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Me deleita - El Brujo de Letziaga

31 de diciembre de 2010


Me deleita escuchar las voces de la calle
en mayor medida que leer el diccionario.
Me gustan más los pueblos que las ciudades
y prefiero una buena canción a un concierto.
Es por eso que me enorgullezco
de mantel, mesa y plato opíparo casero.
Prefiero la sensibilidad y el detalle
de la cocina de mi madre
antes que la de un precioso, chorreante,
menú a la carta de un restaurante,
con terrazas mirando al horizonte
en días azules y quietud de mares,
con olas en perezosa y aburrida calma.



Mi madre mueve acompasadamente la cintura
con su delantal en ristre y mangas arremangadas.
Para nosotros, sus cuatro hijos de tantos días de aceituna,
no es suya la cocina de los grandes clásicos populares,
es sencillamente, y muy humildemente,
la cocina de la Venus de los fogones,
mi entrañable, explendida y querida madre.
Que nace y muere cada vez que arrima,
ó retira su olla del horno sagrado.
Y ayer nos deleito sobradamente:



Con un sabroso entrante
de gambas salteadas con alcachofas
cremosas y fritas
desvestidas hoja a hoja
escama a escama
exquisita pulpa de corazón verde.
Luego unos ajos amigos del valiente
y un horror para el rebelde.



Un delicado plato de verduras
mordiendo berenjenas, calabacines y tomates,
cocinados con una aterciopelada crema de arroz y hojas tiernas.



En la hora del bacalao, col y patata,
y unos saludos cordiales de un alioli inmaculado
lubina estofada sin piel con apio,
almendras y calabaza
que se dejó meter mano
con un jugo cremoso de albahaca,
lomo de ciervo que flirteó con bizcocho de castaña
dátil fresco y algunos madroños.



Antes de los postres mi madre nos sodomizó
con un surtido golfo de quesos
y luego el sol que nos iluminó
con manzanas, naranjas y fresones
y luciendo de perlas en la mesa
nos sorprendió con un vino valiente
y poderoso en la copa
que pasó triunfal y goloso por la boca
con potente aroma a miel y levadura
toques de jugosas frutas tropicales y manzana
de cuerpo ligero, casi femenino.



Esa es mi madre,
que dice que al hombre
se le gana por la boca
y que ayer brilló más que el sol
resplandeciendo entre todas las estrellas del cielo,
más bonita ella que las aguas cristalinas del arroyo
y que para mí vale más que toda la plata y el oro.
te quiero madre de mi amor.

Fatígame - Alexander Vórtice

30 de diciembre de 2010


Pon en duda tu sombra.
Cuida de los objetos inanimados
y dale de mamar a las antorchas
de los fanáticos del verso.
Coloca la pistola en la sien y sonríe.
Nada hay más importante que unos dientes
frente al espejo, dientes rotos,
ennegrecidos por los golpes
del tiempo.
Pon en duda la muerte
y muéstrate tal y como eres.
Fatígame con tu “quiero ser”
ya que yo soy experto
en causas perdidas.
Bésame si no hay más remedio:
soy un amante pésimo cuando Dios
requiere mi alma y deja tirado en la cuneta
este cuerpo tibio, ávido de otros cuerpos,
cuerpo que concede opiniones, decretos
y sonetos demasiado funestos.

Negro Vino - Delfina Acosta

29 de diciembre de 2010


Poeta, tú que escribes, tú que callas,
tú que eres hombre y además camino
y vas detrás de las palabras y hundes
en un amor desnudo tu cuchillo.
La pena es casi todo cuanto vale.
Más que la ebria copa vuelta añicos,
más que los rayos de espantado cielo
si de él se desmorona lo infinito.
Sólo tú cabes dentro de los versos.
Un pálido ataúd en ti metido
es tu poesía, hermano desdichado,
y eres también los clavos y el martillo.
Tan corta es la distancia entre la vida
y la piadosa muerte, los domingos.
Bebiendo el paso de los años todos
el Verbo en ti se vuelve negro vino.

¡Debo marcharme! - Miguel A. Moreno

28 de diciembre de 2010


A zancadillas mis miradas
dejan marcados tus ojos, grandes.
El silencio va cosiendo la atracción
hacia tu cuerpo desnudo, arden mis labios.

Me estrangula el deseo, ¡debo marcharme!
mejor huir que besarte.

Llegan mis versos donde mi boca muere,
frente a ti. Acostados en tus pechos o
posados en tu vientre, se queman mis dedos.
Los sentidos se visten de negro para la ocasión.

Me estrangula el deseo, ¡debo marcharme!
mejor huir que besarte.

Mi sombra - Armando Cano

A Emir

Necesito una cuerda

para ahorcar

a mí sombra.

Mi sombra que te busca,

que aún te sigue.

Que te aspira; que me daña,

y me corroe.


En insomnios me mantiene.

Sólo te sigue a ti.

Prolonga perpetuamente

mis pasos.

Alarga mi triste mirada.

Sólo te sigue a ti.


Ya perezco alma en pena

siguiendo a esa

mi sombra.


Triste vida desgraciada,

esta sombra que hoy te sigue,

no es la sombra de mi cuerpo.


Es la sombra de mi alma.

Y sólo te sigue a ti.

Huellas de herradura - Javier Úbeda Ibáñez

26 de diciembre de 2010

La última novela de Ramón Mur nos dejará huella, juzguen si no ustedes mismos





Algo que nos llama enseguida la atención de este libro, es la forma en que ha sido editado. Ramón Mur, escritor, nacido en Pamplona, con raíces aragonesas que vive a caballo entre Zaragoza (España) y Belmonte de San José (Teruel, España), y periodista de gran prestigio, dado que tiene a sus espaldas numerosos artículos de opinión, publicados tanto en prensa digital como escrita ha decidido publicar la que es ya su tercera novela hasta la fecha (la primera fue recordémoslo: Sadurija, anales secretos de la casa Membrado. Centro de Estudios Bajoaragoneses, 1990; y la segunda: Genuino de la Tierra. Centro de Estudios Bajoaragoneses, 2008) en una conocida y novedosa editorial digital denominada Bubok.com, en la que podemos conseguir el libro bien en formato tradicional de papel o bien en formato digital, y que nos permite pagar la opción de compra elegida de varias maneras mediante transferencia, paypal o giro postal, y todo ello de una forma rápida y segura. He aquí la Url exacta donde podemos ver y adquirir este libro desde el 25 de enero de 2009 para nuestro disfrute como lectores: http://www.bubok.com/libros/6545/Huellas-de-herradura


Respecto a su segunda novela, Genuino de la Tierra, podemos decir que es el perfil novelado de Juan Pío Membrado, escritor regeneracionista, oriundo de Belmonte de San José (1851-1923). Y que, en realidad, este perfil biográfico fue escrito por Mur para la reedición de la obra más importante de Membrado titulada El porvenir de mi pueblo. Batalla a la centralización (Zaragoza, 1907), de hecho, este estudio formó parte (junto a otro de la también erudita Teresa Thomson acerca de la vida y obra de este autor) de la edición en Facsímil llevada a cabo por el Centro de Estudios Bajoaragoneses en 2008 con motivo del centenario de esta importantísima publicación.


