¡Bienvenidos!

Posdata - Hilario Barrero

31 de agosto de 2010


Me arrimo a ti
en una calle estrecha
y dejo pasar la sombra
que nos viene siguiendo.

¿Los gatos tienen alma? - El Brujo de Letziaga

30 de agosto de 2010




La vida me sonaba a verde

a las siete de la tarde,
bajaba de la cima de un monte
de la espesura de sus entrañas
del helecho verde.



Camino de ida y vuelta,
dónde otros días veía tres burros
y sus rebuznos,
hoy veía tres negros cuervos
con plumas de luto color negro turba.



No pude distraer la mente,
mal augurio pensé,
la flor negra de la tarde,
el féretro donde yace el pétalo
que mal viento en el silencio de mi pensamiento.



A un gato negro en su camino
se le cruzo otro gato negro;
que mala suerte
la del gato negro muerto
atropellado por un coche negro.



Está el cuerpo desparramado,
protesto por su muerte,
asfalto con carne de gato
a las siete de la tarde
el paisaje conserva su pose inocente.

Soñar contigo - Toni Zenet

28 de agosto de 2010


Déjame esta noche... soñar contigo,
déjame imaginarme en tus labios los míos,
déjame que me crea que te vuelvo loca,
déjame que yo sea quien te quite la ropa,
déjame que mis manos rocen las tuyas,
déjame que te tome por la cintura,
déjame que te espere aunque no vuelvas,
déjame que te deje tenerme pena.

Si algún día diera con la manera de hacerte mía,
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día,
qué bonito seria jugarse la vida, probar tu veneno,
que bonito seria arrojar al suelo la copa vacía.

Déjame presumir de ti un poquito,
que mi piel sea el forro de tu vestido,
déjame que te coma sólo con los ojos,
con lo que me provocas yo me conformo.

Si algún día diera con la manera de hacerte mía,
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día,
qué bonito seria jugarse la vida, probar tu veneno,
que bonito seria arrojar al suelo la copa vacía.

Déjame esta noche... soñar... soñar... contigo

La nostalgia del sol en los terrados - Jaime Gil de Biedma

27 de agosto de 2010



A Vicente Aleixandre


La nostalgia del sol en los terrados,
en el muro color paloma de cemento
—sin embargo tan vívido— y el frío
repentino que casi sobrecoge.

La dulzura, el calor de los labios a solas
en medio de la calle familiar
igual que un gran salón, donde acudieran
multitudes lejanas como seres queridos.

Y sobre todo el vértigo del tiempo,
el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
mientras arriba sobrenadan promesas
que desmayan, lo mismo que si espumas.

Es sin duda el momento de pensar
que el hecho de estar vivo exige algo,
acaso heroicidades —o basta, simplemente,
alguna humilde cosa común

cuya corteza de materia terrestre
tratar entre los dedos, con un poco de fe?
Palabras, por ejemplo.
Palabras de familia gastadas tibiamente.

La calavera - Alexander Vórtice

25 de agosto de 2010


Descarga mi semántica
y guárdala en tu cajita de recuerdos precarios.
Lávame los dientes y las pupilas
con tus lágrimas de cocodrilo
y no vuelvas a decir que tengo pánico
a la hora de besar la frente de la calavera.
Socórreme cuando esté a disgusto con el mundo
y déjame morir si me ahogo en el “yo” que soy…

Sopórtame poco o nada de nada…
No merezco la pena, bien lo sabes:
por cabeza soy un objeto que siente
y presiente la muerte
de los cerebros momificados,
tristemente acartonados a consecuencia
de la fiebre y el orgullo de no saber/querer
transmutarse en PAZ o AMOR
de una noche más alrededor del ímpetu eterno
y próspero para la mayoría de seres humanos.

Ni Benedetti se salva - Delfina Acosta

24 de agosto de 2010


Cuando le echo una mirada a mi correspondencia electrónica, me llama la atención la curiosa tendencia que van adquiriendo algunos mensajes.

Quién no ha oído hablar de Jorge Luis Borges, aquel poeta que a los cincuenta y cinco años perdió –definitivamente– la vista, pero siguió escribiendo porque él había nacido para escribir y para sembrar asombro en los filósofos y en sus contemporáneos.

Y eran sus versos para echarnos a pensar en los elementos del universo, para envolvernos con una capa de tristeza, a veces, pues sus versos hablaban de eso, de la tristeza de existir y del desamparo que siente el hombre ante la muerte.

En una oportunidad recibí un correo donde se le adjudicaban a él alegres ocurrencias sobre el arte de vivir, de compartir lo bonito del amanecer y del atardecer y otras ñoñerías por el estilo.

Caramba: Venir a escribir sobre tantas cosas, y usando signos de admiración, después de muerto, sobrepasa toda molestia y picazón. Y todo porque a alguien se le ocurrió adjudicar un ligero y superficial mensaje de amor, luz, paz y felicidad a Jorge Luis Borges.

