¡Bienvenidos!

¿Qué dejaste en mí? - Alfredo Farias

28 de febrero de 2011


Tú, mujer que conocí en tierra extraña
aún cuando teníamos el mismo origen,
te acercaste a mi cuando estuve herido
lamiste mis llagas, sacaste mis espinas,
bebiste el veneno que me dejó la ingrata.


Saciaste mi sed y calmaste mi hambre,
tan sediento y hambriento de un cuerpo,
fuiste mi abrigo, mi pañuelo, mi nido,
nunca te pedí nada, nunca te di nada
sólo dejé claro…. que nunca sería tuyo.


¿Qué dejaste en mi al final de todo ?
Retazos de alegría, tu pasión implacable,
tu belleza, tu cuerpo exuberante
tus ojos de furia, tu látigo esclavizante
y tal vez (si no mentías) un hijo que no nació.


Hoy que han pasado los años, te traje a mi mente,
recuerdo tus celos y aullidos cuando me perdiste,
si me quejé de tus espinas olvidándome las rosas
es que..... te insisto, nunca quise enamorarme,
¿Qué dejaste en mí ?..... recién hoy lo descubro.
Un lindo recuerdo que aún late en mi memoria.

Doce campanadas de dolor y muerte - Lucía Marty

27 de febrero de 2011


La casa esta vacía,
Gilberto cantando “Enséñame a vivir sin ti”
estúpida ironía,
te marchaste sin mirar atrás,
sin decir adiós, sin un beso de despedida,
sin escuchar mis ruegos ni mí llanto.

Que puta sensación recorre
mi cuerpo
si estoy viva
respiro, mi corazón late fuerte,
mi piel se estremece
con el roce de las gotas de lluvia.

Pero estoy muerta,
en mi interior amargamente sin vida,
mi alma yace en un rincón
acurrucada de miedo
vaya a saber en qué dimensión
estoy enclaustrada.

Apuro mi trago de Cubalibre,
gozo las últimas pitadas de mi puro,
con exquisito sabor a mí
sigo leyendo el mismo libro
miro enamorada tu fotografía,
lloro el mismo dolor.

El reloj dicta la sentencia
son las doce campanadas de siempre,
en soledad las cuento
Una, Dos, Tres, Cuatro,
Cinco, mi corazón se estruja
vuelvo a llorar.

Seis, recuerdo mis sensaciones
cuando con palabras me acariciabas,
Siete, lloro extrañando tu morbosidad,
Ocho, se seco la miel del manantial,
Nueve, cubierta de lágrimas
me prometo jamás volver a creer.

Diez, de mis ojos el fuego que quema
se extingue, lloro sin consuelo,
Once, bebo el último sorbo de mi trago
exhalo la última calada de mi cigarro,
Doce, ya no contare mas, las campanadas
mudas en mi corazón quedaron.

Vuelvo a sentir el frío de las corazas
que voy sumando para cubrir mi alma
una a una como las doce campanadas,
Ay de los que vendrán después de vos,
que serán tan solo un instrumento,
se murieron mis sentimientos.

Regreso - Salvador E. García Yllescas

26 de febrero de 2011


La mañana lo encontró cansado del viaje, la casa estaba como la había dejado años atrás, pensó en limpiar, pero estaba acostumbrado ya, a padecer el polvo, había podido eliminar su obsesión por limpiar y recoger, de tal suerte que se duchó con agua fría. El ir de aquí para allá de trotamundos, de ciudad en ciudad, lo había hecho distinto y se preguntaba si se acostumbraría de nuevo a aquella ciudad.
Se miró desnudo frente al espejo, más delgado quizá, halló a la mitad de su cuello, una arruga más, en el centro de su pecho la cicatriz dibujada desde su niñez, recuerdo de una cirugía que le salvó la vida. Pasó sus dedos por su pelo cada vez más escaso, alzó un poco el fleco, para medir con sus dedos el tamaño de su frente, al retirarlos, notó más profunda la arruga del entrecejo, era evidente el peso de la edad.
Tomó la camisa que colgaba de la manija de la puerta del baño, abrochó lentamente los botones de arriba abajo, ajustó el pantalón después de fajar la camisa dentro, apretó el cinturón, de nuevo notó que estaba perdiendo peso. Se puso el suéter, negro igual que el pantalón, tomó el frasco de loción y puso un poco sobre la barbilla y otro poco en las mejillas. Pasó el cepillo por el pelo, acomodó los lentes y se acercó al espejo de nuevo. Me estoy haciendo viejo se dijo, tomó la toalla, la trusa mojada y bajó las escaleras que daban a la planta baja de la casa, cruzó la cocina, abrió la puerta que daba al patio y puso sobre el tendedero la toalla y la trusa sobre las que puso un par de pincetas para la ropa.
Bajó la pendiente que lo llevaba hasta la avenida principal de la villa de casas que conformaban aquel humilde fraccionamiento. El sol pegaba de lleno y contrastaba con el aire frío que pegaba en su cara. Metió las manos a los bolsillos del pantalón y buscó el ipod, se puso los audífonos y programó de manera aleatoria el reproductor que volvió a guardar en uno de los bolsillos del pantalón. Mientras esperaba el autobús, miró a una anciana cruzar con lentitud al otro lado de la acera, también vio cómo un perro buscaba con ansiedad algo de comida, hurgando en un contenedor de basura. Abordó el bus después de una señora que había corrido con su niño en brazos para abordar el transporte, él le permitió el paso y le ayudó con una valija que la mujer cargaba.
Mientras el bus rodaba por las calles viejas de la ciudad, por su mente pasaban los recuerdos de los establecimientos, grandes y pequeños que con el tiempo, habían desaparecido. El bus paró y al fondo, logró ver el viejo parque de beisbol, cerró los ojos y las risas de los amigos le llenaron el recuerdo, se miró de nuevo pegándole a la pelota con el bate, de nuevo corrió queriendo robarse la tercera base y llegaron también los aplausos de su madre y los gritos del viejo, alentándole a dar su máximo esfuerzo. El bus siguió su marcha y mientras, su ipod sonaba una vieja canción de un cantante argentino, ídolo en los setentas y ahora perdido en los infiernos de la vehemencia, internado en un hospital para enfermos mentales. La canción llegó justo cuando el bus, se detuvo a las puertas de una vieja vecindad ubicada a la orilla del centro de la ciudad y su viaje en el tiempo le llevó a sus once años, le pintó una noche en la que al interior de aquella vecindad, justo en el departamento seis, una niña de dieciséis, le besó los labios y él la piel, le abrió el deseo y le apagó la sed y mientras recordaba las mieles de aquel placer, el bus rodó y él no pudo evitar en su recuerdo, la visión de volver a ver pasar aquel vaivén de su niñez.
El bus lo dejó en el centro de la ciudad, volvió a sentir las piedras de aquel estilo colonial, volvió a respirar el olor del buen café, de la comida, de la humedad, abandonados años atrás, anduvo los callejones, miró de nuevo los balcones, repasó las historias, decenas de leyendas aprendidas desde la niñez. Pasó por las iglesias barrocas y se replanteó la hipótesis de la evangelización española en aquel pueblo ñeñú y de muchas vidas y lenguas indígenas más. Miró bailar una vez más, a los viejos en el quiosco aquel que en su estancia en otras ciudades lejanas, solía recordar. El baile de aquellas parejas de viejos le enchinó la piel. Estaba de regreso y parado a la mitad de esa plaza entre los trazos de los pies que los zapatos de los bailarines trazaban sobre el piso, sobre los tacones de unos zapatos de carmín, unos pies conocidos lo atraparon y dio marcha atrás hasta un domingo en que enlazados por la cintura y enredados por el velo de la miel, entre los compases de una melodía ella y él, se dejaban llevar.
A la mitad de una taza de café y entre las mesas de un merendero familiar, el paso del aire le indicó que era hora de volver, pagó la cuenta y tuvo que correr para detener un taxi que lo pudiera llevar, por el vidrio de la ventana iban quedando atrás, los niños indigentes que llegaban a dormir debajo de los arcos de un centro comercial, vieja costumbre que un día soñó poder cambiar, cuando tuviera dinero para construir un albergue que pudiera cobijar aquella pobreza y enorme necesidad. La cuesta hasta la casa le trajo después, un par de miradas infantiles que vivían con él, metidas en los huesos y en el curso de su tren y fue inevitable no llorar, sabiendo que a algunos días de distancia se hallaban esos dos varones ya, rodeados de sus nietos a los que aún esperaba conocer.
El aire golpeaba de lleno en sus piernas y al suelo le amarraba los pies, como queriéndolo invitar otra vez, a ver las luces prendidas de la gran ciudad que debajo de aquella colina solían iluminar una vereda de ámbar y cauce de serenidad. Ahí estaba de nuevo, una razón para volver a empezar, remar la contracorriente de su soledad y renacer aceptando la existencia de aquel mundo nuevo en el que cualquier intento, era el principio de un buen plan, para empezar y no volver a renunciar a ser feliz.

