¡Bienvenidos!

Tras el próximo amanecer - Juan José Hueso

29 de noviembre de 2010



Tras abrir los ojos y dejar de ser “esencia” porque empieza a aparecer mi “yo social”, que tiene más que ver con mi “ego”.
Recordaré el disfraz que inconscientemente me he colocado; y me alegraré porque mi mente ha empezado a reconocerlo. La gran diferencia entre antes y ahora, es que sé que llevo un disfraz.

Pero procuraré que mi disfraz sea cada vez más coherente con mi esencia. Y llegará la fusión de ambos, pero en esta ocasión mi cobertura será transparente y contemplarán mi “yo” en toda su plenitud.

Intentaré discernir, entre mis automatismos naturales (mi esencia); y mis automatismos creados (mi ego). Iré con mi “ego” pero procuraré sentirme detrás de él.

Intentaré estar en “alerta serena”. ¡Que situación más bella! Estoy vigilante, pero no estoy en tensión; soy efectivo con el mínimo gasto de energía. Hermosa receta contra la depresión. ¡Cuidado, no digo que sea fácil!; pero sí, posible.

Me prepararé, ayudándome de mi condicionamiento aprendido (siendo consciente de ello).

Abriré la puerta y saldré al mundo.

No buscaré mi vida, puesto que sé que la llevo.

Y antes de acostarme para descansar, intentaré recordar quién soy en esencia (meditaré). A más confusión y pesadez mental, más alejado habré estado de la vida, de ser.

Le diré a mi mente: ten en cuenta que hoy no hemos estado muy presente, hemos vivido en el mundo de los pensamientos. Mañana habrá que meditar más.

Me diré a mí mismo (siendo consciente de la dualidad de la mente): descansa cuerpo, descansa mente, sin olvidar que aunque os siento como entidades distintas formáis parte de la misma entidad.

Cerraré los ojos, sentiré mi cuerpo y me iré a ese lugar inconsciente que es el sueño hasta que un nuevo amanecer me haga abrir los ojos.

Todo ésto haré después del próximo amanecer.

Te invito a soñar - Luz Ángela Moreno

28 de noviembre de 2010


(a mi querida Colombia)

Te invito amigo a que cierres tus ojos
Y sueñes conmigo!
Soñemos con viajes fantásticos y encantados,
Con mares, ríos, montañas y nevados!

Te invito amigo a que sueñes conmigo!

Soñemos con La Heróica y El Paraíso.
Con valles y llanuras!
Con colores como el amarillo, azul y rojo!

Soñemos con cóndores, palomas blancas
y mariposas de color naranja!
Soñemos con laureles, orquídeas y
Claveles!
O simplemente soñemos con palmeras,
Ceibas y cigarras!

Te invito amigo a que sueñes conmigo!

Con guitarras, tiples, bandolas y arpas.
Con bambucos, cumbias, guabinas y joropos.
Con Villancicos, panderetas y campanas!

Solamente amigo,
Soñemos con poemas, ilusiones y
Esperanzas!

Amigo, te invito a que sueñes conmigo!

Soñar no cuesta nada!
No cuesta nada soñar,
Con el Sagrado Corazón, el Divino Niño
Y la Virgen de Chiquinquirá!

Amigo, te invito a que sueñes conmigo!

A sepultar las armas, el fusil y el puñal
Para que nuestra Patria querida…..
COLOMBIA…..
COLOMBIA pueda soñar en PAZ!

Natural - Salvador Eduardo

27 de noviembre de 2010


Inerte, silenciosa, vacía,
la piedra que del camino, hace la fila…

Con el aroma perdido,
el viento, olfatea las ventanas…

De manos crepusculares y pies descalzos
la luna tímida, asoma el pudor de su blancura…

Bajo el nocturno abrigo del cielo,
uno a uno nacen los luceros…

Del centro estoico de su oscuro,
la noche da vida a los murmullos…

¡Aulla el lobo!, ¡grilla el grillo!
¡maulla el gato!, ¡susurran los amantes!...

Escondido, sobre el arco de los vientres,
un ombligo presuroso se resbala…

Desnudas, las hojas, a su árbol reclaman,
asustado, en el centro de su copa, les cubre con sus ramas…

En discurso manifiesto,
caninos gritos se propagan...

Entre tantos momentos, sólo un instante
en lo hondo de mi entraña, acaba...

La cascada de tu pelo
que en el cauce de mi pecho se resbala...

Sólo te pido que mes una noche más - El Brujo de Letziaga

25 de noviembre de 2010


Sólo te pido que me des una noche más,
dame solamente de tu vida ese instante
por favor, dame sólo una noche más.

Las campanas repicarán hoy las penas de mi desdicha,
serán tañidos desconsolados en el aire
suspiros en el límite de la nostalgia,
el verso más sentido de la metáfora,
el alfa y el omega.

Luego borraré mi desamor con versos y poemas
en las noches eternamente largas,
solitarias,
en la cueva del rito opaco de la espera,
en la estancia de este brujo de las sombras.

Eras piedra angular que mecía mi cordura,
dos cuerpos invertidos en la cama,
ayer éramos pura pornografía, ¿y hoy?,
hoy descubro que todo fue un sueño.
Que la nada es vecina de la nada.

Ahora ya,
el cielo que veremos no será el mismo,
el tuyo, será un arco iris de colores,
el mío, un choque de asteroides
en el cómic de los desamores.