Por qué Huellas de Herradura: la respuesta es sencilla, el hilo conductor de todo el libro son los équidos (caballos percherones o burdéganos, yeguas frisonas, asnos garañones…). De ahí la palabra “Herradura”, y, “Huellas”, suponemos que por varios motivos también: uno, porque las herraduras dejan unas huellas claramente visibles en la tierra; dos, porque aparte de estas huellas visibles, están las huellas invisibles que han dejado en nosotros y en nuestra sociedad, ya que con este libro, tal y como es el deseo de su autor, asistimos a una crónica que va desde el año 1936 hasta el año 2008, principios ya o albores del siglo XXI, en la que se nos narra cómo las mulas, los asnos… van pasando de desempeñar un papel crucial sobre todo en el mundo rural como bestias de tiro o de carga, indispensables para realizar los trabajos más duros y pesados de la tierra, a casi desaparecer por completo, debido al imparable progreso que trae consigo el desarrollo de la automoción (automóviles, tractores, camiones…) y conlleva la mecanización del campo. Y, gracias a ello, veremos cómo nos vamos moviendo o desplazando, poco a poco, en nuestra sociedad desde una pobreza casi extrema —como consecuencia también de las circunstancias especiales de ese momento histórico: la guerra civil y los años duros de la posguerra— hacia una mejor calidad de vida. Pero también veremos toques de añoranza por un paisaje que ya nunca volverá a ser el mismo —y que, por supuesto, tenía también sus cosas buenas, como comprobaremos si leemos esta novela— y que ya pertenecerá siempre a nuestro pasado más inmediato y a nuestro recuerdo.


La estructura de esta novela es muy elaborada. Y parece basada en el método de las cajas chinas, con multitud de historias dentro las unas de las otras. De hecho, nada más comenzar el libro se nos dice que Nicolás Valdecantos, discípulo del catedrático de Veterinaria Martín Abad —protagonista indiscutible, junto a los équidos, de toda esta novela— había escrito tres cuadernillos sobre la vida de este catedrático que fuera un día su maestro en la facultad. Pero este material, en realidad, no verá la luz hasta que el hijo de Nicolás lo encuentra y decide utilizarlo junto a otros datos como conferencias del catedrático, notas, cartas… que también halla para escribir la biografía de este veterinario que vivió y ejerció su profesión a lo largo sobre todo del siglo XX.


Por supuesto, todos los personajes son ficticios. Y esta no es si no una ingeniosa licencia que se toma el autor para impregnar de la mayor verosimilitud toda su narración. A este capítulo introductorio, titulado “Tres cuadernos” le siguen otros, que se corresponden con las diferentes etapas vitales de Martín Abad (infancia, madurez, vejez…), aunque no exactamente por este orden, pues la cuidadosa elaboración de la obra se ve reflejada también en este aspecto, ya que la historia no está contada toda de manera lineal que hubiera sido la manera más fácil de contarla. Y, por último, termina el libro con una serie de episodios cortos que son como breves y rápidos apuntes o esbozos a pie del terreno que recogen algunas de las vivencias ocurridas a Martín Abad mientras ejercía su profesión de veterinario y que, en su gran mayoría, son casos clínicos que le llamaron especialmente la atención como “El mal de Platón”, que cuenta la historia de un macho burdegano, o sea un hijo de caballo y burra, o “La burra que fue a morir al Soto” o “La yegua franciscana”.


Hay que reconocer que el autor se ha documentado casi hasta la extenuación, para poder ofrecernos esta sin igual novela, de hecho, aparte de su valor literario como novela, hemos de resaltar también su valor histórico y sociológico. Porque Ramón Mur ha manejado de forma magistral un sinfín de datos especializados referentes, por ejemplo, a las diferentes clases que existen de équidos, a los utillajes del campo y a los enseres o herramientas de los animales, a las enfermedades más comunes que padecen estos y otros animales, a los oficios o actividades más variopintas que se desempeñaban en la época (como fámulo o criadillo de estudiantes ricos, albéitar, torrero, capador o castrador…), hasta tal punto que es como si tuviéramos ante nosotros una radiografía de estos días que nos llega a través de muy detalladas descripciones… Y además lo ha hecho con una sencillez de la que todos nos beneficiamos al poder entender todo pese a no ser expertos en la materia. Nos acompañan en el recorrido para que nos resulte, a la vez que didáctico también ameno, aparte de los animales —algunos verdaderamente enternecedores como la mula Cata o la mula Baya—, muchos personajes, algunos muy desarrollados como el propio Martín o su novia Carmen Santacilia; otros apenas descritos con unas suaves y escasas pinceladas coloristas puestas aquí y allá, pero que no dejan de ser una parte indispensable para la comprensión de todo el paisaje del cuadro. De este repertorio coral destacaríamos al profesor de Martín en las Escuelas Pías don Artemio Valdecantos y, al hijo de este, Nicolás —que fue quien escribió los Tres cuadernos que mencionábamos al principio de esta reseña, ya que todo está bien trabado sin cabos sueltos en esta obra—, a sus hermanas Micaela y Fortunata Abad, a su cuñado el ex seminarista Benito Tortajada, al Tío Rosario (tratante de animales y patriarca del Clan de los Matojos), al Tío Viruta (apodo que recibía el carpintero que vivía en la Calle Nueva)…


En cuanto al estilo, el lenguaje es cuidado y dado que el libro está plagado de anécdotas, esto hace que predomine siempre un tono festivo y alegre que contribuye a amenizar la lectura con sus buenas dosis de humor, aunque también se den cita en el libro al igual que en la vida misma otros sentimientos como son la pena o la añoranza. Por otra parte, tenemos bastantes monólogos y también diálogos, por lo que nos podemos hacer una idea clara de cómo se habla en estas tierras bajoaragonesas —sobre todo en Villamediana de la Sierra pueblo que es su primer destino como veterinario—, lo que nos acerca y hace más creíble también a todos los personajes y hace que nos identifiquemos fácilmente con ellos. Lo cierto es que los personajes han sido muy bien caracterizados no solo en lo que respecta al habla y a la forma que tienen de expresarse, sino también respecto al aspecto físico, modo de comportarse…


Como conclusión podemos decir que esta novela histórica es didáctica y lúdica al mismo tiempo, y que leyendo el libro aprenderemos no pocas cosas sobre cómo se vivía en el mundo rural en aquellos años y sobre el mundo de los équidos, pero sobre todo pasaremos un buen rato inmersos en sus páginas, que es, al fin y al cabo, lo más importante y lo que más cuenta. Por último, solo nos cabe decir que esta novela tiene todos y cada uno de los ingredientes necesarios, y, por supuesto, bien conectados e interrelacionados entre sí, que hacen de una novela una gran novela. Juzguen si no ustedes mismos si al final esta historia repleta de amor y amistad por las personas y por los animales no les deja huella, como les adelantábamos ya en un principio.




