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¿Qué me lleva la muerte? - Alfredo Farias Álvarez

28 de abril de 2010


Cuando la inexorable Muerte
me quiera llevar de esta vida,
no sé con qué se estará quedando,
pues nada es lo que tengo.

Mi alma, mi mayor tesoro
no es mía, es de mi Creador,
y si ésta, la muerte cree robarme,
Él en otro cuerpo me la está devolviendo.

Mi cuerpo, músculos y carne
otros dueños la están esperando,
los gusanos infaltables invitados,
los dientes se están afilando.

Mis huesos……mi calavera
el Tiempo con su reloj de arena,
los convertirá en inútil ceniza,
él no tiene prisa….. ni desespera.

Tampoco, la Muerte me quitará el aire,
el soplo que me da vida, mi último respiro
antes, lo gastaré en decir tres palabras
“ Dios mío acógeme”.

Los rastros de mi paso por esta vida,
la Muerte tampoco podrá quitarme,
pues aunque mucho le pese,
los míos guardarán mi memoria.

De tal manera, temido Hades,
para mi no eres caída, lamento ni cortejo lloroso,
pues tal como en carrera corrida
tú eres mi Meta…….y te cruzaré victorioso.


- - - - - -

Como dijo el poeta Antonio Machado,
y en este verso, expresado dejaremos:
“Todo nuestro vivir es emprestado
nada trajimos, nada llevaremos”.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo VIII) - Antonio Moreno Castellet

