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La canción más hermosa del mundo - Joaquín Sabina

30 de abril de 2011



Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una hispano olivetti con caries, un tren con retraso,
un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,

un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,
una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cúmulo, un cirro, una strato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato,

mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero,
mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas,
el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.

Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,
una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.

Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,
al padrino que me apadrinó en la legión extranjera,
a mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante,
a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante,

al putón de mi prima Carlota y su perro salchicha,
a mi chupa de cota de mallas contra la desdicha,
mariposas que cazan en sueños los niños con granos
cuando sueñan que abrazan a Venus de Milo sin manos.

Me libré de los tontos por ciento, del cuento del bisnes,
dando clases en una academia de cantos de cisne,
con Simón de Cirene hice un tour por el monte Calvario,
¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?

Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera,
si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera,
heredé una botella de ron de un clochard moribundo,
olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.

Nunca pude cantar de un tirón
la canción de las babas del mar, del relámpago en vena,
de las lágrimas para llorar cuando valga la pena,
de la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos,
de la gota de tinta en el himno de los iracundos.

Yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.

Espigas - Trini Reina

29 de abril de 2011


El deseo se encabrita y enerva
como una ola en pos de cien orillas.
La piel requiere, exige,
implora fuentes para ese incendio entre luces
que define la hoguera de las ansias,
y en el que sólo, sólo un cuerpo
-entre infinitos-,
sabrá colmar el hueco de esa mordedura
que espinada late.

Y durante este exilio
se engaña al vientre impúdico
con mentidas llamas
y se trasueña con fingidos alquimistas
y con fábulas, se embauca a la ausencia,
y con angustia se salmodia
-sin éxito-
al sueño mientras, el dios carnal,
lejos de sus ascuas nos arroja,
y la sed hacia unos labios
se mide por hectáreas.

No, no brillará más sobre este páramo
el astro sólido de la pasión,
ni germinarán magnolias en la soledad que le fecunda.
No, no habrá témpanos para fundir estas espigas,
ni retornará el deseado,
trayendo para el goce el fuego de su sangre.
Su sangre, púrpura y festiva.

Ingratitud - Carlos I. Nápoles

28 de abril de 2011


Nos unimos desesperadamente
buscando la gloria codiciada,
sin embargo faltó tu fuego ardiente
que consumiera mi alma apasionada.

Fui como un río de cauce transparente,
y tú arroyuelo; que ansiando ser cascada
arrastraste con paso intransigente
tu lodo de jactancia solapada.

Cuando intenté ser ancla de tu nave
en medio de tu recia turbonada,
despreciaste mi amor, y Dios bien sabe
que quien actúa así no vale nada.

Estar por estar - Alexander Vórtice

27 de abril de 2011


Cierta lóbrega ciudad amaneció con una pintada de enunciado categórico: “Todos nacemos como originales, y casi todos morimos como copias”. Entonces más de un ciudadano cayó en la cuenta de que, tal vez, su vida había sido un engaño permanente, un error repleto de normas impuestas por los demás: esos tipos que pasan a tu lado y de manera directa o indirecta te indican lo que tienes que pensar, lo que debes decir y los actos que debes llevar a cabo a lo largo de la vida que te ha tocado en suerte. Pero el hombre que se sabe realmente auténtico, el hombre con carácter y personalidad, reflexiona, mira hacia el muro impuesto por esta sociedad que se va cayendo a trocitos, y alza la cabeza para gruñir en su interior, “no tengo miedo de ser lo que quiero ser”. Son estas las personas que le dan sabia a la vida, inclusive a las vidas de las demás gentes que les rodean. Que hayamos sido educados desde hace décadas con unas “leyes” bien vistas por la inmensa mayoría, no significa que esas “leyes” sean las más correctas a la hora de conseguir individuos saludables, personas consideradas y llenas de orgullo por vivir en una sociedad equilibrada, lejos del mundo actual, un mundo convulso que, por razones de ingratitud y pedantería suprema, se va desmoronando, así como se corroe un fragmento de iceberg en las manos férvidas del diablo. Porque, tal y como nos comentaba el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Y pocos hombres y mujeres imprescindibles hay a día de hoy, quizás porque nuestra mayor preocupación es la de llenar los bolsillos, la de enriquecer nuestro ego más profundo. Pero, la lucha por uno mismo en términos humanísticos, es también la lucha por el conjunto de la humanidad. El que levanta el puño exigiendo equidad para sí mismo, debiera ser un ejemplo para que más personas se levantaran y exigiesen a los gobernantes que tanto están de moda últimamente (las elecciones son pasado mañana) justicia para todos, concordia para todos, deberes y derechos para todos. La verdadera educación, no la que ha fallado, es esa que debe hacer de las nuevas generaciones personas de futuro que piensen por sí mismas, que vean en el “vecino” no a un enemigo, sino a un aliado en este tránsito maravilloso y lleno de obstáculos y bienestares llamado vida. Y sobre las personas que están por estar, yo digo que sigan estando, a lo suyo, pero que al menos no metan sus pezuñas de desidia inquebrantable para que desfallezcan sus prójimos.