Ficha del libro:

Título: Huellas de herradura
ISBN: 978-84-92662-73-9
Editorial digital: BUBOK.COM, 2009
Autor: Ramón Mur Gimeno
Categoría: Narrativa
Subcategoría: Novela
N° de páginas: 215
Tamaño: 150x210
Estado: Público
Interior: Blanco y negro
Maquetación: Pegado
Descarga digital: 5 euros
Formato papel: 14,99 euros

La mujer que yo amo - José Ángel Muñoz Juárez


“… desmesurada la mujer en que la belleza de las formas es la prenda mejor”
José Martí


Amo a una mujer
con toques de delirios
entre sensaciones y remotas ilusiones,
una mujer mitad fiera
con toques de Carilda tan sufrida como Frida.
Ella me da su aire y me pide confianza.
Al respirar se alienta a seducir.
Le doy más que inocencia,
le doy el tiempo,
el espacio,
que se derrumban
antes el pudor y el atrevimiento.
Amo a una mujer que sueña y despierta en las nubes
rodeada de ciclones,
ahogada en desesperanzas asfixiadas en placer.
Una mujer de mirada de tiempo,
con olor a no me olvides en sus cabellos.
Una mujer que odia amanecer
en sábanas marcadas por la distancia.
Ella sacrifica amaneceres,
evoca sensaciones
regala besos a flor de piel.
Amo una mujer con toques de locuras
caricias marcadas,
eróticas sensaciones.
Una mujer que no cree en mentiras,
que ama las palabras,
que da poesía.
Una mujer sedienta de caricias,
que no esquiva miradas,
que enseña,
que manda,
que enloquece
con quien merece su amor.
Una mujer tan humana y tan viva
como su propia vida.
Amo a una mujer que ama la vida…

Otro día para morir - Alexander Vórtice

23 de diciembre de 2010


Alguien dijo que el miedo era tan rígido
como una basija llena de oro y mirra…
Así fue que mis bajas pasiones decidieron
volarse los sesos y los versos.

Hoy no puedo hacerlo:
Permíteme morir mañana;
ten compasión de mi ceguera
y consiénteme vivir un día más
en este mundo de sal, polvo cáustico
y hombres desprovistos de hombría.

Hubo un siseo que añadió malestar al mundo.
Yo –lo reconozco- preciso que me cedas
un día más para dejar clara mi postura
hacia los necios, los hijos de mil madres
que durante años me robaron la inocencia.

Buenos días amor. ¿Te pongo un café?... - El Brujo de Letziaga


En la alcoba se notaba
una relajada y embrujada calma
con reflejos en el cristal de la ventana,
de una cascada pigmentaria de estrellas
que sutilmente iluminaban en la noche
nuestra secreta morada.



Dos vasos de vino sobre la mesa
y una botella casi vacía,
restos de comida
y varios profilácticos en la bolsa de basura,
el teléfono descolgado
y los móviles de bolsillo apagados.



Y en la cama tu estampa
sobre las sábanas blancas;
dónde tú..., la domadora de mi fiera brillabas
mostrándome a media luz las dunas de tus encantos,
¡ Qué excitación contemplarte ¡
mientras yo quemaba mi último cigarrillo de la noche.



Al cabo de las horas enamoradas
los primeros escarceos del sol de la mañana
se posaron sobre la inmortalidad de tu belleza,
y el cálido despertar nos encontró en la cama
melodiosamente entrelazados.

Buenos días amor. ¿Te pongo un café?.

Latidos - Javier Úbeda Ibáñez

22 de diciembre de 2010


Hoy me siento
latido de tu corazón,
y respiro cuando
tú respiras:
tictac tictac,
tictac tictac.


Palpitamos al unísono:
tú, mi amor
y yo, que te amo.

Después... - Salvador Eduardo


Después de andarme desnudo,
en cada desliz de esta alma extraviada,
perdido entre lo inmenso de una duda
y el abismo oscuro de un terrible miedo,
empapado de fondo y pleno de amargura…

Después de abrirme paso entre tanta llanura,
de inundar el cuerpo de sed y desvaríos,
de agotar esta mirada desbocada en la agonía del alba,
de pisar la humedad que deja una mentira,
de abrevar el vacío en la prisión de un olvido…

Después de hallarme solo y rendido,
al abrazo de uno o más sueños perdidos,
a la derrota que a su paso fugaz, deja atrás, el anhelo,
a la verdad mordaz de vivir la agonía del deseo,
a la mora perenne de un destierro convenido…

Después de rebuscarme en cada absurdo rodeo,
de no encontrar pasos de luz en los pretextos,
de abrir los ojos en el jamás y ver el nunca,
de quemar esperanzas agotando hasta el último pabilo,
de vivir un nuevo día, sin siquiera haber dormido…


Después de la humareda, aún con algo de fuego vivo,
las cenizas de lo que queda, todavía… queman.

Por los pelos - Bathiuska

21 de diciembre de 2010


Por los pelos. El médico pudo realizar el lavado de estómago y evitar un trágico final antes de conocer el veredicto del juez: pena de muerte.

Yo soy....en 20 versos - Alfredo Farias Álvarez



(Acróstico)

Amén de todos los rezos y oraciones,
Limpio corazón y límpidas intenciones.
Franco severo, no conozco la envidia,
Reniego siempre de pereza y la desidia.

En mi Uds. no verán jamás la hipocresía,
Do ando es vereda la verdad, nunca falsía.
Orillando mi alma el cielo es un fiel testigo,
Faltaría a mi conciencia si falso lo que digo.

Adorna frente amplia el orgullo de mi raza,
Rondan en mis hebras su altivez y traza.
Ignotos destinos los zodiacos no adivinan,
A ellos no cabe, solo Dios, donde termina.

Soy un grito silencioso dentro de mis oídos,
Aullando adentro de todos mis sentidos.
Lo voy ahora soltando al rumoroso viento,
Verán ahora el dolor que en el alma siento.

