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En la repetición de nada parte a parte - Liliana Celiz

31 de mayo de 2010


En la repetición de nada parte a parte
volviendo al punto inmerecido de la escena
desde la conversión del yo al subgrado del sí mismo
asentamiento en la ausencia en la que es padre
en la distancia cuerpo a cuerpo desde el lado de caricia
el movimiento giratorio que hace al tiempo
en complexión tajante de ese no
al grado paulatino de conciencia.

Orquídeas para Clara - Delfina Acosta

30 de mayo de 2010


Por un camino de polvo uno iba a la Farmacia Lázaro, y ahí, el farmacéutico, que llevaba una vida sedentaria, te contaba algún chisme, cualquier zoncera, porque gran cosa no ocurría nunca.
Todo era un asomarse a la ventana, y mirar a la calle, que al atardecer tenía un color sombrío y apagado, y luego, cansado del triste espectáculo volver a meterse en la casa para esperar que cayera la noche y echarse sobre el lecho.
En la casa de enfrente vivía una adolescente paralítica.
A las seis en punto de la tarde, una mujer robusta, con el cabello recogido en un pañuelo de colores, la sacaba al patio que daba a la calle, y la adolescente, de rostro pálido y pecoso, se quedaba como un ave sobre un tendido eléctrico, ansiosa por volar, pues había que ver cómo se le quitaba el rostro triste, y la elocuencia, las palabras en pleno aleteo, le dibujaban un semblante feliz.
En las otras casas, que eran pocas, las puertas permanecían cerradas.
La gente no caminaba al atardecer por la calle.
Y aquella conducta de sacar al perro para que paseara no existía pues las personas eran de vivir adentro, y escuchar la radio que pasaba música internacional, pero de las salidas del fuelle de un acordeón, del viento de un trombón y de las teclas de un piano, y no las que alcanzaban los pulmones de un vigoroso tenor italiano pues la tendencia era oír sólo el clamor de los instrumentos musicales.
Clara se aburría.
Era demasiado largo el tiempo que transcurría entre los cuerpos celestes, con fogonazos y apagones de luz; ella daría lo que fuera por atraer la atención de alguien, y luego pedirle que le contara todo, desde el principio hasta el final, o sea alfa y omega, y seguir así, dale que te dale, y que fuera tarde para continuar hablando y aparecieran las primeras luciérnagas del crepúsculo, pero continuar lo mismo.
Mientras comía, a la hora del almuerzo, su invariable porción de chuleta de cerdo y de puerro, pensaba qué haría después de la siesta, en qué distracción haría vagar sus horas blancas, pero terminaba sentada en el sillón del patio, leyendo alguna vieja revista.
Durante una tarde de sol que picaba, y mucho, alguien golpeó las manos en su portón.
Fue a atender.
Era un hombre oriental. Dijo llamarse Kato Akagi. Y bajo el sol inclemente y picante como un sello salino en la frente, le fue diciendo, con suma amabilidad, que traía orquídeas de las mejores y de las más exóticas especies, y que se contentaría, en caso de que lo tomara como jardinero, con un lecho para dormir y comida. Conocía bastante de plomería y de instalaciones eléctricas además.
Clara sabía que no podría mantenerlo, pero ya le vendría una invención, una idea, una chispa hija del apuro, y lo contrató.
El oriental, que resultó ser japonés, tenía su edad: 30 años.

A los quince días Kato ya había formado bajo la enramada de la vid un sitio rectangular y parejo para las orquídeas, que él llamaba “su pueblo”. A menudo lidiaba contra las abejas que venían atraídas por el líquido dulzón de las frutas con un heroico sentido del humor.
Clara se sentía contenta. Por fin alguien con quien charlar.
Después de cenar (el japonés comía en un cuarto grande destinado a los cachivaches), le pidió que viniera a sentarse a su mesa.
Jamás supo lo que era darse aires, ni inyectar un tercio de ampolla de maldad a la gente, porque en ese pueblo de diaria consumación de la indiferencia, el necesario placer de odiar a una persona, nunca había tenido su proceso ni ocasión.
Así fue que ante la mirada de Kato, saboreó ronroneando su postre, y le comentó que lo hizo a la tarde y lo dejó enfriar, y luego, sorbiendo el jugo de durazno que hacía perfecto maridaje con el zumo de piña, cerró sus ojos largamente como si fuera que estuviera viajando y le contó que podía sentir no sólo los sabores sino también los colores.
- Esto es un manjar de los dioses. Ambrosía pura - suspiró.
Después, temiendo que Kato tomara de un salto su postre, se animó a tragar un durazno entero, y le fue contando, dale que dale, que se sentía contenta con su trabajo aunque el rociado de las flores le parecía excesivo. Pero en el momento le pidió perdón porque qué podría ella saber de orquídeas.
Y se levantó de la mesa y vio los dientes sanos de Kato mostrando una sonrisa obediente en señal de las buenas noches. Clara se sintió triunfal.
En los días sucesivos charlaba de cuando en cuando con Kato.
Le observaba hacer las cosas (vestía siempre una camiseta de frisa y pantalones a rayas) con la cabeza inclinada sobre el objeto de su propósito. Y ella pensaba, pensaba, y no se le ocurría con qué maldad darle un maltrato porque nada más se le cruzaban por la mente preguntas, que él contestaba hacendoso. Y cuanto más se volvía respetuoso y puntual y preciso en su comunicación, más Clara se irritaba.
Un día, estando la tarde calurosa, vio dos escorpiones junto a la rejilla del cuarto de baño. Los tomó con papel y los dejó dentro de un viejo tarro de pintura “Látex” donde Kato guardaba un aditivo para el abono. Se sentó a esperar mientras escuchaba música de la radio.
Y cuando ya la música le iba dejando en estado de sopor, sintió, sobresaltándose, la presencia del japonés. Le mostró los insectos acercándolos cuidadosamente a su rostro, y los bajó sobre una baldosa, y una vez que los desesperó y los indujo a muerte prendiendo fuego a su alrededor, los llevó a su boca, hizo un buche con ellos, para después escupirlos muy lejos.
- Estos bichos salen cuando hace calor - dijo. Una sonrisa burlona le blanqueó e iluminó la cara.
Pero hubo cierta hora de ese día en que Clara sentía el calor agobiante de la noche. Se imaginaba corriendo, desnuda, con el cabello suelto. Los insectos nocturnos buscaban su rostro, sin embargo ella seguía corriendo, descalza, afiebrada y ligera, y algo de la brisa y del sudor se prendían, confabulados, de su larga cabellera suelta. Y fue sin darse cuenta que paró de correr, pues estaba ya en el cuarto de Kato, quien dormía desnudo.
Ella le dijo cosas tibias en el oído para que despertara.
Y él despertó, y nombró a su esposa y a su hijo pequeño varias veces, levantando una barrera.
Pero ella no quiso escucharlo.
Esa manera suya, como de serpiente, de deslizarse, de desprenderse de la fuerza de los brazos de Clara, hasta llegar al suelo, era su forma de pedirle disculpas por no poder atender a sus requerimientos.
Tocando su sexo, lamiéndole las orejas, hablándole como desde un lugar secreto y lascivo de la noche, siguió insistiendo.
Repasó con su lengua furiosa su cuerpo y rozó con sus largos dedos finos su rostro hasta llegar a sus tetillas.
En un momento apretó sus senos contra su pecho. Se oyó a sí misma ronronear.
Fue entonces cuando bajó su capullo oscuro hasta el sexo masculino y besó en la boca a Kato. Empezó a hacer leves movimientos; ellos parecían dibujar una flor oscilante de una rama. Y aquellos movimientos sin posibles errores, aquellas olas altas y bajas, aquel placer que empezaba a formar parte de un viento que había perdido el control de sí mismo, comenzó a escurrirse como el zumo del mar librado a la oscuridad.
La quietud de la noche era grande.
Ella dibujó en el cuerpo amante la forma de un círculo.
Suspiró satisfecha mientras observaba, a la luz blanca de la luna, la silueta de un gato sobre el tejado. Los gatos le inspiraban desconfianza, pero aquel minino despertó su ternura.
Todavía su cuerpo tenía memoria del placer cuando vio a Kato, parado frente a ella.
Un ave chistó dos veces a lo lejos y voló huyendo.
El hombre sujetó fuertemente sus dos brazos mientras hundía un cuchillo en su cuello, su largo y suave cuello de cisne, que empezaba a manar sangre tibia.
Muerta, con algunos claros rojos de la sangre sobre su piel blanca, Clara parecía una rara y exquisita orquídea.