27 de abril de 2010


Espera dio un salto en la silla y se acercó a la puerta, procurando no correr; esta vez sí le había llegado el sonido nítido y fuerte de un grito.
Pegó el oído a la puerta y escuchó rumores de voces.
Cogió una piedra y golpeó la puerta; primero suavemente, luego fue aumentando la potencia y por fin se detuvo en seco.
Volvió a pegar el oído, esta vez a la cerradura; a través del pequeño orificio le llegó el inconfundible sonido de varias voces y el ruido que hacían al aproximarse apartando escombros.
Por fin, como en un eco lejano, escuchó que alguien le llamaba.
Espera cogió aire y gritó todo lo que pudo.
Gómez se tapó los oídos.
- ¡Estamos aquí!
Del exterior una voz fuerte llegó hasta sus oídos.
- Resistan –le pareció oír-; estamos llegando.
El profesor se volvió hacia el alumno.
- Bueno, chico; parece que los refuerzos se aproximan.
Gómez asintió, en silencio.
- ¿Has sentido miedo?
- Yo no; y usted.
- Yo sí; dicen que el miedo es humano.
- Bueno, tal vez yo no haya sentido miedo porque no haya llegado a comprender el alcance de la situación.
- Es probable.
- Maestro, ¿tiene usted miedo a la muerte?
- Sí.
La lacónica respuesta sorprendió al alumno.
Pero Espera ahondó enseguida en la cuestión:
- Bastante –prosiguió-; tanto a la muerte que me pudiera sobrevenir ahora, por causas accidentales, como a la que me pueda llegar por ley de vida. No me imagino en absoluto con ochenta y pico de años, sin otra cosa que hacer que esperar el viaje final y eterno. Me da auténtico pánico.
- Entiendo.
- Tu eres demasiado joven para pensar en esas cosas.
- Ya sé.
- Cuando yo tenía tu edad... no pensaba en la muerte; tan solo en la vida que tenía por delante. Con el paso de los años la percepción de las cosas se hace diferente.
- ¿De todas las cosas?
- De muchas cosas; cuando eres un muchacho apenas tienes responsabilidades. Tus padres cuidan de ti.
Gómez asintió.
- Luego, te haces mayor; la vida de un vuelco. Las cosas cambian; eres tú el que tiene que pasar a ocuparse de sus padres y cuidarles. Ves que una buena parte de tu vida ha pasado, más bien o más mal y empiezas a pensar en que un día la vida, tu vida, se acabará. Serán tus hijos, a los que has cuidado, los que cuiden de ti.
“En fin... la canción de la vida.
Oyeron un estrépito en el exterior y luego pasos precipitados y voces; alguien golpeó la puerta.
- ¡Espera! – reconocieron la voz del director-. ¿Estás ahí?
- Estoy aquí con uno de mis alumnos; Gómez Fernández. Los dos estamos bien; pero todas las salidas están obstruidas. Las ventanas están tapiadas y la puerta está atrancada por el árbol del patio.
- ¿Qué?
El director no podía dar crédito a lo que oía.
- El tornado lo arrancó de cuajo y entró por la ventana empotrándose aquí; será imposible abrir la puerta.
Se oyeron murmullos de voces y luego, finalmente, otra vez la voz del director.
- Está bien; los bomberos están aquí. Echaos hacia atrás; van a abrir un boquete en la pared para que salgáis.
- ¿Ha habido víctimas? – preguntó Espera a voz en grito antes de retirarse.
- No; nadie ha resultado herido. Los únicos desaparecidos erais vosotros.
Espera suspiró aliviado; tiró de Gómez hacia atrás.
Inmediatamente comenzó a oírse el zumbido de un rotaflex; estaban cortando la pared, a la derecha de la puerta.
- Maestro, gracias por su ayuda.
- De nada, chico...
Tenían que gritar ahora para poder oírse uno al otro.
- He tomado una decisión, ¿sabe?
Espera le miró, condescendiente.
- ¿Qué vas a hacer?
- Voy a quedarme; buscaré trabajo. Pero si no lo encuentro, y eso será lo más seguro, terminaré los estudios que pueda hasta donde pueda.
- ¿Estás seguro de que quieres hacer eso?
- Completamente.
- El hecho de que hayamos estado aquí atrapados y hayamos compartido esta conversación y de que hayas decidido seguir estudiando y de que hayamos intercambiado opiniones y vivencias personales no hará que cambie nada cuando la canción de la vida siga desgranando sus notas y nos veamos frente a frente en las aulas.
- ¡Oh! No se preocupe –Gómez sonrió-; cuento con ello, maestro.
El rotaflex, hábilmente manejado por un bombero, trazó un cuadrado en la pared en medio de una polvareda que volvió a llenar el aula de una espesa neblina. Luego se oyó un golpe seco y el trozo de pared cortado cayó hacia dentro, dejando un hueco lo suficientemente ancho para que pudieran salir.
Espera empujó a Gómez para que saliera antes que él; el muchacho cogió su mochila y, ayudado por un bombero, salió al exterior.
Luego lo hizo el profesor.
El director le abrazó y, tras asomarse al interior a observar el árbol y lanzar una sonora exclamación de sorpresa, emprendió el camino de regreso hacia la salida con el brazo echado por encima de ambos.
- No ha habido víctimas –comentaba-; pero el tornado ha cruzado por dos lugares: cerca de tu aula y cerca del final del pasillo que conduce hasta aquí. Nos ha costado un poco de trabajo abrirnos camino. ¡Menos mal que estáis bien!
- Ni un rasguño –dijo Espera; luego, mirando a Gómez de reojo, añadió-; la madre naturaleza ha formado esto para que te quedes.
- ¿Qué?
El director miró alternativamente a uno y otro sin comprender de qué hablaban.
- No te preocupes; cosas nuestras –sentenció el profesor.
Y Gómez sonrió, pensando en el futuro que se abría ante él.

Capítulo VII

Nuestro amor será leyenda - Alejandro Sanz

26 de abril de 2010




No hay doctor que me retenga
No hay dolor que me detenga
No hay planeta que me eclipse
O de tu lado me desvíe

Del clamor yo no dependo
Del halago me desprendo
No hay error que me resigne
Ni un porqué que me empecine

No hay rencor que me de frío
No hay amor como este mío
Tus acciones te definen
El destino es quien camine
No hay temblor que me delate
No hay distancia que esté lejos

Desde lejos nos tenemos en el fuego
Desde lejos nos tenemos en los mares
Desde lejos yo te siento amor
Desde lejos nos tenemos en los huesos
Desde lejos nuestros cuerpos se hacen aire
Desde lejos yo te puedo amar
Desde lejos nuestro amor será leyenda
Desde lejos hablarán
De este amor que es de leyenda van a hablar

No hay honor en esta guerra (ni en ninguna Guerra)
Ni fervor que la merezca
No hay un fin que me de brío
No hay bufón que me divierta

Si eres fe yo me convierto
Tu existencia me da aliento
Te lo digo convencido
No hay amor como este mío

Y eso siento más o menos
Y por eso mismo muero
Dime si no merecemos
Dar la vida en intentar
Si he de amarte desde lejos
Quiero hacerlo hasta el final… final, final.