Poema XV Cuerpo sin mi - Eduardo Moga

25 de febrero de 2011


Wardle

Remite el esplendor que ha estallado
como un bulbo doliente.
La luz tropieza
en los nudos del aire
y, en su caída,
produce
sonidos húmedos, lechosidades
secas, que se deslíen en la niebla.
El aire se divide en micas
que buscan
lo que subyace al aire, lo que late en su fondo,
la omnímoda
delicadeza con que el sol le impone
sus labios
interminables. Y una alondra,
atravesándolo, sutura
sus estrías y engrasa sus articulaciones
y ensarta
su gélido
ardor,
como si la impulsara un mecanismo
sin causa o una invisible
tormenta.
(No sabe el pájaro
que lo miro; no sabe que soy su realidad:
sus alas baten porque las percibo).
La aguja de una iglesia lleva
hasta las nubes un silencio
jaspeado de tactos, y su júbilo recto
abre una duda en los helechos
que duermen y en el crepitante azul,
cuya masa es un techo
sin muros, una piel total.
Un cazabombardero desordena la hierba
que arropa los repechos conquistados
por la luna y el guano. El avión rompe el aire,
el vidrio de las cosas
anochecientes,
y los insectos
pululan con caótico fervor.
La lentitud de los arroyos
me consuela: acarician sin tocar,
y su caricia me derriba;
el tiempo está desnudo,
gotea,
abre intervalos de no tiempo, hiatos
en su continuidad pétrea, entre las dunas
y las adelfas,
y yo
recorro su materia sin propósito,
como recorro estas estribaciones
de turba en las que mueren los corderos.
Las horas, empujadas
por los alisios, se detienen
en los salientes
de las pupilas y las chimeneas,
y desde ellas regresan
al ser, planean hacia la conducta,
como una mano elástica
que instara al cuerpo a la pústula
y la consumación.
No se oyen
los coches que circulan a lo lejos,
ni el corazón, contiguo a mí,
arado en mí,
que bombea silencio.
Un temblor cárdeno sacude
el cielo amargo del atardecer.
Todo brilla, encendido de avispas. Y los ojos,
dulcemente sangrando, exploran
las inclemencias
de lo visible
como si una bisagra
sutil
los unïese
a lo inexistente.

La voz que viene de afuera… - Salvador E. García

24 de febrero de 2011


Me pregunto si aún sigues ahí, detrás de mi cortina, una, dos, tres veces la he abierto , sin encontrarte, quisiera de pronto descubrirte mirando nuevamente mi ventana queriendo entrar a través de la luz que de ella mana.
¿Aún te acuerdas?, te descubrí cubierta de cenit y noche, en piel negra envuelta, vestida para amarme una y otra vez, ¿por qué huiste, apenas corrí la cortina?, ¿acaso el viento te susurró al oído, para convencerte de dejar crecer esta locura?
Llevo noches sin dormir, esperándote de nuevo, no hay un viso que me devuelva la calma, tu silueta se pierde entre los sueños que humedecen el entorno de mi cama, a veces me despierto, envuelto entre el sopor del fuego que derrochas a la mitad de una intensa madrugada. Eres la piel de mi piel, el color de mis brazos, el andar que camina por mi espalda, surcas mi torso con la miel que escurre de tu lengua que me atrapa.
Eres mi mañana y mi tarde, la noche que espero sobre el borde de mi cama, ¿por qué te escondes de mi mirada?, la otra noche, olí tu aliento y escuché tu respirar, salí apresurado a encontrar el “algo” que calmara la sed y apaciguara las ansias. Te hallé de espaldas en la puerta de la tienda, ¿aún te acuerdas?, eras la misma silueta que advertí por mi ventana, delineada por la piel de un pantalón y una chaqueta, ceñidos a tu cuerpo. Sin hallar reparo alguno, por detrás de tu espalda, muy cerca de tu pelo, en un murmullo, pregunté al encargado el costo de una cajetilla de cigarros, lento, por encima de tus hombros, extendí un billete y nuevamente en un murmullo más atrevido que el primero, le advertí que se cobrara, mientras esperé al fulano con mi sobrante, acerqué de más creo, a tu mejilla mis labios, tú entonces volteaste lentamente y muy cerca de mi boca, me pediste permiso para dejarte salir del sitio y escaparte de nuevo. La lentitud del encargad o, me exasperó tardó muchos minutos en darme mi cambio, cuando salí ya no pude encontrarte. Aquella noche, entre el humo de un cigarro, el deseo también se hizo ceniza.
¿Has contado los días y albas que llevo corriendo la cortina de mi ventana, para hallarte de nuevo?, quisiera pensar que sí y que por aquí te pasas cuando estoy ausente, cuando no me encuentro. Sé bien que hay madrugadas en que te paras frente a mi puerta, ¿cierto?, eras tú la sombra de aquella mañana en que me levanté sin encender la luz del interior de mi casa, sin saber porqué, abrí lento la puerta de la entrada, iba a buscar a mi auto, una agenda olvidada, al escuchar el ruido de las bisagras de la puerta, alguien corrió y solo pude alcanzar su sombra, delgada con el pelo en cascada, ¿me espías?, ¿por qué no tocas?, ¿por qué no me llamas?, quizá será que soy yo el que te llamo, el que te procuro, el que se atreve a darse cuenta que está solo, tal vez será que te necesito para sentir de vez en vez que aún estoy vivo que es mentira que no soy un ente, un errante delirio de vacío, tal vez sea yo el que aliente tu aliento y tu deseo de hacerme tuyo por que en realidad, ni yo mismo me pertenezco. Tal vez eres solo la razón de mi razón y su motivo. Eres la causa y el efecto de este corazón partido por sus propios latidos.
Mas existes lo sé porque te he visto, en la tienda y de la mano de él ¿qué es de ti?, ¿tu amigo?, ¿un conocido?, me pregunto si como yo, se duerme y desvela contigo, si sus madrugadas pasan corriendo entre tus piernas todos estos besos lascivos, si como yo, sumerge noche a noche su barba en tu ombligo y en tu regazo, deja caer el sueño rendido. Si como yo, se desvela en un abrir y cerrar de una cortina. Si te ha dibujado tantas veces como yo, en la superficie de su tálamo estéril y yermo. Si como yo susurra en tus oídos, una y otra vez, lo sublime de este veneno desmedido. Los he visto abrazados y envueltos en besos inocentes, distintos de los míos, aquellos que suelo darte cada vez que cruzas mis pensamientos o robas mis sueños. Sueños en los que atraviesas mi ventana y subes corriendo las escaleras de esta casa, tirando en cada peldaño la piel que abraza tu cuerpo y llegas hasta donde te espera la vehemencia de mis ansias.
“Buenas noches”, te digo y ya luego me santiguo, me quedo quieto mirando al techo y luego a las paredes y en leve salto, de nuevo me acerco a la ventana, “hoy sí”, me repito, tratando de convencerme que me estarás buscando como aquella vez en que mirabas mi ventana y tocaste mi puerta y apenas al abrirla me dijiste:
- ¡Quiero hacer el amor contigo!
- No me conoces – te dije sorprendido –
- ¡Claro que sí, muchas veces te he visto!
- Pero… yo a ti, no muchas.
- De eso se trata que tú no me conozcas, ni sepas quién he sido – me dijiste –
- Cómo, ¿quién has sido?, ¿por qué hablas en pasado? – te pregunté –
- ¡No me hagas caso, hoy he bebido mucho!
- ¿Por eso estás aquí?, ¿cómo sé que soy yo y no te has confundido?
- ¡Eres tú, no me he confundido!, ¡bésame, de pies a cabeza, bésame!...
Yo entonces lento y rozando los entornos de tu piel fui quitando una a una, las prendas que cubrían la intimidad de tu ser, en suave vaivén me perdí en tus valles y prados. Hasta quedarme dormido y despertar anclado a una idea que comienzo a padecer.
Quisiera verdaderamente, creer que sigues ahí, llevo ya algunos días que dejo encendida la luz de mi cuarto, quiero que mires y sepas que te espero, a ti, a tus ojos, a tu pelo largo, a tus manos y tus brazos delgados, a tus piernas largas y tus labios delicados. Quisiera, solo quisiera, hallarte de nuevo tras esta cortina que envuelve tu secreto y mi sueño.
¿Aún sigues ahí?, me pregunto, esperando, simplemente esperando a que concilie mi razón y deje de cabalgar mi locura, a que nuevamente encuentre la paz que me has robado, a que deje de creer que no hay mayor placer que el de tus labios en mis labios, el de tus ojos tiernos y enamorados, estacionados en los míos, cada vez que a la mitad de mi desvarío te beso y atrapo.
“Buenas noches”, te digo, me santiguo, miro la cortina, a tientas, hasta la ventana me voy acercando, ¿aún sigues ahí?, rebota en mis sienes la pregunta y su eco llega hasta mi corazón que se desvanece en mil latidos, me tiemblan las manos, cierro los ojos para evocarte y los abro, mientras las yemas de mis dedos se pasean por el borde de la cortina, en un ir y venir expectante, me cuestiono, ¿será que sigues ahí?, la luz del alumbrado entra a mi cuarto, con su halo de luz aliado, ilumina las huellas de unos zapatos que llevan como destino, el umbral de mi puerta, entonces el timbre de mi casa suena…
- ¿Quién? – pregunto sobresaltado –
- ¿Aún sigues ahí? – escucho decir una voz que viene de afuera –.

