
Mamá, sé que me escuchas pero que no me puedes entender.
Mamá, necesito hablar contigo y expresarte lo que siento. No quiero que la desidia por la falta de palabras me rompa.
Mis pensamientos se aturullan, van y vienen, se detienen, sienten nostalgia de tu voz.
Mamá, añoro conversar contigo. Sé que ahora es imposible; tu enfermedad te impide hablar. Ahora estás a merced de ella, y ya no puedes decidir por ti misma.
Aunque no comprendas nada de lo que te diga, para mí tu sola presencia es más que suficiente. Estoy muy contento de que puedas estar todavía a mi lado. Me haces mucha falta, mamá.
Han habido tantos cambios en tan poco tiempo que, a veces, me cuesta acostumbrarme, ubicarme en esta nueva situación.
Pasé de tener largas conversaciones contigo a tener que lavarte, darte la comida, acostarte y levantarte, con el acoso del silencio como fondo. De darnos abrazos y besos sentidos a la nada por tu parte.
Sigues siendo tú, la que siempre me ayudó, la que me apoyó con alegría. Tú, mi madre, que ya no puede hablar, reconocerme, sonreír; pero eres mi madre, mi querida madre.
Tu enfermedad se ha apoderado de tu memoria y te ha dejado sin recuerdos, y en esos recuerdos habitaba yo, el papá, nuestra vida. ¿Dónde ir a recuperarla? ¿Cómo hacer para no mirar atrás? ¿Dónde buscar para rescatarte? Tú has olvidado, pero nosotros tenemos el péndulo del tiempo dándonos en la frente; no nos deja olvidar. No tienes ya recuerdos, pero el mío te sostiene; tú estás aquí, y sigues siendo presente.
Me gusta observarte mientras pareces mirar al vacío, hay en ti un halo de misterio. Me pregunto si piensas en algo.
Es duro verte convertida en una sombra de lo que eras.
Ya no sabes quién soy, pero yo, mamá, te quiero y sé que tú también me quieres. Hay sentimientos que ni el más demoledor de los padecimientos puede apagar.
Tu enfermedad ha detenido tu tiempo, pero éste no deja de correr, tanto que ya han pasado cinco largos años desde que te diagnosticaron Parkinsismo. En principio nos sonó a Parkinson, pero el médico nos explicó las diferencias y el modus operandi de tu dolencia degenerativa celular que afecta a las facultades que rigen tu cerebro. Fue un mazazo escuchar lo que haría la enfermedad contigo y que no había medicación posible que la pudiera detener, ni tan siquiera apaciguar. Sólo quedaba esperar. A partir de ese preciso instante, sin que tú lo supieras, papá y yo vivíamos pendientes de cualquier minúsculo cambio que se pudiera producir en ti.
Desconocíamos que la bestia negra de tu enfermedad permanecía al acecho, esperando la ocasión propicia para instalarse y apropiarse de tu existencia. La encontró aquel día que te caíste en el comedor. Ya no podrías volver a caminar, ni podrías valerte por ti misma. Ese golpe fue el detonante; un golpe anunciando dos caídas.
Dos meses después, y desde tu silla de ruedas, dejaste de sonreír. Así, de repente, sin avisar, la sonrisa desapareció de tu rostro sereno, pero aun sin sonrisa seguías siendo tú.
Mamá, tu enfermedad podrá quitarte la sonrisa, los recuerdos, pero nada ni nadie -mientras vivas- podrá arrebatarnos tu presencia.
Papá se encargó de ti, sólo él parecía comprender todos tus silencios, cada una de tus miradas vacías. Nunca hubo un reproche por su parte, todo lo contrario; tú eras lo primero, lo segundo y lo tercero para él. A su lado parecías sentirte reconfortada, acompañada y protegida.
Papá te cuidaba con esmero. Se embelesaba mirándote, la vista se le perdía con cualquier pequeño gesto que hicieras.