Sucedió en Venecia - Patricia O.

26 de abril de 2011


Las bellas máscaras bailan, mirándose a los ojos, entre la muchedumbre y la alegría; bajo el disfraz, sus ocupantes sienten el loco latir de sus corazones golpeándoles el pecho.
El la enlaza por la cintura y ella se aprieta a su cuerpo, no se conocen pero presienten que se han estado buscando desde hace tiempo...
Todo puede suceder en Venecia..

Octava internación - Rolando Revagliatti

25 de abril de 2011


Muy delgadita, parece púbera, y sin embargo, es mayor de edad. La madre la visita los miércoles, le lleva galletas de sémola y desodorante, ropa y la TV Guía, y cincuenta centavos de austral para que se compre una gaseosa en el bar de la clínica. Deambula por los corredores, va al parque, juega en la única hamaca y en verano, cuando hay agua limpia en la pileta y sol, se pone la malla y se sumerge. Esta es su octava internación. Conversadora, en un estilo a borbotones; simpática y con una voz que si gritara, fácilmente llegaría al chillido. Si se la mira con persistencia, simula vergüenza: agacha y gira la cabeza, revolea los ojos, masculla y cuando uno sigue de largo, se recobra, contesta, inquiere sobre algún profesional que la haya atendido en otra época (“¿Hace mucho que no la ve a la licenciada María Eugenia?”) o sobre el signo astrológico de una mucama de la tarde, o induce a evocar cómo era la institución antes de las recientes modificaciones edilicias. A veces, correteando se aproxima y descerraja: “¿Me da plata?” Se esfuma su ingenio cuando ceden las aristas deliroides y el cliché; se agazapa y desconoce pretéritas familiaridades.
Todavía no está por irse de alta. En la última salida hirió a su hermanito. Con un sacacorchos lo atacó delante del padre, quien a su vez la golpeó con los puños. Ella no menciona el episodio, desestima los moretones e insiste en interrogarme sobre asuntos fuera de lugar.

Era de noche en aquel andén - Gálata

24 de abril de 2011


Era de noche en aquel andén.
Cerré los ojos, se detuvo el tiempo,
y en un segundo pasó el tren.
Te alejaste entre la gente
porque no te dije nada.
Si la vida nos cruzaba.
Vuelvo cada día y me siento.
En un banco de la estación.
Y en un rito casi místico, miro cada cara,
cada gesto, también cada vagón.
No sé quien eres, ni el sonido de tu voz.
El tiempo te ha borrado
pero sigo esperando sentada.
Al tren que se llevó ese momento
y con él, mi razón.

Dejar de soñarte - Tiquicia Vargas

22 de abril de 2011


Para verte mis ojos,
que buscan desesperados
una sola mirada tuya.

Para tocarte mis manos,
buscadoras incansables de
tu cuerpo desnudo.

Para soñarte mis sueños,
que se lanzan al vacío
con las alas abiertas.

He dicho que no voy a mirarte más,
he jurado que no voy a tocarte de nuevo,
pero no puedo dejar de soñarte, aunque lo intento.

En medio de una calle... - Salvador E. García

21 de abril de 2011


En medio de una calle abrasada por el intenso fuego de un calor desmedido, vienes azotando la vereda, hay quizá detrás de lo oscuro de las lentes, una mirada penetrante y lasciva que besa, seguro mi cuello, así de cerca te siento, casi puedo verlo.

- ¡Buenas tardes! -

Me dices y me parece realizado el sueño, sorprendido, apenas alcanzo a contestarte con un seco "buenas tardes, señora", el corazón se debata en cien, quizá más partes, ¿acaso se puede palpitar más rápido?, no lo sé, pero lo casi muero, en verdad, "agua que escurre por mi cuerpo", "agua que moja mi piel y aviva mi veneno".

- ¡Señor!, ¿se siente bien?, - preguntas y paseas tus ojos por mi cuerpo, rendido en el suelo -

- ¡Solo es un mareo! - te contesto -

- ¿Un poco de agua? - sugieres -

Me das de beber el elixir de tus labios del que previamente venías bebiendo...

- ¡Qué rica agua!, - me atrevo -

Arriesgo una mirada a tus ojos y tu pelo, compasiva pasas una de tus manos por mi húmedo pelo y tus labios se pierden en la cascada que ahora es mi pecho, entonces sí creo morir, comienzo a sentirme cerca del cielo, la vista se me nubla, los ojos se me llenan de lágrimas, las piernas me tiemblan, mariposas pasean en mi panza y parecen salirse por mis manos que imparables, comienzan una "danza por el norte de tu cuerpo"...

- ¡Caballero! - me detienes secamente -

Me pierdo, me desconcentro y al fin me detengo, solo para escuchar de tu boca...

- ¡Más despacio que no hay prisa!