Ella - Javier Úbeda Ibáñez

23 de febrero de 2011


La primera vez que la vi fue en una exposición. Ella no me vio. El corazón me latía desmesuradamente. Me costaba respirar. Me escondí entre los pilares donde estaban expuestos mis cuadros. Era mi día, llevaba años esperando ese momento, y me tuve que salir de la galería. Su presencia inundaba el espacio y se metía dentro de mí pidiéndome que hiciera algo...

Mi móvil empezó a sonar, reclamaban mi presencia en la sala. Tras las súplicas de mi galerista, entré. Mi corazón se calmó, ya no me costaba respirar. Sentí que ella ya se había marchado. No la veía, pero sabía que ya no estaba. Otra oportunidad de esas que tan solo ves pasar hasta la próxima.

Aquella que te amó - Delfina Acosta

22 de febrero de 2011


Palomas de repente en mis mejillas.
Un sacudir de alas si regresas,
amante, a mi presencia y me perdonas
y arrancas de mi amor la sola queja.
Me juras por tus muertos, yo te juro
por Dios que a los demonios atormenta.
Y en brasas se convierten las palabras.
En pájaros sangrientos que pelean
por las migajas de las hostias últimas.
Ámame hombre en esta noche negra.
Mi historia es ésta: un lecho solitario,
un despertarme atada siempre a hiedras
y una almohada llena de tu rostro.
Mi vida toda es sólo sueño, niebla.
Mas llegas y mi voz ya no es cautiva.
Y aquella que te amó se me asemeja.

Como ayer - Carlos Casado Cuevas

21 de febrero de 2011


Como si hubiera sido ayer
entre pañales de inocencia
y llantos desesperados
que con el viento braman,
entre claridad de sonrisas
y rosas que se abren
en el interior del alma,
viviendo entre jardines
sin fronteras que desunen
y armonías de frescura
que brotan de labios que aman.
Como ayer me siento
indefenso en el camino
de sinuosidad precaria
entre luchas y esfuerzo
en busca de supervivencia,
tras días y años gastados
arañando espacios vacíos,
aunando trabajo y sudor
por senderos de monte alto.
Como ayer desbrozo el camino
a la vera de piedras y espinas,
un año más a mi espalda,
uno más para luchar,
uno más sumado a la prosapia
de otros ya vividos.

Historias de fantasía - Patricia O. (Patokata)

20 de febrero de 2011


Como cada mañana se levanta y se dirige a su ordenador para crear un nuevo texto, ha creado sus mejores historias basándose en los sueños que tiene durante la noche.
En esta oportunidad ha dejado que su imaginación vuele detrás de unicornios ancestrales, ha apartando la vista de la pequeña pantalla y cerrando los ojos se ha dejado transportar a tierras habitadas por antiguas estirpes.
Cuando vuelve a posar sus soñadores pies sobre esta tierra de simples mortales, dispuesta a continuar con renovada inspiración el relato que había comenzado, comprueba maravillada que las letras han desaparecido y en su lugar un apuesto elfos montado sobre una criatura alada le sonríe con un pícaro guiño y desaparece, dejando en la pantalla en blanco una lluvia de estrellas.

Aliento - Salvador E. García Yllescas

19 de febrero de 2011


Cierra los ojos, ábrelos ahora,
¡mira!, el aire de un nuevo viento,
el vuelo de un tiempo inmenso, eterno…

¡Déjate ir!, atraviesa raudo el olor del miedo,
llena tus zapatos con los pies plenos de aliento,
amaga la tormenta, llénala de derivas…

Ampara los latidos de tu corazón despierto,
de destinos, manos y piel anega tu desierto, resbala,
por el cauce de tu pelo, uno a uno, los momentos…

¡Cierra los ojos! , ¡ábrelos ahora!
emprende ligero, cada nuevo pensamiento,
arremete con el brío de un fuego intenso...

…¡el Sol sale de nuevo!

¡Corre una y otra vez!, ¡no dejes de hacerlo!,
no habrá una gota de agua, ni mar entero,
que ahogue la voz de tus destellos…

¡Piérdete de nuevo, en las aras y el veneno!
de un delirio que fluya por tu cuerpo,
¡uno tras otro suenan, los impulsos de tu silencio!

¡Escúchales venir en pedazos de fe envueltos!
¡No hables ahora que no sea aciago este encanto!
¡Roba decoro a lo que no sea cierto!, ¡pronto todo cambiará!...

¡Llama cada espíritu rendido en tu cielo!,
¡Pon en tu hoguera todos tus inviernos!
¡Cruza descalzo, el oscuro sendero de lo incierto!...

…¡Un nuevo amanecer, te espera de nuevo!

¡No siembres la humildad entre los muertos!
¡Salta hasta encumbrar horizontes y trayectos!
Madrugadas de motivos caminando por tu pecho…

¡Amarra los segundos a los minutos!, ¡enreda las horas!
¡Ata del ayer, todos los ecos, raíces y semillas vueltos!
¡Cierra los ojos!, ¡ábrelos ahora!...

… ¡Mira el resplandor de un espíritu nuevo!

Cuelgo mis lágrimas - Beatriz Favre

18 de febrero de 2011


Cuelgo mis lágrimas en una estrella
y desde aquí, las contemplo, en silencio,
relucen en el firmamento, como las mas bella,
solo amor por saber que me amas,

me desprendo de las lágrimas
que como gotas de rocío, se esparcen en el vacío
porque te siento mío, y si una de ellas
en mi mirada se refleja, no temas, amor, no es tristeza

es saber que estas enamorado, que eres mi ángel adorado
estas a mi lado me sostienen tus brazos
eres mi refugio añorado, tu paz y tu serenidad
me devuelven la calma, en estas horas decisivas

que vuelve a ponerme a pruebas la vida.
Donde mi mirada esta fija, y mi decisión tomada
volar lejos es definitivo, abrazarme a otro mundo
buscar esa paz, que tanto necesita mi vida,

de años de entregas, de constantes negaciones,
hoy quiero, deseo, buscar ese horizonte, ese
que una vez, me mostraste, que esta claro
y aunque deba sortear obstáculos, llegare

como sea, llegare, porque ante nada me detendré
para lograrlo, por este tramo de vida que Dios me obsequia
he de vivirla plena, feliz, confiada,
saber que nada fue en vano, solo necesito, tu mano

saber, que es junto a ti, que me lleva el destino
seguir tu sendero, que juntos despertemos
creer que no vivimos de quimeras
que nos amamos desde la vez primera.

No existe la pausa... - El Brujo de Letziaga

17 de febrero de 2011


Una gota de agua
La perla gris
Sobre una rosa.

Un brote de sol
Y ya no existe
Lo que no queda
Al final de la tarde.

Una hermosura.
Que sólo fue
Latido de un instante.

Nació y al de poco murió...

Un aroma de fragancia
Que de repente
Ni su olor se siente.

Me llegó y se esfumó...


El principio y el fin
La gota....
Y el perfume de la rosa
El tiempo pasa...

No existe la pausa

Por eso muero…
Sin descanso ni esperanza…
En un tránsito sin respuesta
Errante con el movimiento.

No existe la pausa…

El forastero - Delfina Acosta

16 de febrero de 2011


En el pueblo no ocurría nada.
Gertrudis, que vendía flores de origami frente al cementerio cada domingo, y Andrés, que solía traer alguna que otra presencia dominical suya hasta el portón de hierro para que se viera la calidad de la gabardina de sus pantalones, hablaban, y hablando tosían niebla. A veces les pasaba por los ojos el recuerdo del día en que vieron abandonar al cura párroco el pueblo.
Nadie iba a misa y a él le quedaban muy grandes esos apóstoles de caliza de su iglesia, uno debajo de cada tragaluz hexagonal, y sobre todo el crucificado, que con la cabeza gacha y ladeada sobre su hombro derecho, parecía contagiarle la muerte, haciendo aún más penosa y desventurada su situación de religioso sin fieles.
Si existiera una murmuración de aquellas generaciones indiferentes a Dios que inventara una sospechosa relación entre su persona y el ama de llaves de la casa parroquial, aquella habladuría, aquel comadreo le parecerían solamente un pecado que debía perdonar, pero nadie murmuraba nada.
Ni una irrelevancia: “Ah... he visto al cura párroco buscando a su perro, pero él no me vio, aunque Benito sí”.
Ninguna gravedad: “Y después de media damajuana de vino, se le da por otra media damajuana más, y al llegar a una damajuana, tú le llamas don Tomás, o don Jaime, o don José María, y te cree, y se te acerca”.

