
A pesar de los golpes, el clavo permanece intacto. Lo sujeto frente a la ventana y lo froto entre mis dedos soplando para quitarle los restos de yeso que le dan ese aire enharinado. Pequeñas partículas blancas se desprenden de él y quedan en suspensión como una minúscula neblina. En esta zona la pared es blanda, pero tiene que ser aquí, junto a la ventana, donde siempre ha estado. Presiono con la punta limpia sobre el hueco blanco e insisto, el yeso cede y el clavo se hunde, y lo hace con la profundidad exacta para que la trayectoria del martillo vuelva a terminar sobre mi dedo. Aunque esta vez -de todo se aprende- lo he hecho con más cuidado y menos entusiasmo, no me he librado de lanzar un quejido a medias. Es inútil, los ganchos que cuelgan de la madera vieja seguirán así: colgando inútiles.
Escucho el quejido del viento que sopla con fuerza. Aquí, en Samarino, siempre ha sido así. Es como un latido continuo entre sus montañas y sus pinos; un río de aire que se cuela por las casas, levanta con descaro las cortinas y empuja contra las hojas de cada ventana. En Samarino, el viento es algo que forma parte de nuestra vida cotidiana -bueno, de los pocos que aquí quedamos- y casi se puede tocar.
La ventana del dormitorio está abierta y aplaude con ruido contra la pared. Antes, a ambos lados del marco, había unas aldabillas para sujetar las hojas. En algún momento se estropearon por el óxido y la humedad, de modo que compramos unas nuevas, pero nunca encontramos el momento adecuado hasta hoy.
Dejo el clavo sobre la mesita de noche, junto a su homónimo y el martillo, y saco unos pañuelos del primer cajón; los pliego apenas dos veces para que no abulten demasiado y los encajo bajo las bisagras inferiores. No es la solución más limpia, pero la ventana ya no se mueve. Me siento sobre el alféizar, con las piernas encogidas y los brazos a su alrededor, dejándome adormecer por el arrullo del aire. Inclino un poco mi cuerpo hacia fuera y escucho ese silencio total que sólo se puede percibir mezclado con el silbido ronco y seco.
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Pablo está tumbado sobre la cama. Duerme. Las sábanas apenas cubren a medias su cuerpo de bronce, detenidas por el vello áspero del que deseo tirar con suavidad, en pequeños tics, como tantas veces jugando. Pero no quiero romper su sueño de estatua. Solemos hacer el amor con las ventanas abiertas, nos gusta sentir la brisa que busca resquicios; le gusta sentir mi piel erizada. Nunca me deja tapar mi pudor disfrazado de frío. Pablo huele a verano.
El almacén estaba completamente vacío. Había esperado a esa hora del día en que el pueblo se refugia en sus casas, en sus cocinas y sus comedores. Era extraño verlo así, como si estuviera triste.
Conozco la tienda a la perfección, pero aquella mañana andaba de tropiezo en tropiezo con un despiste adolescente que no me permitía concentrarme y se hacía notar en mi orientación. Me perdí entre sus estanterías con las piernas apresuradas que corrían a mayor velocidad que mis ojos. No conseguía encontrarlo, aunque estaba segura de haberlo visto apenas una semana antes anunciado con entusiasmo feroz. Estaba segura, estaba aturdida. En seguida oí sus pasos que se adentraban en la sección en la que yo me encontraba. Me enojé conmigo misma por haberme puesto aquellos tacones tan ruidosos en la mañana en lugar de unas deportivas. Finalmente, tuve que explicarle. <>, lo dijo en plural como si hubiera alguien más en la tienda. Llevaba una bata que antes debió ser blanca, pero que ahora aparecía salpicada de restos de. Su pelo estaba tan engominado que parecía cubrir su cabeza en un sólo mechón pringoso y rígido. La tienda entera te nía un olor rancio, a madera mojada y tripas de animal.
Llevo mi dedo enrojecido hasta mis labios y lo muerdo con fuerza, así parece mitigarse el dolor: un dolor más profundo ahoga otro más leve.
