
Él se sentó en la oscuridad y bebió. Mientras tanto pensaba en ella. La distancia le revolvía las tripas impunemente, entonces bebía otro trago de cerveza fresca y amable.
Por la otra parte, del otro lado del mundo, ella se encontraba envuelta en sábanas lujuriosas con otro hombre; absolutamente ebria y con el rostro empolvado en cocaína, ella no pensaba en él. Lo había olvidado completamente, por el momento.
Él podía percibirlo en sus entrañas. En las más recónditas aristas de su alma se clavaban las esquirlas del engaño.
-Podría aceptarlo -pensó- hace largo tiempo no nos vemos; es normal que necesite algo de sexo.
Pero era una fútil mentira. No podría aceptarlo.
Ella, entre tanto, cabalgaba sobre un bálano extraño, con las sábanas cubriéndola hasta la cintura a la vez que sus senos se bamboleaban libres y alegres. Se introducía el miembro hasta el cuello del útero y gritaba con los ojos cerrados. El extraño la manoseaba y la penetraba, como si ella no fuera de nadie. Pues no lo era; en ese momento, no lo era.
En el sillón rotoso, él se masturbaba lentamente, con un cigarrillo en la boca y bebiendo un trago de cuando en cuando. En su cabeza se arrastraba de un lado a otro la pregunta "¿Por qué?" y se respondía al instante con otra irrefutable pregunta: "¿Por qué no?".
La erección duró poco; de todas maneras no era de las buenas. Desistió de dicha actividad y tomó un baño.
Cuando salió, nada había cambiado.
Se oyó en el silencio y la tristeza, el estruendo producido al destapar la quinta cerveza. El sonrió. El alcohol le hacía bien. Llenaba su alma de plenitud y apacibles penumbras.
-Embriagarse es todo lo que queda -pensó.
A la vez que él terminaba el último trago de su copa, ella alcanzaba el orgasmo en un grito sordo. Él creyó escucharlo. Pudo ver el resplandor de una daga atravesándole la sien.
Allí mismo, quieta sobre el falo todavía erecto del extraño y con aquellas manos desconocidas todavía tomándola por la cintura, ella lo recordó, y una lágrima cayó graciosamente por su rostro y quedó atrapada en la comisura de sus labios. Pudo saborear la sal, de la misma manera en la que él saboreaba la amargura de la cerveza y la distancia.
Ella se levantó, quitándose de adentro el pene extraño. Lo miró un instante; no lo reconoció. Luego se sentó al borde de la cama, también desconocida, y se tomó la cabeza entre las manos. Entonces lloró, y las lágrimas imprimían en su rostro la sentencia "Ahora es demasiado tarde". Atribulada, se abrazó a sus ropas y se dirigió al baño.
El extraño fumaba satisfecho sobre su cama. Se encontraba muy a gusto consigo mismo. Había sido para él una noche triunfal.
Ella tomó una ducha y frotó frenéticamente su vagina con jabón, como queriendo deshacer lo hecho. La lluvia de la ducha escribía sobre sus pies, nuevamente, "Mi amor, ahora es demasiado tarde". Ella observaba el fondo de la bañera, con la mirada borrosa de llanto, mientras las gotas se estrellaban sobre su cuerpo.
Al día siguiente, junto al sol que estallaba indiferente un vez más sobre la tierra, ambos supieron que se encontraban solos... nuevamente solos...