A veces caía alguna que otra gente en el pueblo, pero luego desaparecía.
Las casas, con el musgo y las hiedras trepando por las paredes, y las palomas quedándose a vivir en los aleros, esa agua desabrida del aljibe que subía cayéndose a veces de sí misma, aquellas luces callejeras que venían a morir puntualmente a las seis del crepúsculo, espantaban a las personas que no entendían cómo era posible una existencia sin autos levantando polvareda por el camino, sin calles con nombres difíciles de leer en el primer intento, sin un parque con glorietas a donde ir a buscar un trébol de cuatro hojas y arrancar la nostalgia, la melancolía del sitio.
Somos gente sola - dijo Gertrudis.
La señora Florencia no cuenta, jamás sale de su casa, salvo que venga a llevarla a pasear alguna amiga que jamás la visitó - mencionó Andrés.
Fue en un día de mucha humedad, pero de leves y de breves apariciones del viento sur que traía un poco de alivio a la gente asmática del sitio, cuando llegó un hombre de sombrero panameño y larga barba pelirroja en un auto modelo 60. Algunos curiosos se sintieron a salvo de aquel pueblo tan chico y desolado y aburrido.
En una ciudad uno despierta y ya está mirando más de dos veces el reloj de pared para asegurarse de que la hora no le está engañando; al oír la bocina de los taxis, uno salta, como alertado por una sirena, y va a recoger el diario del pasto que se afana en mantener su frescura, y luego corre a hacer la primera llamada telefónica del día.
Ah..., en una ciudad uno despierta, y ya está abriéndose paso entre el intento de amabilidad de los demás, con un nervioso “Permiso, permiso”.
Villeta... En el pueblo todo es tan distinto, empezando por la levedad del aire que se abandona al vuelo delicado de las más coloridas mariposas.

Sale doña Mariana a buscar a su gato como a las diez y cuarto, cuando el Sol aún no pica en la piel, y la resolana se mantiene en la vereda de enfrente, y cualquiera del pueblo, pues todos conocen a su rufián de pelaje blanco y un ojo nublado, le cuenta que vio su sombra dando vueltas por allí.
Es el viento tan liviano en ese sitio de casas viejas.
Aún los pasos de la gente reflejan esas casas, la gente que va sin apuro alguno, a encontrarse con alguien, o a desencontrarse, para marcharse después en dirección a un camino tardío, hecho a la forma de la sombra de los largos árboles de eucaliptos.
- Sirviéndose el mate, entre los amagos del atardecer, los hombres charlaban en la cantina, que era un sitio como cualquier otro, en el que muchos cabían, aunque dos o tres personas se quedaban a veces atrás, escuchando, y los demás intentaban hacerse escuchar.
- ¿Para qué habrá venido? - dijo entre la tos del tabaco Tobías.
- Tiene la mirada de quien sabe que todos estaremos en su contra, pues la cara de forastero no se la saca ni con piedra - opinó Andrés, y lo imaginó de pronto prendiendo las lámparas de techo de la casa de don Viriato, quien hacía tiempo envejecía y sufría el suplicio de la gota en la capital.
Por dar batalla a los murciélagos y a las malezas, mantener - moderadamente - limpios el baño, la cocina y el altillo, cambiar las tejas rotas, y pagar unos pesos, los que sean, don Viriato le prestaba las llaves de su caserón a cualquiera que, además de aceptar sus condiciones, le cayera bien.
Tobías pensó en el forastero como le enseñó su abuela que debía pensar. La recordaba vaciando su tos seca en un pañuelo de seda y contando entre tos y tos cómo los forasteros se llevaban en una bolsa de arpillera a los niños que se portaban mal.
Entonces toda la mierda caía de él, como de un cielo poblado por negros, y aquella col que le costaba digestión y media junto con la paleta de chivo, salía convertida en una prolongación miserable de su cuerpo enfermo.

Pero al ver a aquel hombre emerger de entre el humo de su cigarrillo, (no lo había visto sino de espaldas, dirigiéndose hacia una calle delgada y musgosa que llevaba al río) sintió un susto todavía mayor que los sustos que lo dejaban empapado de sudor y de orín en su niñez, allá en el tiempo, junto a su abuela.
- Vaya uno a saber... Ah..., miren que he vivido mucho. Quizás este señor, de tan mal aspecto... - murmuró Tobías clavando los ojos.
- Sí, compadre, y fíjese que con mandarlo del pueblo estaría resuelto el problema - comentó Andrés y por eso de hacer causa común clavó también los ojos.
- La señora Clara me ha comentado que está haciendo un pozo en el jardín trasero de la casa - intervino Joaquín, el hijastro de don Germán, mientras pasaba un trapo húmedo por el mostrador de la cantina.

- ¿Y después? ¿Tú qué dices? - habló de nuevo Tobías.
- Mi madre decía que cuando un hombre llega a un pueblo las mujeres se alegran pues encuentran el anillo perdido, la posibilidad de poner fin a su soltería.
Cayó la noche.
Y cada cual, con el pensamiento o el disgusto que le venía al caso a esa hora, se fue caminando para su casa.
Había un eco de viento.
Y al eco se le sumaba un suspiro como de dolor nocturno que busca la llave de la puerta para salir a la calle y caminar en busca de una distracción.
Por el camino de los perros, Tobías se dirigió fumando hacia su hogar, y encontró que tenían muy buen olor, especialmente esa noche, aquellos jazmines que colgaban en gajos de una casona pintada con color blanco.
Pero después decidió dar unas vueltas por el pueblo, y sin querer, eso es, sin querer, fue a parar hasta el sitio donde se encontraba el extranjero.
Y vio, desde la ventana abierta por donde se colgaba la luz de la Luna, la sombra de una persona en la pared. Al principio era una sola sombra larga; luego varias, flotantes, etéreas casi, se sumaban a ella. Dibujaban un baile al compás del vals “El Danubio Azul”.
Que el ruidoso pregonar de los grillos intentara distraer su atención, fue la incomodidad con la que tuvo que luchar durante un buen rato para no perder el movimiento de las sombras danzarinas y ese delgado hilo musical que estremecía su corazón.
La noche estaba estrellada y un lucero parpadeaba.
Se preguntaba qué extraña locura era aquella, la de bailar. Y pegaba su oído a la casa, y escuchaba risas, y algunos aplausos tímidos al inicio, aplausos delicados, que se perdían después de las manos para formar ya un llamado rápido, enérgico y precipitado; un llamado furioso, inapelable, a una pronta ejecución.
Sintiendo que el sudor le poblaba la frente, el cuerpo, y que la vejiga se le volvería en contra suyo en cualquier momento, vio con los ojos bien abiertos cómo arrastraban a la sombra recién ejecutada, convertida en profusa mancha de sangre, hasta la puerta principal.
Huyó.
Tomó de nuevo el camino de los perros para dirigirse a su casa y dormir, pero esa noche no pudo conciliar el sueño.
Y a la mañana, sin importarle que aún fuera muy temprano, tan temprano, y que el cielo tenía más de oscurecido que de clareado, fue a golpear las puertas de las casas del pueblo. La poca gente lo escuchó contar, con un por supuesto, Dios nos libre, y claro que sí, lo del asesinato en la casa de don Viriato. Finalmente el pueblo, en remolino de polvo, se dirigió hacia lo de Viriato.

Joaquín, por orden de don Germán, fue corriendo hasta la polvareda y la polvareda entendió las razones a los gritos que les daba el mozo: Había que deliberar sobre el crimen en la cantina. La gente se sintió suelta y compuesta pues a cada uno le tocaría su turno de hablar.
- Nada más verlo, yo supe que ese hombre mataría a cualquiera de nosotros, pues se le veía la intención en la ceja - dijo doña Ángela, y empapó el sudor temprano de la frente con un pañuelo que siempre tenía guardado en el bolsillo del delantal para circunstancias como ésas.
- A mí, el muy cabrón se me quiso echar con el auto encima, pero yo me tiré del lado del pasto, y caí sobre las boñigas; me levanté y durante un largo trecho corrí tras él. Pero ya ven. Los asesinos siempre escapan - suspiró Teodoro, el pastor de ovejas.
A esa altura de la conversación, la gente estaba más que animada. Y el licor corría de boca en boca como una mosca. Y uno decía que había que colgarlo de un árbol, y otro no paraba de reír pues el efecto del alcohol en el estómago vacío funcionaba como una cuerda.
Hablaron de su abuelo José, los mellizos Gastón y Abel, y se ofrecieron, en nombre de él, que había sido asesinado por un forastero, ir a traer al asesino.
A esa altura del mareo, de las burbujas de cerveza que formaban bigotes en los rostros de algunos hombres y mujeres, de las carcajadas que hacían imposible casi el turno de la conversación, de los hipos que se celebraban como si fueran explosiones de fuegos artificiales, lo del ajusticiamiento pasó a ser un asunto de segunda necesidad, de modo que los mellizos, que estaban sobrios y furiosos, fueron por el extranjero, y llevándolo al cementerio, lo colgaron de un árbol de ceibo.
En el domingo siguiente se vio mucha gente en el camposanto.
Las mujeres colocaban unas violetas sublimes y unos crisantemos piadosos bajo la cruz sin nombre debajo de la cual tiritaba todavía, si los muertos tiritan, el individuo colgado del ceibo.
Y había otras cruces sin nombres. Y otras. Y otras. La gente compraba flores de origami de Gertrudis, apostada frente al portón de hierro. Rosas, santarritas, gardenias, jazmines, adelfas y claveles de papel para los forasteros ajusticiados por los mellizos del pueblo.

