me señala la hora en el reloj, discretamente. Ha llegado el momento de decirle adiós al mar. ¡Oh qué nostalgia que me invade de pronto! El encanto de los minutos precedentes para haberse esfumado para siempre. ¡Qué lástima!
Pero me consuelo pensando que a ese rissotto con puntas de espárragos que tanto me gusta, no hay que hacerle esperar. Y me relamo del gusto por anticipado.