Fuente ilustración

Cuando me enamoro - Enrique Iglesias & Juan Luis Guerra



Si pudiera bajarte una estrella del cielo
lo haría sin pensarlo dos veces
porque te quiero, ay,
y hasta un lucero.

Y si tuviera el naufragio de un sentimiento
sería un velero en la isla
de tus deseos, de tus deseos

Pero por dentro entiende que no puedo
y a veces me pierdo…

Cuando me enamoro a veces desespero,
cuando me enamoro,
cuando menos me lo espero, me enamoro
se detiene el tiempo, me viene el alma
al cuerpo, sonrío, cuando me enamoro

Si la luna sería tu premio,
yo juraría hacer cualquier cosa,
por ser su dueño, ay, por ser tu dueño

Y si en tus sueños escuchas el llanto
de mis lamentos,
en tus sueños no sigas dormida,
que es verdadero, ay,
no es un sueño, no

Y me alegro que a veces al final
no encuentres un momento, oh no…

Cuando me enamoro a veces desespero,
cuando me enamoro,
cuando menos me lo espero, me enamoro
se detiene el tiempo, me viene el alma
al cuerpo, sonrío, cuando me enamoro

Cuando me enamoro a veces desespero,
cuando me enamoro,
cuando menos me lo espero, me enamoro
se detiene el tiempo, me viene el alma
al cuerpo, al cuerpo, sonrío,
sonrío, cuando me enamoro…

Leyenda de los Payachatas - Alfredo Farias


Payachatas: Conjunto de dos volcanes formados por el Parinacota de 6.342 Mts. de Altura y el Pomerape de 6.282 Mts. de altura. Ubicados en el Parque Nacional Lauca, provincia de Arica, Rep. De Chile. A sus pies una pequeña porción del lago Chungará





Espíritus de antepasados aymaras,

y lamentos de quenas, sikus y ocarinas

acompañan la leyenda

que canto en este poema.


Encontrábanse en sus sempiternas guerras

los hijos de los hijos, de los hijos…..

los hijos de muchas generaciones

descendientes del dios Inti

.

El campo de batalla eran las cumbres

del macizo andino, en el norte

de la América del Sur,

tierras de Aymaras e Incas.



De un lado las huestes del Señor

de las cumbres del Norte,

del otro las huestes del señor

de las cumbres del Sur.


Ni siquiera habían motivos,.

si los hubieron, nadie los recordaba

si alguien preguntaba el porqué de este guerrear

se justificaban: “hay que seguir la tradición”.


El dios Inti, no contento con esto

decidió su intervención

usando herramienta poderosa,

flechando cual Cupido, a un joven y a una moza


Fortuito azar les hizo coincidir sus destinos

en el cruce de un camino se encontraron

la belleza alta y morena de Parinakota

hija del Señor de las cumbres del Norte.


Cautivado quedó Pomerape

hijo del Señor de las cumbres del Sur,

también con todo el fuego del Inti

reflejado en su rostro moreno.


Contemplarse y enamorarse

fue todo uno solo

desde ese mismo día

se profesaron su amor.


Los padres de estos enamorados

no sabían el camino a seguir,

sus enconados guerreros

ese amor no permitían.


Como Señores, venido de dioses

soberana decisión tomaron:

¡ se pone fin a la guerra ¡

y las bodas se fijaron.


Pero las fuerzas del mal

desairaron los planes del Inti,

antes, los novios fueron asesinados

por los enemigos de la paz.



Los funerales dignos de semi dioses,

se celebraron justo en el límite cero

de los territorios de los dos pueblos

ante el dolor y tardío arrepentimiento.

Uno al lado del otro,

lo que en vida les fuera negado,

quedaron los dos montículos

con los amantes malogrados.

El Inti no perdonó esta afrenta

y envió presta su venganza,

lanzó sus rayos y a todos los elementos,

para exterminar a estos dos pueblos.

Se acrecentaron los dos montículos,

se convirtieron en dos enormes volcanes

las tierras se abrieron en depresión,

bajo 33 metros quedaron los beligerantes.

Y tan fuerte era el amor de los amantes

que siguieron unidos llorando su suerte

tanto , tanto lloraron, que a sus pies

sobre la depresión se formó un lago.

Generaciones venideras lo llamaron Chungará

alimentado por las agridulces lágrimas

de la princesa Parinakota y del príncipe Pomerape

ahora convertidos en Los Payachatas.

Grito - Miguel A. Moreno

28 de mayo de 2010


No es mi regalo
mis versos mutilados.
Grito profundo.

Botella errante - Armando Cano

26 de mayo de 2010


No quise entonces
sino saber tu nombre,
seguir tus pasos,
rozar tu piel.

Saberte entera,
quizás distante cual nube
o paloma o gardenia
o polvo de lejana estrella.

Eres botella errante,
naufraga, salvadora, mensajera,
en la inmensidad
del solitario mar.

Traes en tus pechos
una postrera esperanza,
cual soplo de vida, rayo de luna
o fragancia de gardenia.

Tres en tus ojos una ilusión,
y en tu pelo negro
una cadena que me ata a ti.
A tus años, a tus besos, a tus sueños,
a tu amor.

A toditos tus lunares,
a tus labios, a tus dedos,
a tus muslos,
y a tus pechos como mares.

Un poema salido de la nada... - El Brujo de Letziaga

25 de mayo de 2010


Necesito el tiempo que me falta,
me falta el tiempo que necesito,
nada es el tiempo que tengo,
no tengo tiempo para nada.

Nada son los besos en tu cama,
nada es un cuerpo sin alma,
Nada es nada de nada,
nada es silencio.

Nada es vacío,
nada es ni calor ni frío,
nada tiene remedio,
nada me importa.

Nada es que nunca pasa nada,
nada, es lo que nunca estuvo,
nada es lo que nunca paso,
nada es lo que parece.

Nada será como antes,
nada en ti cambió,
siempre hay algo que no será nada.

Nada de ti,
nada de mi,
nada de nada,
nada de nadie,
déjalo todo como si nada
porque sin ti no soy nadie.

Un poema salido de la nada,
al final es nada.