Ahora mismo se me está partiendo el alma,
llevando las venas y arterias abiertas
y no quedan ánforas vacías,
para llenarlas con la sangre derramada
por las yugulares de los ríos de esta metáfora.

Por eso,
sólo te pido que me des una noche
dame solamente de tu vida ese instante
por favor, dame solamente una noche.
Una noche más...

¿Acaso será mucho pedirte?...

Cuento de los sentimientos - Anónimo


Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los
sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el ABURRIMIENTO había
bostezado por tercera vez, la LOCURA, como siempre tan loca, les propuso:

- ¿Jugamos al escondite?

La INTRIGA levantó la ceja intrigada y la CURIOSIDAD, sin poder contenerse,
preguntó: "¿Al escondite? ¿Y como es eso?"

- Es un juego - explicó la LOCURA - en que yo me tapo la cara y comienzo a
contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y cuando yo
haya terminado de contar, el primero de ustedes al que encuentre, ocupará mi
lugar para continuar el juego.

El ENTUSIASMO bailó secundado por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos
que terminó por convencer a la DUDA, e incluso a la APATÍA, a la que nunca
le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La VERDAD prefirió
no esconderse (¿para qué?), si al final siempre la hallaban, y la SOBERBIA
opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la
idea no hubiese sido suya), y la COBARDÍA prefirió no arriesgarse...

- Uno, dos, tres... - comenzó a contar la LOCURA.

La primera en esconderse fue la PEREZA que, como siempre, se dejó caer tras
la primera piedra del camino. La FE subió al cielo, y la ENVIDIA se escondió
tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a
la copa del árbol más alto. La GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse;
cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que
si un lago cristalino, ideal para la BELLEZA; que si el bajo de un árbol,
perfecto para la TIMIDEZ; que si el vuelo de la mariposa, lo mejor para la
VOLUPTUOSIDAD; que si una ráfaga de viento, magnífico para la LIBERTAD. Así
que terminó por ocultarse en un rayito de sol. El EGOÍSMO, en cambio,
encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... pero
solo para él. La MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira!,
en realidad se escondió detrás del arco iris), y la PASIÓN y el DESEO en el
centro de los volcanes. El OLVIDO... se me olvido donde se escondió! ...
pero eso no es lo importante. Cuando la LOCURA contaba 999.999, el AMOR
todavía no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se
encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió
esconderse entre sus flores.

-¡Un millón!- contó la LOCURA y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la PEREZA, sólo a tres pasos de la piedra. Después se escuchó a la FE discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología. Y a la PASIÓN y al DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la ENVIDIA y, claro, pudo deducir donde estaba el TRIUNFO. Al EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo; el solito salió disparado de su escondite, que había resultado un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y, al acercarse al lago, descubrió a la BELLEZA. Y con la DUDA resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos; el TALENTO entre la hierba fresca, la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arco iris y hasta el OLVIDO, al que ya se le había olvidado que estaba jugando a los escondidos.

Pero sólo el AMOR no aparecía por ningún sitio. La LOCURA buscó detrás de
cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas y
cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y las rosas... Y tomo
una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso
grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos al AMOR. La LOCURA
no sabía que hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró y hasta prometió
ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra,
EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA LO ACOMPAÑA SIEMPRE.

Cansados - Rolando Revagliatti

24 de noviembre de 2010


(a mi madre)

Los huesos están cansados.
No hay modo de no estar cansados
aunque haya descanso.

Los huesos están exhaustos.
Por eso no hay modo de no
estar cansados
aunque haya descanso.

Los huesos, además, están hartos
de soportarnos, de tolerarnos,
nos odien
o nos amen.

Los huesos nos expulsan,
suplican que los dejemos ir.

Detestan que los retengamos,
que los exijamos todavía.
“¡No es humano!”, chillan.

Mi noble y amada bestia - Delfina Acosta

22 de noviembre de 2010


Iba yo con mi perra, noble bestia, de las pocas que hay, paseando por la vereda de mi cuadra. Precisaba cumplir el primer mandamiento de la gente con ciertos síntomas de estrés y agotamiento nervioso: la caminata.

No pensaba en los políticos, ni en las aflicciones del mundo, que son muchas, pues mis propias aflicciones ya me dan para comer. Mi pensamiento estaba ocupado por la idea aquella de que superando mi obsesión por pensar, tendría la mente ocupada por una tela blanca y lisa.

Ah... la blancura en el cerebro.

Y así, caminando con mi perra Pancha, a quien llevaba sujeta de una correa, iba por esas viejas veredas de Dios. Y el Sol estaba limpio de nubes, pero no hacía calor, sino más bien soplaba un viento fresco, ala del invierno que ya nos estaba abandonando.

Tengo –siempre– por costumbre pasar frente al portón de la casa donde vive “Flor”, la cría ya adulta de Pancha. No daré muchas explicaciones sobre esta relación pues todo se traduce a la consecuencia de un apareamiento grosero de mi perra con un vagabundo, apareamiento que causó mucha gracia entre los albañiles que trabajaban en el patio de mi casa y el descrédito y susto de nosotros, ergo, la familia de la bestia.

Pues iba llevando a Pancha, sí, señor lector, y me quedé a charlar con la amiga de “Flor”, quien la tiene en mucho amor y dice maravillas difíciles de creer de la misma. Y todo era un dale que dale, conversación va y conversación viene.

Y ocurrió que un perro de apariencia temible apareció por el lugar, Pancha lo vio, lo odió, y se largó como un relámpago detrás de él.