Hace una semana, aproximadamente, me llegó otro mensaje. Sorpresa: Las palabras pertenecían a Martin Luther King, quien abrió su célebre discurso en los escalones del monumento a Lincoln diciendo: “Yo tengo un sueño. Estoy feliz de unirme a ustedes hoy en lo que quedará en la historia como la mayor demostración por la libertad en la historia de nuestra nación. Hace años, un gran americano, bajo cuya sombra simbólica nos paramos, firmó la Proclama de Emancipación. Este importante decreto se convirtió en un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros que fueron cocinados en las llamas de la injusticia. Llegó como un amanecer de alegría para terminar la larga noche del cautiverio”.

Pues bien, esa frase “Yo tengo un sueño”, que fue el inicio de un histórico discurso y llama viva de la lucha de un hombre por su ideal, llegó a mi correo electrónico transformado en un “Yo tengo un sueño de amor, de paz, de cariño, y de deseos de mirar el mundo convertido en un planeta color rosa”. Y otros sueños que ya no recuerdo.

Ay, don Martin. ¿Se da cuenta usted en qué han transformado su discurso? Y había que ver las ilustraciones de las frases a usted adjudicadas: un arco iris sonriente, unas flores dibujando un corazón de chocolate y un cielito lindo.

Tampoco se salvó Mario Benedetti. El escritor uruguayo, autor de “La tregua”, también fue utilizado por estos amables usuarios que quieren cambiar el universo a través de términos bonitos, querendones, y libres de acentos ortográficos.

Le “hicieron decir” cosas empalagosamente regadas con la expresión de un amor chocolatado.

Cuánta cursilería y cuánta buena fe al mismo tiempo.

Pero usted no tiene nada que ver con eso, don Mario. Digo, no son suyas aquellas palabras que incitan al amor y a la esperanza, a través de un lenguaje que es la lectura más acabada de la mediocridad.

Pero todo sea hecho en el mundo para ser perdonado.

¿Qué culpa tienen los ignorantes que solo quieren mejorar el mundo usando palabras querendonas, aunque se aprovechan del nombre de los muertos ilustres?

[Vía]

Domingo sin ti - Armando Cano

23 de agosto de 2010


Qué triste y doloroso es

pasar un domingo sin ti.

Sin saber de tu vida, de tus ojos, tus poemas;

sin el timbre de tu voz.



Lluviosa además es la tarde que vivo,

sin tu presencia, sin tus latidos,

sin tus suspiros y

sin nada de tu amor.



El silencio de la tarde

hoy no es interrumpido

por el sonido de tus sandalias,

que te delata, siempre al llegar.



Esta tristeza que tengo

no se logra conjurar

ni con lo aromática que resulta

una buena taza de café.



Ni con que mañana por la noche

escuche tu voz, cuando me leas un soneto,

una rima o un cuento, o cuando me dices:

lo siento no te puedo acompañar.



Es por eso que lloro, grito, desespero,

cada que el domingo llega.

Pues si no estás aquí conmigo

no hay nada, nada que celebrar.

¡¡Salta!! - Alfredo Bautista Guerrero

22 de agosto de 2010


Rugidos de motores, ansias alertas,
en perfecta formación bizarra,
aviones en quietud completa
…hélices, sinsabor, esperanzas…
deseos, espera…
miedo profundo a lo ignoto…
miedo que recorre la médula…
¡uno!..¡dos!..muy quejumbrosos
los saltadores se enumeran.
¡Dios mío ha llegado la hora!,
las escalerillas están puestas...;
Ilusión…sinsabor…las dudas…
renacen las memorias muertas…

El mundo se pierde enturbiado
en lo profundo, en la polvareda.
¡¡Qué mísero, desde tanta altura
se calcula la tierra…!!.
Si me viese aquella joven…
¡¡No puedo mirar la puerta..!!
…Vacío, aire, rugidos, tinieblas…
…y allá, ínfima, en los mas hondo
la blanda pista me espera…

¡En pié!... ha sonado el claxon…
mi espíritu se tambalea…
Resecos los labios del pánico…,
tirantes los músculos, la garganta seca…
mi mente naufraga entre mil recuerdos
nacidos en el corazón de mi aldea…

¿Qué diría ella si me viera?
…¡¡no puedo saltar!! ¿qué diría ella?
Una losa de silencio…
…pronto la señal de nuevo suena…
…ya no puedo más. ¡¡Imbécil!!
¿quién creías que tú eras?
¡¡Cobarde!!..¿preparados?...¡¡¡Salta!!!
…terror…pánico…ceguera…
…vacío…vértigo…irrealidad…
…pequeñez… ¡sensación nueva!...
…ilusión…miedo…
…esperanzas…amores…certezas…
…caída…asfixia…inquietud…

¡¡Qué quietud!!¡¡Sorpresa!!
¡¡flotando en los aires!!
…no puedo saltar… ¿qué diría ella?