Leyenda urbana - Patricia O. (Patokata)

15 de febrero de 2011


Agazapado bajo el viejo puente espera el momento oportuno de avanzar hacía el suburbio.
Está cansado de que lo confundan con un ladrón, los habitantes del lugar deben volver a respetarlo como se deben respetar las leyendas urbanas.
Lentamente comienza a dirigirse hacía el barrio más próximo escondiéndose tras un árbol, tras un farol, hasta llegar a la esquina donde el semáforo da paso en una calle desierta a ésa hora de la madrugada.
Logra escabullirse por un callejón, evita ser visto por la patrulla de policía que en ése momento pasa despacio velando por la seguridad pública pero que, aún así, no se ha percatado del rastro sanguinolento que va directo al oscuro callejón.
En la penumbra de la plaza principal se escucha un extraño sonido detrás de la fuente, al tiempo que sus límpidas aguas se van tiñendo de rojo y el fondo comienza a llenarse de huesos.

Sueño de un sonámbulo religioso - Luis A. I. Muro Mesones


¡Estoy con pecado!, hoy si camino con mis pies.
La conciencia, como joya que es, está en su altar, allá arriba, en el fin de mi mundo. Aquí abajo nadie le reza: es que las pobres beatas se fueron con los años, ya hace bastantes décadas. Y las pobres gentes creyentes, están sin lenguas, porque no tienen para misas voluntarias, ni para las limosnas ni para las velas; y sus oraciones se les han secado en la garganta. ¡Pero está bien!, la Virgen no los culpa: ¡Ella es blanca! aunque el sol se incline para la noche que llega.
Pero esta vez, en mi cena tomo hiel, y no como hostia: “porque ahora mi vida me pide burdel”. ¡Hoy si quiero vivir la historia o la leyenda!
Camino uno, dos, tres…hasta treinta y tres cuadras. El viento me ve acompañado de verriondo; me llega y se va. Con súplica levanto la mirada para ver que el universo se apiade de mí; las estrellas, la luna y los cometas se esconden de mi presencia, sigo y miro las calles y los postes que están con sus luces de luto; creo que es porque el día ha muerto en alguna parte de mí.
Tres cuadras más, que ya veo el lupanar.
Miro el burdel: antro oscuro donde se ensucian los adolescentes, con la libertad de los adultos putañeros, y me adentro en el; sospechosamente veo a los viejos pedófilos sin sotana, de testículos hediondos y nalgas caídas, corren con sus bastones rezando detrás de las niñas que están aprendiendo a ser prostitutas. Y esto hace crecer mi ansiedad y, me impulsa a pasar por las habitaciones abiertas y que exhalan sus olores; pero agradables a mi sexo. Todas las prostitutas agradables y lascivas: una con uñas largas, otra con pelo rojo, otra con bata corta, otra sin ella, otra con todo, otra sin nada, otra y otras y …etcétera de putas. Hasta llegar, por los feromonas en el aire a… ¡Esa! …que mi bestia quiere.
Ella es alta por los siglos. Con su pelo aún revuelto por mítines de manos. Su mirada de adicta; si que me llega. Su nariz como me gusta. Sus labios, de viva carne palpitante. La miro, su vista también se me prende. Su piel es blanca de nieve; pero, me interrogo: ¿así será su alma?
Me acerco y le digo:
- Tu eres por hoy amiga de mi alma.
- ¿Qué soy? – responde.
- Eres por hoy: mi mundo, demonio y carne…eres mi mal necesario- contesto.
- ¿Y cómo es contigo? – pregunto.
Me responde directamente:
-Mira, conmigo todo hueco que encuentres, cómetelo y llénate. Que yo me comeré, tu pezuña, tu esmegma, tu grajo y tu caspa. Tu vena con tu sanguaza la uniré a mi vida. Esto, más un universo, ¡treinta monedas te cuesta!
-¡¿cuánto?! – asombrado pregunto.
Ella no quiere fiarme su cuerpo sin varices, ni celulitis, ni estrías. Y con una sonrisa que sabe su oficio responde:
-Mira hombre, o lo que seas. Has venido a ser esclavo o a liberarte.
Su cuerpo me lo vende con un beso en la mejilla. Su voz a todo masculino gusta. Su palabra con su aliento, moran en el humor de su sobaco tupido.
Entro a su alcoba, detrás ella. La verdad aquí no hay indulgencias ni “amor”: que reflejado en el espejo dice roma. Mi deseo mira conscientemente todo lo que se puede hacer aquí. Mi intuición ve su sangrante corazón. Ella lava su sexo con agua bendita para purificarla y, sobre esa agua ya infectada, lavo mis manos como Pilatos. “Tómate esa agua” me dice, “¡Si!” digo. Mi pensamiento por mi voz, resuenan en su tímpano: “llevando en alto a una perra y escupiendo a la Reyna”.
Su diástole; abre mi pasión. Recibo el vaso de licor, que ella cariñosamente me ofrece; para cambiar mi alma y terminar de matar mi voluntad. Luego atento, miro y medito el presente; me pierdo en la nada.
Después corren las agujas del reloj. El minutero ha corrido con el calor del infierno; que ampolla las patas del catre. La cama está suave y revuelta. Sus labios tienen hierro; me muerden la piel, los músculos y huesos, haciendo estigmas. Su piel es sábana salada; porque mi sudor corre. Sus poros como la arena, son contados por los poros míos. Mi tufo fuerte con halitosis, muere en su aliento. Los chillidos etéreos; pintan las paredes y los almanáquenes. El apóstata quejido erótico, sale de su seca garganta, baja hasta Luzbel, para endurecerse allí.
Su sexo oscuro sin estrellas, huele a ostra olisca de un mar muerto; mi lengua sarrosa, con fruición lame como un manjar; y sigo lamiendo aquel terrible portal. En toda su piel están los cinco sentidos y en mis dedos y mis labios también. Y me siento bebé succionando sus pezones sin leche; “es que no ha parido”. Mientras ella se retuerce como serpiente en fuego mordiéndose la cola.
Mi corazón: ¡late!, ¡late!, ¡late! Ahora si comprendo, que la vida es de plomo y los testículos de infierno. Pero por favor: ¡Corazón late, late, late …!, ¡Tu con ellos que como cruces me pesan mucho!...corazón late, late, late; bombea sangre y agua…que tengo sed.
La fratricida y sacra lucha sigue; sahumados por: alientos, gritos, colonias mas pedos. Los dos hermanos pelean; cualquiera reinará: es que uno es amor y paciencia, el otro vicioso y mentiroso. Luchan en mí y, yo con ella y, ella por ella.
La conciencia se tapa; el pecado mira. Veo su corazón que también: late, late, late. Su vagina ahora se ahoga por mis flemas ardientes, que la llenan.
Al terminar. Ella me besa, me llora, me quiere. Pero la verdad, es que hasta siete dura mi potencia. Después saco mi luenga serpiente, que ella enojada pisa. Pero al final en mi cuerpo, sus besos mueren como todos los seres,… menos el ósculo de la frente de mi calavera.

Pequeño susurro... - Yosie Crespo

13 de febrero de 2011


Vive en los pálidos labios de La Mort
algún Dios que no es el mismo.
Hay otros menos fuertes
que aceptan su palabra
y nunca son elegidos.
Pueden tomar de su aliento.
alejarse, dominarse, evadirnos,
insinuar el horizonte.
No tomar partido
y exigirnos otro culto.
Pero todos mienten.
No os engañéis.
En París todos los muertos hablan
Y soplan del viento el camino brusco
que nos recibe.
Pueden tolerarse a sí mismos
demasiado grandes, demasiado inútiles,
perdidos sino se vencen.
No os engañéis.
cueste lo que cueste
el tiempo siempre lo consigue.
Toda la humanidad
Vive en los pálidos labios de La Mort.

Sierpe - Alexander Vórtice

12 de febrero de 2011


Agarré el impulso
y lo instalé junto a las perfidias.