A mi me tortura ver el hambre y la pobreza,
Rondándole alrededor tanto lujo y riqueza.
Es doloroso ver tanta tristeza sin esperanza,
Zambulliré mi ira en aguas de templanza…

En presencia del aire - Javier Úbeda Ibáñez

20 de diciembre de 2010


Rodeo el sonido del aire
para darte un beso de jazmines y rocío.

Tú, ebria de olores y noches,
me recoges en tus labios y
me pides silenciosa
que beba de ti
pasiones y pétalos.

Quiero quedarme a vivir en tu boca,
aterciopelada y desnuda.

-Sí, quédate -me susurras.

Y mi alma voladora,
aleja sus furias
y se entrega a ti,
en presencia del aire.

Mi primo y yo - Delfina Acosta

19 de diciembre de 2010


Tenía la edad del limonero de la casa, y me relamía los dedos con pensamientos que acababan descomponiéndome, pues me quedaba con los ojos muy abiertos, hasta altas horas de la noche, sin oír siquiera el violín del grillo que vagaba por la habitación. O el chistido del búho. Entonces, mi abuela me acercaba un vaso de leche, diciéndome: “Ya otra vez estás en trance. Mañanita terminarás loca. Estás de cabra. Tal cual. De cabra. No se debe pensar en eso a tu edad”.
Me hallaba enamorada.
Mi corazón era un árbol dentro de una casona, un árbol cuyas ramas crecían rompiendo tejas y aleros para terminar por crucificar sus nervios en el pararrayos. Sus frutas eran el mismo incendio pues las cortinas desaparecían, bajo el fuego, hasta que sólo quedaba una ventana desde la que observaba, melancólica, un horizonte, una línea crepuscular de pájaros negros en huida.
Me gustaba hablar conmigo misma en un lenguaje que era la mismísima niebla. O el nubarrón del que salían las tijeretas bulliciosas.
Pensaba en mi primo como se piensa en la llovizna, en las hojas llevadas por los pasos apresurados de la gente, en el viento de la lluvia arrastrando una carta desconocida, en la oscuridad de la habitación presa de su clausura donde parpadeaba la luz fosfórica de una repentina presencia.
Ya no recuerdo casi las facciones de M. A. Sé que era inteligente. Sabía trigonometría, botánica, física y hasta masonería; era el mejor alumno del colegio, solía entrar en crisis nerviosas y me adoraba.
Jugábamos a los indios. Venía a liberarme de la indiada, que era rebelde; los primos, entonces, amenazaban con dejarme devorar por las hormigas rojas que iban y venían en un tránsito alocado por el jacarandá.
Abrazarme fuertemente, llamarme reina cautiva, volverme a atar con la piola, formaban parte de las escenas cinematográficas.
El juego tenía un guión de muerte, traición y despedidas.
Éramos niños, la sangre nos quemaba las venas; amaba sus ojos negros animados por la chispa genuina de la genialidad. Solía fijarse en los limones de mi pecho, pero no se atrevía a morderme, a bajar su cara sobre mi cara. No era que no queríamos besarnos por miedo a que nos viera la abuela. Sentíamos el temor real a nuestra carne, pues nos atreveríamos a todo, después, si empezábamos por las bocas.
Nos alegraba tomarnos de las manos. Y abrazarnos hasta que la inocencia estallara. Mi primo desarreglaba mis cabellos; sentía bronca contra mi pelo lacio. Se suponía que debía enojarme, por lo menos falsamente. Pero me quedaba fea, quieta ante sus ojos, con los cabellos desarreglados y el corazón pisando el vestido y la enagua de mi entendimiento.
Yo era una india de una película del Lejano Oeste, sublevada y herida por el amor de un hombre blanco, que en breve tiempo retornaría a la civilización.
A la noche, tumbada sobre el lecho, pensaba una, dos, siete veces, en él. Diera cuanto diera porque me besara.
Imaginaba que iba a la colina, y que lo llamaba, al caer la tarde, y que él aparecía saliendo de mí misma, de mis alucinaciones, plantándose ante mi figura.
Haríamos el amor bajo la luna escarlata, enorme y cruzada por una gritona ave nocturna, sobre el pasto apenas mojado. No iríamos en sangre.
Pienso en mi amor infantil y el alma se me llena de hojas amarillas y quebradizas. Entonces era pequeña y me juraba a mí misma que me casaría con M. A.
Me miro en el espejo: muchos espíritus tristes y alientos que exhalan el frío de los huesos sepultados se arriman a la luna del ropero. Hay un llanto, un murmullo de muertos en la habitación. Y un olor a jazmines viejos y pasados por agua servida.
Afuera, un perro ladra a otro.
El macho corteja a la hembra. Las moscas vuelan en torno al cadáver de un gorrión sobre la vereda mugrienta. Un niño observa la escena y arroja una piedra contra las bestias.
El espejo me devuelve la imagen de una mujer que todavía sueña que es niña, y que aguarda la llegada, de un momento a otro, de su primo.
Podría jurar que el amor de la infancia es el más fuerte de todos los amores.

Diego Martín - Si vienes o si vas

18 de diciembre de 2010



Como algo nada más.
Como la sombra de un reflejo,
Y duele tanto, tanto que no siento ya,
tanto que parece estar todito destrozao' aquí adentro.
Como un te quiero loco,
así sin ira, ni retorno, un depojo.
Me siento así,
Como un fin sin su empezar.
Como gotas al mar.
Como esta soledad.
Si se entendieran de una vez, amor, nuestros corazones.

Dime si vienes o si vas.
Me sueltas y me tomas, como si cualquier cosa.
Como si fuera, yo que sé, solo aire fresco solo soy,
tiritas y te cortas solo soy algo entre tus cosas.
Que solo existo si me ves, un pasatiempo a tu merced.
Si vienes o si vas, dime si vienes o si vas.

Quiero saber si pasará o será lo mismo,
será la misma historia, el mismo recorrido,
si después te irás. Si yo me quedaré otra vez como un despojo,
como gotas al mar, como esta soledad.
Si se entendieran de una vez, amor, nuestros corazones.

Dime si vienes o si vas.
Me sueltas y me tomas, como si cualquier cosa.
Como si fuera, yo que sé, solo aire fresco solo soy,
tiritas y te cortas solo soy algo entre tus cosas.
Que solo existo si me ves, un pasatiempo a tu merced.
Si vienes o si vas, dime si vienes o si vas.

Un pasatiempo a tu merced, como un despojo.
Me siento como... No se si vienes o si vas.
Me sueltas y me tomas como a ti se te antoja,
como si fuera, yo que sé, solo aire fresco solo soy,
tiritas y te cortas solo soy algo entre tus cosas.
Que solo existo si me ves, un pasatiempo a tu merced.
Si vienes o si vas, dime si vienes o si vas.