Papá se reconocía en cada surco de tus arrugas y te entendía aunque no hablaras. Él buscaba en tus ojos inexpresivos la sonrisa que tu rostro ya no podía dibujar.
Tu dolencia había arrancado de cuajo, de manera despiadada, tu personalidad, tu carácter, pero para papá seguías siendo su compañera, su mujer durante más de cincuenta años, su amante, su principio y su final. Con memoria o sin ella, eras el amor de su vida, y eso él no lo podía olvidar.
Vuestra historia de amor era única, y papá lo demostró hasta el último segundo de su partida, y tú, cuando él nos dejó. Su ausencia te quitó, definitivamente, las palabras. Te dejó marchita, a oscuras, como si te hubieran apagado desde dentro de tus mismas entrañas con un brusco clic. La muerte de papá apagó tu última luz. Nunca olvidaré cómo cuidó de ti, cómo te acariciaba la cara sin esperar ninguna respuesta, era la viva imagen del amor incondicional en movimiento.
Su máxima preocupación antes de morir fuiste tú, qué iba a pasar contigo; y me hizo prometer que cuidaría de ti.
Su muerte supuso un duro revés para todos nosotros, pero a pesar del dolor que sentíamos, teníamos que organizarnos para seguir cuidando de ti tan bien como lo había hecho él.
Papá y tú vivíais con tu hermano Teodoro, soltero y jubilado, y yo con mi mujer Patricia y mi hija Sofía. Teodoro, tu hermano, abrumado y apenado, me confesó que se sentía incapaz de encargarse a solas de ti; le aterraba tanta soledad.
Te adoraba, pero el silencio lo tenía acobardado.
Yo hablé con mi familia y decidimos que me iría a vivir a tu casa, contigo y con Teodoro, para cuidar mejor de ti. No me importó dejar aparcada mi vida con tal de que tú estuvieras atendida como te merecías. Pasé a ocupar el lugar de papá, e intenté atenderte con la misma dedicación que él.
Cada mañana, antes de irme a trabajar, me aseguraba una y otra vez de que estuvieras perfectamente. Cuando regresaba, estaba ansioso por ver cómo te encontrabas. Por las tardes veía a mi mujer y a mi hija un par de horas, mientras aprovechaba para hacer la compra. Ellas dos me ayudaron muchísimo; su apoyo fue fundamental para mí.
Por las noches apenas podía dormir, y ni el cansancio podía conmigo. Me preocupaba que necesitaras algo y no adivinarlo. Tú sin palabras y yo con tantas. Llegó un momento en que el estrés casi consigue abrumarme, pero el amor que sentía por ti era más fuerte y no dejé que lo consiguiera. Lo que sí consiguió fue hacerme reflexionar: contraté una señora para que me ayudara cuatro horas al día.
Mamá, no lo sabes, pero en este ir y venir, un día cualquiera, y al año de estar cuidando de ti, mi mujer Patricia y yo tuvimos un accidente de tráfico. Me fracturé los brazos y una pierna. Tuve que estar ingresado una temporada y hacer rehabilitación otra. Por ese motivo no pude estar contigo, y me pesó; me pesó no verte, acariciarte, hablarte. No dejé de pensarte. Me esforcé infinito con la rehabilitación para poder regresar a mi vida, e ir a verte cuanto antes. Conmigo hospitalizado, Teodoro, tu hermano, dejó aparcado su miedo a la soledad en la cuneta de los olvidos y se encargó de ti.
Mamá, después de meses de durísima rehabilitación, por fin, he podido recuperar mi vida, y, afortunadamente, en ella sigues estando tú, sin sonrisa, sin recuerdos, sin memoria, pero tú, la más adorable y buena de las madres.
Quiero agradecerte con cada pequeño y gran detalle lo importante que has sido siempre para mí, y así, devolverte con creces, todo lo que has hecho desde que nací para que mi vida fuera la de una persona feliz. Tú me ayudaste a ser como soy: gracias.
Mamá, sé que no me puedes entender pero que me puedes escuchar: te quiero, mamá.