¡Agua, agua bendita!, ¡bendita de mis sueños, de mis instintos, de mis destinos!...

¡Agua de mi suerte!, ¡agua...sin sueño!

Poema nada adecuado - Alexander Vórtice

20 de abril de 2011


Desearía escuchar
un penetrante brindis en mis soledades;
me encantaría desfallecer
frente a las columnas que sostienen
lo eterno.
Daría mi vida por volver
a susurrar hechos bélicos que nada
tienen que ver con la muerte y la guerra.
Desearía escuchar
como se rompen en mil pedazos
la hipocresía del ser humano,
y así volver a ser niño,
o un libertador que dio su vida
por un poema nada adecuado.

El escritor y la musa - Patricia O.

19 de abril de 2011


Otro papel en blanco y estrujado que vuela a la papelera, y van más de diez.
Duro oficio el del escritor que ha logrado un best seller con su primer libro, sin tener estudios en literatura y sin haber concurrido jamás a un taller literario; pero tiene estilo y un talento innato que, sumado a su afán constante de mejorar y perfeccionarse, lo han llevado a estudiar en solitario todas las técnicas.
De ese modo ha logrado hallar una manera única e irrepetible de crear con un sello indiscutible que le han valido la crítica favorable de los especialistas más importantes y, sobre todo, la admiración y el respeto del público.
— Tranquilo, te estás apurando. No sé que te sucede hoy que no logras captar lo que intento decirte.— le dice una hermosa mujer que está sentada a su lado en actitud relajada y que lo mira, con sus inteligentes ojos negros, mientras mantiene la barbilla apoyada en la mano izquierda.
— Lo siento Musa, estoy un poco distraido. Creo que saldré a tomar un poco de aire para despejar mis nebulosas, ¿me acompañas?. Quizá juntos encontremos un tema que me llegue más fácil.— le responde él, extendiéndole la mano en señal de invitación.
La bella mujer la acepta y se levanta, su cabellera rojo fuego es larga y ondulada y su hermosura no opaca la de la túnica de seda que la dama lleva cruzada y que prende sobre el hombro izquierdo con una piedra brillante, de forma singular.
Parece una sacerdotisa griega escapada del Olimpo...es sólo la digna Musa de éste famoso escritor en potencia.

La gacela enamorada - Delfina Acosta

18 de abril de 2011


A mi cazador

Soy la gacela enamorada ¡Dios!
de mi nocturno cazador que viene
al bosque con las ansias de mis astas,
mis ancas, mis rodillas y mis hombros.
Si están los cielos vistos, si los astros
asoman su hermosura de universo,
si el cierzo va soltando ya a las aves
y mi nocturno cazador no llega,
los ojos se me vuelven aguas mustias.
Yo advierto aquella fuerza de su lanza,
su afán sin pausa alguna de mi carne,
su prisa por volcarme sobre el suelo,
por malherir mi vientre y voy a prisa
a aquel encuentro con mi propia suerte.
Me ofrezco a su lanzazo. Yo le pido
que me abra entera a la caliente muerte.

Bailarinas - Tiquicia Vargas

17 de abril de 2011


Las danzarinas se dan la mano,
mientras la música
suena entre las hojas.

Como aplausos que caen del cielo,
las envuelven gota a gota.

Las danzarinas siguen unidas,
ninguna pierde el ritmo de su danza,

El cielo las cobija,
ellas bajo su manto
bailan tranquilas.

En este mundo de locos - Vine de Poe

16 de abril de 2011


En este mundo de locos,
los locos son los cuerdos,
Los serenos quieren que el barco se hunda,
para que se les abran las puertas
¡hoy en dia nadie entra!
pues llevan tiempo cerradas
El amo de llaves hace tiempo que las custodia,
y las cierra.
El dinero corrompe la Tierra
la naturaleza se vega.
Ya son pocas las almas libres,
que hablan con las estrellas.
¿las personas no reconocen sus errores?
¡Quien coño nos gobierna!
Perdemos todo lo que tenemos,
menos nuestra cabeza,
que hace tiempo que la perdimos,
flotando está entre dos tierras.

El beso del Dios amante - El Brujo de Letziaga

15 de abril de 2011


Estamos mansamente estáticos en la noche
cuando baja lenta la lluvia invisible
que sensualmente nos regala
el capricho de un Dios.

Es un milagro de oro suave.
Lluvia liviana que moja nuestro calor desnudo.

La lámpara en el cielo se enciende.
Cuando el orvallo se marcha a otra parte.

Nos emociona la fotografía de lo que se ve
sintiendo una secreción de felicidad dulce .
Es la dicha mojada de un instante.
Es el beso del Dios amante.

Flor del desierto - Alexander Vórtice

14 de abril de 2011


Mi madre apuró el desfallecimiento
cuando supo que la flor de todos
sus encantamientos
residía en el desierto.
He percibido sombras y colmillos.
He recuperado la luna y el glóbulo rojo
que decidió luchar por motivos ineludibles
pero benévolos.