Desde lejos yo te quiero con el fuego
Desde lejos yo te tengo con los mares
Desde lejos yo te siento amor
Desde lejos nos tenemos en los huesos
Desde lejos nuestros cuerpos se hacen aire
Desde lejos yo te puedo hablar
Desde lejos nuestro amor será leyenda
Desde lejos hablarán
De este amor que es de leyenda y tú te vas

Flaquezas - Trini Reina


Este deseo de regresar al origen
y fruncir el cuerpo
hasta rememorar aquel silencio primitivo.

Esta empatía con un paisaje demorado
de imperiosos nimbos
y auras quebradizas.

Este yo, pájaro apocado,
sin rumor en las alas
que permanece en la frontera
del más cóncavo de los misterios.

Este transitar por un planeta
que olvidó la paz de su órbita
y es acunado por pretéritos negrores.

Esta agonía en las arterias,
estas telarañas en los senos,
estas miserias creciéndose
por el norte del ser desarraigado,
que apenas vigor tiene
para entonar un suspiro
a las aguas frágiles de la entereza.

Golondrinas - Alfonsina Storni

24 de abril de 2010


Las dulces mensajeras de la tristeza son...
son avecillas negras, negras como la noche.
¡Negras como el dolor!

¡Las dulces golondrinas que en invierno se van
y que dejan el nido abandonado y solo
para cruzar el mar!

Cada vez que las veo siento un frío sutil...
¡Oh! ¡Negras avecillas, inquietas avecillas
amantes de abril!

¡Oh! ¡Pobres golondrinas que se van a buscar
como los emigrantes, a las tierras extrañas,
la migaja de pan!

¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid!
¡Venid primaverales, con las alas de luto
llegaos hasta mí!

Sostenedme en las alas... Sostenedme y cruzad
de un volido tan sólo, eterno y más eterno
la inmensidad del mar...

¿Sabéis cómo se viaja hasta el país del sol?...
¿Sabéis dónde se encuentra la eterna primavera,
la fuente del amor?...

¡Llevadme, golondrinas! ¡Llevadme! ¡No temáis!
Yo soy una bohemia, una pobre bohemia
¡Llevadme donde vais!

¿No sabéis, golondrinas errantes, no sabéis,
que tengo el alma enferma porque no puedo irme
volando yo también?

¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid!
¡Venid primaverales! ¡Con las alas de luto
llegaos hasta mí!

¡Venid! ¡Llevadme pronto a correr el albur!...
¡Qué lástima, pequeñas, que no tengáis las alas
tejidas en azul!

Nocturno - Julio Cortázar

23 de abril de 2010


Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado
como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo.
Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,
no sé si me querían, y si esperaban verme.
En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos,
una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets.
Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,
yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.
Mi mujer sube y baja una pequeña escalera
como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.
Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.
Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran
a la ventana que tengo a mi espalda.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo VII) - Antonio Moreno Castellet