En tiempos de piratas - Sofía Victoria Prada Cala

23 de mayo de 2010

En tiempos de piratas, existía un amor profundo entre 2 jóvenes de distintos clanes, adicional a quererse tanto eran muy amigos y cómplices, se entendían muy bien, lo cual provocaba envidia entre los que estaban a su alrededor porque decían, que en ese tiempo de peleas, egoísmos, atracos, viajes y diversión, no podía existir un amor como ese, muchos quisieron separarlos y nadie lo logro. Un día se confabularon ciertos piratas que tenían fama de dañar todo cuanto se cruzara por sus manos y decidieron acabar con ese gran amor.



Planearon hábilmente toda una escena teatral para hacerlos creer que no se merecían el uno al otro. Engatusaron al joven pirata prometiéndole un gran viaje donde encontrarían un gran tesoro, se lo llevaron a celebrar esa gran hazaña que vendría y le dieron licor, mucho licor hasta dejarlo muy ebrio, luego llamaron a la mejor prostituta de esos tiempos para que hiciera el papel de estar con él; por otra parte llamaron a la joven para que fuera a despedirse de su amado antes de zarpar, al llegar al lugar de encuentro, ella siento desfallecer al verlo con otra mujer.
Sus vidas se destrozaron por mucho tiempo, él se fue en el primer barco que zarpo y estuvo en altamar por varios meses, aunque el navío paraba en muchos lugares él nunca desembarcaba. En su estancia en el barco se hizo gran amigo del capitán, un viejo pirata que hablaba muy poco y se dedicaba a encontrar los mejores tesoros perdidos por el mundo, era muy respetado por todos ya que gozaba de gran credibilidad y de ser un gran sabio. Juntos pasaban largas horas observando el mar en silencio, hablaban muy poco y cuando lo hacían el viejo pirata solo se limitaba a decirle: aprende de tu silencio para que encuentres tu vibración más pura, solo así hallaras la verdad y tranquilidad en tu corazón. Ella, se fue de la bahía en busca de un nuevo lugar para rehacer su vida y se fue a vivir a la Isla Cantor, donde se dedico a trabajar y trabajar; conoció un día un monje que pasaba por su trabajo, éste la vio triste y le pregunto qué le sucedía; ella le contó su historia de desamor, lo vivido en esos meses y todo lo que había hecho para encontrar paz en su corazón. El monje la escucho en silencio y dejo que ella liberara todo lo que tenía guardado, cuando termino el monje solo le dijo: aunque leas los cuestionamientos de los filósofos, sobre principios trascendentales, escrituras sagradas y busques en los demás, nada lograras si no haces que todo esto sea parte de ti, de lo contrario tendrás un vacío total. De ti depende ese cambio que buscas, medita todos estos conocimientos y hazlos parte de ti, se tu quien decide lo importante para ti, solo así crecerás y encontraras la tranquilidad que buscas.
Paso el tiempo y un día el barco llego a una isla, el joven decidió volver a tierra, ya había sanado sus heridas y había logrado encontrar en su interior la paz que buscaba, sentía que podía continuar su camino. Camino por la isla en busca de un lugar donde comer y pasar la noche mientras el barco zarpaba.
Entro en un hotel y una energía recorrió rápidamente todo su cuerpo cuando sus ojos encontraron aquellos ojos de los que se había enamorado. Los dos se quedaron mudos y estupefactos, por sus mentes pasaron muchas cosas. Esa tarde se sentaron a hablar, pasaron horas y horas hablando de todo lo que habían vivido. El regreso feliz a su barco y ella continuo feliz en aquella isla, ahora entendía que guardaba el destino para ellos, entendiendo que solo aprendiendo a amarse a sí mismos podrían llegar a ser felices.

Miedo a la locura - Jesús Pérez Romero

22 de mayo de 2010


Me da miedo la locura extravagante de esos insectos
de dos patas que habitan en el centro de la conciencia
colectiva como un fumador empedernido y juegan
con el destino de la humanidad utilizando el poder divino
que creen poseer: para invadir, esclavizar y sembrar
el hambre en todos los rincones de la tierra.
Esos insectos de dos patas que se creen el centro
del universo…
Me da miedo la locura infinita de los se que creen cuerdos…

Cóncavos y convexos - Susana Giraudo

21 de mayo de 2010


Cóncavos y convexos,
oblongos, chatos y apaisados,
ahora me gustan
las galerías de espejos.

Deforman este rostro, estas manos,
mis piernas, mis caderas,
mi sexo quieto y esta boca
que cada día es distinta.

Me ayudan a ocultar
la decadencia.
Por eso digo
me gustan las galerías de espejos.

El contrato - Delfina Acosta

20 de mayo de 2010


A Elisa, vestida de luto entero, como correspondía, pues venía de enterrar a su padre en el cementerio del pueblo, le llegó una anticipada alegría al golpear con la aldaba la puerta de su casa.
Escuchó ladrar a los perros. Sólo para oírlos, le venía el propósito de dar golpes y más golpes. Golpes de quien sabe que lo dejarán entrar porque la puerta se compadece (más tarde que temprano, pero se compadece) del mendigo, del vecino insomne, del forastero perdido en la noche de frío y de tormenta, cuando Zeus envía un rayo y el trueno empieza a galopar.
Siguió golpeando. Era como si la casa ladrara, dispuesta a clavar sus colmillos y sus alfileres en el desconocido que se atreviera a meter el polvo o el lodo de la calle en su recinto.
Con dos vueltas de llaves se introdujo en el interior; una vez que estuvo adentro empezó a sacarse el luto. Y el luto fue colgado de un colgadero de seis escarpias, doblado y guardado en un cajón de la cómoda, arrojado en una esquina, junto a otros zapatos, y convertido en una pequeña pelota al caer en la gaveta destinada a las medias de seda.
Al cerrar y guardar su abanico en el cajón de un viejo escritorio, no solamente cerró el despliegue de colores de la bailarina de flamenco con la mantilla de adelfas y rosas sobre sus hombros, y el chusco de camisa a lunares que rasgaba una guitarra, sino que también tuvo la sensación de haber cerrado todos sus suspiros.

Estaba sola, con sus treinta y nueve años, y aquellos muebles de porte antiguo que eran su suprema compañía. Por ejemplo aquel cuadro enorme, de firma borrosa, un poco inclinado y enfermo de humedad. En él se veía una casa blancuzca largando humo por la chimenea; un camino delgado pero impaciente, de tierra roja, parecía invitar al contemplador de ocasión para que se dejara llevar por él.
Ah..., dejarse llevar.
Elisa había observado una tarde que una mosca de alas ligeramente verdosas (la única, la misma de la sala), la mosca que acostumbraba pasear por las salvillas de oro y por los candelabros de plata, iba y venía por el cuadro, por la copa del solitario árbol del paisaje, por las tejuelas, por el humo azulado, casi lueñe, de la chimenea, por la firma ilegible del artista, y hasta por la pieza de madera pintada que hacía de marco, pero evitaba el camino.
El cielo azulino, sí.
El camino de tierra roja, no.
Mas luego, resistiéndose a avanzar, intentando inútilmente levantar vuelo, luchando con estoicismo contra su destino de mosca en una vieja aunque valiosa obra de arte, fue por el camino que llevaba a la oscura puerta de la casa. Y ésta se la tragó.
El insecto había desaparecido.
Recordó haber contado la historia a su padre. Tomaban el mate de la mañana en el patio de los azafranes, y los perros se lamían las patas junto al brasero con aquella pereza animal que tiene cierto aire de realeza. Algunas chispas de los carbones convertidos en brasas alcanzaban su rostro, sin embargo, ella no se daba cuenta. Sólo sabía que estaba contando a su padre la historia de la mosca, de aquel díptero atrapado y sometido a encierro por la misteriosa casa de la chimenea y el humo azulado. Y a medida que hablaba, que redondeaba las frases, que intentaba buscar una explicación en torno al misterio, que recuperaba el aliento y volvía a contar, era como si la mosca buscara salir de aquel cuadro grande y húmedo por su boca.
Pero su padre no dijo nada. Sorbía la bombilla lentamente con una expresión lisa y ausente en la cara. Ella insistió, y mientras insistía escuchaba su voz tomando lentamente distancia de ella hasta que se le hacía cada vez más difícil y más enredado ir tras sus palabras.