Mis padres compartieron una lágrima
y la lágrima fue mi nacimiento.

Camino lentamente entre las flores del desierto
procurando un orden cósmico y veraz
que le otorgue a los hombres
una familia donde reposar.

Sapos y cintitas rojas - Betty Badaui

13 de abril de 2011


En la mesa del rancho quedó el babero de toalla con su olor agridulce, olor a ricota vomitada, como si quisiera imponer su presencia y decir que por ese piso de tierra apisonada y regada, cuidadosamente regada mañana y tarde, por las manos jóvenes, callosas y fuertes de la Lucinda, había correteado el Tony, con sus pasitos cortos y ondulantes, pasitos atropellados y alegres.
La Lucinda...Mujer hecha y derecha la suya. Para las noches, querendona, con esos pechos y esos muslos duros; y, para el día, trabajadora como ninguna, limpia, honesta y luchadora; qué tanto, si para vivir en la isla tiene que saber guapear fuerte; porque en la isla tiene que saber guapear fuerte; porque en la isla no es cuestión de lavar y cocinar nomás, si es necesario que ayude a su hombre a cuerear las nutrias, tiene que hacerlo; y si se necesitan dos brazos más para remar, ahí tienen que estar los de ella, aguardando que los reclamen y pronto para confundirse con los remos. Y nada de tenerle miedo a las tormentas como las mujeres de la ciudad, que cuando el potro del cielo se desata y larga sus juramentos como puteada de bolichero, ella tiene que estar lista para aguantar el empuje de las aguas turbias creciendo sobre la orilla, sobre los ranchos, sobre los flacos sauces que dejan de llorar y se postran ante Dios.

_Como le iba diciendo, don Soria, a mi Lucinda ahora se le hizo muda la boca, pobrecita, mi negra guapa; ni la crecida del setenta y ocho, llevándose hasta las pajas del techo en su locura, pudo con ella. Con sus ojos oscuros dominando los esteros de Flores me dijo tan sólo: “Hay que volver a empezar, Juan; hoy es un nuevo día”. –Y ahí volvimos a levantar el rancho y hasta lo encalamos y todo. Eso de día…; a la noche, la Lucinda nunca habló de cansancio, al contrario, sus muslos fuertes para la fajina del día también eran activos cuando el silencio y la oscuridad… Claro que ahora se han quedado quietos, de pura tristeza nomás.
Las noches querendonas nos alegraron el rancho con pañales y olor a teta recién mamada, hasta que los pechos de la Lucinda dejaron de llover tibieza; pero estaban las mamaderas, blancas y dulces, calentándoles las barrigas; tan rosadas, tan inflonas…
Cómo le gustaba al Tony prenderse de esa blancura; ¡tanta alegría le bailaba en esos ojos juguetones! Catorce meses parecían mucho si los comparábamos con los del Juanjo, que apenas tenía dos, pero eran pocos al lado de los cinco años de la María.
Yo no sé por qué el Señor les quita la alegría a los chiquilines, si es tan lindo ver prendida la risa en sus ojitos. Sin embargo, a mi Tony se la llevó y le mandó una brisa tristona, una caca aguada y una ricota agria que vomitaba a cada rato. Y esa fiebre… Los ojitos se achicaron de puro dolor nomás…
Y la Lucinda… Madre sabía para eso de criar a los chicos… Siempre atenta cuando están ojeados y nunca se olvidó de la cintita roja.
Como le decía, don Soria, todavía sigo sin entender… ¡Cómo pudo ser, viejo…! Si la Lucinda enseguida se daba cuenta de cuando el Tony estaba empachado. Y puso un sapo debajo del catre; y hasta le hizo tirar el cuerito con doña Gregoria…



*del libro ENTRE LAS CINCO Y LAS SEIS TIENE QUE PARIR EL SOL
Ediciones Eneybé – año 1993

Me conmueve mi existencia - Beatriz Favre

12 de abril de 2011


Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero nunca de haber guardado silencio
Publio Siro

Me conmueve mi existencia.
Compruebo que la vida me acaricia,
que me da la oportunidad
de vivir a pleno día a día.
Con aciertos y desaciertos
nostalgias y alegrías.
Con distancias infinitas
siempre la vida, siempre, me reivindica
no voy a desperdiciar energías,
con lágrimas y entristecida.
Con paciencia y tranquila,
se que a tu lado llegaré, un día.
Porque juntos construimos, con amor,
puentes y caminos, que transitamos unidos
mas allá de los desafíos, que la vida nos impuso
Dos años, han transcurrido, y eso, es mucho,
y recién empezamos, amor, a vivir lo mejor.
Es por eso que me conmueve mi existencia
porque al final, siempre, la vida, me compensa.

Toro, toro, toro... - Salvador E. García Yllescas


Las campanas de la iglesia en punto de las cinco suenan,
al interior de la plaza, dos murmullos retumban en el aire,
el primero el del diestro rezando a su virgen morena,
el segundo el respetable aclama esperando su arribo al ruedo.