El caso es que la correa con la que intentaba sujetarla se deslizó y me sacó un buen tajo de carne de mi dedo índice. También perdí un pedazo de uña. Hasta ahora llevo envuelto mi miembro lastimado con gasa furacinada y cinta pues es necesario aguardar a que se regeneren los tejidos de la piel. En otras palabras, debo aguardar la cicatrización definitiva.

Mi perra entendió el gran disparate que hizo.

Y yo, haciéndome la enojada, le escamoteaba la mirada y no le daba ningún mimo, ni un saludo siquiera.

Ella, ante mi conducta fría, no hacía más que lamerse los pies, que era una forma de entrar en un distraimiento forzado y dar a entender que estaba libre de culpas.

Fíjese, lector, cuántas maneras se dan los animales.

Qué inteligencia la suya, pues sabiendo que yo sabía lo que ella ya sabía, seguía jugando a su “yo no sabía”.

De este susto y de otras situaciones más que ocurren a menudo, he sacado la conclusión de que mi perra es más inteligente que yo, pues traslada una casi tragedia a un plano de comicidad y anécdota. ¿No estoy acaso contando el caso en el que por poco pierdo un dedo?

Hay mucha más filosofía entre el cielo y la tierra de lo que nuestra inteligencia es capaz de comprender.

Shakespeare.

En fin, solamente deseaba contarles la historia con ribetes domésticos de un accidente.

Nada importante he dicho.

O tal vez, sí. Depende de la sensibilidad de los lectores para comprender el artículo hoy presentado.

Pero un perro es un perro.

Y un hombre es un hombre, me digo.

Y sin embargo, encuentro que en un delgado hilo el destino de ambos se unen.

Pido la palabra - Andy y Lucas con Diana Navarro

21 de noviembre de 2010





Pido la palabra
Yo ya creo que llegó la hora de que cumplan su palabra.
Yo ya creo que llego el instante de que cumplan lo que hablan,
porque esto no es vivir.

Pido la palabra
a ese padre que perdió en Sevilla
un día lo que más amaba,
a esa madre que desde aquel día
libra una batalla, injusticias del vivir.

Por si tu volvieras te tiene aquí
tu cama recién hecha sólo para ti,
un alma protegida con un corazón
un alma que se entrega cada día por vos.

Si tu volvieras te tiene aquí
tu cuarto recogio sólo para ti,
un marco con tu foto llena de amor
y una charla pendiente con aquel que te creó.

Que cuando el mundo te abandone
y a ti la pena te agobie aquí yo estaré,
que cuando alguien te provoque
y critiquen con reproches aquí yo estaré.

Pido la palabra,
a esa calle que no tiene nombre
porque ya no pone Marta
a esa calle que sin ilusiones falta lo que falta,
que son las ganas de vivir.

Por si tu volvieras te tiene aquí
tu cama recién hecha sólo para ti,
un alma protegida con un corazón
un alma que se entrega cada día por vos.

Si tu volvieras te tiene aquí
tu cuarto recogió solo para ti,
un marco con tu foto llena de amor
y una charla pendiente con aquel que te creó.

Que cuando el mundo te abandone
y a ti la pena te agobie aquí yo estaré,
que cuando alguien te provoque
y critiquen con reproches aquí yo estaré.

Que cuando el mundo te abandone
y a ti la pena te agobie aquí yo estaré,
que cuando alguien te provoque
y critiquen con reproches aquí yo estaré.
pido la palabra, pido la palabra.

No serán suficientes - Rocío Iglezpe

20 de noviembre de 2010


Fue pagano.
Me hablaste por cortesía y tu voz bailó en mis tímpanos. Se acercaron a mí con pleitesía los versos que antaño a otra musa veneraron, y se agarró a mi memoria la estilística de tus dedos. Nunca más quise para mí aquel silencio tan bello como la mirada muda del que estaba en mis retablos. Fueron ya por siempre tus códigos la música en mis encuentros, el cuerno para mis luchas, la nana en mis noches tristes. Viniste como los vientos de otoño, silbante, canalla, hermoso…

Fuiste casi un murmullo.
Y me sentí nacer en la mañana con tus susurros esperanzadores, y mil veces morí en ayunas de tu timbre. Fueron mimbre entrelazado tus deseos en voz alta, parte de mi garganta y de mis nudos atragantados. Fueron hambre cuando quise ser pasto, los bocados que surgían de tu tinta, las ganas que pacientes esperaron en tus labios.

Elegiste con cuidado
la potencia del mensaje, los acentos calculados, la nota sostenida que cortara mis muñecas, la mueca divertida reflejada en mi llanto. Ataron tus hilos mis manos, mientras supiste darme tu dosis de puro encanto. Bastó mi psicosis crónica para volver a nacer y morir en tu retórica de alabastro.

Se hizo grito tu ausencia.
Un aullido ensordecedor y clavadizo que me tiene esposada a tal martirio. Y cumplo mi penitencia como esclavo analfabeto. Tus claves anularon mi competencia, y tu recuerdo tiene ahora la cadencia del soneto, la amargura de un futuro marcado por la abstinencia, la nostalgia de un eco que no podrá ser silencio.

No serán suficientes.
Ya no habrá consuelo, ni armonía en mis razones dementes. Ni danza, ni melodía, oratoria o aguardiente, ni días sin tu anhelo que permitan a ese dios benevolente dejarme vivir entre palabras vacías, deficientes, sin la pasión de la lección marchita que nunca quise aprender y que tú me enseñaste.