¡¡¡Que no soy un cobarde!!!

Guiño de futuro - Carlos Casado Cuevas

20 de agosto de 2010


Tras el rastro del viento
se esfuma una ilusión
que amasa el entusiasmo
y madura el amor del sol,
tras un momento de gloria
y otro mayor de desdicha
cae el árbol centenario
de nuestra historia interior.
Pero al otro lado del río,
donde brota un manantial
de futuro y color de cielo,
se estrenan paladares
saboreando otros guisos
condimentados al amor
del fuego de añeja lealtad.

Ayer - Rossetti


La voz del viento
susurrándome al oído
viene y se va.

Mujer de marinero - El Brujo de Letziaga

19 de agosto de 2010


¡¡¡ Mujer de marinero !!!
El silencio se hace yermo en tu alma
y no quedan casi luces que alumbren tus horas calladas,
son ya tantos días esperándole
que mañana solamente es una palabra sin sentido.
¿Por qué sigues con la esperanza?. No ves que no volverá.
Que una ola borracha bramando en la galerna se lo llevó.


¡¡¡ Mujer de marinero !!!
Sigues esperándole en el viejo muelle del tiempo,
a ese hombre al que un día viste zarpar,
al que despediste con un beso temeroso
agitando un pañuelo al viento
y su semilla latiendo fuerte,
germinando en tu placenta con sangre enamorada.


¡¡¡ Mujer de marinero !!!
¿Dónde se esconden las respuestas?
Cuando el marino que esperas no arriba a puerto,
cuando se van borrando las fechas
y los calendarios se derriten poco a poco,
y tu marinero es lápida muda de un recuerdo.


¡¡¡ Mujer de marinero !!!
No te engañes que no hay retorno.
¿No ves que tu niña se hace mayor?
¿que ya paseas nietos?
Que la brújula ha detenido sus saetas
y que tu vivir es navegar con la vela ciega del recuerdo
en los oleajes de mares infinitos


¡¡¡ Mujer de marinero !!!
¿Porque sigues esperándole?
Al que te hizo amante, esposa y madre
¿Por qué te aferras a ese viejo muelle?
como se aferra el naufrago a un madero.
No ves que todas las tardes se pone el sol
Pero tus canas ya peinan nieves.


¡¡¡ Mujer con alma de mar !!!
¡¡¡ Mujer de marinero !!!

Tengo miedo - Pablo Neruda

16 de agosto de 2010


Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazòn un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.

Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)

Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!

Se muere el universo, de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.

Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.

Lo que queda - Rossetti

15 de agosto de 2010




Este jarrón deforme que me viste
No sabe ya ocultar golpes ni grietas.
Ajado uniforme, que no resiste
ya el paso del Tiempo o sus jugarretas.

Ocultar el dolor tras un lienzo
Que me esfuerzo en llenar de colores.
Pinceladas que confunden tus besos,
Y barnices que esconden mis temores.

Y te espero como el juguete roto
En el baúl de tus viejos amores;
Condenado a recordar tus ojos,
Exiliado al perder tus favores.

Y te grito que te des la vuelta,
Y abraces fuerte este trozo de carne
Dolorida, asustada, sedienta
Del amor que un día proclamaste.

Mas te alejas con alas de viento,
Y te llevas todo tu equipaje
Y te olvidas que decir te quiero
No me hará más sencillo el viaje.

Árbol seco, frías cenizas, polvo, aire.
Un recuerdo. Nada.
Nadie.

Mi bendición - Juan Luis Guerra

14 de agosto de 2010



Dicen que las flores no dejaban de cantar
tu nombre, tu nombre cariño
Que las olas de los mares te hicieron un chal
de espuma, de nubes y lirios

Y la luna no se convenció
Y bajo a mirarte el corazón
Y al mirarte dijo que no había visto un sol
radiante, mas bello que mi bendición

Tenerte, besarte, andar de la mano contigo
Mi cielo, mirarte, decirte un te quiero al oído
yo te lo digo, que bendición.

Dicen que las palmas aplaudían al oír
tu pasos, tus pasos cariño
Que los ríos salen de su cauce al contemplar
tus ojos, tus ojos divinos.

Y un lucero no se convenció
Y bajo a mirarte el corazón
Y al mirarte dijo que no había visto luna
llena, más bella que mi bendición

Tenerte, besarte, andar de la mano contigo
Mi cielo, mirarte, decirte un te quiero al oído
yo te lo digo, que bendición

Cuando me hablas oigo un coro de amor
para dos
El falsete de un te quiero pegado a
tu voz, que bendición.