Terno de luces en rojo brillante intenso,
parte la plaza el torero por delante lleva el sexo,
hace evidente el garbo y en el rostro el miedo,
voces escucha a lo lejos que le gritan, ¡torero!

Tras la puerta de chiqueros, un toro bravo espera,
arremete con su astado el coraje de su encierro,
el torero oye sonar el aviso del comienzo y se hinca con capote
a la espera de la gloria, la grandeza y su destino.

¡Toro!, !toro¡, ¡toro!, ¡toro asesino!
¡Levántate matador!, no sucumbas, ¡no, mi niño!,
grita una madre llorosa desde la primera fila,
yace en el ruedo el torero con la mirada perdida.

En manos de la cuadrilla, camino a la enfermería,
la sangre marca vereda, se escapa por las costillas,
el corazón dividido, partido por un pitón,
deja sin vida al maestro y a la afición con dolor.

En catafalco sombrío, sobre los hombros de amigos,
el último paseíllo, pañuelos blancos de adiós,
¡Burlero!, ¡Burlero!, ¡Burlero asesino! a nadie duele tu dolor,
para ti no hay paseíllo, ni grandeza, ni gloria, ni adiós.

¡Toro!, !toro¡, ¡toro!, ¡toro asesino!, has matado al matador,
suerte y arte invierten papeles, víctima y victimado,
la Fiesta perdió al maestro y al destino funesto, un toro se rebeló,
torero, diestro, maestro, ¡no eres más matador!.

La visita - J.C.Elián

11 de abril de 2011


A pesar de los golpes, el clavo permanece intacto. Lo sujeto frente a la ventana y lo froto entre mis dedos soplando para quitarle los restos de yeso que le dan ese aire enharinado. Pequeñas partículas blancas se desprenden de él y quedan en suspensión como una minúscula neblina. En esta zona la pared es blanda, pero tiene que ser aquí, junto a la ventana, donde siempre ha estado. Presiono con la punta limpia sobre el hueco blanco e insisto, el yeso cede y el clavo se hunde, y lo hace con la profundidad exacta para que la trayectoria del martillo vuelva a terminar sobre mi dedo. Aunque esta vez -de todo se aprende- lo he hecho con más cuidado y menos entusiasmo, no me he librado de lanzar un quejido a medias. Es inútil, los ganchos que cuelgan de la madera vieja seguirán así: colgando inútiles.
Escucho el quejido del viento que sopla con fuerza. Aquí, en Samarino, siempre ha sido así. Es como un latido continuo entre sus montañas y sus pinos; un río de aire que se cuela por las casas, levanta con descaro las cortinas y empuja contra las hojas de cada ventana. En Samarino, el viento es algo que forma parte de nuestra vida cotidiana -bueno, de los pocos que aquí quedamos- y casi se puede tocar.
La ventana del dormitorio está abierta y aplaude con ruido contra la pared. Antes, a ambos lados del marco, había unas aldabillas para sujetar las hojas. En algún momento se estropearon por el óxido y la humedad, de modo que compramos unas nuevas, pero nunca encontramos el momento adecuado hasta hoy.
Dejo el clavo sobre la mesita de noche, junto a su homónimo y el martillo, y saco unos pañuelos del primer cajón; los pliego apenas dos veces para que no abulten demasiado y los encajo bajo las bisagras inferiores. No es la solución más limpia, pero la ventana ya no se mueve. Me siento sobre el alféizar, con las piernas encogidas y los brazos a su alrededor, dejándome adormecer por el arrullo del aire. Inclino un poco mi cuerpo hacia fuera y escucho ese silencio total que sólo se puede percibir mezclado con el silbido ronco y seco.

<>
<>.

Pablo está tumbado sobre la cama. Duerme. Las sábanas apenas cubren a medias su cuerpo de bronce, detenidas por el vello áspero del que deseo tirar con suavidad, en pequeños tics, como tantas veces jugando. Pero no quiero romper su sueño de estatua. Solemos hacer el amor con las ventanas abiertas, nos gusta sentir la brisa que busca resquicios; le gusta sentir mi piel erizada. Nunca me deja tapar mi pudor disfrazado de frío. Pablo huele a verano.

El almacén estaba completamente vacío. Había esperado a esa hora del día en que el pueblo se refugia en sus casas, en sus cocinas y sus comedores. Era extraño verlo así, como si estuviera triste.
Conozco la tienda a la perfección, pero aquella mañana andaba de tropiezo en tropiezo con un despiste adolescente que no me permitía concentrarme y se hacía notar en mi orientación. Me perdí entre sus estanterías con las piernas apresuradas que corrían a mayor velocidad que mis ojos. No conseguía encontrarlo, aunque estaba segura de haberlo visto apenas una semana antes anunciado con entusiasmo feroz. Estaba segura, estaba aturdida. En seguida oí sus pasos que se adentraban en la sección en la que yo me encontraba. Me enojé conmigo misma por haberme puesto aquellos tacones tan ruidosos en la mañana en lugar de unas deportivas. Finalmente, tuve que explicarle. <>, lo dijo en plural como si hubiera alguien más en la tienda. Llevaba una bata que antes debió ser blanca, pero que ahora aparecía salpicada de restos de. Su pelo estaba tan engominado que parecía cubrir su cabeza en un sólo mechón pringoso y rígido. La tienda entera te nía un olor rancio, a madera mojada y tripas de animal.