Acaba - Alexander Vórtice


ACABA viniendo como si fuese
una palabra articulada entre sombras
y mugre; viene y se establece en mis núcleos:
es el tránsito concluyente,
es el armazón que robé a oscuras
en el tanatorio de la vida que no viví
por motivos de augurio erróneo.

A veces es el alcohol, casi siempre
es la manera que tienen “los otros” de golpear
mi rostro de nieve incandescente;
ocasionalmente es una calle enlutada,
una conversación entre patriotas del verso
venidos a menos a causa del tránsito
que nos dirige hacia el mausoleo
donde habita el no-ser
y el incuestionable no-saber.

La Cena - Javier Úbeda Ibáñez

18 de noviembre de 2010


Iba en el autobús, cuando recibí una llamada de lo más sorprendente. Me anunciaba que había ganado -mediante un sorteo al azar- una cena para dos en el hotel JM de cinco estrellas. Le dije que yo no había participado en ningún juego, y mi interlocutor me repitió, tres veces seguidas, que se trataba de una sorteo aleatorio.

A la cena no acudirá usted solo, tendrá acompañante, me comunicó. ¿Lo conozco?, le pregunté. No, también saldrá elegido de manera fortuita. Acudí a la cena, y en ella sólo encontré una docena de miradas tan extrañadas como la mía.

De que vale - Jorge Rojas Contreras

17 de noviembre de 2010


De que vale
esta vida sin vida
de que vale
vivir sin amor
de que vale sentir tantas cosas
mover las montañas y no encontrar el sol.

De que vale sembrar esperanzas
para recolectar desilusión
y sentir que eres vida mi mundo y mi suerte
sin poder abrazar tu corazón.

De que vale crear tantas quimeras
solo para ver mi vida irse sin una solución
y gritar tantas cosas al viento
cuando he sido enterrado sin una estúpida razón.

Y es así como estoy con un hueco en mi corazón
sin ganas de seguir
y morir cada minuto, con cada segundo
recordando que te conocí.

Que sombra entra a mi corazón
que nubla todo alrededor
que siembra tanto despecho
tanto dolor y desilusión
y de que vale el amor, sobre que tanto dolor
si al final tu cara se esconde y se aleja, para no volver más

De que valen tantas palabras
tantas acciones teñidas de amor
si al final se esconde tu alma
no puedo alcanzarla y muero a punto de llegar al sol.

Límite - Delfina Acosta

16 de noviembre de 2010


Paisaje de temblor: no son higueras
ni cerros enfilados los que trazo
en el cristal en polvo del espejo.
Yo sueño con un mar que todo obrizo
marea tras marea, llega ardiendo
al límite entornado de los ojos,
y un ave de amarillo -no el canario-,
su vértigo de millas reposando
encima de curiosos obeliscos.
Yo sueño, puesto el mar, con una esquina
pintada en sus orillas y el feliz
tropiezo que nos junte en dicho vértice.
Amado, te imaginas cuánto ocaso


vendrá a curar su frío en nuestra sangre.

Poeta | Quijote - Alfredo Farias

15 de noviembre de 2010


¿Poeta?.....Poeta.....¡¡Poeta!!

¿Quién dijo poeta?
si apenas soy en el cielo una cometa,
un pequeño hombre que aún no sabe
su lugar y misión en el planeta,
nunca valiente y de carácter suave.


Los años me han traído pesares y alegrías
que guardo en un cofre de recuerdos añejos,
de bebé a niño…juventud…de adulto a viejo
aún hoy me afano en medir las cuantías,
no logro graficar la ecuación en que me emparejo.


Los años también me trajeron conocimiento,
analizo lo humano y lo divino en mi profundo,
veo todo corrupto, enfermo y nauseabundo
entonces mi carácter suave se torna violento
cuando veo las injusticias de este mundo.


Y sin que me lo pidan me transformo en Quijote.
Mi libreta de apuntes se transforma en Rocinante
contra el sistema miserable…el molino mutante
con mis acusadores versos pretendo ser un azote
mi pluma es filosa espada en manos de loco divagante.


En el primer entrevero, apenas me aproximo,
aramos por el suelo, yo y mi caballo,
luego me soltó la frase “está escrito como sino,
no puedes tú, el caballo ni vasallo
nadie puede contra la rueda del destino”.


Presa en mi espíritu anidó ansia de revancha,
que me perdone Dios esta bronca que me anima,
pero mandando al diablo incluso la rima,
quiero convocar a los poetas de esta tierra ancha,
para luchar contra esta casta, enemiga acérrima.


Nada sacamos con escribir poemas de amor
y extasiarnos en su belleza plena y su armonía,
mientras alrededor, vemos pobreza y guerra impía.
Con nuestro silencio y nuestro disimulado temor
nos hacemos cómplices de esta terrible felonía.

El espejo - Javier Úbeda Ibáñez

14 de noviembre de 2010


Juan estaba todavía en su oficina, a pesar de que eran más de las once de la noche. Había tenido un día rocambolesco, y no sabía cómo ponerle fin; le asustaba la idea de que la noche no cerrara una jornada tan extenuante.

Repasó mentalmente todas las decisiones que había tenido que tomar desde primera hora de la mañana. Despedir a más de veinte empleados -a toda la plantilla de su empresa- había sido complicado y doloroso. Le taladraban las escenas vividas en cada despido. No podía soportar esas imágenes, que renacían sin descanso en sus pensamientos. El momento del que había estado huyendo, ahora le atormentaba sin piedad: rostros mudos, y un hombre derrotado delante de un abismo que se lo estaba devorando.