22 de abril de 2010


- Dígame, maestro –Gómez pensó que, a esas alturas de la conversación, podría ahondar un poco más en la vida del profesor al que hasta ahora habían tenido (incluido él) más miedo que respeto -, ¿nunca hizo ninguna travesura de chico?
Espera se tomó su tiempo para contestar.
- Gómez, a riesgo de que esto pueda parecer el “pensamiento de una noche de verano”, parafraseando la otra frase famosa, creo que ya sé cual es la profesión que te viene bien.
- ¿Cuál? –Gómez arqueó las cejas, sorprendido.
- Periodista.
- ¿Periodista?
- Creo que ninguno de esos periodistas de la tele podría haber ahondado tanto en mi vida como tú.
- No creo yo que...
- Siempre se hacen travesuras de chico –le cortó Espera-; incluso alguna me llevó hasta el despacho del director.
Gómez sonrió; no podía creer que el “recto” y autoritario “estera” hubiera estado alguna vez en el despacho del director ganándose una bronca (o un par de “tortas”) por una travesura.
- Pero cuando una crece –continuó el profesor-, debe sentar la cabeza y tener sentido común. Ustedes ya no estáis en “obligatoria”. estáis aquí porque se supone que queréis labraros un futuro. Va siendo hora de que cambies el “chip”.
- No será “obligatoria”, pero muchos están obligados.
- Vuestros padres sabrán mejor que ustedes cual es el futuro que os conviene.
- Probablemente –admitió el alumno-; de todas formas, no me veo yo de periodista. ¿Y que tal la televisión?
-Telebasura, dirás; hay muy pocos programas que se salven.
- Pero si la telebasura es lo que más se ve... algo en la sociedad... no funciona bien.
- ¿Tal vez querías decir que algo en la sociedad es basura?
- Usted siempre ha dicho no a la generalización y a las posturas ultra.
- Correcto.
- A veces pienso en el futuro, ¿sabe?
- Me sorprendes.
- Lo sé; pero así es.
- ¿Y qué piensas?
- Pienso lo que quiero ser, lo que querría ser, lo que me gustaría ser... Pero no veo nunca una puerta que me lleve a ello.
- Entiendo. Cuando yo era pequeño tampoco veía la puerta. Pero la puerta estaba; y terminó abriéndose. La puerta se abrirá; y terminará abriéndose.
Gómez pensó que era endiabladamente fácil ver las cosas con optimismo desde una posición como la de “estera”, con más de media vida transcurrida, un trabajo fijo y sin más responsabilidades que enseñar a los alumnos que quisieran aprender.
Estera volvió a levantarse para acercarse a la ventana; no percibió nada, a pesar de su esfuerzo por escuchar algo del exterior.La lluvia parecía haber cesado.
Volvió a la silla.
- A ver, Gómez; descríbame con una palabra a cada uno de sus profesores.
- ¿Se trata de un juego?
- Sólo es una forma de pasar el rato; es mejor que jugar a las palabras encadenadas.
- Entonces...
- Matemáticas...
- Inquieto.
- Lengua...
Gómez vaciló.
- Hablador...
- Gimnasia...
- Deportista.
- Historia...
Nueva vacilación.
- Burócrata...
- Ciencias...
Gómez se rascó la nuca pensativo.
- Indefinible.
- Dibujo...
- Perfeccionista.
- Inglés...
- Estirado.
- Y... ¿francés?
Gómez se quedó ahora serio e inmóvil.
El “estera” le estaba pidiendo que le definiera con una simple palabra.
Pensó que era probable que si decía algo incongruente u ofensivo le arreara un “guantazo”.
Pero, realmente, no pensaba en nada ofensivo.
Se tomó su tiempo.
Espera permanecía impasible esperando la respuesta.
Transcurrió más de un minuto hasta que por fin se decidió.
- Completo –dijo.
- ¿Completo?
Gómez asintió con la cabeza.
- Creo que es la primera persona en toda mi vida que me aplica ese calificativo.
- Hace dos horas no habría sabido como describirle.
- ¿Y que te ha hecho cambiar de opinión?
- Creo que usted es una persona bastante completa; como profesor y como persona. El caso es que yo no le conocía. Y ahora le conozco un poco más.
- Entiendo.
- ¿Por qué se hizo usted profesor de francés?
- De siempre me han gustado los idiomas y el francés el que más.
- ¿Y le costó trabajo aprenderlo?
- La carrera y tres años en Francia, practicando.
- Está bien; ¿qué me dice de las calificaciones a los otros profesores?
- Pues que te ha pasado lo mismo que conmigo.
- ¿Por qué?
- No los conoces; solo los has tratado superficialmente, así que ese es el problema, ¿sabes? Si conversaras con cada uno de ellos como conmigo llegarías a conclusiones diferentes.
- Bueno; la vida es así. Las apariencias engañan; el problema es juzgar por esas apariencias.