La mariposa real - Sofía Victoria Prada Cala


En el mundo de las mariposas existía una pequeña oruga que anhelaba convertirse en una gran mariposa real, decidida a cumplir su objetivo, observaba lo que hacían las demás orugas mayores para crecer y vio que algunas orugas comían arbustos, pastos y unas pocas subían a comer los retoños de hermosas plantas; pensó que todos estos alimentos eran iguales y decidió comer los alimentos que menos esfuerzo le daban para encontrarlos, al igual que sus amigos se dedico a comer cuanto podía, paso el tiempo y se dio cuenta que aunque comiera mucho pasto y arbustos no lograba adquirir lo necesario para ser una hermosa mariposa real, estaba destinado a ser una mariposa común.
Esto lo entristeció tanto se convenció a si misma que no podría lograr su objetivo se derrumbo en una raíz en un viejo árbol y se quedo dormida. Pero mientras soñaba el gran árbol le hizo ver que no todo lo fácil de conseguir siempre es lo mejor y además le explico que para ser una gran mariposa debía escoger las mejores plantas, que contienen las vitaminas necesarias para crecer y engordar lo suficiente para formar un gran capullo y transformarse en la mariposa real que tanto quería ser. También le dijo que analizara lo que comía y que efecto creaba en ella y así sabría cual era lo mejor.
Al despertar, sintió que una energía renovadora recorría su cuerpo, le dio gracias al viejo árbol por su sabiduría y emprendió el caminar a su meta, se volvió más selectivo con todo cuanto comía, cayó en cuenta que los arbustos y pastos bajos lo adormecían y la atontaba en cambio los cogollos y plantas tiernas le daban energía. Fue así como se volvió selectiva con lo que comía y empezó a escalar la planta más bella y robusta que encontró, para comer los mejores nutrientes y hacer su capullo. Con los mejores nutrientes que encontró se provisión de alimentos y energía necesaria para formar su capullo. Al pasar los días, su transformación surtió efecto, pues logro convertirse en la gran mariposa imperial de su reino.

Te debo una palabra - Miguel Ángel Moreno

17 de diciembre de 2010


Te debo una palabra,
no es una palabra cualquiera,
es tallada por mi boca
y enterrada en mi corazón. Te la debo.

Te debo una palabra,
una de tantas que dejé a deber.
Podría ser aquella,
la que tanto te hacía reír,
la que abrazaba tus lágrimas
y no la podías oír.

Te debo una palabra,
podría estar escrita en cualquier verso
o esculpida en cualquiera de mis miradas.
La que arde en mis labios
y me trago sus cenizas.

Y es esa palabra escondida,
la palabra de este torpe poeta,
que quiere rimarla pero
no encuentra rima, sólo poesía.

Ya he saldado mi deuda.

Suburbios de melancolía - Rocío Iglezpe

16 de diciembre de 2010


Voy a olvidaros. Las esperas, los descuidos, las excusas y aspavientos, los susurros, los suspiros, las heridas, los sucesos. Echaré por fin al fuego los recuerdos sin culpabilidad alguna, borraré de mi memoria las fechas y la bruma de vuestros nombres espesos.

Tatuaré piel nueva en las cicatrices que colecciono, renovaré mis ropas, estrenaré los modos, este olor mío ya nunca más será vuestro. Andaré por las calles como sabiendo a dónde, levantaré la cabeza sin mirar al cielo. Dejaré el corazón en casa, llenaré de ansias el pecho, limpiaré mi cara, pintaré mis ojos y mis besos. Daré descanso al seso y a las armas.

Voy a olvidar los principios, voy a olvidar los complejos, no pararé en el mañana ni en los pasos que de a poco configuran el camino; el qué dirán lo diré yo primero. Voy a olvidar el matiz en cada gesto, la expresión de mi autoría, todo aquello que antes fui. Callaré lo que tanto os dije, gritaré lo que no escuchasteis, voy a desnudar lo que nunca os escondí, lo que nunca anhelasteis.

Voy a probar suerte con la carne, a derrochar sudores, a regalar sonrisas, a partir corazones que en realidad no me buscan. Voy a dejarme caer por suburbios de bohemia y melancolía, donde todos olvidan para olvidar, a enamorarme como Don Juan, a conquistar con la empatía del que por orgullo ha dejado de llorar y comparte miradas y asfixia.

Voy a entregarme tanto o más que en vuestros brazos, no preguntaré su nombre. Dejaré mis marcas en su piel, mis palabras de amor en el delta de su pobre hombría, y beberé hasta olvidar el camino de vuelta, un trago largo de Baileys con menta por digerir su sabor.

Voy a vaciar mi cabeza de metodologías, a quemar todas esas páginas en blanco, a borrar la agenda telefónica, a dejarme de pantomimas y ensayos y previsiones metereológicas. No pude elegir perderme, hoy ya estoy perdida. He olvidado lo que quiero, he olvidado la alegría tras la agonía, todo cuanto soy.

Y voy a ofrecerme por nada, a moverme con la inercia de las hojas caídas, a darme de baja en esfuerzos. No me queda alternativa. Para que muráis, muero.

Más sobre Rocío Iglezpe...

Doble de ausencia - Trini Reina

La calle lo llama.
En la calle se salva.
Habla con la gente, sin sentirla.
Voces ajenas son sus amarras.
El barco de la locura
a duras penas,
anclado subsiste en la ensenada.


A pasos calmos regresa
la ausencia a su costado
incrustada.
Vuelve a la casa vacío;
vacío de ella, y de esperanza.


Cierra la puerta y queda solo.
Solo con el hueco que le legara.
En la alcoba lo aguarda un frío sólido.
Sólido, como de plata.
El sueño es ahora paraíso,
el recuerdo pena escarpada,
la almohada ¡qué abismo!
Doblez para su desgracia.


En los ángulos que la luz no irradia
asoman las uñas
de la estricta madrugada.

Mujeres - Alfredo Farias

15 de diciembre de 2010


Allá viene una mujer
caminando por el sendero,
parece que no pisara
pero su pasar es imperecedero.

Su paso y su cadencia
al de una felina asemeja,
huele, mira y acecha
escogiendo a una buena presa.

Allá viene una mujer
trayendo como punta de lanza
un par de senos turgentes,
un don del divino cielo.

Sus caderas son insinuantes
y sumado a su plano vientre,
despierta nuestros instintos
y nos rinden, complacientes.

Allá viene una mujer
en su cuerpo está la armonía,
de la Creación es la más perfecta
y en su mente anida la sabiduría.


¿ Dádiva de Dios para nuestro placer ?
No estáis muy equivocados, pero ellas,
tantas como estrellas en el cielo,
son mucho más que eso.


