
Me pregunto si aún sigues ahí, detrás de mi cortina, una, dos, tres veces la he abierto , sin encontrarte, quisiera de pronto descubrirte mirando nuevamente mi ventana queriendo entrar a través de la luz que de ella mana.
¿Aún te acuerdas?, te descubrí cubierta de cenit y noche, en piel negra envuelta, vestida para amarme una y otra vez, ¿por qué huiste, apenas corrí la cortina?, ¿acaso el viento te susurró al oído, para convencerte de dejar crecer esta locura?
Llevo noches sin dormir, esperándote de nuevo, no hay un viso que me devuelva la calma, tu silueta se pierde entre los sueños que humedecen el entorno de mi cama, a veces me despierto, envuelto entre el sopor del fuego que derrochas a la mitad de una intensa madrugada. Eres la piel de mi piel, el color de mis brazos, el andar que camina por mi espalda, surcas mi torso con la miel que escurre de tu lengua que me atrapa.
Eres mi mañana y mi tarde, la noche que espero sobre el borde de mi cama, ¿por qué te escondes de mi mirada?, la otra noche, olí tu aliento y escuché tu respirar, salí apresurado a encontrar el “algo” que calmara la sed y apaciguara las ansias. Te hallé de espaldas en la puerta de la tienda, ¿aún te acuerdas?, eras la misma silueta que advertí por mi ventana, delineada por la piel de un pantalón y una chaqueta, ceñidos a tu cuerpo. Sin hallar reparo alguno, por detrás de tu espalda, muy cerca de tu pelo, en un murmullo, pregunté al encargado el costo de una cajetilla de cigarros, lento, por encima de tus hombros, extendí un billete y nuevamente en un murmullo más atrevido que el primero, le advertí que se cobrara, mientras esperé al fulano con mi sobrante, acerqué de más creo, a tu mejilla mis labios, tú entonces volteaste lentamente y muy cerca de mi boca, me pediste permiso para dejarte salir del sitio y escaparte de nuevo. La lentitud del encargad o, me exasperó tardó muchos minutos en darme mi cambio, cuando salí ya no pude encontrarte. Aquella noche, entre el humo de un cigarro, el deseo también se hizo ceniza.
¿Has contado los días y albas que llevo corriendo la cortina de mi ventana, para hallarte de nuevo?, quisiera pensar que sí y que por aquí te pasas cuando estoy ausente, cuando no me encuentro. Sé bien que hay madrugadas en que te paras frente a mi puerta, ¿cierto?, eras tú la sombra de aquella mañana en que me levanté sin encender la luz del interior de mi casa, sin saber porqué, abrí lento la puerta de la entrada, iba a buscar a mi auto, una agenda olvidada, al escuchar el ruido de las bisagras de la puerta, alguien corrió y solo pude alcanzar su sombra, delgada con el pelo en cascada, ¿me espías?, ¿por qué no tocas?, ¿por qué no me llamas?, quizá será que soy yo el que te llamo, el que te procuro, el que se atreve a darse cuenta que está solo, tal vez será que te necesito para sentir de vez en vez que aún estoy vivo que es mentira que no soy un ente, un errante delirio de vacío, tal vez sea yo el que aliente tu aliento y tu deseo de hacerme tuyo por que en realidad, ni yo mismo me pertenezco. Tal vez eres solo la razón de mi razón y su motivo. Eres la causa y el efecto de este corazón partido por sus propios latidos.
Mas existes lo sé porque te he visto, en la tienda y de la mano de él ¿qué es de ti?, ¿tu amigo?, ¿un conocido?, me pregunto si como yo, se duerme y desvela contigo, si sus madrugadas pasan corriendo entre tus piernas todos estos besos lascivos, si como yo, sumerge noche a noche su barba en tu ombligo y en tu regazo, deja caer el sueño rendido. Si como yo, se desvela en un abrir y cerrar de una cortina. Si te ha dibujado tantas veces como yo, en la superficie de su tálamo estéril y yermo. Si como yo susurra en tus oídos, una y otra vez, lo sublime de este veneno desmedido. Los he visto abrazados y envueltos en besos inocentes, distintos de los míos, aquellos que suelo darte cada vez que cruzas mis pensamientos o robas mis sueños. Sueños en los que atraviesas mi ventana y subes corriendo las escaleras de esta casa, tirando en cada peldaño la piel que abraza tu cuerpo y llegas hasta donde te espera la vehemencia de mis ansias.
“Buenas noches”, te digo y ya luego me santiguo, me quedo quieto mirando al techo y luego a las paredes y en leve salto, de nuevo me acerco a la ventana, “hoy sí”, me repito, tratando de convencerme que me estarás buscando como aquella vez en que mirabas mi ventana y tocaste mi puerta y apenas al abrirla me dijiste:
- ¡Quiero hacer el amor contigo!
- No me conoces – te dije sorprendido –
- ¡Claro que sí, muchas veces te he visto!
- Pero… yo a ti, no muchas.
- De eso se trata que tú no me conozcas, ni sepas quién he sido – me dijiste –
- Cómo, ¿quién has sido?, ¿por qué hablas en pasado? – te pregunté –
- ¡No me hagas caso, hoy he bebido mucho!
- ¿Por eso estás aquí?, ¿cómo sé que soy yo y no te has confundido?
- ¡Eres tú, no me he confundido!, ¡bésame, de pies a cabeza, bésame!...
Yo entonces lento y rozando los entornos de tu piel fui quitando una a una, las prendas que cubrían la intimidad de tu ser, en suave vaivén me perdí en tus valles y prados. Hasta quedarme dormido y despertar anclado a una idea que comienzo a padecer.
Quisiera verdaderamente, creer que sigues ahí, llevo ya algunos días que dejo encendida la luz de mi cuarto, quiero que mires y sepas que te espero, a ti, a tus ojos, a tu pelo largo, a tus manos y tus brazos delgados, a tus piernas largas y tus labios delicados. Quisiera, solo quisiera, hallarte de nuevo tras esta cortina que envuelve tu secreto y mi sueño.
¿Aún sigues ahí?, me pregunto, esperando, simplemente esperando a que concilie mi razón y deje de cabalgar mi locura, a que nuevamente encuentre la paz que me has robado, a que deje de creer que no hay mayor placer que el de tus labios en mis labios, el de tus ojos tiernos y enamorados, estacionados en los míos, cada vez que a la mitad de mi desvarío te beso y atrapo.
“Buenas noches”, te digo, me santiguo, miro la cortina, a tientas, hasta la ventana me voy acercando, ¿aún sigues ahí?, rebota en mis sienes la pregunta y su eco llega hasta mi corazón que se desvanece en mil latidos, me tiemblan las manos, cierro los ojos para evocarte y los abro, mientras las yemas de mis dedos se pasean por el borde de la cortina, en un ir y venir expectante, me cuestiono, ¿será que sigues ahí?, la luz del alumbrado entra a mi cuarto, con su halo de luz aliado, ilumina las huellas de unos zapatos que llevan como destino, el umbral de mi puerta, entonces el timbre de mi casa suena…
- ¿Quién? – pregunto sobresaltado –
- ¿Aún sigues ahí? – escucho decir una voz que viene de afuera –.