Capítulo VIII

Capítulo VI

Al volver - José Bergamín

21 de abril de 2010


Aquí nació mi vida a la esperanza
y aquí esperé también que moriría;
ahora que vuelvo aquí, parecería
que el tiempo me persigue y no me alcanza.

Detiene otoño el paso a la mudanza
que en la luz, en el aire se extasía;
los árboles son llamas, su alegría
enciende ya mi bienaventuranza.

Todo pasó. Todo quedó lo mismo:
como si en este otoño floreciera,
ardiendo en el fulgor de su espejismo,

última para mí, la primavera;
abismo del no ser al ser abismo,
la eternidad del tiempo prisionera.

La loba - Gonzalo Rojas

20 de abril de 2010


Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo VI) - Antonio Moreno Castellet

19 de abril de 2010


- ¿Cuántos hermanos tiene tu padre?
- Cinco.
- ¿Y tu madre?
- Siete.
- Ahí tienes el ejemplo; la pirámide de la población va envejeciendo. Tus abuelos tuvieron doce hijos. Doce hijos entre dos parejas; hoy, dos parejas a lo más que llegan es a cuatro, cinco o seis hijos. Tres como mucho por pareja.
- Quiere decir que España será pronto un país de viejos, ¿no?
- Lo será.
Gómez pensó que era un problema tremendamente endiablado.
- ¿Qué opina usted del Euro? –inquirió, cambiando de tema.
- No me hables del Euro, Gómez; no me hables del Euro.
Gómez se dio cuenta, y Espera también, de que éste le estaba tuteando.
- Mi madre dice que con el Euro las cosas han subido muchísimo.
- Y tiene razón; pero después de su implantación y hasta la crisis el país ha conocido un buen periodo de bonanza económica.
- Demasiado bueno, dice mi padre.
- Tampoco le falta razón; va explicado en esos papeles que te he dado. Y si te das cuenta, ahora que la locomotora económica se ha detenido, el paro ha subido y las ventas en todos los negocios se han desplomado, los precios no han bajado, ni bajarán, al nivel en el que estábamos antes del euro.
- Soy demasiado joven para absorber todo el tema de la economía. Solo quiero tener una idea.
- Está bien; ahí la llevas.
Espera se giró en su silla y fijó la vista en la rendija de la ventana que había quedado al descubierto; la luz que entraba por allí era difusa. El cielo debía estar cubierto y no había sol.
Permaneció así durante más de quince minutos.
Gómez no quiso interrumpir sus pensamientos.
O lo que quiera que fuese que estaba haciendo el profesor.
Inesperadamente éste se volvió de nuevo hacia su alumno.
- Creo que deberíamos seguir charlando; el tiempo se hará más corto.
- Puede; pero yo no estoy preparado para esto. Nunca pensé quedarme atrapado junto a un profesor durante tanto tiempo.
-Sigue charlando; de lo primero que te venga a la mente.
- El otro día mi padre estaba indignado con la justicia.
- ¿Por qué?
- Dice que habían multado con un dineral a un hombre por cazar; y el hombre estaba cazando por necesidad.
- ¿Y?
- Pues que hay gente que ha cometido grandes desfalcos, incluso delitos de sangre y no les ocurre nada.
- Ya.
- ¿Usted también lo ve así?
- Gómez, no es que lo vea así; es que así. En ésta vida se cometen grandes injusticias. Y sería bueno que existiera un Dios que reparara esas cuestiones.
- Ya; pues yo desearía que esa reparación fuera aquí y ahora y no en un hipotético más allá.
- Yo también; pero créeme, hijo: si ese Dios existe, y piensa que es mejor así, sus razones tendrá.
- Veo que usted concede el beneficio de la duda a todo el mundo; hasta a Dios.
- Creo que es lo razonable; los radicalismos son funestos para todo y para todos.
Nuevo silencio forzado.
Un minuto.
Ningún ruido nuevo.
Ninguna evidencia de rescate.
- ¿Le gusta a usted el fútbol, maestro?
- Me gusta jugar al fútbol, pero no esa locura que se desata por parte de los hinchas. Además, hay una parte, como en todo, podrida en ese mundo. Siempre hay gamberros que aprovechan el tema para incordiar a los demás.
- ¿Y aún juega usted? –Gómez no se imaginaba al “estera” jugando al fútbol.
- No; ya no.
- ¿Por qué?
- Porque no quiero que éste me de un susto –se señaló el pecho a la altura del corazón-; hace algún tiempo que colgué las botas.
- ¿Y que deporte hace ahora?
- Me limito a dar paseos; sin prisa pero sin pausa.Es muy saludable.
- Ya.
- Tu, en cambio, deberías hacer más deporte; te noto pelín obeso. Y eso no es bueno.
- Es probable que siga su consejo, si salimos de aquí.
- ¿Tienes alguna duda sobre nuestra salida de aquí?
- ¡Oh! No me haga caso; sólo era por utilizar una grase grandilocuente; tipo cine.
- ¿Te gusta el cine?
- Bastante.
- ¿Qué tipo de películas?
- Acción, claro.
- Ya –Espera asintió-; lo mismo que a mí, cuando tenía tu edad. ¿Ves como yo también he sido joven?
- Pero, ¿qué es lo que no le gusta ahora, el cine o las películas de acción?
- Si; el cine sí. Pero no las películas de acción. Prefiero historias tranquilas que te puedan aportar alguna moraleja.
- Entiendo.
El silencio que siguió apenas duró unos segundos; del exterior pareció entrar un ruido.
- Ve a la puerta y golpéala por donde puedas, como si estuvieras llamando; no lo hagas muy fuerte.
Gómez se acercó a la puerta y golpeó con los nudillos.
Espera se acercó a la ventana por la que se filtraba un poco de luz, cogió un cascote del suelo y golpeó suavemente lo más cerca que pudo de la rendija.
- Quieto –dijo.
En el siguiente minuto no ocurrió nada.
- Déjalo; vuelve aquí. Tendremos que repetir esta acción más adelante. Especialmente si escuchamos algún sonido.
Y alumno y profesor volvieron a sentarse frente a frente, dispuestos a seguir hablando de la canción de la vida.

