La dignidad desde mi terraza - Kabalcanty
27 de noviembre de 2011
Nunca entendí aquello de que el trabajo dignifica y realiza. En mi caso, la tarea cotidiana siempre me ha esclavizado y menoscabado. Supongo que esa frase la acuñó alguien que no trabajaba un mínimo de ocho horas diarias soportando las estupideces de algún superior que pinta la empresa que le mantiene como algo quasi sublime. Tal vez sea cuestión de estar de un lado o de otro. Yo soy de los que piensan que se trabaja porque se necesita el dinero que te pagan por tu trabajo para ser lo que no te deja ser el trabajo, o intentarlo a lo sumo. Es una opción, amigos, tan válida como realizarse machacándose sin tasa en la empresa. El caso es que un mal día nos llegó el cese de la actividad laboral involuntaria y los filósofos del empresariado se rascaron la frente con fruición. Era una gran pauta para amarrar el desánimo y la tentación de la protesta en un lazo que apretara el cuello del subordinado trabajador. Y ocurrió, como normalmente nos pasa a los desangelados que necesitamos que nos paguen a fin de mes para creernos en la libertad de hipotecar nuestros días venideros. En los años 80, el paro surgió como una bestia, recreada en 2D, que protegía a los muy ricos, y poco menos ricos, y que intimidaba a sus subordinados con el miedo de perder el empleo, el norte y el coste físico de la libertad. Los políticos, los esbirros de los muy ricos y poco menos ricos, conjugaron una serie de medidas para aparentar que el paro era un mal controlable, que era una cuestión de encarar el futuro con ánimo próspero. Pero como estaban pagados en su trabajo, sin viso de paro, pero amenazados tácitamente, por los muy ricos y poco menos ricos, mintieron a los trabajadores y embarazaron a la bestia del paro con el monstruo de la crisis financiera, recreado en 3D, para perpetuar la especie. Mientras tanto, el progreso, al amparo de los muy ricos y poco menos ricos, distrajo a la plebe trabajadora con canales de televisión por ejemplo, o mítines de líderes que prometían tres noches en veinticuatro horas. Amigos, todo estaba previsto: la distracción provocó el parto a escondidas y un buen día nos largan que el monstruo de la crisis financiera, recreado en 3D, es algo grave y que, entre todos, debemos cortarle el cuello para que no engendre hijos peores. Los que apenas nos habíamos dado cuenta de la amenaza, los que vivíamos pendientes de si la Belén Esteban iba o venía o nos limpiábamos la baba escuchando la filosofía emprendedora de nuestro líder particular, resultaba ahora que debíamos apechugar con el parto de la bestia (¿en 2D o en 3D?). Comenzamos a pensar, y eso mosquea. Los que habíamos leído tres o cuatro libros antes, en varios mes es nos pusimos cardiacos, como muy cabreados, y los demás tardaron un poco más. Salieron a las calles y dijeron simplemente que no, que no, que no, de una puñetera vez que no. Sonaba hasta musical, amigos. Que no. Yo, como no soy mucho de calle, dije que no escribiendo, por Internet, a los amigos y a la familia. Claro, es normal, se hartaron a la semana y me encerraron en la terraza (suerte que estábamos en verano). Me dejaron varios cuadernos, varios bolígrafos y un Pc portátil con conexión wifi. Y aunque pasan los días, yo sigo protestando, muy cabreado, desde la terraza. ¿Andaré loco?.
Publicado por
Miguel A.
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