Antes de darse por vencido, consumió hasta la más mínima esperanza disponible dentro y fuera de él mismo.

Durante meses parcheó la situación; esquivó, como pudo, las embestidas de la maldita crisis, pero había llegado la hora de asumir la derrota. Su ilusión en un proyecto, su negocio, en el que confiaba y por el que había apostado su propia vida, ya no era suficiente. El adiós sellaba su círculo. Tantos años de sacrificios, y ya no quedaba nada.

La crisis había sido el tobogán que había acelerado la caída, pero él, también, había contribuido, encadenando un error tras otro, a que el batacazo fuera más estrepitoso.

Fue tan difícil aceptar el fracaso y darse por vencido. Su empresa se iba a pique, mientras sus manos se consumían de impotencia.

Dio la cara con cada uno de sus empleados y les detalló los porqués del cierre. No podía defraudarles, ahora no; muchos de ellos llevaban con él demasiados años, y nunca le habían fallado. Lo que más le importaba eran sus reacciones.

Tuvo que dar más explicaciones de las necesarias. Deseaba transmitirles una imagen de serenidad, pero las palabras se le aturullaban, compungidas.

Todo su empeño, el esfuerzo acumulado durante décadas, agonizaba. Sabía que acabaría quedándose solo, como un capitán de barco que ve naufragar su navío y se queda el último. Estaba dispuesto y cada vez más preparado para hundirse con dignidad.

¿Dignidad? A esas horas, y con el cansancio moral acumulado, dignidad le sonaba a desierto.

La alarma de su reloj daba las doce, como un verdugo a media voz susurrando la hora del patíbulo.

Llevaba desde las siete de la mañana en la oficina, y eran las doce de la noche. La inercia lo paralizaba. Mañana, más de lo mismo; mañana que era hoy mismo. Necesitaba dormir, serenar su mente, pero la angustia no estaba dispuesta a concederle ninguna tregua.

No sabía si iba a ser capaz de lidiar consigo mismo, si podría soportar ver cómo bajaba, definitivamente, el telón.

Decidió quedarse a pasar la noche en el despacho. Quería estar cuando llegara el personal de la limpieza, para despedirse de ellos.

Las tres, y no conseguía dormir. Tendría que haber reaccionado antes, pero uno siempre piensa que está a salvo de los infortunios que padecen los demás...

Amanecía, se levantó y se miró en el espejo. Vio dos representaciones de él mismo y una única mirada.

Debo dejar de amarte - Salvador Eduardo García Yllescas

13 de noviembre de 2010


Debo dejar de amarte porque no es sano,
morirme con la agonía de mis manos
y el reclamo de estos besos que tengo guardados…

Debo dejar de amarte porque no es humano,
tenerte ausente de este corazón enamorado
y rondar a las palabras de tu mano y tu cuerpo…

Debo dejar de amarte porque no encuentro
el desvelo suficiente, ni el tiempo necesario,
para dejar de pensarte entre mis brazos…

Debo dejar de amarte porque me dueles
y sé que te hago daño y me cuesta tanto el camino,
sin pronunciarte y sabiéndome en tu olvido…

Debo dejar de amarte porque no es vida,
beberme el agobio para cerrar la herida,
fumarme el alba entera día tras día…

Debo, simplemente, dejar de amarte
porque no hay filo que más hondo cale
que tener la certeza, de una esperanza perdida…

Balada para cuando llueve - José Ángel Muñoz Juárez

12 de noviembre de 2010


“La lluvia atrapa los recuerdos, los hace nuestros hasta el fin. Por eso es inevitable observarla, al verla caer no ves agua solo momentos que viviste o que quieres que sean”
Daneuris Restituyo

No ha salido el sol en todo el día y a cada rato un aguacero nos obliga a meternos en algún portal o quedarnos en casa. Se podría pensar que en un país tropical la vida se organiza teniendo en cuenta el clima y que junto a la ropa ligera tenemos siempre a mano sombrillas y capas de agua. Pero no es así. “No pude ir porque estaba lloviendo” es la disculpa más común de la temporada. No asistir o llegar tarde, lo mismo al trabajo que a una cita amorosa, están socialmente aceptados cuando esgrimimos el contundente argumento. Muchas veces hemos visto en películas la escena de una multitud bajo la lluvia. Nos impresiona la imagen de esa nube de paraguas que se extiende a lo largo de una avenida o a todo lo ancho de las gradas de un estadio. Inevitablemente comparamos esas escenas con la típica estampa de nuestras calles en medio de un chaparrón: bolsas de nylon usadas como gorro, el periódico o un trozo de cartón intentando cubrir la cabeza; personas mayores aguard ando bajo los balcones o apelotonadas en una parada de ómnibus. La alegría casi siempre la aportan los jóvenes que desafían el temporal, corriendo empapados y surfeando sobre lo primero que se encuentran, una tabla o la vieja goma de un auto… Son días para alegrarse de su llegada, que esperada es la lluvia cuando la tierra reclama de sus entrañas su presencia. Ahora me conformo con decir que la ciudad no colapsará por un simple chubasco que cae sobre el trópico, que sea bienvenida.
Ahora mis instintos de poeta renacen en medio de está cuidad que es inmune a esta lluvia intensa que hace a la gente correr. Yo no lo hago. Me gusta mojarme. Así que prefiero seguir caminando al mismo paso que llevaba antes de que las nubes abrieran sus compuertas. Las gotas que caen componen una melodía que nunca antes había escuchado, cada una de ellas aterriza en un tono distinto, creando así una sinfonía multicolor. Y el cielo que, hasta hace unos segundos, era de un azul sin defecto, es ahora gris… Es como si volviera a vivir aquellos momentos de infancia en que saltaba de charco en charco y me volvía un cazador de ranas y renacuajos… para más tarde encontrarme siempre con el grito regañador de mi madre.
Sigue lloviendo y el agua de la lluvia cae en el río y se mezcla con ella, hasta llegar al mar para comenzar de nuevo un ciclo sin fin...Ahora vuelve a ser agua salada, pero eventualmente volverá a ser agua de lluvia, que volverá a ser agua de mar. Pienso que, en cierta forma, yo soy como ella. Me evaporo con la esperanza de montarme en una nube que va pasando, con esa nube me voy lejos y después de un largo recorrido, regreso al punto de partida convertido en lluvia que vuelve a caer en el lugar que la vio marcharse.
Sigue lloviendo, y yo camino cada vez más lento, quiero que la lluvia me lleve con ella, a donde quiera que vaya… gracias lluvia por calmar mi sed.