Recordó que no había manteca, ni lentejas, ni arroz, ni sal, ni limones en el árbol del patio. Y para echar a rodar un castigo sobre la penosa situación, los perros la observaban fijamente, y ella se sentía culpable de sus grandes ojos fijos, hasta que no pudo más y les ordenó que se fueran al fondo a buscar un gato que no existía, gritando “¡¡¡michi, michi, michi!!!”.
Ah... Pero le vino a la memoria la figura del escribano Pablo Álvarez, un hombre flaco, de sombrero muy a propósito de la elegancia masculina, y de ojeras profundas, que parecía estar lejos de sus veintinueve años.
Dentro de dos días él vendría a su casa para quedarse a vivir bajo su techo definitivamente. Y ella tendría, conforme a las estrictas cláusulas del contrato, el dinero de la venta de su casa y de sus muebles.
Ocurre a veces, que cuando una mujer solitaria se vuelve anciana, se ve en la necesidad de ofrecer su vivienda a un extraño, con ella adentro, hasta que se muera.

La anciana en cuestión guarda el dinero de la venta para pagar sus gastos, que no son muchos, ciertamente, pues un guisado de judías sin sal o mandiocas fritas le caen bien, y las velas de cera son siempre demasiadas para alguien que se vale cuanto puede de la luz del crepúsculo para buscar broches, agujas, pinches, estampas religiosas y cosas perdidas, y el jabón es un lujo aparte porque la ropa que lleva puesta todavía le dura y le seguirá durando; además los lavados con jabón echan a perder las mangas y los puños de las prendas de vestir.
Es común que el comprador de la vivienda aguarde, para desligarse de una presencia incómoda, indeseable, propensa a las pústulas y a la tos nocturna, que la vieja muera pronto, cosa que casi nunca ocurre.

Alguna vez nos ha pasado un susto mayúsculo, un hecho inexplicable, algo que hubiéramos deseado contar al instante a alguien que nos creyera en el momento. Pero luego, al contárselo a los demás, al tratar de conservar en su estado de huevo fresco la historia contra natura que nos ha tocado vivir, hemos sentido al cascarón rajarse lentamente y a la yema escurrirse por nuestros dedos, dejándolos sucios, viscosos, pegajosos.
Quienes nos escuchan, con la incredulidad y la confusión subidas a sus ojos ante nuestra expresión nerviosa, nos dejan en estado de vergüenza; caemos en la cuenta de que nuestros “confidentes” están a un paso de tratarnos de mentirosos y fabuladores. Finalmente, muy desorientados, ya ni sabemos si en realidad ocurrió o no “aquello” que empezamos contando con la voz inflada de pasión y de entusiasmo, y el rostro rojo, encendido, iluminado. Y nos damos por vencidos.
La casa y los muebles con cierto aire victoriano le pesaban a Elisa.
Observó su pierna coja, fruto y castigo de una polio mal curada. Miró sus viejos zapatos de charol, y así, en conocimiento de su pobreza, se puso a pensar.
Cuánto pensó dentro de su pobreza.
Se le presentó en la mente la fiambrera vacía.
Observó el cofre sobre la mesa donde solía colocar las llaves de la casa y algunas monedas de níquel. ¿Habría tal vez algún dinero dentro de él? La posibilidad de encontrar monedas en esa caja con cerradura de bronce iluminó sus ojos verdes. Le vino el recuerdo de haberse levantado la noche anterior, durante el velorio, para guardar el cofre, temerosa de un robo; lo tomó, lo abrió, y su vaciedad le cayó con tristeza polvorienta sobre sus ojos.

Elisa había vendido al escribano Pablo Álvarez su casa, sus muebles y de alguna manera, su propia persona, por una suma importante. El contrato estaba firmado. Hasta hicieron bromas ácidas.
“¿Quién de los dos morirá primero?”, dijo Elisa.
Y el escribano le deseó vida eterna, frotándose la risa con el dedo índice. Era un tic.
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Con suspiros de satisfacción y el rostro reflejando señales de haber dormido profundamente la noche anterior, Pablo Álvarez se presentó ante ella, en el día previsto, que tenía un fuerte olor a humedad despedido por la flora. En el fondo del patio los perros ladraban.
El escribano le pasó la mano larga y mojada por la lluvia, y le pidió un perdón desmedido, y ella le dijo, inclinando ligeramente la cabeza, que no se preocupara.

Después de algunas zonceras más que se dijeron para agazajarse, y de cerrarse el pago, Elisa fue a su cuarto, una pieza distante donde estaban ubicados su lecho, una mesa pequeña con patas de hierro, un ropero de luna, una cómoda y algunos objetos con olor a herrumbre colocados sobre un mueble de grandes entrepaños.
Se sentó en el borde de la cama, abrió la bolsa llena de fajos de billetes de los grandes, y empezó a contar.
El escribano se dirigió a la biblioteca, que a partir de ese momento pasaría a ser su gabinete. Silbaba diferentes canciones, y caminaba distinto y raro, que era su manera de expresar su contento inmediato.

Al cabo de una semana (las decisiones se toman generalmente siete días después de una mudanza), el hombre le comentó a Elisa, con voz afectuosa, casi tanteadora, que deseaba vender aquel candelero de madera de ébano para comprar un sillón giratorio.
Ah... Elisa no podía permitirlo. A la luz de ese velador, y con la sola compañía de un grillo que la molestaba, pero al que no se decidía a matar (porque podía aplastar a las cucarachas, pero a los grillos no), había descubierto el placer lúdico de la lectura: “Las mil y una noches” y “Madame Bovary”. Después vinieron más tomos y libros: “Don Quijote de la Mancha”, “Fortunata y Jacinta”, “Misteriosa Buenos Aires”, y también más grillos.
“Yo se lo compraré”, le dijo con un tono rotundo. Y el escribano se quedó asombrado y con la boca cerrada. Reclinado contra la ventana que daba a la calle, observaba cómo ella, tratando de disimular su cojera, con un rebusque que lo intrigaba y lo desorientaba, se iba para el fondo.
No tenía recuerdo de su rostro. Le pasaba a menudo que revisando papeles, folios y otros documentos, para entrar en los detalles de los trámites de tal o cual caso, no se fijaba en la cara del cliente sentado frente a él; sólo le llegaba su respiración cargada de aflicción, su silencio respetuoso, o su voz ansiosa preguntando cuándo estaría resuelto el caso.
Elisa regresó con un apuro desmedido.
Le pagó lo que valía la lámpara. Negocio cerrado con billetes nuevos. Con un sentimiento animado la prendió.
Y fue como si su rostro también se prendiera.