Tenerte, besarte, andar de la mano contigo
Mi cielo, mirarte, decirte un te quiero al oído
yo te lo digo, que bendición(BIS)

Morir de Amor - José Luis Perales

13 de agosto de 2010



¿Qué es morir de amor,
Morir de amor por dentro?
Es quedarme sin tu luz
Es perderte en un momento...
¿Cómo puedo yo decirte que lo siento?
Que tu ausencia es mi dolor,
Que yo sin tu amor me muero...

Morir de amor,
Despacio y en silencio sin saber
Si todo lo que he dado
te llegó a tiempo.
Morir de amor
Que no morirse sólo en desamor,
Y no tener un nombre que decir al viento.
Morir de amor
Que no morirse sólo en desamor,
Y no tener un nombre que decir al viento.

Yo no sé muy bien
qué es lo que está pasando
Tengo seco el corazón
Y es de haber llorado tanto...
No me quedan más
Que dos o tres recuerdos
Una carta, alguna flor,
Un adiós muy corto
y un te quiero.

Morir de amor,
Despacio y en silencio sin saber
Si todo lo que he dado
te llegó a tiempo.
Morir de amor
Que no morirse sólo en desamor,
Y no tener un nombre que decir al viento.
Morir de amor,
Despacio y en silencio sin saber
Si todo lo que he dado
te llegó a tiempo.
Morir de amor
Que no morirse sólo en desamor,
Y no tener un nombre que decir al viento.

Errabundos gatos - Armando Cano

12 de agosto de 2010


Tus pechos:
Góticos campanarios.

Errabundos Gatos
maullándole a la luna.

Monedas extraviadas
en la arena.

Ópalos perfectos
tallados con esmero.

Palomares donde anidan
mis besos.

Grandes copas de miel
o vino o veneno.

Cicuta para mis agonizantes
labios.

Moldes perfectos
donde encajan mis manos.

Palidez serena
de perfecta redondez.

Láctea fuente de vida,
y redondas formas del pecado.

El amor y la sangre - Victoriano Crémer

11 de agosto de 2010


El amor sube por la sangre. Quema
la ortiga del recuerdo y reconquista
el ancho campo abierto, la ceniza
fundadora, que la brasa sostiene.

El amor es herencia de la sangre,
como el odio, su amante, y se mantienen
íntimos, besándose, nutriéndose
de sus dobles sustancias transmitidas.

Nada podrá arrancarles de su abrazo:
La espada, el hielo, el tiempo, con sus filos
mezclarán sangres, que, lluviosamente,
germinarán odios, amor o nuevas sangres.

¿Cómo decir:
—«Aquéllos, que nunca conocieron
la sangre derramada, que separen
el odio del amor y reconstruyan
las viejas catedrales de la dicha...»

¿«Aquéllos»?, ¿son acaso otros que los murientes
trasvasados, hechos de sangre antigua?
No es posible lavarse el alma ni las manos
cuando fluye hacia ellas sangre y olor a sangre.

Si ha de hacerse el amor, será con sangre
trepadora, quemante, conocida,
pura sangre del odio, amante impávido
que el amor fecundiza.

Si ha de hacerse la paz...

—¡Callad, campanas!,
¡Ved la tierra, la tierra, que resume
su tempero sangriento y le convierte
en paz, en paz, a puñetazos puros...!

Amarte es saberte esperar... - El Brujo de Letziaga

10 de agosto de 2010


Cuando te imagino,
el tren de mis sueños me lleva hasta tu destino
esposado en un vagón con mil cadenas de recuerdos
y entonces te escribo este poema sobre tu sol extraviado.

Cuando no te tengo,
recorro las callejuelas estrechas de mi aldea
visitando sus bares oscuros en la nostalgia de mil noches,
entonces visiono tu imagen en mi memoria
y me tomo unas copas intentando olvidar tu ausencia.

Cuando te sueño,
el crucigrama de mis versos es una tómbola de colores
donde se escucha música de viejas canciones
con polvo de años, desde tu lejana huida
cuando me rogaste llorosa que te olvidara.

Hoy es el día
que aún te sueño y no te puedo olvidar.
Amarte es saberte esperar,
poder arrancarte un día tu flor,
incluso cuando no te quede nada de tu bello rosal.

Espero que cuando mires por tu ventana pienses,
que allí en la cueva de una aldea lejana
te estará esperando este brujo de letziaga
con su corazón partido y la puerta entreabierta.

Entonces..., si vienes no habrá mejor momento para morir,
ni mejor instante para un nuevo amanecer;
y solo pensaré en amarte para volver a revivir.

Pues...¿Sabes?.
Sigo sin poder olvidarte.
Pero yo sin consuelo te seguiré esperando
con mi crucifijo negro frente a un espejo roto,
imbuido en el vacío de tu recuerdo.

Te esperaré siempre, siempre siempre...
Hasta que los latidos de mi pulso
dejen de sentirse en las arterias de mi sangre...
hasta la muerte.

Ausencia - Miguel Hernández

8 de agosto de 2010


Ausencia en todo veo:
tus ojos la reflejan.