Capítulo VII

Capítulo V

De parada y destino imprevisibles - Goya Gutiérrez

18 de abril de 2010



Son trenes que no paran ni detienen su curso
en nuestras estaciones de paso cotidianas.
Temen perder el rumbo y la velocidad
de su galope al ritmo de una brújula
dirigiendo sus pies fijando su destino.
Veo el rumor de su despedida expandirse.
Alejarse de la inmediatez de este silencio
de sonido vacío
como el foso que vela ésa tu otra existencia.

Hay trenes alados que circundan mi calle.
Aves de vuelo gris amaneciendo
que esperan arrancar como ayer
la noche de tus ojos.
Su graznido ya no parece huir.
Ves cómo se detiene y se aposenta
en raíles de un hierro
que si escuchas en él oirás aún las grietas
y el sabor residual de viajes oxidados.

Sobre ellos ha crecido este ofidio
de nuestras cercanías
que pretende engullir tantas manos y pies
ovillados aún bajo su manta en sus asientos:
Hacia el aire expoliado de alas de la gran urbe.
Hacia el nido gigante donde reina
un grito más duro y compacto que la roca:
cemento armado gris llenando la calvicie del día
al olvidar la oscuridad que acoge resonancias.

De voces y de espacios.
O raíles uniendo los fragmentos de túneles
que en mi insomnio estacionan
para que te alces al vagón de otro vuelo.

De parada y destino imprevisibles.

Extracto del libro Ánforas de Goya Gutiérrez.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo V) - Antonio Moreno Castellet

17 de abril de 2010

- No quiero aburrirte con zarandajas. Esta crisis ha surgido por la especulación y la ambición. La ambición de unos y otros por ganar dinero fácil, empezando por las hipotecas “basura” en USA.
- Ya, todos los males vienen de USA, ¿no?