Estas mujeres que Uds. están viendo,
todas viniendo por el sendero,
representan, no lo que estáis pensando,
yo les diré a lo que vinieron.

En ellas, el oler, mirar y el acecho
no son señales de un devorar,
es la manera que tienen ellas
de realizar la selección natural.

En el ostentar de vientre y caderas
nos muestran seguro habitáculo y firme asiento,
desde donde habrán de venir
la descendencia de nuestros genes.



Y son esos insolentes y turgentes senos
que nos hacen saltar los ojos,
manantiales de lactancia de nuestros hijos,
para que crezcan sanos y hermosos.

Verán que toda esa armonía y cuerpo perfecto
feliz ella lo da, para satisfacción de machos,
crianza de hijos, trabajo duro de hogar
y la sabiduría la usa en comprender y corregir
nuestros muchos defectos.

De manera pues que esa dádiva de Dios,
ese Ángel de Paz, vino a ser fuente de placer
Madre, Abuela y sostén de la Familia,
y ante el peligro….de nuevo es una felina.

Dónde estaré - Hugo Salazar

14 de diciembre de 2010


Otra vez vuelves a aparecer
Con tu carita de buena me haces enloquecer
No me quiero perder entre tus gestos,
tu risa, tus labios, no sé...

Otra vez no contaré ni hasta diez
Me lanzaré a tu vacío como un loco perdío
Me perderé entre tus gestos,
tu risa, tus labios, no sé...

Que corra el aire hasta mañana
A ver si así se van mis ganas
De perderme entre tu piel
Una y otra vez….

Dónde estarás, dónde estaré
ni siquiera lo sé
Me esperarás, te esperaré
No lo quiero saber,
Dónde estarás dónde estaré
Si me vuelvo a perder
En el mar de tu sonrisa
Y otra vez, y otra vez…

Otra vez, no echaré ni a correr
Si el corazón se me para cuando me beba tus pies
Y sin saber ni el porqué…
Serán tus gestos,
tu risa, tus labios, , no sé...

Otra vez no contaré ni hasta diez
Me lanzaré a tu vacío como un loco perdío
Me perderé entre tus gestos,
tu risa, tus labios, no sé…

Que corra el aire hasta mañana
A ver si así se van mis ganas
De perderme entre tu piel
Mira niña, una y otra vez….


Dónde estarás, dónde estaré
ni siquiera lo sé
Me esperarás, te esperaré
No lo quiero saber,
Dónde estarás, dónde estaré
Si me vuelvo a perder
En el mar de tu sonrisa
Y otra vez

Me atrevo a decir
que eres todo lo que me hace sentir
No soy nada sin ti…

Dónde estarás, dónde estaré
Ni siquiera lo sé
Me esperarás, te esperaré
No lo quiero saber,
Dónde estarás, dónde estaré
Si me vuelvo a perder
En el mar de tu sonrisa
Y otra vez
Y otra vez
Otra vez vuelves a aparecer
con tu carita de buena
Y no me quiero perder
entre tus gestos, tu risa
tus labios, no sé...

El frío, el mundo y la soledad - Jorge Rojas Contreras


Luces en el cielo
acompañan este frío mortal
en la cuidad oscura y en desvelo
hasta cuando deberé esperar?.

Maldición de mil demonios
que carcomen mi alma y mi corazón
es este frío que mata
el frío de un diciembre que solo me dejo.

Y por las calles pasa el mundo
en esta extraña soledad
de una sociedad vacía y oscura
que no permite respirar.

Me acompaña tanta gente, tantas risas y el alcohol
pero me siento aparte de todos
no quiero volver a reír más
encerrado entre cuatro paredes
del mundo me quiero olvidar.

Tan solo, con el mundo alrededor
tan triste, imposible de explicar
como desear tanto algo?,
como querer tanto?
mientras a vos no te quieren más.

Bajo el cálido Sol - Juan José Hueso

13 de diciembre de 2010

Temblé bajo el cálido Sol de mediodía,
el sudor enfrío, sin más mi sien
enloquecí sin saber que hoy tendría
que aceptar la locura por mi bien.

Deslicé sobre mi triste pecho aterido
el índice que marca la agonía
encima del corazón, que malherido
sin tregua bombeaba y maldecía.

Hasta las sombras llegué como bandido
sobre mis hombros cargué infiel tristeza
templé cuál si guitarra mi alma tensa
buscando la armonía de mi destino.

Destino que guardando en sus entrañas
todo el gran potencial y la alegría
de una nueva vida, que mientras nace
tiembla bajo el cálido Sol del mediodía.

La bibliotecaria - Javier Úbeda Ibáñez

12 de diciembre de 2010


María llevaba toda la vida trabajando en la biblioteca de su pueblo, y se puede decir que era una mujer feliz.

Desde pequeña, la biblioteca había sido uno de sus espacios preferidos; un paraíso repleto de libros y sorpresas.

A la salida del colegio, le pedía a su madre que la llevara un rato a la biblioteca. Se sentaba y abría las páginas de los libros con sigilo y entusiasmo. Al verla, daba la sensación de que estaba abriendo el más emocionante de los regalos. Para María los libros eran una especie de obsequio mágico para los sentidos, además de sus pasajes a otros mundos, a otras realidades.

Esa querencia que sentía por los libros y por la lectura la heredó de sus padres, ávidos lectores.

Cada noche, María siempre tenía una cita -imprescindible para ella- con el cuento que le contaba su padre o su madre. Le gustaba escuchar atentamente, mientras se imaginaba protagonizando lo que le estaban relatando. Con cada cuento ella abría unas puertas nuevas y relucientes a su creatividad y a su ingenio.

Al principio, le gustaban las historias de princesas, países fantásticos, dragones y duendes; luego, se aficionó a las de piratas que vivían en islas perdidas; pero su curiosidad avanzaba a la par que crecían sus afectos por sus amigos los libros. Gracias a ellos María se convirtió en una niña muy observadora y atenta.

Desde allí, desde el asiento que ocupaba en la biblioteca, vivía aventuras increíbles con las historias que leía; historias que disfrutaba, le emocionaban y sentía como suyas. Con la lectura aprendía, se divertía y compartía con los demás lo que los libros le transmitían.

Y de la silla de la biblioteca pasó a ocupar la silla de la bibliotecaria. El mismo día que entró a trabajar en la biblioteca colgó este letrero en la entrada:

“Bienvenido al hogar de los libros. Pasa, te están esperando”.

María se esforzó en convertir ese recibimiento en una realidad y darles a los libros un hogar; un hogar en el se sintieran a gusto, fueran valorados y cuidados.