Llevo mi dedo enrojecido hasta mis labios y lo muerdo con fuerza, así parece mitigarse el dolor: un dolor más profundo ahoga otro más leve.
No quería que volvieras, no quería verte, pero viniste y te vi. Y ahora duermes a mi lado, tumbado en una cama de sábanas aún calientes, con el cuerpo acomodado sobre ellas, tu brazo descansando sobre el estómago, las piernas estiradas, largas y morenas.
Otra vez se alarga esa sombra que mancha el techo a esta hora en la que el sol comienza a escabullirse entre los pinos, esa mancha informe, esa des-forma de-formada que en nuestros atardeceres ha adoptado tantas figuras, pero nunca como la tuya, nunca tuvo más nombre que cuando tú la bautizaste Medusa. Tumbados la mirábamos: una araña, decías, un pulpo que huye, una palmera triste... Para mí siempre fue la lámpara.

No quería que volviera, no quería verlo. Sin embargo...

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Ahora duerme. Parece que lo hiciera para mí. Un espectáculo inerte, un pedazo de soledad detenida, una mirada de Hopper. Prefiero a las personas cuando no están despiertas, sin máscaras ni pretensiones; son más ellas, sencillas. Sólo cuando el sueño cubre un semblante, lo puedes ver sin la representación del día, su contracción involuntaria o voluntaria, o más bien aprendida. En el día nunca se mirará de frente, sólo se enseñará un perfil que irá girando a medida que lo busquen, no se debe mostrar una sonrisa abierta, sino tan sólo algo a medio hacer, una mueca filosa. En cambio, en la quietud o turbulencia del sueño se puede mostrar, se muestra. El suyo es un sueño profundo. Su rostro es el de antes, el tiempo no ha podido estropearlo. El tiempo lo estropea todo, pero esto no.
Pablo siempre ha sufrido de una dicotomía terca: tan pronto es capaz del gesto tierno de un niño como de la sacudida más violenta, como un tic sádico, una transfiguración maldororiana que hace que caiga por ese agujero del que tanto habla a veces, al que tanto teme. En Pablo son posturas intercambiables que conducen a mañanas que son noches, cortas de tan largas, y que de salvajes te convierten en animal, en una especie de canino hambriento que sólo sabe agradecer y obedecer con veneración ciega, perruna. No hay posible redención, a quién pedir cuentas, o con quién contar. Si tan sólo Él también.

No quería que volviera, no quería verlo. Sin embargo, cada mañana una esposa que se despide con un beso.

Finalmente, tuve que explicarle. <> Lo puso sobre un envoltorio gris cuidadosamente extendido en el mostrador, y se disponía a envolverlo cuando una mosca comenzó a pasear curiosa en torno al papel plata. Inmune a los continuos movimientos de las manos del vendedor que trataba de apartarla, la mosca tan sólo levantaba el vuelo un instante y zumbaba burlona en el aire hasta que él, confiado, volvía las manos a la tarea. Resopló con cansancio y se separó algunos centímetros de la mesa. Sus ojos -malignos, como de roedor- se movían frenéticos tras el vuelo del insecto y reproducían tan fielmente su trayectoria que por un momento pensé que iba a quedar bizco tras el esfuerzo. Por fin, la mosca confiada aterrizó sobre el mostrador con renovada curiosidad. Yo era incapaz de apartar la vista del vendedor -totalmente absorto en su vendetta particular- en cuyo rostro se extendió a medias una sonrisa. Colocó su mano sobre la víctima y de golpe la dejó caer. ¡Paf! Apenas se frotó en el delantal y comenzó a silbar satisfecho “Canta y no llores”. Mientras mostraba una sonrisa -ahora sí plena-, se volvió a concentrar en mi compra. Con la delicadeza de un cirujano, cortó el papel sobrante y lo dobló sobre sí mismo dejando un paquete pequeño y compacto. <>. Su rostro blando estaba enmarcado por gotas de un sudor ocre que descendían de su frente, enmarcaban sus mofletes y sus labios colgantes. Tenía las gafas empañadas. La tienda entera tenía un olor rancio, a madera mojada y tripas de animal.