El escribano la miró largamente. Y vio en su rostro amable, sonriente, permiso para hablar.
Pero se contuvo.
Razón tenía su primo Joaquín, cuando le decía, mientras fumaban y caminaban en dirección a cualquier parte, que le costaba hablar porque era un educado crónico.

“Para Elisa”, venida de algún sitio lejano y ejecutada por alguien que luchaba contra el piano para que no se notara el calamitoso estado de desafinación del instrumento, fue la excusa.
- ¿Le gusta la música?
- ¿Se refiere a la música clásica, como aquélla?
- No. Quiero decir la música en general. Alguna vidalita, un tango, lo que mejor salga de las teclas o de las cuerdas.
- Pues sí. Claro que cuando cocino, no suelo escuchar la radio, pues los boleros me dan vuelta la cabeza, y echo la sal en la olla como si lloviera, y el estofado no lo quieren comer ni los perros de la calle.
- ¿Cuándo tendré el gusto de probar un bocado preparado por sus manos? No pido gran cosa. Un guisado de arroz, un simple caldo, un humilde plato de lentejas ... Soy un distraído comensal venido del campo.
Elisa sonrió. La simpleza de su conversación le caía bien.

Y entonces se animó y le contó que una vez tuvo un novio con saco de gabardina y zapatos con piel de tortuga, que venía a su casa los días de visita, o sea martes, jueves y sábado, y no se quería ir. Ya estaban las casonas de enfrente sumergidas en la pastosa oscuridad nocturna, y los pájaros chistaban en la enramada, pero él seguía sin querer moverse, descansando en el sofá. Y le confesó al escribano que la situación le molestaba, porque es motivo de chisme en un pueblo pequeño que los novios no se quieran retirar de una casa decente a la hora de la luna en punto.
Cinco días después, el escribano, que ya conocía la debilidad de Elisa por los muebles, le comentó así, con la confianza que ella le inspiraba por hacer tan fácil cualquier conversación, que le vendería el tapiz del tigre colgado de la pared. Necesitaba una nueva máquina de escribir. La tecla “a” estaba ya carcomida, y le salía un ojo pequeñito como un punto en el papel.
El animal miraba con no sé qué de indefensión en los ojos al hombre de la escopeta.
Pero sólo Elisa caía en la cuenta del peligro que la bestia corría, y de su eterna necesidad de escapar, de correr, de ser parte de la misma velocidad, para perderse en el follaje espinoso, tupido y húmedo de la selva del Amazonas y no volver jamás al tapiz.
Los demás no veían lo que ella.
Antes, cuando venían sus tías de Buenos Aires, echaban una mirada seca, de paso por la obra, tocaban la seda del paño, respondiendo a un gesto automático, y mientras una desliaba ruidosamente un caramelo de menta o de café, y la otra hacía pequeños ejercicios de respiración, porque decía estar cansada del largo y penoso viaje, pedían con voz postiza y exagerada a su padre, que las llevaran al patio para tomar un tantito de sombra y desplegarse en las reposeras.
A veces pensaba que aquella habitación llena de objetos de arte sofocaba a las tías y a otras visitas que a menudo aparecían pues su padre poseía una selecta colección de té. Y cada pieza artística tenía su ánimo. Sobre todo el tigre.
La mujer acabó trasladando casi todas las obras a su pieza. Y el escribano fue trayendo muebles apropiados para una oficina a la sala y a su gabinete.
Y Elisa, caída la noche, mientras oía la radio, se ponía a hacer cualquier cosa. Esa cualquier cosa comenzaba, a veces, con el intento de recordar dónde había dejado la aspadera, y como no le venía el recuerdo, buscaba entonces, para conformarse, dos gemelos de su saco marino, que sí sabía en qué sitio se encontraban.
Y él en lo suyo, y ella en sus cosas, sentían, a ratos, que se debían una pavada de conversación, y la charla venía por el viejo camino que casi siempre viene pues se ponían a hablar dale que dale de los demás, y hablando de los demás, le vino a Elisa, una tarde, el recuerdo de la viuda de Fleitas, doña Ángela, que se había quedado sola con su alma, pues la señorita Aurora Paredes, quien había comprado la casa con la viuda adentro, había muerto.
La primera en descubrir el cadáver no fue doña Ángela, como se podría esperar. El perro de la casa, un labrador de pelaje negro, se había largado a aullar. Y algunos vecinos, despertándose en plena medianoche, se pusieron a arrojar piedras y cascotes hacia cualquier parte pues no sólo el perro de doña Ángela se soltaba en ladridos sino también los animales de la vecindad que se estaban acabando de enterar de la tragedia y cumplían en avisar.
Doña Ángela tuvo que levantarse, sin entender todavía qué hacía estando de pie. Alguien golpeaba fuertemente las manos en su portón. Era la señorita María Concepción, una mujer viejecita, de ojos achinados y de manos llenas de pecas. Le dijo que pasara. Y una vez que entró en la casa, la mujer se dejó llevar por el labrador. Allí estaba Aurora Paredes, con su camisón blanco de seda inglesa y su maquillaje de geisha sin sacarse, muerta sobre el piso.

Pero Elisa cambió de tema. Y le hizo una broma. Y otra broma más pues la primera no fue entendida del todo. Esas cosas suelen pasar, ¿no es cierto?

A la mañana siguiente, el escribano vio a la mujer ir y venir, haciendo no sé qué cosa. Elisa se puso a cantar mientras pasaba un trapo húmedo por sus muebles. A veces, cuando la veía así, con casi todo el mobiliario de la sala llevado a su habitación, como si la casa hubiera tomado partido por ella, le entraba el extraño pensamiento de que ellos eran un matrimonio en crisis.

Ah... ella y aquellos pájaros de plata dentro de una pajarera enorme, y el espejo redondo y corredizo, y la estatua de Adonis en perfecto estado de conservación, y el tapiz con la figura del hermoso e imponente tigre, y aquella reproducción de “Los girasoles”, de Van Gogh, y esas abstracciones artísticas que pasadas por el análisis y la explicación de un experto sólo para él, seguirían siendo un absurdo para su comprensión.
Simulando cansancio pasó a lo de Elisa.
Tomaron mate.
De vez en cuando la miraba.
Y ella, dándose cuenta de que la miraba, le preguntaba nerviosa, si el mate estaba en su punto, y él le contestaba que sí, y Elisa, de pronto, con los ojos arrasados por las lágrimas, le contó que la noche anterior, un hombre mató a su mujer, y luego se suicidó. El matrimonio había comprado hace tres años una casa con una anciana adentro.
Ah..., suspiró ella.
Se quedaron en silencio.
Y ese silencio de hormiga se iba desdoblando, alargando, desenrrollando, corriendo como agua, como vino de tinaja tumbada, pues ambos se morían por hablar. Por decir lo mismo. Lo que les iba comiendo el cerebro. Lo que les calentaba la lengua.
Pero luego se dieron cuenta, que a través de ese mismo silencio tan callado, iban nombrando, repitiendo, como con golpes de tambor que llaman a guerra, la palabra muerte.
Pasó un largo rato y Elisa habló, y era que se quedaba encantada con sus propias palabras cuando le decía a Pablo que se iría muy lejos porque no quería ser la causante de su desgracia.
Un ave surcaba el cielo. ¿O era un murciélago?
El escribano se quedó mirándola.
Estaba bella con esa expresión de pena.
Atardecía y la luz se iba filtrando por última vez, a través de la claraboya, en la habitación donde estaban los muebles y los objetos artísticos.
Una luciérnaga, que parecía una bella aparición, hizo un giro en el aire y luego se dirigió hacia ella, y él quiso salvarla de aquel cocuyo hermoso, resplandeciente, con un movimiento de la mano derecha. Rozó sus largos cabellos trigueños y Elisa cerró los párpados.
Si no fuera por eso, y por la noche que ya se avecinaba y empezaba a respirar a través del frescor del jazminero; pero sobre todo, si no fuera porque algunas gotas de lluvia estaban empezando a caer, Pablo Álvarez no se hubiera atrevido a tomar ese rostro triste entre las manos y a besar esa boca.
Estuvieron así...
Y se quedaron callados.
No fuera que la palabra tomara una forma, un sonido, un color, un alargamiento incapaz de estar a tono con la noche.
Elisa notó, de pronto, a la luz de la lámpara central, que aquella vieja mosca que había quedado atrapada hace tiempo en la casa gris del cuadro, salía repentinamente de su encierro siguiendo el vuelo de un moscardón. Ah... la libertad de los insectos.
Algo que no acababa de entender del todo le decía que aquella era una buena señal, un mensaje de la providencia para Pablo y para ella.