Con el tiempo y mucho cariño, María había hecho de su lugar de trabajo un templo de amor a los libros: organizaba talleres y tertulias, daba charlas a los colegios, confeccionaba listas de los libros más leídos, editaba una revista trimestral, hacía un programa de radio semanal y tenía un blog.

María se conocía todos los libros de su biblioteca y había confeccionado una lista, no sólo por autores, estilos y géneros, también una de libros para entretener, reflexionar, aprender, amar, reír, llorar y soñar.

Pronto su biblioteca se hizo muy conocida, y desde cualquier parte del mundo llegaban personas para visitarla.

María amaba los libros, y mantenía con ellos una relación de cortejo constante y deseado por ambas partes.

Ese cortejo, casi un sagrado ritual, comenzaba con la elección de los libros que iba a comprar, seguía con su entrada a la librería, donde se podía pasar horas ojeándolos, mirando sus portadas y leyendo sus reseñas. Y, por fin, llegaba el punto más álgido de su ceremonial: leerlos, y una vez leídos, colocarlos en la estantería que les correspondía.

Una de sus frases preferidas -inventada por ella misma- era que el hogar de los libros comienza en cada uno: cuando se abre un libro, éste ha encontrado su morada en la persona que lo está leyendo.

Lejanía - Alexander Vórtice

11 de diciembre de 2010


LEJANO como un pantano…,
lejano dentro de mis sentidos lejanos…
Malestares de tiempo aguado y relojes alternos.
Lejos vivo y lejos existo porque siento alejamiento
en todo lo que percibo con desgarro y sin descanso.

Nueve nombres sentenciaron entre los nubarrones
un hecho nada particular para los seres que habitan
en los páramos, en el bolso del dios que ya no es tal.
Ida y vuelta y volver a nacer como si la vida
tuviera en la mirada de hoy un huracán de estiércol
y alcohol del que no se entiende por qué no cura
las contusiones, ni los ojos insatisfechos,
ni a los cromosomas que aúllan
bajo los nirvanas del “querer amar”…

Lejano como un pantano muy cercano…,
soy lejano dentro de lo visto y lo oído;
con ramalazos de tiempo y minutos
que son exorbitantemente lejanos.

A veces, una isla... - Trini Reina

10 de diciembre de 2010


El vaivén de las piernas
contra el malecón,
campanas del fastidio.


El bullicio de los chiquillos en el patio
-¡qué ancho!-
compitiendo con la fiesta
de los jilgueros anidados en las moreras,
la fuentecilla, empapada de risas
y el sol, incisivo,
suspendido en el recreo,
volviéndolo tan largo...


Y la soledad, traspasando
aquella isla de sietes mayos,
que contaba los minutos
-para la conclusión-,
ajena a aquel océano diario,
meciendo su angustia
en el arrecife del malecón.

Desolada - Delfina Acosta

9 de diciembre de 2010


A Gabriela Mistral

Antes de echar mi cuerpo al ebrio río,
muy ebria ya, entré por las abiertas
puertas del templo; oí a una rata huir.
El atrio era una vieja madriguera.
Y le dije a mi Dios, en cualquier parte,
que pecar, no pequé, y ni siquiera...
Un relámpago atroz iluminó
las pocas velas y tronó la iglesia.
No supe qué decir, mas las palabras
fluían de mis lágrimas, sinceras.
Los santos parecían escucharme
con esa educación de gente vieja.
Y por si ahí estaba, a Dios le dije,
que amar, amé. Mis huesos di a las fieras.
Jesucristo en la cruz olía a herrumbre.
El río me aguardaba entre las piedras.

Tarde de lluvia - Javier Úbeda Ibáñez

8 de diciembre de 2010


Llovía, desesperadamente. Caían cantos de un cielo negro que rugía hambriento de ruidos. El estruendo de los relámpagos era ensordecedor. La calle, agotada de tanta agua, estaba desierta. Yo no llevaba paraguas, ya que antes de salir de casa el sol lucía despampanante. Tenía una cita, que ya me habían anulado con un escueto mensaje: “Lo siento, lo dejamos para otro día. Te llamo”.

Me cobijé debajo de un portal durante una larga y eterna hora. El agua descendía cada vez con más rabia, chocaba contra el suelo, como castigándolo. Las gotas de lluvia parecían cuchillos afilados. Me daba miedo salir y que se me clavara uno. ¿Qué estaba pasando por ahí arriba?

Desde mi refugio podía ver la panorámica de los edificios, las luces de las ventanas. A la gente resguardada en su casa, tranquila. Apenas pasaban coches. Estaba completamente empapada y tenía frío. Comencé a tiritar. Deja pensar y actúa, me decía. La lluvia no tenía intención de detenerse. Actúa, actúa. Empecé a correr, sorteando la impetuosidad de la tormenta como podía. Me metí en el primer bar que encontré.

Me quedé quieta en la entrada, observando. No sabía qué hacer, hacia dónde dirigirme. Desde la barra, un hombre bastante alto, robusto, de unos cincuenta años, de labios densos y bigote cuidado, me escudriñaba con interés. Yo seguía quieta. Levanté primero una pierna, luego otra. Sí, me podía mover, no me había quedado pegada. El hombre, tras la barra del bar, seguía estudiándome con unos ojos intensamente azules. Cada vez que me lanzaba una atenta mirada me volcaba un pedazo de mar encima. Si en esos momentos hubiera sobrevolado una gaviota por encima de su afeitada cabeza, me hubiera sentado a escuchar el murmullo de las olas al chocar entre sí. Con una voz suave, que no se correspondía con su envergadura corporal, se dirigió a mí:

-¡Menuda lluvia! ¡Le ha caído la mitad a usted!

-Sí -asentí resignada.

-Pase, pase y séquese, se va a enfriar. En el lavabo tiene usted un secador. Eso hice: pasé y me sequé.

-¿Me pone un café con leche bien calentito, por favor?

-Enseguida. Siéntese, que ahora se lo llevo a su mesa.

-Gracias.

Apenas me había fijado en el interior del bar. Eché un vistazo; la decoración era realmente acogedora. Se trataba de una sala bastante amplia, en la que predominaban los colores blanco y verde. En blanco, los sillones; en verde, las mesas. Se asemejaba al salón de cualquier casa. De una de las paredes colgaba una exposición de fotografías; otra se adornaba con imitaciones de famosos cuadros de arte contemporáneo.

La luz, perfectamente distribuida por toda la sala, completaba ese ambiente familiar. En una de las esquinas había un espléndido piano, y a su lado, un pequeño escenario. Como sonámbula me dirigí hacia el piano. Me senté y me puse a tocar. Unos aplausos me hicieron reaccionar.

-Ha parado de llover -me dijo una voz sedosa.