Dile al silencio - Javier Úbeda Ibáñez

10 de noviembre de 2010


De pequeño, mi madre solía decirme: “Intenta no mentir nunca. Antes de decir una mentira, quédate callado. La fama de mentiroso en el colegio se coge rápidamente, pero cuesta mucho quitarse ese san benito de encima”.

A partir de esa sugerente advertencia de mi madre, comencé a interesarme por el silencio. Delante de una situación comprometida optaba por enmudecer, mientras observaba atentamente el semblante de mi interlocutor que, en la mayoría de las ocasiones, en vez de respetar mi silenciosa decisión, se alteraba ante mi aparente pasividad.

Y así, gracias a la advertencia de mi madre, fue como, poco a poco, fui descubriendo los misterios del silencio. Un sabio consejo me llevó hasta una forma de vida.

Pronto me di cuenta de que el silencio era mi alma gemela. Me gustaba observar a la gente mientras dialogaban; yo iba contando los silencios de cada intervención. Si alguien decía una barbaridad, sin ton ni son, pensaba: “No le ha dado coba al silencio, y se ha precipitado. No ha pensado bien lo que ha dicho”.

Incluso me aficioné a contar los silencios de la música, de la noche y de la lluvia. El silencio estaba en todas partes; sólo hacía falta detenerse para descubrirlo y aprender a contemplarlo.

Mi fama de persona precavida y amiga de los silencios se hizo conocida. De oídas, algunos me empezaron a llamar “el místico”. Me daba igual. Los que me conocían apreciaban esa virtud mía de ser consecuente con lo que decía y de tomarme mi tiempo para decirlo. Mi refugio en el silencio me ayudaba a repartir buenos consejos, siempre comenzando por mí.

Mi relación con el silencio se afianzaba; iba estrechando mis vínculos con él. Cada vez que me adentraba más en sus particularidades, él me daba a conocer parte de sus secretos.

Y en ese idilio con el silencio también tuve mis sinsabores, como en toda relación que se precie. No expresar a tiempo lo que sentía y guárdamelo en mi interior hasta que me asfixiaba me pasó factura.

Hay bocas cerradas que chillan más que otras abiertas soltando improperios; bocas que estrangulan el silencio.

Es cierto que el silencio es necesario, pero en su justa medida. Nada en exceso es bueno, lo que sea.

Me empeñé en encontrar el punto de sal del silencio, su equilibrio, y lo logré: aprendí a expresar lo que sentía, antes de que las palabras no dichas a tiempo se quedaran estancadas en los cajones de sastre que todos tenemos en nuestro cuerpo, en el ala dedicada a las emociones. Después de unas cuantas equivocaciones y de cientos de palabras no exteriorizadas cuando tocaba, ya no dejé que el silencio me hiciera costra.

Me costó, pero creo que lo he conseguido. Se puede decir que a día de hoy mi relación con el silencio camina por el sendero del entendimiento mutuo.

Con el paso del tiempo descubrí que después de un día ajetreado lo que más me apetecía era descansar en el silencio; era mi pasadizo secreto para llegar hasta la meditación: meterme dentro de mí y buscar el sosiego que me hacía falta para darle un sentido a todo lo que me rodeaba, comenzando por mí mismo.

Esos momentos de meditación, casi siempre, me mostraban algo nuevo de mí y de mi entorno. Era como mirar con detenimiento la propia película de mi vida, a cámara lenta, con una luz muy especial y teniendo como banda sonora la calma; esa calma que desde dentro de uno mismo suena a gloria.

Esos instantes exclusivos de meditación me enseñaron- me lo siguen enseñando- a aprender y aprehender de mis errores, a pedir perdón, a rectificar, a saber decir sí y no en el momento oportuno, y sin miedo a equivocarme.

A veces, en pleno ajetreo diario y en el punto más álgido de la efervescencia laboral, me sentaba, aunque fueran cinco minutos, y me quedaba en silencio, mientras buscaba la consigna que me llevaba hasta ese trance de búsqueda interior y de serenidad. Mi mente y mi cuerpo me lo exigían para ordenar mis ideas, acertar en mis decisiones y ser más cauto.

Era pararme a reflexionar y salir renovado, con otro aire, como si, de repente, me hubiera dado una ducha rápida de sensatez.

Pasé de meditar de manera ocasional a hacerlo como rutina. La mayoría de mis compañeros de trabajo hacían un alto en el camino, a media mañana, para desayunar; yo desayunaba y meditaba.