La fuente de las nereidas - Alfredo Farias Álvarez

19 de mayo de 2010


Las vi por vez primera en la fuente de una plaza,
que estaba al pié de un puente levadizo,
su belleza impresionó a mis ojos,
también a mi corazón enamoradizo.

Hechas en duro mármol color blanco
su desnudez mostraba senos turgentes,
arrimé mi fuente a la de ellas
y así quedamos, frente a frente.

Sus nombres eran Calypso y Galatea
me lo dijeron las suaves brisas salinas,
en ese instante me quedó muy claro,
eran dos de las ninfas marinas.

No tardé nada en enamorarme,
ahora es cosa de elegir a cual de ellas,
intenté atraerme sus miradas
y ver a cual de ellas yo interesaba.

Miedo a sus embrujos no tenía,
primero ellas me encantarían
con sus cantos de lirios y melodías,
luego, yo las cautivaría con la magia de mi poesía.

Me miraban, las miraba
luego se miraron y sonrieron,
me dije: a las dos las he flechado,
voy a esperar que me conquisten.


Las dos me gustaban a cual más,
incluso pensé en un triángulo amoroso,
¿ y porqué no una orgía total ?,
es grande mi fuente y no soy pudoroso.

Adoptando la postura de un Apolo
y preparando aún más el regio evento,
me despojé de la ropa, que estorbaba
exhibiendo mi dote en aumento.


De pronto siento sus fuertes carcajadas,
y en mi cara se pintó la sorpresa,
la una sobre la otra, a horcajadas
entregadas a sus ansias, con entereza.


Muy golpeado en mi orgullo
me vestí y alejé de esa pareja,
“ya los dioses no se unen con mortales”
nunca olvidaré esta moraleja.


Calypso la que esconde,
escondió de mi su frescura plateada,
y Galatea no mojó mis playas
con su blanca espuma salada.

Niebla en la escena - Carlos Casado Cuevas

18 de mayo de 2010



Cuando la niebla domina
en la escena del estreno
y no se ven los actores
por no existir elenco
ni los que han de aplaudir
con palmas y cuerpos,
cambian así los papeles
y todos quieren ser el centro,
quieren ser protagonistas
de aciertos e iniciativas,
de aconteceres pasados,
de soles presentes
y porvenires de cielo.
Al nacer otros soles,
el brillo de su sonrisa
y los horizontes del cerro
otean sobre conciencias
de valles y desiertos,
y divisan luces de velas flacas
alrededor del entierro.

Versículo segundo - Liliana Celiz

17 de mayo de 2010



Versículo segundo.
La madre mira al niño en la desdoblación del niño,
la madre lame al niño, lame al niño
de entre la corrección siniestra de la muerte
(ha dado a luz el parto en otro extremo de caricia)
la madre lame al niño, el niño lame
fulguraciones sucesivas de algún tramo en la distancia,
la distorsión primera de distancia que hace al niño
en la regurgitación causal que es el deseo.
La madre lame al hombre en la distancia.

Sentimientos de mujer - Rafael Castillo

16 de mayo de 2010



Eres tú mujer,
de mirada cautivadora e insinuante,
apaciguadora de instintos y ensueños,
Ser de gran sentimiento desbordante,
sutil, hermosa rociada de fulgor,
cual canto de sirenas atraes con tu voz,
das a luz el fruto divino del amor,
viertes lágrimas de un sincero corazón,
desvelo de los mas tiernos pensamientos,
a veces manzana del pecado y tentación,
guerrera de tormentos, delicadeza e ilusión.
son tus mas aliados y deseados los besos,
eres del alma la mas romántica canción,
de reina, madre o santa vistes tu silueta,
aroma de flor amorosa y de embelezo,
inspiración del mas devoto poeta,
drama, inquietud, codicia de reyes, ricos y pobres,
musa del placer, digna fuente de admiración,
apasionada colmada de gracia, dones, dotes, y honores.
A ti mujer,
en noches románticas te acompañan la luna y el mar,
para ti son las rosas, los versos, las joyas,
mujer de encanto, estrellas para ti, quisieran bajar,
tu cuerpo me abraza en mi pensamiento,
tu mirar me invade por dentro,
tu pelo danza con el viento,
llevas a los hombres a posar en celo,
dulce princesa de poemas de enamorados,
néctar de los dioses caída del cielo,
en tus entrañas llevas un sagrado nido,
para ti se pintaron los colores del arco iris,
gracias a una mujer pude haber nacido,
cántaro de angustias, recuerdos, pesares y heridas,
por ti luchan y quisieran ser príncipes los caballeros,
mujer de miradas, sonrisas, cortejos y quimeras perdidas,
coqueta, te engalanas de velos, encajes, y prendas,
cenicienta de mejillas de pétalos, labios de carmesí,
te componen sonatas, boleros, mereces ofrendas,
de historia y de cuentos, tal fantasía de una hada,
te ofrezco perfumes, flores, caricias perlas y mirra,
naciste para la felicidad, procrear, amar, llorar y ser amada,
eso, eso, eres tú mujer,
sin ti no soy nada.

Hebe - Betty Badaui

15 de mayo de 2010


Desde mi circunstancial espacio
recuerdo:
fábula abierta a mi imaginación,
escancia tu néctar primitivo
que ya Ganímedes te reemplaza,
diosa
púber
¿en qué cenáculo reposa
el néctar prometido?

Desde mi circunstancial espacio
recuerdo
el néctar de una flor tan simple
que murió a carcajadas
-en mi corazón-

Antes de que el corazón se pierda - Rojas y Vanesa Martín

13 de mayo de 2010



Ámame de brote en brote
hasta que el amor se agote
que luego hago más.

Pa’ que el corazón me explote
hasta que un latido repose
en tus caderas.

Me miras y ya te entiendo
tú me das y yo te atiendo
y luego te vas .. creciendo.

Ahora que aun estás a tiempo
ahora que te queda aliento
para aguantar .. presiento.