No quería que volvieras, no quería verte, pero viniste y te vi. Y ahora duermes a mi lado, tumbado en una cama de sábanas aún calientes, con el cuerpo acomodado sobre ellas, tu brazo descansando sobre el estómago, las piernas estiradas, largas y morenas.
Otra vez se alarga esa sombra que mancha el techo a esta hora en la que el sol comienza a escabullirse entre los pinos, esa mancha informe, esa des-forma de-formada que en nuestros atardeceres ha adoptado tantas figuras, pero nunca como la tuya, nunca tuvo más nombre que cuando tú la bautizaste Medusa. Tumbados la mirábamos: una araña, decías, un pulpo que huye, una palmera triste... Para mí siempre fue la lámpara.
No quería que volviera, no quería verlo. Sin embargo...
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Ahora duerme. Parece que lo hiciera para mí. Un espectáculo inerte, un pedazo de soledad detenida, una mirada de Hopper. Prefiero a las personas cuando no están despiertas, sin máscaras ni pretensiones; son más ellas, sencillas. Sólo cuando el sueño cubre un semblante, lo puedes ver sin la representación del día, su contracción involuntaria o voluntaria, o más bien aprendida. En el día nunca se mirará de frente, sólo se enseñará un perfil que irá girando a medida que lo busquen, no se debe mostrar una sonrisa abierta, sino tan sólo algo a medio hacer, una mueca filosa. En cambio, en la quietud o turbulencia del sueño se puede mostrar, se muestra. El suyo es un sueño profundo. Su rostro es el de antes, el tiempo no ha podido estropearlo. El tiempo lo estropea todo, pero esto no.
Pablo siempre ha sufrido de una dicotomía terca: tan pronto es capaz del gesto tierno de un niño como de la sacudida más violenta, como un tic sádico, una transfiguración maldororiana que hace que caiga por ese agujero del que tanto habla a veces, al que tanto teme. En Pablo son posturas intercambiables que conducen a mañanas que son noches, cortas de tan largas, y que de salvajes te convierten en animal, en una especie de canino hambriento que sólo sabe agradecer y obedecer con veneración ciega, perruna. No hay posible redención, a quién pedir cuentas, o con quién contar. Si tan sólo Él también.
No quería que volviera, no quería verlo. Sin embargo, cada mañana una esposa que se despide con un beso.
Finalmente, tuve que explicarle. <> Lo puso sobre un envoltorio gris cuidadosamente extendido en el mostrador, y se disponía a envolverlo cuando una mosca comenzó a pasear curiosa en torno al papel plata. Inmune a los continuos movimientos de las manos del vendedor que trataba de apartarla, la mosca tan sólo levantaba el vuelo un instante y zumbaba burlona en el aire hasta que él, confiado, volvía las manos a la tarea. Resopló con cansancio y se separó algunos centímetros de la mesa. Sus ojos -malignos, como de roedor- se movían frenéticos tras el vuelo del insecto y reproducían tan fielmente su trayectoria que por un momento pensé que iba a quedar bizco tras el esfuerzo. Por fin, la mosca confiada aterrizó sobre el mostrador con renovada curiosidad. Yo era incapaz de apartar la vista del vendedor -totalmente absorto en su vendetta particular- en cuyo rostro se extendió a medias una sonrisa. Colocó su mano sobre la víctima y de golpe la dejó caer. ¡Paf! Apenas se frotó en el delantal y comenzó a silbar satisfecho “Canta y no llores”. Mientras mostraba una sonrisa -ahora sí plena-, se volvió a concentrar en mi compra. Con la delicadeza de un cirujano, cortó el papel sobrante y lo dobló sobre sí mismo dejando un paquete pequeño y compacto. <>. Su rostro blando estaba enmarcado por gotas de un sudor ocre que descendían de su frente, enmarcaban sus mofletes y sus labios colgantes. Tenía las gafas empañadas. La tienda entera tenía un olor rancio, a madera mojada y tripas de animal.
