
De pequeño, mi madre solía decirme: “Intenta no mentir nunca. Antes de decir una mentira, quédate callado. La fama de mentiroso en el colegio se coge rápidamente, pero cuesta mucho quitarse ese san benito de encima”.
A partir de esa sugerente advertencia de mi madre, comencé a interesarme por el silencio. Delante de una situación comprometida optaba por enmudecer, mientras observaba atentamente el semblante de mi interlocutor que, en la mayoría de las ocasiones, en vez de respetar mi silenciosa decisión, se alteraba ante mi aparente pasividad.
Y así, gracias a la advertencia de mi madre, fue como, poco a poco, fui descubriendo los misterios del silencio. Un sabio consejo me llevó hasta una forma de vida.
Pronto me di cuenta de que el silencio era mi alma gemela. Me gustaba observar a la gente mientras dialogaban; yo iba contando los silencios de cada intervención. Si alguien decía una barbaridad, sin ton ni son, pensaba: “No le ha dado coba al silencio, y se ha precipitado. No ha pensado bien lo que ha dicho”.
Incluso me aficioné a contar los silencios de la música, de la noche y de la lluvia. El silencio estaba en todas partes; sólo hacía falta detenerse para descubrirlo y aprender a contemplarlo.
Mi fama de persona precavida y amiga de los silencios se hizo conocida. De oídas, algunos me empezaron a llamar “el místico”. Me daba igual. Los que me conocían apreciaban esa virtud mía de ser consecuente con lo que decía y de tomarme mi tiempo para decirlo. Mi refugio en el silencio me ayudaba a repartir buenos consejos, siempre comenzando por mí.
Mi relación con el silencio se afianzaba; iba estrechando mis vínculos con él. Cada vez que me adentraba más en sus particularidades, él me daba a conocer parte de sus secretos.
Y en ese idilio con el silencio también tuve mis sinsabores, como en toda relación que se precie. No expresar a tiempo lo que sentía y guárdamelo en mi interior hasta que me asfixiaba me pasó factura.
Hay bocas cerradas que chillan más que otras abiertas soltando improperios; bocas que estrangulan el silencio.
Es cierto que el silencio es necesario, pero en su justa medida. Nada en exceso es bueno, lo que sea.
Me empeñé en encontrar el punto de sal del silencio, su equilibrio, y lo logré: aprendí a expresar lo que sentía, antes de que las palabras no dichas a tiempo se quedaran estancadas en los cajones de sastre que todos tenemos en nuestro cuerpo, en el ala dedicada a las emociones. Después de unas cuantas equivocaciones y de cientos de palabras no exteriorizadas cuando tocaba, ya no dejé que el silencio me hiciera costra.
Me costó, pero creo que lo he conseguido. Se puede decir que a día de hoy mi relación con el silencio camina por el sendero del entendimiento mutuo.
Con el paso del tiempo descubrí que después de un día ajetreado lo que más me apetecía era descansar en el silencio; era mi pasadizo secreto para llegar hasta la meditación: meterme dentro de mí y buscar el sosiego que me hacía falta para darle un sentido a todo lo que me rodeaba, comenzando por mí mismo.
Esos momentos de meditación, casi siempre, me mostraban algo nuevo de mí y de mi entorno. Era como mirar con detenimiento la propia película de mi vida, a cámara lenta, con una luz muy especial y teniendo como banda sonora la calma; esa calma que desde dentro de uno mismo suena a gloria.
Esos instantes exclusivos de meditación me enseñaron- me lo siguen enseñando- a aprender y aprehender de mis errores, a pedir perdón, a rectificar, a saber decir sí y no en el momento oportuno, y sin miedo a equivocarme.
A veces, en pleno ajetreo diario y en el punto más álgido de la efervescencia laboral, me sentaba, aunque fueran cinco minutos, y me quedaba en silencio, mientras buscaba la consigna que me llevaba hasta ese trance de búsqueda interior y de serenidad. Mi mente y mi cuerpo me lo exigían para ordenar mis ideas, acertar en mis decisiones y ser más cauto.
Era pararme a reflexionar y salir renovado, con otro aire, como si, de repente, me hubiera dado una ducha rápida de sensatez.
Pasé de meditar de manera ocasional a hacerlo como rutina. La mayoría de mis compañeros de trabajo hacían un alto en el camino, a media mañana, para desayunar; yo desayunaba y meditaba.
Avanzar por la vida siguiendo las indicaciones de la sensatez nacida de una oportuna reflexión te hace más justo y libre a la hora de emitir opiniones y juicios de valor.
El aprendizaje del silencio no se acaba nunca, y lo fui vinculando a mi cotidianidad.
Entendí que no se es más sabio por hablar más sino por hablar cuando el silencio te da la vez. Puede parecer una tontería, pero no lo es. Sin silencios una conversación es como una cordillera que no se deja escalar. Lo intentas, pero nunca consigues llegar a la cima.
También comprendí que el silencio me era muy apetecible porque disponía de palabras; palabras que podía utilizar siempre que quisiera. De no haber podido hablar, quizá, hubiera mirado el silencio de otro modo; pero, seguramente, le habría encontrado su cara más amable. Si tienes que convivir con una circunstancia -la que sea- la mejor opción es aceptarla y estrechar lazos de unión con ella.
En una ocasión, un hombre ciego me dijo: “Yo veo con los sentidos lo que no puedo ver con los ojos. Lo huelo, siento y escucho todo por muy imperceptible que sea. He aprendido a interpretar las palabras y los silencios”.
Y como si de una intuición se tratara, cerré los ojos y me puse a meditar. Apagué en un santiamén la luz de mis ojos para encender la de mi interior. A solas con nosotros mismos parece que vemos más, e incluso lo que no queremos ver, lo que tenemos calladamente escondido.
“Yo que crecí dentro de un árbol tendría mucho que decir,
pero aprendí tanto silencio que tengo mucho que callar
y eso se conoce creciendo sin otro goce que crecer…”, estos versos del poema “Silencio”, de Pablo Neruda, son como un padrenuestro para mí.
Todos, en algún momento determinado de nuestras vidas, hemos estado metidos en un árbol; en el árbol de la incomprensión, en el del egoísmo, la impotencia, la desidia; en el árbol del compartir, en el de las buenas intenciones, la amistad, la complicidad. Hay tantos árboles, y en todos ellos habitan silencios y palabras.
Yo, que también tengo mucho que decir y que callar, me he construido mi propio árbol; y sigo creciendo sin otro goce que crecer…
Y le sigo diciendo al silencio…