En seguida el juego mudó
en hálito avivado,
en espiración con tendencias
suicidas.

Sucede en noviembre
lo que sospeché en septiembre;
coloco el almanaque
en mi palco de ilusiones
y éste me asevera
que el mañana es una sierpe
cebada por los garfios
de la muerte.

¿Un nuevo nacimiento? - Alfredo Farias

11 de febrero de 2011


Estoy muerto….no se cuanto tiempo ya,
meses, años, siglos, eterno……lo mismo da.
No se en que dimensión desconocida,
cielo o infierno, encapsulado me encuentro.

Me siento en un lugar distinto, raro
¿y si muerto……por qué estoy pensando?
debe ser mi espíritu, que dicen nunca muere
no sé, siento mil sensaciones extrañas.

Raras sensaciones, como palpitaciones
siento un cosquilleo en mi cuerpo…¿cuerpo?
Si, presiento que se está formando mi cuerpo,
un armazón cubriéndose de tejidos y nervios.

Músculos, arterias y venas vistiendo a mi espíritu
en mi pecho siento latidos y un borbotar de sangre,
recorre mi territorio un airecito vital y conocido
que me hace sentir que estoy un poco….¿vivo?

No lo puedo entender, ¿vida dentro de un muerto?
¿serán gusanos que aún están dentro mío,
y que mi espíritu quedo encerrado y no subió a lo alto?
no sé, tengo miedo, algo raro está pasando.

¡Ya se! estoy en el vientre materno,
entonces era cierta la Metafísica,
el espíritu después que uno muere
vuelve una y otra vez en otro cuerpo.

Atención, ya se acerca mi nacimiento,
¿iré a ser bello e inteligente otra vez?
¿construiré versos, beberé de las uvas el vino?
¿podré oler el aroma intenso de los claveles?.

¿Esposa, hijos, nietos, padres y abuelos,
hermanos y amigos?..... si los quiero…los quiero.
Ya me siento preparado, voy a abrir los ojos,
pero….Dios mío, ¿que es esto que estoy viendo?

Esto no es mi nacimiento, veo un laboratorio.
Mi cuerpo es de adulto, lleno de mangueras
mi cabeza esta conectada a muchos cables,
probetas, órganos, vísceras… mucha sangre.

esto no es mi nacimiento, ¡¡es mi resucitamiento!!.
(¡¡¡Nooooooo!!!….seré un asqueroso engendro).

Cuando te duermas - Los Piratas

10 de febrero de 2011


Me miras con las manos escondidas en la mesa
y piensas que dirá.
Piensas que estas muerto que no existe ni un momento
para descansar.
Yo no insistiré,quizás es que has estado,
creo que podría liberar este dolor.

Lamento no entender,
creo que podría liberar este dolor.
Nunca ha estado claro de que estado te lamentas
cuando estas así.

Piensas que la risa no consigue amortiguarme
lo que tengo aquí.
Yo no intentaré saber que esta pasando,
solo trataré hacerte ver,
que este dolor se irá cuando te duermas.

Duerme que yo haré que sueñes bien mi amor.
Lamento no entender,
creo que podría liberar este dolor,
duerme que yo haré que sueñes bien mi amor.

Tus ojos en mi cielo - Salvado Eduardo García

9 de febrero de 2011


Entre el paso de tu perfume hasta mi cuello y el vuelo de tu pelo, mi cuerpo y el tuyo se envuelven en este en cada movimiento de este baile interminable y sereno. No hay nada a nuestro alrededor en qué reparemos. Perdido mi mirar en el entorno de tus ojos, traspasando la ruta de lo ajeno. Somos un ir y venir constante de tentación y miedo, escondidos entre mis sonrisas se halla mi miedo, tú pareces advertirlo y yo, trato de convencerme que tu cabeza gira sobre el mismo enredo.

Entre la luz multicolor y lo seco del hielo, como entre nubes, somos espíritus libres y en vuelo, de pronto, arriesgas tus brazos en mi cuello, pero adviertes de mi veneno su celo y vas y vienes, haciendo de ello tu juego, la música se desvive en éxtasis y es el momento que nuestra hacemos la noche y yo tus besos, esta vez, el lazo de mis brazos te atrapa y te dejas llevar por el ritmo de mi cuerpo, entre mi pelo, se pierden tus dedos, somos un solo respirar, un solo paso del baile, un solo cuerpo, proyectado en el tiempo y el espacio de un instante.

“Se libre en tu vida, sé libre en tu vida”, dice la música en un inglés apenas perceptible, te despegas por instantes de mis labios, solo para seguir con los tuyos el estribillo de esta música que perturba mis sentidos, de nuevo te sumerges en mi boca, segundo y minutos te convencen y entonces, acercas tus labios a mi oído, solo para susurrarme “se libre, abre los ojos”, apenas puedo creerlo, apenas hace unas horas, mi ruta y la tuya eran dos rumbos desconocidos, ¿quién eres?, ¿quién soy yo?, ¿quienes somos?, nada importa, quizá haya tiempo para descubrirlo.

“No habrá camino que dejen de pisar mis pies”, dice la canción, “es el juego de la vida”, remata contundente, ahora el inglés se escucha mejor o quizá es que a este sí le entiendo, “son largas tus piernas”, pienso, “además de torneadas”, así las siento desde que decidida, atacas con ellas los sitios de mi sexo. Te sabes deseo en mis adentros, ese “sexto sentido de mujer, en ti va perfecto”.

“No habrá camino que dejen de pisar mis pies”, me convenzo y del escote de tu vestido me aprovecho, las yemas de mis dedos, caen lento, por el cauce de tu pecho, tu sonríes y sin dejar de moverte, aguantas el asecho, llegando al borde de tus senos, me arrepiento y abandono mi paseo, para perderme en tus mejillas de grana que contrastan con el blanco de tu barba delgada. De nuevo me atrapas entre tus brazos y con el movimiento solo de tus labios me pides una vez más un beso que esta vez acompaño de mis manos en tu espalda al descubierto, “me quemas” , mucitas y yo me quedo pensando “es lo que quiero”, hay un impulso diferente en esta última entrega de mis labios, tú pareces advertirlo y rebasas la barrera de mis botones de la camisa abrochados, al descubierto dejas mi pecho que recorres con tus manos, “estás hirviendo”, me dices, “ten cuidado, no vayas a quemarte”, te advierto, “eso quiero”, de nuevo me dices solo moviendo tus labios.
Tu mano comienza a desvestir mi pudor y comienzo a derretirme en besos prolongados por el corredor de tu cuello, tu mano se convierte en furgón que nos pasa de corredor en corredor, hasta hallar un rincón oscuro y remoto del sonido de la música. Me miras mientras desvistes el candor de tu cuerpo, pasas lento, tus dedos por mis labios y pones los míos en los tuyos, sin dejar de verme, despacio abres mi camisa y mis jeans que caen al piso de inmediato, tomas mi mano y lenta la paseas por tus senos duros como el barro, juegas con mis yemas que circundan tus pezones en un andar suave y delicado.

Tu mano se sumerge en el centro de mi ser vuelto acero y daga, dispuesto a cabalgar a tu lado nuestro impulso desorbitado.

Abres la frontera de tus piernas y diriges con movimientos sutiles el principio del encuentro, vienes y vas y tu cintura se sumerge en mi valle, abres la trinchera de tu cuello y mientras tu pelo se desborda por tu espalda y en el cielo pierdes la mirada, mis labios se sumergen en la marea del mar que es tu pecho acelerado. Tus manos van y vienen camino de mi cuello y es un suspiro el que envuelve tu arribo hacia nuestro primer peldaño, una y otra vez, se vierte mi ataque en un dulce y explosivo viaje hacia nuestro interior, pronto sé que me romperé que dejaré vacío el fondo de mi piel y sé que pronto, seré frágil, de carne y hueso ora vez, es inevitable dejar este paraíso que vuela hasta lo hondo de cada latido que mana mi corazón. Te pregunto si nos volveremos a ver, sé que en el fondo se trata solo de una pregunta cortés, tú me respondes que todo está mejor así. La miel se diluye con el sudor de nuestros cuerpos rendidos y abrimos los ojos, para descubrirnos ajenos, con el único lazo de la piel, un beso intenso, sin embargo, sella nuestro silencio.

Camino, sobre las aceras y entre las calles de esta ciudad inmensamente grande, habitada por millones de hombres y mujeres, voy absorbiendo de la noche el temple de su frío, me repito una y otra vez, tu nombre, hasta sentir de nuevo, el temblor de mis pies y el de mi corazón, es entonces que la noche me deja al descubierto la razón de no volverte a ver, es solo esta fragilidad que no quiero romper, equivocándome otra vez. Mientras camino, entre lo incierto de un manto pleno de negro que me mira desde el cielo y es testigo de otra noche desierta, envuelto en el vacío, voy dejando atrás los filos que se han roto esta vez.

