
- ¿Bailas? – me preguntas –.
- No sé, pero si me enseñas aprendo pronto – te digo –.
- Yo necesito alguien que me sepa llevar…
- ¿A dónde? – te pregunto –.
- ¡No!, así se dice cuando quieres que alguien sea el que te marque el ritmo y te vaya moviendo, poquito a poco – me dices mientras sonríes –.
La música comienza a colarse por mis sentidos, un eco de imágenes se me vienen a la mente contigo bailando pegada a mi cuerpo, mientras nuestros ojos se involucran en un dulce juego de miradas, me vienen una tras otra, incluso mi ritmo cambia y el ensueño me devuelve de nuevo hasta tu sonrisa frente a mí, solo para contestarte…
- ¿Qué tal si me dejas intentarlo?, si no te gusta cómo te llevo, ya no bailas conmigo, ¿va? – te propongo –.
- ¡Bueno, nada pierdo! – me contestas entre curiosa y resignada –.
Tu cintura se resbala una y otra vez por mis manos y mis brazos lo hacen por tu espalda, nada más cerca que tu frente y la mía, en un vaivén de carcajadas nos dejamos llevar por la música que nos obliga a replegarnos y puedo sentir tu corazón a punto de desbocar tu alma…
- ¡Estás temblando! – me dices fascinada –.
- Es que… no sé bailar… - te contesto entre atrapado y apenado –.
- No parece, ¿te has dado cuenta que me estás llevando? – aseguras, brindándome tu risa –.
- ¿En verdad?, ¡no me había dado cuenta! – te digo muy cerca de tu oído –.
Al paso de la música, en la transición de los ritmos, de la euforia a la calma, nuestras miradas cambian, tus ojos se insinúan y los míos ya sumergidos en los tuyos, se insinúan, el espacio entre nosotros, se escapa y la danza se vuelve un baile sensual de dos almas, tu pelo, tu voz, tu cara, van dejando de ser un cuerpo y se filtran en una extraña corriente de vibraciones que palpitan muy hondo en mi ser que es aprehendido desde tu talle, hasta la última luz de tu silueta que es un brillo permanente de un candor, flotando entre los vértices de mi calma…
- ¿Ya te diste cuenta de cuánto tiempo llevas bailando, tú que no sabes hacerlo? – me atacas con ironía –.
- ¡Todavía no me despierto!, déjame seguir soñando – te contesto –.
- ¿De qué hablas? – preguntas confundida –.
- De que esto no parece estarme sucediendo, de verdad, no te estoy mintiendo, tú eres un sueño, ¿no es cierto?
- ¿Me estás “ligando”? – me preguntas –.
- ¿Cómo quieres verlo?, no es el momento, es la magia, ¿te has dado cuenta?, ni siquiera me has preguntado cómo me llamo y sin embargo aquí estás bailando conmigo, bañando con tu agua mis ansias…
- ¿Eso qué quieres decir? – me interrumpes asustada –.
- ¡Quiere decir que me gustas!, pero tranquila no pasa nada – te digo, tratando de calmarte al verte temerosa –.
- ¡Tú también me gustas!, - me contestas –.
Entre tierna y alocada, tu boca se detiene entre mis labios, sin saber cómo, mis pies y mis labios tratan de coordinarse para estar en sintonía sin romper el hechizo de un beso que de pronto, va y viene, entre la prisa y la calma, entre el fuego y la brisa, entre la fantasía y una realidad inexplicable, pero sin duda, enigmática. Abro un poco los ojos y una luz se esparce por toda una pista, llena de movimiento y color, tus manos entre mi pelo se entrelazan y tu pelo es la enramada en la que mis dedos escalan, caminando por el borde de mi corazón, se van los latidos, dando paso a una sensación que cae como gotas de agua a la mitad de una enorme cascada. A galopes mi sangre se propaga por cada arteria y vena de un cuerpo que despierta, resurge de sus cenizas y abre el fondo de su entraña. Vaya sensación más dulce la de tu lengua regalándose por el borde de mi espalda y entonces, te imagino entre un vuelo de sábanas blancas que salen de mi cama. La música es un marasmo que hace girar mi mundo de ilusión y ganas. Eres el vuelo en pleno de una nube desnuda irrumpiendo por mi cielo.
- Tengo calor – me dices, entre el borde de mis labios –.
- ¿Quieres parar?, - te pregunto mordiendo el contorno de tu boca –.
- ¡No!, ¡no quiero que dejes de abrazarme!, ¡no me sueltes!, por favor – suplicas –.
Te abrazo fuerte a mi pecho y de nuevo me atrevo tu boca es el refugio de mi hoguera, los minutos corren y nos hacen girar a través de las vueltas de una bendita fortuna. Una melodía es la lluvia melosa de una canción que se alberga en un rincón de un hermoso instante en el recuerdo.
- ¡Tengo que irme! – me dices, rompiendo la magia –.
- ¿Por qué?, ¿puedo llevarte?, ¡no te vayas! – te replico atropellándome en cada frase –.
- No gracias, mi novio está allá afuera – me dices y se quiebra mi quimera –.
- ¿Cómo?, ¿tienes novio?, ¿por qué no me dijiste nada? – te digo casi como un reproche –.
- Tú no me preguntaste nada – me dices –.
- ¿Pero?, tú me dijiste que no te soltara, ¿qué debo entender por eso? – te pregunto –.
- Significa que no me sueltes que quiero seguir viéndote, hoy y también mañana…
- Y… ¿tu novio? – te pregunto –.
Te apartas y tomas mis manos, me llevas hasta la mesa de donde me sacaste y tomas tu bolsa, la abres y sacas una tarjeta, me dices que así te llamas y que marque ese número mañana por la mañana que estarás esperando mi llamada que será otro día que deje en tus manos la fortuna de no perderte y volverte a ver mañana. Te acercas de nuevo y me robas la palabra con un beso cálido que desde mi boca por todo el territorio de mi cuerpo se resbala. Con el vaivén de tu cintura, te me vas perdiendo entre la gente un nudo cruza por mi garganta y no puedo evitar desarmarme en un caudal de sal que de mis ojos se desata.
- ¿De verdad, volveré a verte?
Quisiera creerlo porque pienso que el destello del primer amor no engaña y de eso solo me queda una leve esperanza de la que sin opción no puedo escapar. Mientras lo pienso corro hasta la puerta del lugar, afuera el frío me hiela el ímpetu y me pone fuera de tu mira y tu adiós, solo me queda aguardar el alba y el brío de una esperanza que pende de una llamada. Miro el número de la tarjeta y entonces con más atención, leo tu nombre…
- Te llamas… ¡Magia!, al fin, te encontré – apenas puedo creerlo –.