Avanzar por la vida siguiendo las indicaciones de la sensatez nacida de una oportuna reflexión te hace más justo y libre a la hora de emitir opiniones y juicios de valor.

El aprendizaje del silencio no se acaba nunca, y lo fui vinculando a mi cotidianidad.

Entendí que no se es más sabio por hablar más sino por hablar cuando el silencio te da la vez. Puede parecer una tontería, pero no lo es. Sin silencios una conversación es como una cordillera que no se deja escalar. Lo intentas, pero nunca consigues llegar a la cima.

También comprendí que el silencio me era muy apetecible porque disponía de palabras; palabras que podía utilizar siempre que quisiera. De no haber podido hablar, quizá, hubiera mirado el silencio de otro modo; pero, seguramente, le habría encontrado su cara más amable. Si tienes que convivir con una circunstancia -la que sea- la mejor opción es aceptarla y estrechar lazos de unión con ella.

En una ocasión, un hombre ciego me dijo: “Yo veo con los sentidos lo que no puedo ver con los ojos. Lo huelo, siento y escucho todo por muy imperceptible que sea. He aprendido a interpretar las palabras y los silencios”.

Y como si de una intuición se tratara, cerré los ojos y me puse a meditar. Apagué en un santiamén la luz de mis ojos para encender la de mi interior. A solas con nosotros mismos parece que vemos más, e incluso lo que no queremos ver, lo que tenemos calladamente escondido.

“Yo que crecí dentro de un árbol tendría mucho que decir,
pero aprendí tanto silencio que tengo mucho que callar
y eso se conoce creciendo sin otro goce que crecer…”, estos versos del poema “Silencio”, de Pablo Neruda, son como un padrenuestro para mí.

Todos, en algún momento determinado de nuestras vidas, hemos estado metidos en un árbol; en el árbol de la incomprensión, en el del egoísmo, la impotencia, la desidia; en el árbol del compartir, en el de las buenas intenciones, la amistad, la complicidad. Hay tantos árboles, y en todos ellos habitan silencios y palabras.

Yo, que también tengo mucho que decir y que callar, me he construido mi propio árbol; y sigo creciendo sin otro goce que crecer…

Y le sigo diciendo al silencio…

Entre sorbos de café y ginebra - El Brujo de Letziaga

9 de noviembre de 2010



Un café en el bar de la plaza,

algo de silencio
y una copa de ginebra que me quema,
ahora ya estoy listo
para el desguace del alma.

La acera esta oscurecida
por las sombras de unos tilos,
siento mucho ahogo en el pecho,
son malos tiempos para la lírica,
que malos tiempos para mi alma.

Una brizna de aire seco
esta quemando mi esperanza,
en el epitelio moreno
que olfatea el verso
en la terraza

Busco palabras que no encuentro
entre sombras de árboles en la acera,
esta ya cerca la hora bruja,
me tendré que ir a la cueva de la noche eterna
como un fantasma en busca de su alma.

Dos estrellas se han roto
la tuya y la mía,
cayendo en mil fragmentos
al vertedero de los olvidos
al pozo del vacío.

Dos estrellas se han roto...
Dos lucecitas se han fundido.
Entre sorbos de café y ginebra
viajo en el tiempo
del silencio y el olvido.

Aunque el frío queme - Alexander Vórtice

8 de noviembre de 2010


Las borrascas iban y venían movidas por las manos fibrosas de las potestades, y el verso ágil se propagaba como si fuese el agraciado sentimiento de una dama seducida por los encantos de suponer un mañana mejor, un futuro donde las ilegalidades fueran historietas y no una realidad palpable. Entonces el verso -inocente y audaz- resolvió asentarse frente a las noticias de ayer: "La policía alemana desaloja a patadas a los activistas que pararon el tren radioactivo". "Nueva matanza con coche bomba en la ciudad sagrada de los chiíes en Irak". "Marruecos desmantela por la fuerza el campamento de protesta en El Aaiún". Así es que el verso se desanimó e, irrevocablemente, giró sus ojos hacia el despeñadero de todos los días, hacia la sin razón de las periódicas deslealtades. Se mostró duramente alicaído, como una copa de cristal entre los dedos de un recién nacido; y enseguida Mario Benedetti murmuró a los vientos mediante la chispa de saberse un ser consecuente: "N o te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque la vida es tuya y tuyo también es el deseo de prosperar en plural, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento". Mario, tus vocablos son pasión de vida, de esperanza, son viento a favor en tiempos de cólera poco o nada domesticado. Memorable poeta, tú le das sentido al sin sentido del verso que cae, que se nota magullado ante las noticias brutales del día a día. Porque es imprescindible hacer antesala, aunque la esperanza se vea frustrada, pues la misma esperanza constituye un bienestar completamente necesario, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos espantosos que su extinción. La esperanza puede ser poesía, o un saludo temprano, con sonrisa liviana y guiño tranquilo. La esperanza es eso que nos mantiene en pie, que nos permite jadear pese a las arbitrariedades y los egocentristas que ambicionan de todas las maneras posibles desnaturalizar al pueblo para conseguir un Poder absolutamente transitorio. Puede que el verso se encuentre casi muerto, con las alas rotas y el corazón estrangulado, sin rima ni compás, sin ritmo que le aliente a continuar solicitando rectitud y equidad. Pero las palabras siempre han sido fuertes, y las obras, las buenas obras, por muy escuetas que sean, dejan una huella más penetrante que las que no lo son. Por tanto, aunque el frío queme, tal y como decía Lao-tsé: “Si practicas la equidad, aunque mueras no perecerás”. Así sea.