Presentación - Los Príncipes

8 de febrero de 2011



Para que quieres princesa mía el ala
como una virgen limpia y libre de pecao
si los besos más bonitos que se pagan
son los que se han robao.
Y qué pobre diablo te contó la gran mentira
de que el dinero no da jamás la felicidad,
quien te lo contó que diablo más pobre sería
o que poco te querría dar.
Tu no resistas la tentación, no, no, no, no
y no le debas a Dios,
que conmigo no puede.
Y como no hay piedras en el cielo
sobre la tierra no podrán caer,
sobre la tierra no hay más que dolores y miedos,
a ganar y a vivir, a morir y a perder.
El bien es tan aburrido que hasta los buenos
parecen tontos del to'.
El mal es más divertido por eso en el mundo
el único príncipe soy yo.
El bien es lo que te enseñaron para ser un esclavo
al servicio de los demás.
El mal te sale del alma y es la manera más vana
de sentir la libertad.
El mal resiste derrotas
y el amor, lo puede parar.
El mal no pasa de moda,
el mal no tiene final,
el mal se asoma y se esconde
y se disfraza de piel,
el mal es la obra del hombre
porque no hay demonio más grande que él.
No resistas la tentación, no, no, no, no,
y no le temas a Dios
que conmigo no puede.
De tanto como me han dicho que soy el demonio
me he convertido de pronto en el príncipe del mal
y me he vestido de fiesta para llamar a tu puerta
por Carnaval
para llamar a tu puerta
por Carnaval.

No te rindas - Armando Arzalluz Carratalá


Cuando las cosas vayan mal, como a veces pasan,
cuando el camino se ponga cuesta arriba,
cuando tus caminos mengüen y las dudas suban
cuando quieras sentir tu corazón con toda fuerza,
álzate y enfrenta la vida, no te rindas.
Cuando creas que no puedes continuar,
busca en tu interior tu lenguaje y tu manera oculta,
alza la vista y ve a tu alrededor
que sólo tus problemas no son los más fuertes.
El optimismo se crea en tu manera de pensar
un poco con ver las cosas.
Tiene límites no vamos a negarlo;
pero puedes alargarlo,
así pasa con el dolor, que a veces crees más intenso
si no te rindes se hace pequeño.
Cuando pienses que no puedes,
busca el paso seguro en tu imaginación.
Y entonces la fuerza brota,
Y no te das cuenta sólo hasta cuando el tiempo pase.

Durmiendo en tu ombligo - El Arrebato y Vanesa Martín

7 de febrero de 2011



Estoy tan a gusto aquí contigo
que no me cambio por ningún hombre del mundo,
y no me importa si allí fuera llueve o hace solecito.
Y es que estoy tan contento de abrazarte
que ya no quiero mirar ningún paisaje
si no se ve desde aquí metío dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo.
Empiezo a imaginar cómo poder parar
ese reloj que no para de hacer tic-tac
para poder congelar el tiempo
aquí a tu lado.
Y empiezo a recorrer el mapa de tu piel,
y hay tantas fuentes que en todas quiero beber,
porque no quiero perderme un sorbo de tu cuerpo.
Y es que aquí dentro se está tan bien.

Que no soy capaz de imaginarme sin ti,
que tengo el corazón bebiendo los vientos por ti.
Yo soy un pirata y tú tienes el mapa de mi tesoro
y no me cambio por nadie,
yo me quedo contigo,
que no hay un sitio donde yo esté más a gusto
que durmiendo en tu ombligo.
Me gusta imaginar cómo poder parar
ese reloj que no para de hacer tic-tac
para poder congelar el tiempo
aquí a tu lado.
Y empiezo a recorrer ese mapa de tu piel,
y hay tantas fuentes que en todas quiero beber,
porque no quiero perderme un sorbo de tu cuerpo.
Es que aquí dentro se está tan bien.

Que no soy capaz de imaginarme sin ti,
que tengo el corazón bebiendo los vientos por ti.
Yo soy un pirata y tú tienes el mapa de mi tesoro
y no me cambio por nadie,
yo me quedo contigo,
que no hay un sitio donde yo esté más a gusto
que durmiendo en tu ombligo.

Que no soy capaz de imaginarme sin ti,
que tengo el corazón bebiendo los vientos por ti.
Yo soy un pirata y tú tienes el mapa de mi tesoro
y no me cambio por nadie,
yo me quedo contigo,
que no hay un sitio donde yo esté más a gusto
que durmiendo en tu ombligo.

Tormenta - Carlos Casado Cuevas

6 de febrero de 2011


Abre su vientre la nube parturienta
con regalo largo tiempo deseado,
se riegan huertas y campos,
se inundan calles y avenidas,
valles y sembrados, también
se llenan cuencas secas
de lágrimas saladas y amargas.
Nos ha visitado la lluvia, con ganas,
tras repetidos rezos de rogativas
y esfuerzos de desesperanza.
Ha llegado tarde, sin medida,
en alocada avalancha de rabia.
Todo queda entonces bajo el agua,
ahogados sueños juveniles y el fruto
del trabajo convenientemente modulado.
Temerosa huye el agua tierras abajo
como temiendo la venganza
de campesinos airados,
no vuelve atrás su mirada
ni su arrepentimiento asoma
bajo lodos y casas arrasadas,
no retrocede para ayudar al sol
y a su arco-iris de esperanza.

No consigo dormir - Beatriz Favre

4 de febrero de 2011


No consigo dormir, es como,

si el cansancio y el descanso

no se hicieron para mí,

con los ojos muy abiertos,

mirando sin mirar el techo,

permanezco así, largo tiempo.

De a ratos la luna en mi ventana,

se asoma, vuelan a ti mis pensamientos,

quizás estés también mirando el techo,

tal vez, te asaltan mis recuerdos.

Si tan solo pudiese extender mi mano,

y rozarte con la yema de mis dedos,

acariciar tu rostro amado, robarte un beso.

Quiero cerrar los ojos y no puedo,

faltan mil días mil horas, para verte de nuevo.

Me sorprende la aurora, mis párpados pesados cayeron,

y en sueños te vi, llegar, te vi llegar y te ame.

Un sonido lejano me despierta,

y solo me queda de una larga noche, la espera.

Ya la luna se fue de mi ventana,

cansada de velar por mí, esta noche larga,

todo es silencio, todo es ausencia,

las primeras luces del día me saludan,

y se agitan las alas de las aves que madrugan,

como se agita mi pecho, en esta angustia

porque extraño tu presencia, te extraño, y,

en el espejo, se refleja, una mustia sonrisa,

y callo, guardo para mí, en silencio,

esta amor que por ti siento, y no te tengo.

Aprendamos - Armando Arzalluz Carratalá

3 de febrero de 2011


Se tiene que aprender el lenguaje de las emociones,
es complejo, es cierto, pero hay que hacerlo,
Para entender cada mensaje no basta la forma
hay que ver el tono y la sensación de cómo llega.
A veces se tiene el cuerpo lleno
y sin embargo el alma está vacía,
o puede suceder lo inverso.
Hay que ser uno mismo, sin artificios,
comprender los múltiples matices que tiene
todo ser humano preparado o no para contar
o decir cualquier frase,
No importa el tiempo ni las circunstancias
vale tan sólo que se exprese y se sienta
la maravillosa realidad de sentirse uno mismo
donde no existe disfraz y mucho menos
padecer de la hiriente ironía.

Bartleby, el escribiente - Javier Úbeda Ibáñez

2 de febrero de 2011



Autor:
Herman Melville
Edición y traducción: Eulalia Piñero
Editorial: Espasa Calpe
Colección: Austral Narrativa
Diseño de cubierta: Joaquín Gallego
Depósito legal: M.22.372-2007
ISBN: 978-84-670-2586-6
Páginas: 110
Importe: 7 euros




SINOPSIS:


Un abogado, que tiene sus oficinas en Wall Street, y del cual desconocemos su nombre nos comenta que nos va a contar la extraña historia de uno de sus escribientes. Nos narra cómo tenía tres empleados apodados Turkey, Nippers y Ginger Nut, los dos primeros trabajaban para él como escribientes y el último como chico de los recados. Dado que en un momento, los dos escribientes no eran suficientes para realizar todo el trabajo de la oficina, decidió contratar a un nuevo escribiente: Bartleby, que al principio se mostró como el más eficiente de todos; pero que cuando un día le pidió algo tan sencillo como rutinario como era cotejar un original con su copia, ante su sorpresa y luego la de todos los demás, Bartleby se negó con la siguiente frase: “Preferiría no hacerlo”. Poco a poco se fue repitiendo cada vez más esta negativa a aceptar cualquier orden y esta es la frase con la que solía declinar cortésmente cualquier encargo. Ante esta situación él no sabía cómo actuar ni qué hacer y llegó incluso hasta trasladar su oficina a otra parte para intentar evitar así el problema (dado que, aunque parezca absurdo Babertly se había instalado en este edificio que tenía por su casa), no obstante, ni siquiera consiguió que abandonara el edificio cuando lo despidió. Esta situación tuvo al final un desenlace fatal, con Bartleby detenido y encerrado en la cárcel por vagabundo, y allí con su muerte por inanición sin que el abogado ni nadie puedan hacer nada por evitarlo.