Ausencia en todo veo:
tus ojos la reflejan.

Ausencia en todo escucho
tu voz a tiempo suena.

Ausencia en todo aspiro
tu aliento huele a hierba.

Ausencia en todo toco:
tu cuerpo se despuebla

Ausencia en todo siento
Ausencia. Ausencia. Ausencia

Ausencia en todo escucho
tu voz a tiempo suena.

Ausencia en todo aspiro
tu aliento huele a hierba.

Ausencia en todo toco:
tu cuerpo se despuebla

Ausencia en todo siento
Ausencia. Ausencia. Ausencia

Confianza - Pedro Salinas

7 de agosto de 2010


Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
—mientras haya—
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pájaro en las ramas
—mientras haya—
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
—mientras haya—
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
—mientras haya—
señalada con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
—mientras haya—
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.

Silente, penitente - Armando Cano

6 de agosto de 2010


Amor eres terrestre, subterránea,
nocturna.
Temblorosa y callada
vas al filo de la madrugada.

Silente, penitente
a ocultarte entre la nada.
Eres ave silvestre, luz de luna,
tañido de campana.

Eres cañada, flor de almendra,
voz nocturna.
Brisa de enero, trozo de musgo,
piel serenada.

Fruta madura,
roca, espiga y cascada.
tu largo, largo pelo
opaca a la mañana.

Eres amanecer de lluvia,
arcoiris o cañada.
Vibras ardiente
como cuerda de guitarra
tocada por finos dedos de arcilla
enamorada.

Pelo vapor de nube,
canto voz de chicharra.
Fuiste llanto,
poesía pura y destilada.
Eres lamento triste
de una sola
y triste guitarra.

Así fue nuestro amor - Mocedades

5 de agosto de 2010



Fue un momento sereno
desprendido del tiempo
tu mirada de fuego
encendida en mi mar.

Me estaba estrenando
por dentro y por fuera
y tu primavera
me hacía temblar.

Fue un cielo lejano
y una tierra caliente,
un soplo de viento
y una lluvia de abril.

Un nuevo vestido
que envuelve y que besa,
que acaricia y no pesa
ni te deja fingir.

Medianoche en mi mente
desde todos los siglos
mediodía en tu alma
que gritaba calor.

Una casa infinita,
y un pedazo de gloria,
así fue nuestra historia
así fue nuestro amor.

Y una música blanca
que volaba en la arena,
un volcán en las venas
de placer y dolor.

Y una casa infinita
y un pedazo de gloria,
así fue nuestra historia
así fue nuestro amor...

Yo vi unos bellos ojos - Fernando de Herrera


Yo vi unos bellos ojos, que hirieron
con dulce flecha un corazón cuitado,
y que para encender nuevo cuidado
su fuerza toda contra mí pusieron.

Yo vi que muchas veces prometieron
remedio al mal, que sufro no cansado,
y que cuando esperé vello acabado,
poco mis esperanzas me valieron.

Yo veo que se asconden ya mis ojos
y crece mi dolor y llevo ausente
en el rendido pecho el golpe fiero.

Yo veo ya perderse los despojos
y la membrana de mi bien presente
y en ciego engaño de esperanza muero.

Eterna presencia - Pedro Salinas

3 de agosto de 2010



No importa que no te tenga,
no importa que no te vea.
Antes te abrazaba,
antes te miraba,
te buscaba toda,
te quería entera.
Hoy ya no les pido,
ni a manos ni a ojos,
las últimas pruebas.
Estar a mi lado
te pedía antes;
sí, junto a mí, sí,
sí, pero allí fuera.
Y me contentaba
sentir que tus manos,
me daban tus manos,
sentir que a mis ojos
les dabas presencia.
Lo que ahora te pido
es más, mucho más,
que beso o mirada:
es que estés más cerca
de mí mismo, dentro.
Como el viento está
invisible, dando
su vida a la vela.
Como está la luz
quieta, fija, inmóvil,
sirviendo de centro
que nunca vacila
al trémulo cuerpo
de llama que tiembla.
Como está la estrella,
presente y segura,
sin voz y sin tacto,
en el pecho abierto,
sereno, del lago.
Lo que yo te pido
es sólo que seas
alma de mi ánima,
sangre de mi sangre
dentro de las venas.
Es que estés en mí
como el corazón
mío que jamás
veré, tocaré,
y cuyos latidos
no se cansan nunca
de darme mi vida
hasta que me muera.
Como el esqueleto,
el secreto hondo
de mi ser, que sólo
me verá la tierra,
pero que en el mundo
es el que se encarga
de llevar mi peso
de carne y de sueño,
de gozo y de pena
misteriosamente
sin que haya unos ojos
que jamás le vean.
Lo que yo te pido
es que la corpórea
pasajera ausencia
no nos sea olvido,
ni fuga, ni falta:
sino que me sea
posesión total
del alma lejana,
eterna presencia.