Sin intención. Sin intención te miras al espejo y te sonríes con esa pena fingida, inventada para el momento. Sin intención abres las puertas del armario, inconsciente te vistes, te maquillas y, sólo cuando sales a la calle, te conviertes en propósito. Esas miradas de desprecio son las que te transforman. Son esas miradas a través de las que se es porque, a veces, no es sino por medio de la visión de otros, de la opinión de otros, o de sus palabras, que cobramos realidad y adoptamos un papel en este juego de marionetas sin cordeles, de voluntades ajenas.
En un pueblo como el nuestro no es difícil estar en el centro, ser el eje de una rueda que gira por la fuerza de su puritanismo, su beato aburrimiento y su santísima madre. En sus calles puedes ver pasar el tiempo -que en realidad no pasa- como si fuera una persona más, un ente tangible que escucha atento, arrinconado, esperando el momento en que un insólito pistoletazo de salida lo lleve en volandas al lugar del que nunca debió salir.

Abandono la ventana y noto el frío suelo bajo las plantas de mis pies, como va subiendo por el empeine, las pantorrillas, y así hasta golpear mis caderas, como si me fuera metiendo poco a poco en el mar del norte, ese que queda tan lejos. Los vuelvo a mover tratando de que la sensación no se vaya; el sonido de ventosas que provoca me hace sonreír, y lo miro buscando la complicidad del recuerdo de escenas similares vividas en tantas ocasiones. Pero sus ojos siguen cerrados, mirándose a sí mismos, hacia dentro, hacia ese agujero.
No recuerdo cuando dejé de andar descalza, pero creo que fue hace pocos años, quizá cuando llegó Él. Hoy no quiero ponerme las zapatillas, quiero sentir el suelo.
Coloco con cuidado la maleta sobre la cama, a sus pies, sin tocarlo. Tiro de la cremallera y la abro mostrando su desnudez casi hueca. Dentro están mis cosas, apenas lo necesario, nada más. Quería que quedara espacio suficiente para su ropa. Ha sido una visita larga. Descuelgo cada una de sus prendas y las acerco a mi rostro. Con intención las sacudo un poco antes de guardarlas, toda la habitación huele a verano. Respiro con fuerza. El viento sopla con fuerza.

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El rencor es traicionero, siempre se va cuando más lo necesitas. Un escudo de arena, una pared de adobe, un frío muro de papel que se apresura a arder con la menor de las chispas. Algunas personas somos incapaces de aguantar. No tengo voluntad. La voluntad no sirve para nada.

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Hasta que un día no estuviste... ¿Pero quién soy yo para culparte? Yo también empecé a no estar para Él.

Pablo duerme plácido como un niño. Nada parece agitar su sueño. Me acerco a su cuerpo, lo rozo con cuidado, siento en mis dedos la suavidad de sus hombros, su torso algo más áspero, su abdomen. Me acercó aún más e inhalo largamente. El olor de algunas personas lo llevamos con nosotros toda la vida.

<><>pero ella murió sola y amargada.

Empieza a hacer bastante frío en la habitación, pero no cierro la ventana. Dejo que el aire gélido recorra el dormitorio, que gane presencia, quizá como una visita más o como un testigo mudo. Suelto las cortinas, que se abren y extienden como fantasmas anclados, como un ligero telón que flota ondulante, a impulsos. Al igual que mi pelo que es sacudido con violencia y se alarga, se transforma también en Medusa, en sus serpientes. El viento se abre paso a ráfagas, chilla por impulsos. Viene y se va, viene y se va.

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Tomo mi copa de la mesa de noche, está junto a la suya. Al fondo empiezan a verse ya algunos pozos. Con un dedo remuevo el líquido rojo, después, lo llevo a mi boca. Sus labios están manchados de vino, con esa huella afrutada que deja. Deslizo un beso sobre su sueño y brindo con su copa vacía. Respiro con fuerza una vez más y bebo, bebo, bebo.
Como tantas otras veces, durante su larga visita, me recuesto a su lado: mis piernas envuelven las suyas; mi brazo, sobre su cintura; y mi rostro, recostado sobre su pecho sordo.

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No lo harás.

Ahora - Miguel Ángel Moreno

9 de abril de 2011


Ahora que lo dijo Sabina,
cerrado por derribo.

Ahora que las llemas de mis dedos
no dibujan tu nombre en tu vientre.

Ahora que la copa de vino
se ha roto delante de una chimenea.

Ahora que los viernes son lunes
y las cenizas se las lleva el levante.

Ahora que tu mirada no endulza
estos cafés tan amargos.

Ahora que lo dijo Bunbury,
así si me dejas no te dejaré de querer.

Ahora que tus labios
no bailan en mi boca,
ni tu cabello me colma
con su aroma,
coseré mis versos
con el hilo
de tu recuerdo.

Cuenta con ello - Carlos Casado Cuevas

8 de abril de 2011

Cuenta con ello,
al menos hablo por mi
y por todos aquellos
que hablan o callan,
por cuantos saben esperar.
Cuenta con nuestro brazo
para buscar
y quizá encontrar.
Subiremos la cuesta,
todos a una,
conquistaremos el castillo
con locuacidad de silencio.
Tu beso sabe a mieles
bajo el alero de tu comprensión.
Tu aliento me embruja,
tu mirada me eleva
hacia nubes de ilusión,
tus manos me rozan,
tu corazón me envuelve
en seda de amor.
Me miras por dentro
y dentro puedes ver
mis deseos y anhelos,
leer mis pensamientos ocultos.
Abraza mi debilidad
con amor de madre,
con pasión de enamorada.
Ven, no me hagas esperar.