- Pero también muchos bienes; hay gente que son muy radicales en su lucha contra los americanos. Yo no lo soy tanto; es cierto que se ha quedado como la única potencia mundial, que pregona la libertad y en su propio país hay racismo y pena de muerte. Pero ni son tan malos como los pintan ni tan buenos como ellos se ponen.
- Estaba usted hablando de la crisis económica.
Espera se giró, alargó la mano hasta su mesa cubierta de polvo, cogió su cartera y extrajo de ella un legajo de papeles; se lo alargó a Gómez.
- Esta noche –dijo-, mientras piensas en tu futuro, lee estos folios. Sabrás de donde salió la crisis.
- Más bien a mi me interesa cuando se va a solucionar –dijo Gómez, cogiendo los papeles y metiéndolos en su mochila.
- Eso no lo sabe nadie; lo que sí sabe todo el mundo es que tardará años como mínimo. Y que las cosas no volverán a ser igual que en los años que hemos dejado atrás.
- Entiendo.
Cada vez que se hacía el silencio Espera aguzaba el oído en busca de sonidos del exterior.
- Así que estás en una etapa crucial de tu vida.
Gómez le interrogó con la mirada.
- Estás desorientado; quieres abandonar el colegio. No sabes lo que quieres ser de mayor. Creo que es un problema grave, a tu edad.
- ¿Y cual es la solución?
- La solución no te lloverá del cielo; tienes que buscarla. Analizar todas las opciones, todos los pros y los contras. Y, por supuesto, contar con la ayuda de los demás.
Gómez asentía en silencio.
- A veces los jóvenes sois demasiado orgullosos para admitir consejos; creéis que los mayores estamos equivocados o que no conocemos vuestras interioridades.
- ¿Y no es cierto?
- No es cierto –la voz de Espera fue firme.
- Nosotros...
- Ustedes no; nosotros. Nosotros también fuimos jóvenes. Recuerda que yo he tenido tu edad.
- Pero eran otros tiempos.
- Los tiempos podían ser otros; pero el espíritu el mismo.
- Los tiempos eran otros –aseguró Gómez.
- Si, pero también fuimos jóvenes; nadie puede quitarnos eso.
Gómez apretó los labios; había una barrera generacional entre ambos.
Escudriñó en su mente algún otro tema sobre el que hablar.
- ¿Cree que tardarán mucho?
- Creo que al menos nos quedan aquí un par de horas.
Siguió un silencio incómodo.
Espera se cruzo de brazos.
Gómez fue a levantarse de nuevo para dar un paseo, pero se acordó de lo que le habían dicho hacía unos minutos y desistió de la idea.
De todas formas, ya que el destino le había deparado aquella situación, decidió aprovecharla; no creía que tuviese otra oportunidad de hablar tan extensamente con el “estera”.
- ¿Y cual cree usted que es la mejor opción política?
Espera volvió a sonreír.
- ¿Política? No hay ninguna opción política buena; o se supone que todas son buenas. Si escuchas a los políticos, todos defienden su alternativa como la mejor.
- Sin embargo...
- Sin embargo, muchacho, ninguno tiene razón; y todos tienen razón. La política es un arma de doble filo.
Gómez asentía, nada convencido.
- Los políticos tienen la habilidad de hablar mucho y no decir nada cuando les conviene. Otras veces en una sola frase dicen lo que nosotros necesitaríamos media hora para expresar. La política es así.
- ¿Y la corrupción?
- Ese es otro tema; corruptos hay en todas partes. El problema es que los políticos utilizan unas técnicas muy “sui generis” para evitar recibir daño político.
- En cuestión de votantes, quiere decir usted.
- Claro; para no perder votos. Aunque creo que consiguen el efecto contrario. Valdría más que dijeran simplemente:”oigan, fulanito o menganito, de nuestra formación, ha trincado; lo echamos y punto”.
Otra vez silencio.
- De todas formas, la política es un campo muy extenso y resbaladizo. Otro campo en el que yo no he entrado profundamente todavía, como en la religión; pero ni pienso entrar.
El rumor exterior de la lluvia parecía acrecentarse.
En medio de ese rumor a Espera le pareció oír un helicóptero, pero no estaba seguro.
- ¿Tienes hermanos? –preguntó al alumno.
- Dos; pero aún están en Primaria. Uno de ellos vendrá el año que viene al Instituto.
- Ese es otro problema que se avecina a éste país.
- Supongo que no se refiere a mi hermano en el Instituto.
- No conozco la capacidad de tu hermano para hacer travesuras –Espera movió la cabeza negativamente-; me refiero a la pirámide de la sociedad.
- ¿Pirámide?
- Sí; ahora mismo la pirámide está sustentada por una amplia base de jóvenes. Me refiero a gente que no ha llegado a la edad de jubilación. Trabajan, cotizan y así el sistema va para adelante.
- ¿Y?
- Dentro de unos cuantos años la pirámide se habrá invertido; habrá más gente anciana que joven; y la gente anciana solo cobra su pensión. ¿Cómo cree que sostendremos esto?
- ¿Los inmigrantes?
- Es posible.
- Pero, ¿cómo y en que condiciones?
- Eso habrá que determinarlo; pero no nos queda otro remedio.
- ¿Y todo el paro que hay?
Espera impuso silencio durante más de dos minutos; no percibió nada diferente de lo de antes.
Meditó durante ese tiempo la respuesta.