Si estoy loca - Malú



Sé que estas buscándome en otra piel
y que olvidaste el valor de ser fiel,
que al fin cruzaste el mar, aquel que nos quiso dar
sin darnos jamás la oportunidad.

Sé que es tarde, que la vida es un tren,
que por estúpida he vuelto a perder,
que aquí en mi soledad me enfrentaré a la verdad,
la que odio más y me gusta saber.

Dime, dime, dime si estoy loca,
si no te di lo que hoy te da otra,
si te hice daño sólo ha sido culpa mía.
Te quiero y me muero.

Dime si estoy loca, si es mi castigo verme aquí sola
entre la inmensidad de las olas.
Te siento tan lejos, el frío es eterno bajo mi piel,
tan amargo y cruel.

Te imagino enamorado y feliz,
pero el amor hoy se ríe de ti.
Por una sola flor abandonaste un jardín
repleto de amapolas para ti.

Dime, dime, dime si estoy loca,
si no te di lo que hoy te da otra,
si te hice daño sólo ha sido culpa mía.
Te quiero y me muero.

Dime si estoy loca, si es mi castigo verme aquí sola
entre la inmensidad de las olas.
Te siento tan lejos, el frío es eterno bajo mi piel,
tan amargo y cruel.

Te siento tan lejos y dime si estoy loca, si es mi castigo verme aquí sola
entre la inmensidad de las olas.
Te siento tan lejos, el frío es eterno bajo mi piel,
tan amargo y cruel.

Si estoy loca...

Marga con Sonrisas - Alexander Vórtice

2 de agosto de 2010


Fui consciente de que estábamos disfrutando de la primavera en el momento en que ella se decidió a sonreírme estando yo completamente seguro de que sus sonrisas eran uno de los emblemas esenciales en mi vacilante prosperidad.
Un elegante mimo armonizaba con sus silencios la calle donde yo vivía; semejaba poseer un retablo de ojos misericordiosos en su corazón, un gesto apaciguado en su palidez y una paloma conocedora de las buenas noticias en sus manos inamovibles. Aquella tarde las nubes ya no cubrían el cielo y eran muchos los niños que corrían alegremente hacia un terreno en el que yo nunca había estado, pero que no me importaría llegar a estar.
En aquel día el rostro de la decadencia era un rostro plenamente decadente, y los dioses del querer interminable supieron por vez primera que la ciudad donde yo residía existía, por pequeña que fuese, supieron que cerca del Atlántico también había gentes con sueños merecedores de apodos pacíficos.
En aquel instante de tiempo interminable tuve la certeza de que algo cambiaría, no sabía exactamente lo qué, pero algo cambiaría, así me lo afirmaba ese sexto sentido que casi siempre me engañaba, que a veces me consolaba al pedirle consejo sobre el círculo de circunstancias que rodeaban mi existencia, mi vida bañada por el agua sucia de la rutina que arruina todo tipo de propicias sorpresas, todo tipo de prósperas venturas.
Aquella tarde yo había decidido quedarme en casa, con ademán de hombre expuesto a todo tipo de cambios favorables o invalorables, tanto daba.
El sonido del tiempo con ansias de libertad pasaba lentamente y con magia gracias a los poemas del gran versificador Caverotti, poemas que casi siempre lograban que mi corazón se trasladara a ese lugar expuesto a todo tipo de uniones amorosas, un lugar no muy lejano del mundo en el que habitamos cotidianamente y en el que el edén se puede observar con ojos caprichosos y gestos sonrientes aceptados por la inmensidad de lo que vive entre las paredes blancas del enamoramiento de toda una vida, de todo un espíritu que deja a un lado los lamentos.



Deja el rostro que es rostro
de mujer llena de pesares y admite este amor
que desea verte venturosa y con sonrisas,
venturosa dentro de la desventura.