Me giré, lo vi y me enamoré. Sin mediar palabras -no hacían falta-, se acercó y me besó.

Ha pasado ya una década de aquella tarde de lluvia. Todos los años celebramos nuestro aniversario en el bar del piano, llueva o no.

16 añitos - Dani Martín



16 añitos fiera
me creía el rey del mundo
con mi lema por bandera
lo que digan yo no escucho.

No había nadie que pudiera lograr
que cambiara un poco el rumbo
con mi idea la primera
y que no agobiaran mucho.

Y así fue
me revelé contra todo hasta el sol,
viviendo entonces una distorsión
y me enfadé con el mundo
¡malditos complejos que siempre sacan lo peor!

Pensé en la fuerza estará lo mejor
me disfracé de uno que no era yo
buscando esa firmeza
llegué a un lugar negro
pensé que eso era el valor.

Y sufrí de tal manera
por dejar de ser quien era,
por pensar que ser cobarde,
era ser lo que creyera.

Los valientes son los que son de verdad
y los fuertes ni sus guerras,
los valientes los que saben llorar
con la cara descubierta.

Y así fue
me revelé contra todo hasta el sol,
viviendo entonces una distorsión
y me enfadé con el mundo
¡malditos complejos que siempre sacan lo peor!

Pensé en la fuerza estará lo mejor
me disfracé de uno que no era yo
buscando esa firmeza
llegué a un lugar negro
pensé que eso era el valor..el valor...

Y es mirarme ahora a la cara
y ser quien soy.

Y así fue
me revelé contra todo hasta el sol,
viviendo entonces una distorsión
y me enfadé con el mundo
¡malditos complejos que siempre sacan lo peor!

Pensé en la fuerza estará lo mejor
me disfracé de uno que no era yo
buscando esa firmeza
llegué a un lugar negro
pensé que eso era el valor.

16 añitos fiera.

Amor cibernético - El Brujo de Letziaga

7 de diciembre de 2010


En persona nunca te vi,
sólo unas fotos con tu bella imagen,
unos poemas de amor que te escribí,
unas llamadas recíprocas de teléfono,
un hola, ¿qué tal?.....



Al otro lado del teléfono te sentía
estabas muy lejos, pero te oía,
tu voz seductora, sensual, melosa, me enganchó a ti sin remedio,
recreaba tus susurros en un lienzo azul de sueños,
abrazándome con mimo al mundo virtual que nos unía.



Eras luz de estrellas, eras todo eso y mucho más.
Me mostrabas las montañas dónde mis desventuras olvidaba,
estabas dentro de mi vida estando fuera.
Hoy me encuentro a mitad de mi vida sin vida
fuera de mis días, desterrado en mi memoria.



En mi mesilla sigo contemplando tu foto.
Todas las noches cuando me acuesto
te sueño como un eclipse de luna,
queriendo soñarte en un sueño que no pueda despertar
y si un día me despierto te quiero volver a soñar...



Hoy todo es ausencia, menos tu recuerdo.
Eres como un río que pasa sin pasar,
pasando sin jamás irse.
un hola, ¿qué tal?.....
¿Sabes que me enamorabas?


Este es el último poema de tu poeta... ¿olvidado?.

Alma de un sueño - Carlos Casado Cuevas

6 de diciembre de 2010


En tela de araña me atasco
cuando voy a emprender el vuelo,
cuando intento colar mi cuerpo
entre ilusiones y nostalgias,
entre bienvenidas y besos.
Mas un aterrizaje forzado
por la fuerza de unos celos
llena de barro el camino
y embadurna lo más bello
de la vida de un mortal
que solamente quiere tocar
el exterior de una nube
que cubre el alma de un sueño.

Conductor - Rolando Revagliatti

5 de diciembre de 2010


En la vereda de un cine céntrico, después de descubrirnos cuando abandonábamos la sala, Adriana se apresuró a notificarme que estaba separada y que compartía con tres gatos un departamento. Nos conocíamos de cuando su marido y yo correteábamos chacinados para la misma empresa. La voz ronca, hablaba y fumaba mucho. Como ya era habitual, yo hablaba y fumaba con moderación. En un café me contó que andaba a la caza de chofer para su Ami: no sabía manejar y se negaba a aprender. Vendía a farmacias sacarina y bicarbonato. Mostré interés por la vacante, aunque por esas cosas (y bolas sin manija), casi no había estado ante un volante tras mi oprobiosa obtención de la licencia profesional. (Clases y más clases de conducción de automotores en academias de Parque Centenario. En una, dos series de diez clases. En otra, una de diez y otra de cinco. En otra, una de cinco. En otra, una de diez. En el examen, pretendiendo estacionar, volteé un caballete. Pero había estado magnífico en el teórico: que dónde quedaba el Hospital Pirovano, que cuál era la continuación de San Pedrito. Tomé más clases en otras academias. Por fin, en un examen en el que también volteé un maldito caballete, me aprobaron [apalabrado influyente en la Dirección de Tránsito].) Fue así que combine con Adriana horarios de trabajo y pago. Practiqué durante una mañana y a la siguiente, después de sacar el Ami del garaje, la pasé a buscar en plan laboral. Una noche me pidió que subiera a su departamento dos pesadas cajas. Jugué con los micifuces. Acepté pan con manteca espolvoreado con azúcar mientras salíamos al balcón. Como por inercia me insinué físicamente. Me eludió preservando acaso el incipiente vínculo empleadora-empleado. Procuró al rato retenerme, pero acaso preservando el incipiente vínculo empleado-empleadora, me fui. A las cuatro semanas, en una esquina de Villa Pueyrredón, por embatatamiento mío, choqué a un taxi. ¿La piña?: imp ortante. Adriana no me saluda desde entonces.
Me siento culpable como si hubiese sucedido ayer. No digo que soy piloto de fórmula uno, pero ahora manejo bien. Guío un camión (Scania) con acoplado en el tramo Zapala-Buenos Aires. También, Patquía-Rosario. Y antes conduje micros de la Chevallier. Cuando el martes me crucé con Adriana por el obelisco, dio vuelta la cara. Parece mentira. Lo que es el rencor. En la actualidad tengo la edad que entonces ella tendría. Y está apetecible. Más que antes, qué diablos, sin duda. Y sin duda, Adriana, aunque reniegue, Adriana, me debe un romance.

Trasminado llega el aire - Trini Reina

2 de diciembre de 2010


Trasminado llega el aire por aromas a mediodía. En la cumbre de la siesta enfrenté la mirada abisal de un tigre y en su glauca retina avisté el imperio de la hora en que el sol desabrocha sus gruesos rayos. El felino, a su vez, me devolvía la mirada desde sus pupilas sin olvido.
 

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