Y abrazados en este momento
con total excitación.
Cansados de tantos intentos
aparecen muertos.

Y antes de haber llorado por lo único que amé ..
que me ha quitado el sueño.
Ya se que has de quedarte con tu parte que es la izquierda
pero hazlo antes de que el corazón se pierda.
Pero hazlo antes amor .. amor de que el corazón se pierda.

Ahórrame todos los cortes
ahora que aunque no te importe
tengo algo más .. que el alma.

Que yo haré que lo soportes.
Esta es tu misión no abortes
tendrás que mantener la calma.

Destinados para este momento
un final de ejecución.
Cansados de tantos intentos
aparecen muertos.

Y antes de haber llorado por lo único que amé...
que me ha quitado el sueño.
Ya se que has de quedarte con tu parte que es la izquierda
pero hazlo antes de que el corazón se pierda.
Pero hazlo antes amor .. amor de que el corazón se pierda.

Y antes de haber llorado por lo único que amé...
que me ha quitado el sueño.
Ya se que has de quedarte con tu parte que es la izquierda
pero hazlo antes de que el corazón se pierda.

Y antes de haber llorado por lo único que amé...
que me ha quitado el sueño.
Ya se que has de quedarte con tu parte que es la izquierda
pero hazlo antes de que el corazón se pierda.
Pero hazlo antes amor .. amor de que el corazón se pierda.
.. de que el corazón se pierda ..
.. de que el corazón se pierda ..
.. de que el corazón se pierda ..

Te amaré te amaré
(.. de que el corazón se pierda ..)
y luego te amaré.
(.. de que el corazón se pierda ..)

.. de que el corazón se pierda ..
.. de que el corazón se pierda ..

Hasta mañana - Mario Benedetti

12 de mayo de 2010


Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.
En este instante el odio no trabaja
para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño

que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido

por las malas y a veces por las buenas.
¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.

Una luz de esperanzas - Jesús Pérez Romero

11 de mayo de 2010


Una luz de esperanzas y sueños, repta en un mágico abrazo
sobre las oscuras cordilleras de un joven y bello amanecer…
Alumbra con el brillo enigmático de sus ojos
los largos cabellos de un futuro de ojos tristes
y rabia en el corazón.
Siembra semillas de amor y fuego en las pestañas del ocaso
y posa su clara imagen
en las tierras cultivadas de unos corazones forjados en la lucha cotidiana.
Camina sin miedo sobre andamios cubiertos de sudor y hambre
y besa dulcemente
a los que esconden su dolor detrás de un grito de libertad…

Treinta y cinco milímetros - Horacio Salas

10 de mayo de 2010


Cuando nos veamos tal como nos ve la Canon
nuestras sonrisas los ojos entrecerrados por el sol
serán pasado
de este momento tendremos unas pocas imágenes
captadas desde el ángulo barrido por la lente
con el tiempo una copia de rasgos desteñidos
será lo único que reste de los gestos de ahora
esa primera risa de algún hijo
un movimiento de la mano un guiño
o el golpe de encontrarnos de pronto a los que han muerto
que nos miran impávidos
acusándonos
porque no los amamos lo bastante
porque en realidad los hemos olvidado.

Miedo - Gabriela Mistral

8 de mayo de 2010



Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan;
se hunde volando en el cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan.
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta...
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La pondrían en un trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla...

¡Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina!

Carta de despedida - Gabriel García Márquez

7 de mayo de 2010



Si por un momento Dios se olvidará de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más. Entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen, escucharía cuando los demás hablan y ¡cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma. Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, una canción de Serrat sería la serenata. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas y el encarnado beso de sus pétalos...

Dios mío si yo tuviera un trozo de vida... no dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero que la quiero. Convencería a cada hombre o mujer de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor. A los hombres les probaría cuan equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse. A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.

Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... he aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por vez primera, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre. He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas las cosas que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.

Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy es la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que ésta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos momentos que te veo, diría te quiero y no asumiría tontamente que ya lo sabes.

Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré. El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo. Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesites, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles lo siento, perdóname, por favor, gracias y todas las palabras de amor que conoces.

Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos cuánto te importan.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Epílogo) - Antonio Moreno Castellet

Espera continua ejerciendo de profesor en el Instituto, cuya parte afectada por el tornado fue reconstruida rápidamente; a veces recuerda el incidente como un mal sueño con final feliz.

Gómez sigue estudiando, con la intención de llegar a hacer la carrera de periodismo; desde el día del tornado sus notas han mejorado, excepto en francés. Los idiomas nunca se le dieron muy bien; como él mismo dice, “¿cómo voy a aprender a hablar francés, si ni siquiera hablo bien el español?

La canción de la vida desgrana sus notas en una escala a veces ascendente a veces descendente pero siempre como el desacompasado ritmo de los vaivenes del destino.

Capítulo VIII

Veo - El Brujo de Letziaga

6 de mayo de 2010


Veo ratones asustando gatos.
Y a los gatos arañando perros.
Perros que tienen miedos
de ser mordidos por energúmenos.

Veo a pobres que son muy ricos sin tener nada.
Veo a ricos que son tan pobres que sólo tienen dinero.
Veo a un amigo que es tan poco
que se conforma con no ser nada.

Veo volcanes que eructan improperios
con palabras de lavas cáusticas por tantas enemistades.
Echando gusanos entre las sílabas de sus versos
veo a los arenques actuando cómo tiburones.

Veo bandadas de gaviotas sin playas
donde anclar sus alas rotas.
Veo injusticias eternizadas en árboles sin hojas
esperando la llegada de primaveras.

Veo corazones dormidos en el pecho del mundo
mientras se gastan millones en guerras.
Veo mil religiones y un solo Dios verdadero
y la desunión entre Pueblos y razas

Veo mares muertos sin corales de voces amigas.
Bosques en penumbra con árboles mudos
sin pájaros, sin trinos, carentes de vidas.
Veo guillotinas que decapitan las esperanzas.

Pero veo también amaneceres para carismáticos sueños
y puertas abiertas a nuevos horizontes.
Jarrones de flores en los espejos de muchos ojos.
Y pájaros flotando en las pupilas de hermosas mujeres.

Aquí estoy escribiendo el último epílogo
en el silencio de la noche de éste meditabundo;
enseguida amanecerá ya de nuevo,
con la llegada del alba ya se me escapa un gran bostezo.

La Soledad - Jesús Pérez Romero

5 de mayo de 2010


Como los juncos de ojos negros que nacen en primavera
y mueren en silencio
locamente enamorados de los encantos del agua:
La soledad, se quita los zapatos
y sin pudor ni vergüenza, juega desnuda con los labios
amantes de la noche
como juegan los gorriones entre los brazos de las enredaderas.
Galopa invisible, (como un grito de pelo largo)
sobre la alfombra de hojas muertas que cubren
con sus manos de vieja hechicera, la púdica desnudez
de las piedras
para llegar hasta mi, vestida de madrugada
por el único camino que conduce al duro corazón de cristal,
donde solo habitan los dientes de humo
que muerden caprichosamente las nalgas de los recuerdos.

Zona Secreta - Delfina Acosta

4 de mayo de 2010


Estaba yo hablando con una persona, y esa persona (no diré su nombre) me dijo que la poesía paraguaya se encuentra con muy pocas luces en los últimos tiempos.

Y eso me dolió.