Sobre una cama - Tiquicia Vargas

7 de abril de 2011




Sobre una cama
totalmente seca,
se yerguen
los vigilantes oscuros.

LECHO DE AMANTES

Las hojas acarician
al viento cada vez
que danza a su alrededor.

Y los soldados
permanecen
es sus puestos
con total lealtad.

Sobre un lecho
crujiente
duermen los amantes.

Mientras los árboles
perennes los miran
en total silencio.

Tras el arcángel - Alexander Vórtice

6 de abril de 2011


Incluso tras lo diabólico
se encuentran las virtudes
de un arcángel hecho
a imagen y semejanza
del amor.

Valiente se siente el hombre vacío
cuando el mal se posa en sus manos
y lo utiliza para despedazar el espíritu
de un ser benévolo; mas, en poco tiempo
regresa el fuego y con fuerza retuerce
su cuello de hombre acostumbrado
a asesinar.

Basta un ademán de pestañas
angelicales para retornar al blanco
que es color de cosmos relajado.

Sí y no - Javier Úbeda Ibáñez

5 de abril de 2011


Entre un “sí” pletórico y un “no” letárgico,
corre el aire al encuentro del mar.

Entre un “sí” que acaricia silencios de lunas azules
y un “no” hundido en lo agónico de un fondo marino:
me voy, te vas, vengo, vienes, venimos, vendrán y se irán
nuestras palabras y nuestros cuerpos como las olas.

Me he sentado en el suelo - Meri Pas Blanquer

4 de abril de 2011


Me he sentado en el suelo
a contemplar tu anatomía,

me pierdo en el suave murmullo
de tus sueños.

Duermes y las mariposas cruzan
por tus piernas,

el cascabel de tu ombligo
es melaza para las abejas hambrientas
que pueblan este bosque.

Quisiera libarte
y mis manos
tapan mi boca
en este instante
de furor místico,
de estupor secuencial,

distancia justa
donde tu impávido latido
exige mi cercanía.


Deslumbrada yo
en tu imagen, en tu
piel de camaleón inerte
e impasible.

Cómo no perderme en
tus orillas verdosas
para beberme a ti
dormido y lujurioso,
animal utópico.

Ahora
que me inclino
y me arrodillo
ante esta escultura de alabastro.


Hoy que tu quietud
me invita a navegar
sin restricciones
por tu océano concupiscente.

Permanece así,
domesticado y
manso,
sin avidez ni brasas
en tus uñas,

déjame instigarme yo sola
a dos centímetros de ti,
mientras te miro y conspiro
con tu piel suplicante.

Es que todo en esta... - Tiquicia Vargas

2 de abril de 2011



En un punto del camino

se haya tendida una flor,

esta marchita, quemada por el sol

y sobrecogida por el frío.

Ya no es el botón que alguna vez fue

candoroso sobre su rama.

Es que todo en esta vida se acaba.

Se acaba la vida, la fe,

la esperanza, el día y la noche.

Es que todo en esta vida se acaba.

Cuando llega la lluvia la baña,

cuando el niño pasa la maja,

cuando el hombre pasa la evade,

cuando la mujer pasa la critica,

cuando el anciano pasa le dice, estamos iguales.

Es que todo en esta vida se acaba.

En un punto del camino

se haya una flor abandonada,

ya no es una flor,

es solo el recuerdo de un lejano botón.

Es que todo en esta vida se acaba.

Hoy - Miguel Ángel Moreno

1 de abril de 2011


En mis entrañas,
hoy, sólo se oye, el
eco de tu voz.

Mi corazón no entiende - El Brujo de Letziaga


Mi corazón no entiende
que ayer me abandonaras,
cuando mi boca fue ramaje donde anidaban tus besos
y mis manos enredaderas que se encontraban con tus lunas.


Mi corazón no comprende
que ya no estés,
que eligieras ser avecilla libre,
que vuela hacia un nido de oro en la cúspide.



Las saetas de todos los relojes dieron ya muchas vueltas
y los días se escurrieron por sus esferas
en el éxodo hacía mi ocaso,
en una travesía errática con tu recuerdo.



Hoy tengo momentos que me duele hasta el alma,
cuando veo que mi tallo se ha doblado levemente,
y la epidermis del tiempo ya luce arrugas
en su ancestral epitelio.



Notando que en las tardes con sol siento frío,
un frío cansado de tardes sin nadie,
de días sin tu nombre
tiritando en la penumbra helada de tu silencio.



Seguramente que algo de mi recuerdo sentirás.
Por eso te lo digo en verso o en prosa...
Que te espero.
Por si un día te apetece buscarme...
Lejos de la cúspide
en la sencilla y austera magia de mi cielo.
 

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