Me llegué a preguntar, después de cerrar el poemario y cavilar en lo leído y en lo sentido, por cuánto tiempo tendría que examinar la teoría de lo que es amor auténtico y totalmente recomendable por los corazones solitarios que ven el mundo de otra manera.
Buen poeta era yo en lo que respecta a lo mío, a lo oculto, a lo que se esconde tras una voluntad con alma seducida, a lo que no se debe ni se puede describir con palabras.
Supuse que ella andaría brotando por las avenidas de la misma ciudad en la que yo habitaba, ella, jovencísima caminante que apreciaba al igual que yo el brillo inagotable de las aceras mojadas en los días de lluvia; ella, creadora de una personalidad basada en un pasado propenso a verlo todo con austera y agradable esperanza. Ella: núcleo de calidez inagotable que llegaba a seducir con sus palabras la negrura de un hombre perdido en los arrebatos de la zona gris de un tiempo pasado, vivido con languidez.
Me curioseé y la pregunta fue por qué se llamaba como se llamaba, por qué su nombre llegaba a estremecer mis voluntades cada vez que lo pronunciaba o simplemente cuando paseaba por el entorno de mis neuronas expuestas a los avances y retrocesos de mis inexactos pensamientos. ¿Por qué, musa de versificadores perdidos en la noche de los afectos prolongados hacia lo clemente, siempre te dejabas ver cerca de los límites de mis planteamientos al terminar de leer yo cualquier tipo de poema basado en la pasión de toda una vida?
Luego de tantas preguntas sin respuestas, decidí volver a mirar por la ventana: aún estaba el mimo en su majestuosa posición de artista con personalidad, y la decadencia yacía asesinada a su lado a causa de las siete puñaladas certeras que le había dado con saña una mujer cansada de la infelicidad, cansada de mantenerse estática, cansada, en definitiva, de no poder comerse el fruto acogedor de lo que la mantenía con vida.
Tendré que salir de aquí cuanto antes, pensé. Puede que ahí fuera me encuentre con algo novedoso, sorprendente, que moldee de otra manera más afectuosa esta melancolía peligrosamente rutinaria que hace que mi mente se traslade a un mundo carente de sentido que en días como hoy nadie debería soportar.
El sol comenzaba a dormitar en el momento en que crucé el umbral de la puerta de mi casa como quien cruza el límite entre el bien y el mal. Me mantuve inamovible frente al mimo durante un par de minutos aunque no sé en qué pensé durante ese tiempo. Luego dispuse caminar hacia donde mis pasos me llevaran como si tal cosa, como siempre, como jamás lo había hecho, quizás esperando algún prodigio que calmase el letargo de los pensamientos descabezados.
A medida que caminaba podía escuchar palabras con forma de petición temeraria salidas de las bocas de los demás transeúntes. Eran palabras llenas de todo lo existente: esperanza, amor, antipatía, desaliento...
Yo únicamente dialogaba conmigo mismo. Esto suele suceder cuando eres la única persona que te acompaña, la única persona que te comprende si es que hay algo que comprender. Mi “yo” más profundo me aseguraba que es bastante decadente caminar buscando imposibles, caminar para tomar el aire, caminar para darle sentido a una tarde marcada por las manos fogosas de una esperanza que tendría que morir para que otra nueva naciese y volviese a darle sentido al sin sentido de la vida que yo estaba viviendo desde hacía demasiado tiempo.
Pensé con preocupación que “lo haré” y “no lo haré” habían sido constantes en mi vida siempre que deseaba llevar a cabo algo importante, al tiempo que mi aura intentaba deducir en qué estación del año estábamos. Creo que yo siempre había tenido buenos y favorecedores deseos, aunque la falta de voluntad a la hora de llevar mis proyectos a cabo habían hecho que me mantuviese paralizado durante años.
Caminaba a mi ritmo al tiempo que las demás personas se apresuraban para ver en sus televisores a color de último diseño el programa de variedades que causaba sensación desde hacía meses en todos los hogares del país.
Reconozco que dudé en dar la vuelta y volver a mi casa para sumergirme en la terrorífica mierda que nos proporcionaba a todos aquel pestilente show carente de sentido y humanidad. Más no lo hice. Supuse que alguna de mis débiles neuronas todavía gobernaba mi sensatez y mi ánimo de rebeldía ante la sociedad que ya no apreciaba otros tipos de menesteres más adecuados para matar el tiempo.
Posiblemente estemos en otoño, me dije, ya que mi corazón se asemeja en este momento a un árbol medio muerto, desnudo y aniquilado por el frío. No lo sé. Quizás sea verano, ya que noto ese calor extraordinario que me hace caminar y pensar incluso en cosas apetecibles.
Noté que mis pasos comenzaban a ser descaradamente lentos y forzosos, incluso pesados. La más oscura de las noches ya había conquistado la ciudad y los juegos de los niños habían decidido hacer una pausa de al menos once o doce horas, hasta que éstos se volviesen a despertar y a dar calidez a los hogares en los que el frío era una constante difícil de tolerar por el “lúcido conocimiento”.
Dado mi cansancio supuse que lo mejor sería sentarme en alguno de aquellos bancos de piedra. Encendí un cigarrillo y la primera calada me hirió sádicamente los pulmones. Tendré que dejarlo cuando antes, me prometí sabiendo que aquella era una falsa promesa. La segunda calada estuvo mejor, incluso creo que hizo que algún tipo de fuerza inexplicable pero necesaria por naturaleza cogiera las riendas de aquel momento apto para incrementar los pesimismos. Decididamente la tercera calada estropeó mis vías respiratorias al tiempo que la tos se hizo inevitable.
Arrojé el cigarrillo al suelo y me quejé. Luego lo pise con resentimiento y me levanté. Volvía a estar caminando hacia ninguna parte, hacia el lugar marcado por lo que es totalmente impredecible.
Llegué a la calle Azulina y me percaté de que yo era el único individuo que le daba humanidad a las aceras. Desde luego, me aseguré, doblaré la esquina y me dirigiré al fin a mi hogar. Había paseado lo suficiente como para haber tomado el aire de una manera justa, considerablemente justa. “Deja el rostro que es rostro de mujer...” Caverotti todavía rondaba por mi mente. ¿Deja el rostro...? Realmente no comprendía lo que decía aquel verso, aunque era suficientemente bello. Era aquel un verso que yo gustaba de paladear con mis dedos y con la sangre templada de mi corazón hasta sacar conclusiones de todo tipo, hasta llegar a ponerme en la piel del propio poeta.
Me figuré que para escribir algo así habría que estar enamorado, o aturdido, según se vea. Ciertamente nunca había sabido por qué me gustaban tanto los poemas de este italiano con alma de Don Juan y pluma dorada por los nueve soles del querer básicamente impredecible. Quizás yo también tuviese algo de conquistador en mi interior, algo de poesía romántica y besos de plata fina. Caverotti... ¡Vaya por Dios!
Deduzco que no es fácil ejercer de versificador y expresar en los ambarinos papeles lo que sientes con máxima sinceridad, no es fácil dejarse la piel en los versos. Incluso no es fácil plantarse frente al poema lleno de efusión y sinceridad, y captar la sensación del que deseó plasmar su sentir en el papel. Resulta nefasto verse reflejado en los versos y caer en la cuenta de que tus sentimientos son sentimiento de poeta.
Pero cuando doblé la esquina con ánimo de doblar también mi melancolía, la vi a ella, siempre ella, siempre invocada por el entusiasmo de días, meses, o incluso años teniéndola a mi lado.
Estaba allí, estática como un ojo perdido en belleza, como el pleno cuerpo de pecado que circula por el mundo para endulzarlo a modo de esperanza, tal y como a mí me gusta, como un jardín prohibido sembrado de caminos razonables dentro de la sinrazón del querer hasta querer plenariamente, sin reparos.
Paré en seco y la miré. Ella poseía un no sé qué tan seductor que me encantaba mirarla. Ella, Marga, tenía un broche de perlas tan sincero en la mirada que me pasaría el resto de mi vida jugando con ella al juego de aguantar la mirada el uno con el otro hasta que uno de los dos decidiese parpadear.
Luego, y teniéndola frente a mí como siempre y como nunca, anhelé que me mirara. Y lo hizo, no sólo eso, sino que complementó su acto visual y carismático con una sonrisa y un gesto de franco saludo.
Después de esto, y estando yo demasiado aturdido como para moverme o para dejar salir alguna palabra de mi boca o de mi exaltado corazón, ella comenzó a caminar y se perdió en la más profunda de las lejanías, se perdió entre esperanzas presentes con carácter de futuro, con melodías compuestas por notas impecables.
Debo reconocer que yo también sonreí. Inevitablemente, lo hice. ¿Era aquella sensación algún tipo de amor común e inevitable?
Ni idea. Son un laberinto las circunstancias que nos llevan a quedarnos ensimismados ante la sonrisa honesta que le da forma a lo que deformamos con nuestras manos faltas de reflejos carismáticos y resplandecientes ideas.
Ella había decidido perderse en la distancia y yo decidí volver a mi casa caminando lo más lento posible. Marga habilitó con su sonrisa la estructura de mi corazón y supe con certeza que la ciudad comenzaba a ser moldeada por las manos florecientes de la primavera.

