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Regreso - Salvador E. García Yllescas

26 de febrero de 2011


La mañana lo encontró cansado del viaje, la casa estaba como la había dejado años atrás, pensó en limpiar, pero estaba acostumbrado ya, a padecer el polvo, había podido eliminar su obsesión por limpiar y recoger, de tal suerte que se duchó con agua fría. El ir de aquí para allá de trotamundos, de ciudad en ciudad, lo había hecho distinto y se preguntaba si se acostumbraría de nuevo a aquella ciudad.
Se miró desnudo frente al espejo, más delgado quizá, halló a la mitad de su cuello, una arruga más, en el centro de su pecho la cicatriz dibujada desde su niñez, recuerdo de una cirugía que le salvó la vida. Pasó sus dedos por su pelo cada vez más escaso, alzó un poco el fleco, para medir con sus dedos el tamaño de su frente, al retirarlos, notó más profunda la arruga del entrecejo, era evidente el peso de la edad.
Tomó la camisa que colgaba de la manija de la puerta del baño, abrochó lentamente los botones de arriba abajo, ajustó el pantalón después de fajar la camisa dentro, apretó el cinturón, de nuevo notó que estaba perdiendo peso. Se puso el suéter, negro igual que el pantalón, tomó el frasco de loción y puso un poco sobre la barbilla y otro poco en las mejillas. Pasó el cepillo por el pelo, acomodó los lentes y se acercó al espejo de nuevo. Me estoy haciendo viejo se dijo, tomó la toalla, la trusa mojada y bajó las escaleras que daban a la planta baja de la casa, cruzó la cocina, abrió la puerta que daba al patio y puso sobre el tendedero la toalla y la trusa sobre las que puso un par de pincetas para la ropa.
Bajó la pendiente que lo llevaba hasta la avenida principal de la villa de casas que conformaban aquel humilde fraccionamiento. El sol pegaba de lleno y contrastaba con el aire frío que pegaba en su cara. Metió las manos a los bolsillos del pantalón y buscó el ipod, se puso los audífonos y programó de manera aleatoria el reproductor que volvió a guardar en uno de los bolsillos del pantalón. Mientras esperaba el autobús, miró a una anciana cruzar con lentitud al otro lado de la acera, también vio cómo un perro buscaba con ansiedad algo de comida, hurgando en un contenedor de basura. Abordó el bus después de una señora que había corrido con su niño en brazos para abordar el transporte, él le permitió el paso y le ayudó con una valija que la mujer cargaba.
Mientras el bus rodaba por las calles viejas de la ciudad, por su mente pasaban los recuerdos de los establecimientos, grandes y pequeños que con el tiempo, habían desaparecido. El bus paró y al fondo, logró ver el viejo parque de beisbol, cerró los ojos y las risas de los amigos le llenaron el recuerdo, se miró de nuevo pegándole a la pelota con el bate, de nuevo corrió queriendo robarse la tercera base y llegaron también los aplausos de su madre y los gritos del viejo, alentándole a dar su máximo esfuerzo. El bus siguió su marcha y mientras, su ipod sonaba una vieja canción de un cantante argentino, ídolo en los setentas y ahora perdido en los infiernos de la vehemencia, internado en un hospital para enfermos mentales. La canción llegó justo cuando el bus, se detuvo a las puertas de una vieja vecindad ubicada a la orilla del centro de la ciudad y su viaje en el tiempo le llevó a sus once años, le pintó una noche en la que al interior de aquella vecindad, justo en el departamento seis, una niña de dieciséis, le besó los labios y él la piel, le abrió el deseo y le apagó la sed y mientras recordaba las mieles de aquel placer, el bus rodó y él no pudo evitar en su recuerdo, la visión de volver a ver pasar aquel vaivén de su niñez.
El bus lo dejó en el centro de la ciudad, volvió a sentir las piedras de aquel estilo colonial, volvió a respirar el olor del buen café, de la comida, de la humedad, abandonados años atrás, anduvo los callejones, miró de nuevo los balcones, repasó las historias, decenas de leyendas aprendidas desde la niñez. Pasó por las iglesias barrocas y se replanteó la hipótesis de la evangelización española en aquel pueblo ñeñú y de muchas vidas y lenguas indígenas más. Miró bailar una vez más, a los viejos en el quiosco aquel que en su estancia en otras ciudades lejanas, solía recordar. El baile de aquellas parejas de viejos le enchinó la piel. Estaba de regreso y parado a la mitad de esa plaza entre los trazos de los pies que los zapatos de los bailarines trazaban sobre el piso, sobre los tacones de unos zapatos de carmín, unos pies conocidos lo atraparon y dio marcha atrás hasta un domingo en que enlazados por la cintura y enredados por el velo de la miel, entre los compases de una melodía ella y él, se dejaban llevar.
A la mitad de una taza de café y entre las mesas de un merendero familiar, el paso del aire le indicó que era hora de volver, pagó la cuenta y tuvo que correr para detener un taxi que lo pudiera llevar, por el vidrio de la ventana iban quedando atrás, los niños indigentes que llegaban a dormir debajo de los arcos de un centro comercial, vieja costumbre que un día soñó poder cambiar, cuando tuviera dinero para construir un albergue que pudiera cobijar aquella pobreza y enorme necesidad. La cuesta hasta la casa le trajo después, un par de miradas infantiles que vivían con él, metidas en los huesos y en el curso de su tren y fue inevitable no llorar, sabiendo que a algunos días de distancia se hallaban esos dos varones ya, rodeados de sus nietos a los que aún esperaba conocer.
El aire golpeaba de lleno en sus piernas y al suelo le amarraba los pies, como queriéndolo invitar otra vez, a ver las luces prendidas de la gran ciudad que debajo de aquella colina solían iluminar una vereda de ámbar y cauce de serenidad. Ahí estaba de nuevo, una razón para volver a empezar, remar la contracorriente de su soledad y renacer aceptando la existencia de aquel mundo nuevo en el que cualquier intento, era el principio de un buen plan, para empezar y no volver a renunciar a ser feliz.

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