Herman Melville (Nueva York, 1819-1891). Este escritor, considerado uno de los novelistas más importantes de la literatura estadounidense, nació en el seno de una familia acomodada. No obstante, pudo disfrutar poco de esta bonanza económica, ya que su desarrollo personal coincidió justo con la quiebra financiera de sus progenitores y la muerte de su padre acaecida en 1832. Esta serie de infortunios le obligaron a desempeñar diversos trabajos: a la edad de 12 años, por ejemplo, trabajó como copista en el Banco Estatal de Nueva York (experiencia que sin duda le valdría a la hora de crear este relato breve que hoy nos ocupa de Bartleby, el escribiente), y también desempeñaría otros oficios variopintos como granjero, oficinista o maestro. No obstante, un espíritu inquieto como era el suyo hizo que en 1841 se enrolara en el barco ballenero “Acushnet”, que partía con destino a los mares del Sur. Su experiencia como marino sería la base de su primera novela Typee (1846), que narra su estancia en las islas Marquesas con descripciones pormenorizadas de aquel bello lugar y sus habitantes, y que introduce ya un tono revisionista acerca del concepto del “Salvaje” en la línea del “buen salvaje” de Rousseau, dado que siempre intentará mostrar las similitudes que él mismo comparte con aquellos habitantes de la Polinesia, y, por otra parte, aprovechará para introducir comentarios acerca de la crueldad de las avanzadas civilizaciones occidentales siempre que pueda.

Su primera novela gozó de buena acogida por un público que se mostraba deseoso de conocer nuevas culturas, esto hizo que el autor siguiera en esta misma línea al escribir su segunda novela, ambientada esta vez en Tahití: Amoo: narración de las aventuras de los mares del Sur (1847), que lo confirmaría en sus grandes dotes como narrador.

Por otra parte, su experiencia en 1843 como arponero a bordo del ballenero “Charles and Henry” será plasmada en su novela Chaqueta blanca (1850), y, cómo no, será el sustrato de una de las más famosas y conocidas de sus novelas, toda una alegoría sobre el Mal, nos referimos a: Moby Dick (1851). Con esta obra y también con la anterior, Mardi (1849), Melville se introduce en el estudio de la naturaleza humana y en la indagación de los conceptos del bien y del mal, algo que no dejará de ser una constante ya en toda su obra, y que tendrá también un aspecto crucial en Bartleby, el escribiente, la obra de la que hablaremos ahora con más profundidad.

Otras novelas, pero ya consideradas menores por la crítica, son: Pierre (1852); The Piazza Thales (1856); The Confidence-Man: His Masquerade (1857); aparte nos dejó en el género de la poesía: Batle-Pieces and Aspects of the War (1866) o Clarel: A Poem and Pilmigrage in the Holy Land (1876). Por último, solo nos quedaría por decir que después de su muerte aún se descubrió un texto inédito suyo: el manuscrito de su relato Billy Bud.

Respecto a Bartleby, el escribiente, se pueden decir muchas cosas, ya que es mucho lo que aporta no sólo al panorama literario sino también al filosófico e intelectual de su época y también de las posteriores.

Comenzaremos diciendo que este cuento se publicó de forma anónima en dos entregas: una tuvo lugar el 1 de noviembre, y la otra el 2 de diciembre de 1853 en la revista Putnam’s Monthly Magazine, consiguiendo enseguida un reconocimiento unánime de crítica y público. Con posterioridad pasaría a formar parte de su libro The Piazza Tales (1856). Y ya más cerca de nuestra época esta pieza sería adaptada al cine por Crispin Glover en el año 2001.

La importancia de este texto estriba sobre todo en su carácter enigmático, ambiguo, nihilista, ya que está considerado como un digno precursor de dos tendencias posteriores: la literatura existencialista (recordemos si no la frase “Me es indiferente” del protagonista de El extranjero de Albert Camus) y de la literatura del absurdo (con obras de la relevancia de la pieza teatral Esperando a Godot de Samuel Beckett). También podríamos definirlo como un texto nulo o vacío (inscrito también dentro de los escritores llamados del no o de los artistas del silencio), puesto que es capaz de crear un espacio vacío que el lector ha de llenar con sus propios pensamientos e interpretaciones. Y este es uno de sus grandes logros.

Para ello, todo es sencillo, una estructura sencilla, una trama sencilla, y en general pocos datos, solo los suficientes y necesarios para que nos situemos en la historia, espacialmente, en una oficina de Wall Street en la que cada trabajador desempeña su labor en una especie de cubículo, y en la que Bartleby no tiene ni siquiera vistas ya que su ventana da a una pared de ladrillos; temporalmente, tenemos una mirada retrospectiva del narrador y un espacio temporal relativamente corto, el escaso tiempo en que Bartleby trabajó en su despacho, y luego, pocos datos más, de hecho, no sabemos ni el nombre del abogado ni el nombre de verdad de sus tres empleados, ya que el abogado los identifica mediante tres simples apodos relacionados con la comida: Turkey (pavo); Nippers (tenazas) y Ginger Nut (nuez de jengibre). Aquí tenemos ya quizá una llamada de atención del autor que nos quiere hacer ver que el protagonista y, en general, la sociedad solo se preocupa de cubrir las necesidades básicas y a veces ni eso como son comer y beber; en cuanto al protagonista nos dice el narrador que solo se alimenta de bizcochos de jengibre, queso y migas… al estilo quizá de los ratoncitos con los que guarda cierta similitud también cuando corre a refugiarse en su cubículo de trabajo ante cualquier problema.

La atmósfera que consigue crear con todo esto el autor es enrarecida, agobiante, de desesperanza total, y consigue transmitirnos verdadero desasosiego y malestar, aunque a veces se encuentre suavizado o tamizado con alguna pincelada humorística como cuando tanto el abogado como sus empleados empiezan a utilizar todos con mayor frecuencia el verbo “Preferir” por contagio con Bartleby, que está continuamente utilizándolo en su famosa frase “Preferiría no hacerlo”.

Se trata de un estudio perturbador e inquietante sobre la conducta humana que tiene pendiente en todo momento al lector que asiste atónito a este pulso que se produce entre un jefe mediocre (al que solo le preocupa haber alcanzado cierta posición social) y un empleado también mediocre, perfectos ambos para mostrarnos hasta qué altas cotas de incomprensión, incomunicación y alienación se puede llegar en una sociedad excesivamente mecanizada y deshumanizada como era la del autor y que también supo criticar la película de Tiempos Modernos de Charles Chaplin, pero que sería perfectamente extrapolable también a la nuestra.

Tampoco podrá dejarse de preguntar quien lee, como lo hace el protagonista, cómo uno podría llegar hasta ese punto… en principio, se podría pensar que por rebeldía o arrogancia o que era una medida de resistencia pasiva… pero, como ya hemos visto, es más bien todo lo contrario, ya que en Bartleby hay una falta evidente de objetivos e interés, un darle todo igual, un vacío de voluntad que nos llega algunos momentos a exasperar y otros a conmover o a dar pena, el abogado nos dice al final del libro que le ha llegado un rumor referente a Bartleby y es que antes de trabajar para él estuvo empleado en la Oficina de Cartas Muertas, era el responsable de clasificar aquellas cartas que no iban a llegar nunca a ningún destino porque sus destinatarios estaban muertos, con eso quizá está dicho ya todo.

Dime por qué - La Revolución

1 de febrero de 2011



Dime por qué me desprecias
este plato de comida,
dime por qué me vomitas
el fantasma de tus huesos.
Dime por qué veo a mi niña
tan extraña y tan perdida
que no encuentra la salida
del circo de los complejos.
Otro cuerpo, otras manos,
otras piernas, otro pelo,
otra talla más pequeña
pa que explote el corazón,
tiene catorce años
y se alimenta del aire
y es más vieja que su madre,
la madre que la parió.
Princesa, se me muere mi princesa
de apretarse la cintura
rebuscando la hermosura
de la hembra más perfecta.
En sueños, ella se imagina en sueños
paseando sus caderas
y no ve la pasarela
que la lleva p'al cementerio.
Ayer mismo entré en su cuarto,
ella estaba sentá,
vi la sombra de sus años
y me puse a llorar,
se retocaba los labios
y se pintaba un lunar
en su cara moribunda.
Vida mía, le supliqué, vida mía,
es muy tarde hay que dormir,
deja ya de sufrir,
buenas noches princesita.
Ay, no me apagues la luz,
espejito dime tú,
quién es la más bonita...
di quién es la más bonita.
 

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