Amor - Baltasar del Alcázar

7 de noviembre de 2010


Amor, no es para mí ya tu ejercicio,
porque cosa que importa no la hago;
antes, lo que tu intentas yo lo estrago,
porque no valgo un cuarto en el oficio.

Hazme, pues, por tu fe, este beneficio:
que me sueltes y des carta de pago.
Infamia es que tus tiros den en vago:
procura sangre nueva en tu servicio.

Ya yo con solas cuentas y buen vino
holgaré de pasar hasta el extremo;
y si me libras de prisión tan fiera,

de aquí te ofrezco un viejo, mi vecino,
que te sirva por mí en el propio remo,
como quien se rescata de galera.

Sobre el diván - Rubén Darío

6 de noviembre de 2010


    Sobre el diván dejé la mandolina
    Y fui a besar la boca purpurina,
    La boca de mi hermosa Florentina.

    Y es ella dulce y rosa y muerde y besa;
    Y es una boca rosa, fresa;
    Y Amor no ha visto boca como esa.

    Sangre, rubí, coral, carmín, claveles,
    Hay en sus labios finos y crueles,
    Pimientas fuertes, aromadas mieles.

    Los dientes blancos riman como versos,
    Y saben esos finos dientes tersos,
    Mordiscos caprichosos y perversos.

Sin ti, sin mi - José Ángel Muñoz Juárez

4 de noviembre de 2010


Habíamos decidido dividir el mundo
en dos mitades.
Allá estaban los malos,
acá los buenos,
y nosotros,
desde luego,
en el medio.
Tu labios eran aroma de luces,
un afortunado fondo de dicha.
Pero ahora no estás acá a mi lado,
marcando los días,
fijando las horas
tinieblas en el calendario.
Hay no se que luz,
cegándome poco a poco
negándome verte.
Tu boca será la brújula.
Llegar a tiempo,
ahogarme en tu boca,
perderme en tu luz
quiero que sea el destino,
del anclaje.
Habíamos dividido el mundo y estábamos,
Pues acá entre los buenos,
los que se aman,
decías….
y tus suspiros se palpitaban en mis oídos,
y tu boca me conducía a esa fuente de luz
y yo besaba tu pelo,
y cruzaba una noche tras otra y buscaba más,
yo quería más,
y era el aroma de tus labios
lo que me salvaba
y así eras brújula
que marcaba latidos de vida,
y era tu pelo lo que mis manos acariciaba.,


Pero yo quería más,
quería tu corazón,
roer en tu corazón,
cantar dentro de tu corazón.
¿Qué hacer ahora?
si no estás aquí a mi lado,
si no tengo mi fondo de dicha,
¿Qué hacer con una noche completamente irreal?
Sin ti…
Sin mi.

Soy Vasco - El Brujo de Letziaga

2 de noviembre de 2010


Soy pluma cobijada en el nido de las letras
hecho de hojarascas secas
humildes y gallardas,
resistiendo los embates en verdes aguas
de mil piratas.

Soy voz que canta a las piedras milenarias
de los riachuelos de mi tierra vasca;
luego arrodillándome en sus aguas
las beso con mis labios
y ellas acarician con su frescura la montaña de mi boca.

Soy el alma que repica con mis versos las campanas
que anuncian en las iglesias euskaldunes las mañanas,
el ángelus y la misa de los domingos
con sus calles engalanadas de ikurriñas
y luego unos txikitos en compañía de los amigos.

Soy el brujo que cuando recorro la noche
la luna llena me invita a patxaran en su escondite,
y los querubines me cocinan un marmitako en su txoko,
que nutrirá mi esencia vasca en un puerto del norte
agitando con mis letras, ése mi mar cantábrico.

Soy alma, soy voz, soy una pluma...
Soy vasco hasta la médula...

Soy...
El brujo de letziaga

Glosario

Patxaran bebida vasca que se hace con endrinas, azúcar, granos de café, anís y canela en palo.

Txoko Lugar de reunión y encuentro entre amigos/as vascos para pegarse buenas jamadas y beber a tope, nosotros cocinamos y hacemos todo.

Ikurriñas La bandera de los vascos...

Txikitos Llamamos a tomar potes o vinos en cuadrilla por los bares.

Marmitako Tipica comida de los vascos hecha con bonito y patata, tomate, pimientos verdes, pimiento choricero, cebolla picada, un poco de vino blanco, sal, pimienta, aceite de oliva y agua, de todos modos las proporciones de los ingredientes podéis leerlos si googleais. Somos un pueblo pesquero, industrial, y por tanto la pesca tiene mucha importancia en nuestra cultura y la gastronomía.

Los modos de marcharse - Delfina Acosta

1 de noviembre de 2010


Hay modos de marcharse de la vida:
poco a poco
se van de tu memoria
los versos más hermosos de Rimbaud.
Te ocurren dos fatalidades juntas:
se te muere la rosa
que al mirarla quisiste
con suspenso de niño,
con el amor de Dios,
y se entierran, también, en el jardín,
las hojas amarillas de tu alma.
Para llenar las horas de la tarde
vas y vienes del tiempo
en que quedó el recuerdo
de aquella boca tibia ayer besada.
Hay modos de marcharse
de la vida:
poco a poco
se van de tu memoria
los versos más hermosos de Rimbaud.
 

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