Sin intención. Sin intención te miras al espejo y te sonríes con esa pena fingida, inventada para el momento. Sin intención abres las puertas del armario, inconsciente te vistes, te maquillas y, sólo cuando sales a la calle, te conviertes en propósito. Esas miradas de desprecio son las que te transforman. Son esas miradas a través de las que se es porque, a veces, no es sino por medio de la visión de otros, de la opinión de otros, o de sus palabras, que cobramos realidad y adoptamos un papel en este juego de marionetas sin cordeles, de voluntades ajenas.
En un pueblo como el nuestro no es difícil estar en el centro, ser el eje de una rueda que gira por la fuerza de su puritanismo, su beato aburrimiento y su santísima madre. En sus calles puedes ver pasar el tiempo -que en realidad no pasa- como si fuera una persona más, un ente tangible que escucha atento, arrinconado, esperando el momento en que un insólito pistoletazo de salida lo lleve en volandas al lugar del que nunca debió salir.
Abandono la ventana y noto el frío suelo bajo las plantas de mis pies, como va subiendo por el empeine, las pantorrillas, y así hasta golpear mis caderas, como si me fuera metiendo poco a poco en el mar del norte, ese que queda tan lejos. Los vuelvo a mover tratando de que la sensación no se vaya; el sonido de ventosas que provoca me hace sonreír, y lo miro buscando la complicidad del recuerdo de escenas similares vividas en tantas ocasiones. Pero sus ojos siguen cerrados, mirándose a sí mismos, hacia dentro, hacia ese agujero.
No recuerdo cuando dejé de andar descalza, pero creo que fue hace pocos años, quizá cuando llegó Él. Hoy no quiero ponerme las zapatillas, quiero sentir el suelo.
Coloco con cuidado la maleta sobre la cama, a sus pies, sin tocarlo. Tiro de la cremallera y la abro mostrando su desnudez casi hueca. Dentro están mis cosas, apenas lo necesario, nada más. Quería que quedara espacio suficiente para su ropa. Ha sido una visita larga. Descuelgo cada una de sus prendas y las acerco a mi rostro. Con intención las sacudo un poco antes de guardarlas, toda la habitación huele a verano. Respiro con fuerza. El viento sopla con fuerza.
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El rencor es traicionero, siempre se va cuando más lo necesitas. Un escudo de arena, una pared de adobe, un frío muro de papel que se apresura a arder con la menor de las chispas. Algunas personas somos incapaces de aguantar. No tengo voluntad. La voluntad no sirve para nada.
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Hasta que un día no estuviste... ¿Pero quién soy yo para culparte? Yo también empecé a no estar para Él.
Pablo duerme plácido como un niño. Nada parece agitar su sueño. Me acerco a su cuerpo, lo rozo con cuidado, siento en mis dedos la suavidad de sus hombros, su torso algo más áspero, su abdomen. Me acercó aún más e inhalo largamente. El olor de algunas personas lo llevamos con nosotros toda la vida.
<><>pero ella murió sola y amargada.
Empieza a hacer bastante frío en la habitación, pero no cierro la ventana. Dejo que el aire gélido recorra el dormitorio, que gane presencia, quizá como una visita más o como un testigo mudo. Suelto las cortinas, que se abren y extienden como fantasmas anclados, como un ligero telón que flota ondulante, a impulsos. Al igual que mi pelo que es sacudido con violencia y se alarga, se transforma también en Medusa, en sus serpientes. El viento se abre paso a ráfagas, chilla por impulsos. Viene y se va, viene y se va.
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Tomo mi copa de la mesa de noche, está junto a la suya. Al fondo empiezan a verse ya algunos pozos. Con un dedo remuevo el líquido rojo, después, lo llevo a mi boca. Sus labios están manchados de vino, con esa huella afrutada que deja. Deslizo un beso sobre su sueño y brindo con su copa vacía. Respiro con fuerza una vez más y bebo, bebo, bebo.
Como tantas otras veces, durante su larga visita, me recuesto a su lado: mis piernas envuelven las suyas; mi brazo, sobre su cintura; y mi rostro, recostado sobre su pecho sordo.
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No lo harás.