Hoy necesito - Cómplices

1 de agosto de 2010



Hoy necesito que me abraces fuerte
Sin palabras, sin excusas solo brazos
Que no tengas prisa que no la recuerdes
Que solo somos la apariencia de este barro.

Hoy necesito que me abraces fuerte
Por encima de los miedos y prejuicios
Que alcances ya los huesos y me despiertes lejos
De esta torpe selva fin de siglo.

Y no me preguntes que es lo que pasa
No traigo heridas yo solo que preciso
Notarte bien dentro, sentirme en casa
Saber que es muy cierto que estoy contigo.

Hoy necesito que me abraces fuerte
Y que tu silencio traiga mucha calma
Que la noche venga lenta como nieve
Y nos ha hecho enlazadas las espaldas.

Y no me preguntes que es lo que pasa
No traigo heridas yo solo que preciso
Notarte bien dentro, sentirme en casa
Saber que es muy cierto que estoy contigo.

Y no me preguntes que es lo que pasa
No traigo heridas yo solo que preciso
Notarte bien dentro, sentirme en casa
Saber que es muy cierto que estoy contigo

Hoy necesito que me abraces fuerte
Por encima de los miedos y prejuicios
Que alcances ya los huesos y me despiertes lejos
De esta torpe selva fin de siglo.
 

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