Pero ahora, leyendo los poemas de Gloria Marecos, que es, seguramente, una de las voces más lúcidas y persistentes del Taller de Poesía dirigido por el escritor y poeta Victorio V. Suárez, me encuentro con una poesía que tiene el don de decir con una fuerza elemental, muy propia de la buena poesía, no solamente el flujo y reflujo del amor que vacía y llena la carne y el esqueleto, sino también de alzarse (con pretensión de estrellas ) en busca de las mejores palabras.

Los buenos poetas saben que deben buscar las pepitas, el diamante del verbo, la luz de los juegos de palabras que abran el camino para que el verso se adelante a las demás criaturas del arte y beba de la copa de los dioses.

Gloria Marecos ha crecido mucho como poetisa.

Y ha crecido porque ha tomado conciencia de que esto de escribir poemas tiene sus interrupciones naturales, su búsqueda, su cuota de perseverancia, de seguir los pasos, el camino que han dejado los grandes poetas como Rafael Alberti, Pablo Neruda, Federico García Lorca, César Vallejo y otros.

Los versos del poemario Zona secreta son apasionados, en su mayoría.

El texto fue publicado mediante el apoyo del Fondec.

Rezuman amor. Y más amor. Y una inalterable vocación de amar.

Y me dirán, algunos: “¿Pero acaso no escriben los poetas sobre el amor?”.

Y yo les contestaré que sí, pero que pocos son los que tienen esa intención de tocar toda la piel del ser amado a través de un poema.

Y Gloria Marecos, apasionada, ardiente, nos va revelando ese incesante latir de su zona secreta.

Su vocabulario aviva el fuego de una pasión amorosa de la cual ella se considera culpable o víctima. Es lo mismo.

Celebro esta voz.

Celebro esta gestación de esta nueva criatura, hija del Verbo, dentro de un mundo donde el hombre, devorado por la vorágine de un siglo que repite el terror de la violencia de los otros siglos, da testimonio diario de su indiferencia ante el Arte.

Hay en los poemas, preciso es decirlo, algunos términos antipoéticos.

Yo creo en la sencillez de la palabra que llega al lector culto como al lector simple, hijo de la cotidianeidad.

La autora ha buscado un final con relevancia para todos sus poemas.

Gloria Marecos ha logrado, me parece, un libro compacto.


Nacer

Nacer una vez
desde
la inmanente matriz.
No detenerse
y ser tantas cosas.
Nacer otra vez,
desde el aluvión
de todos los cuerpos.
Suspenderse indefinible...
Tener al infinito
anidando en el hueco
de una mano
.... y ser nadie.


Gloria Marecos


Poema

Yo no sé qué palabras decirte cuando tienes
las manos caídas.
Cuando tienes los ojos mojados e inmensos
como si toda la ternura te cayese por ellos
velada y sumisa como el roce de una lluvia finísima.
Pones en tus párpados dormidos la curva de un
puente de silencios
como si te venciera la sombra de los volatineros
caprichos del sueño.
Te abandonas a la dulzura penosa de saber que el
amor es un cuento repetido que acaba
en tristezas,
y se te nubla el encanto de presentir que una vez
besarás estos labios con el mismo cariño
que esta noche los besas.
Yo quiero dejar en tu frente una altísima
caracola de estrellas
para que tus cabellos sueñen un camino de luces
cuando te despeinas.
Pero no puedo inventar una caricia para tus manos
cuando están levemente caídas.
Yo no sé qué palabras decirte cuando tienes los ojos
mojados por una ternura finísima.

José María Gómez Sanjurjo

Frente a frente - Enrique Bunbury y Miren Iza

Queda, que poco queda
De nuestro amor
Apenas queda nada
Apenas ni palabras
Queda…
Queda…
Solo el silencio
Que hace estallar
La noche fría y larga
La noche que no acaba
Solo eso queda
Solo quedan las ganas de llorar
Al ver que nuestro amor se aleja
Frente e frente bajamos la mirada
Pues ya no queda nada de qué hablar
Nada…
Queda poca ternura
Que alguna vez
Haciendo una locura
Un beso y a la fuerza
Queda…
Queda…

Un gesto amable
Para no hacer la vida insoportable
Y así ahogar las penas
Solo eso queda
Solo quedan las ganas de llorar
Al ver que nuestro amor se aleja
Frente e frente bajamos la mirada
Pues ya no queda nada de qué hablar
Nada…
Solo quedan las ganas de llorar
Al ver que nuestro amor se aleja
Frente e frente bajamos la mirada
Pues ya no queda nada de qué hablar
Nada…

Jinete del mar - Teresa Aburto Uribe

2 de mayo de 2010


Me gusta tu silencio
cuando miras al cielo,
ausente del mundo
soñador y viajero.
Pareces un jinete
montado en cada estrella
recorriendo junto a ellas
mares azules
que no has descubierto.
Me gusta tu mirada
perdida en el intento
de crear un mundo tuyo
azul como el cielo,
remontando el barrilete
cargado con tus sueños
viajas entre nubes
hacia tus mares secretos.
Me gusta tu silencio
y tu mirada... y tus sueños,
me gusta estar contigo
para compartir tus secretos,
porque aunque no los conozca
siento el mismo deseo,
de jinetear una estrella
hacia mares inciertos.

Se acabaron las lágrimas - Hanna y Huecco

1 de mayo de 2010



Cuando sientes frío en la mirada
cuando alguien ha roto tu sonrisa de cristal
y tu carita de porcelana
se acuerda de su mano
mano de metal.

Es hora de empezar a andar
se acabaron las lágrimas
es hora de empezar a andar
rompe tu jaula.

Cuatro primaveras calladas
las rosas secas ya no saben decir na
sienten las espinas que se clavan
pinchando bien adentro donde duele más.

Es hora de empezar a andar
se acabaron las lágrimas
es hora de empezar a andar
rompe tu jaula ya.


Estribillo:
Mira!
Escapa que la vida se acaba
que los sueños se gastan
los minutos se marchan
¡Salta! que las llamas te abrasan
los momentos se pasan
y se te rompe el alma
¡Ay el alma!


Cuando sientes que nunca lo extrañas
y la lluvia cae destiñendo la ciudad
que las gotas no calan tu alma
sus barcas en tus ojitos secos no podrán remar.

De nada vale ya llorar
se acabaron las lágrimas
sientes que ya no hay marcha atrás
rompe tu jaula ya.

Estribillo:
¡Mira!
Escapa que la vida se acaba
que los sueños se gastan
los minutos se marchan
¡Salta! Que las llamas te abrasan
los momentos se pasan
y se te muere el alma
¡ay el alma!

Siente la llamada de la libertad
rompe las cadenas que te hacen llorar
carretera y manta no lo pienses mas
salta, ríe, baila.

Siente la llamada de la libertad
rompe las cadenas que te hacen llorar
carretera y manta no lo pienses mas
salta, ríe, baila.


Y escapa que la vida se acaba
que los sueños se gastan
los minutos se marchan
¡Salta! que las llamas te abrasan
los momentos se pasan
y se te rompe el alma.

Ay escapa que la vida se acaba
que los sueños se gastan
los minutos se marchan
¡Salta! que las llamas te abrasan
los momentos se pasan
y se te rompe el alma
ay el alma.

uoohhhh uoohhhhh uoohhhhhhh

¡Ay! y salta que las llamas te abrasan
los momentos se pasan
y se te rompe el alma
el alma, el alma
¡Yeaah!
 

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