Capítulo VI

Capítulo IV

Vacío - Rossetti

15 de abril de 2010




Ni siquiera palabras.

Ya no me queda

nada.

Madame Bovary - Delfina Acosta


Después de tomar el mate, se reclinó sobre el respaldo aterciopelado del sofá, y continuó enfrascado en la lectura de Madame Bovary.
Se metió (no quería hacerlo, no debía, pero ya era tarde) en la aparición repentina de la mujer en el almacén del boticario del pueblo. Y era como si él también se hubiera metido, anhelante, deseoso del veneno, empujado por la desesperación de la vida que sale zumbante del carril.
A medida que el libro lo arrastraba, lo contaminaba, le venía una sensación de ser llevado por un tren a un destino tan injusto como inevitable.
Podía ver desde la ventanilla los tramos finales, aquellas últimas casas cuyas chimeneas despedían un humo negruzco, las golondrinas del crepúsculo buscando las ramas de los cipreses y de los robles, un hombre (con una lámpara en la mano) observando a la máquina viajera desde el umbral de una puerta.
Sintió náuseas.
Se levantó, tambaleante, con una terrible presión en la cabeza, y descargó un vómito en el patio.
La señora que hacía la limpieza de la casa y preparaba la comida además de dar alguna conversación sobre el clima cuando los bichos de luz rondaban el alumbrado público, le habló: “¿Se siente bien, señor?”.
Y él le dijo que no. Y le pidió un té de manzanilla.
Y el té vino rápido y excesivo. Y también el “Cuídese, señor. Si viera la cara de enfermo que tiene”.
“Esta es la segunda vez”, pensó Julio Castel.
Un ave nocturna chistó.
Se acostó, y con la cabeza colocada sobre la almohada que olía a lavanda, a frescura, y el ánimo ya recobrado, se dijo, se mintió, que mañana seguiría leyendo “Madame Bovary”.
El amanecer le llegó de golpe.
El libro, que estaba con las páginas abiertas sobre el piso, le pareció un insecto, una araña, algún ciempiés desembascarado. Llamó a Juliana, que ya tenía preparado otro té de manzanilla y un vaso de agua, por si las moscas, y le pidió que se lo llevara lejos y lo enterrara.
Ninguna objeción.
Ningún comentario.
El patrón era normal, pero tenía la cabeza al revés.
Nunca más finales tristes. Nunca más ella, con los ojos caminados por la sombra de la muerte, perdiéndose en la distancia, y él observando, sin poder hacer nada, desaparecer el carruaje con el objeto de su pasión adentro. O él (otro él, otro personaje), enfermo de celos, decidido a disparar su revolver contra ella, quien intentaba, con el rostro pálido, explicarle que el hombre solamente había venido a su cuarto, interesado en su catálogo de mariposas (o algo así, o mejor, una excusa más creíble), pensó Julio Castel.
Siguió leyendo libros. Cinco, seis. A Juliana siempre le había parecido rara la gente que leía.
Cortaba la lectura en donde se le antojaba. Y luego se iba a silbar y mirar a los canarios en su jaula; así le venía la sensación de que daba un poco de claridad y libertad a las aves.
Margarita Pineda, su vecina, le pasó por sobre la muralla un libro, una tarde.
“Te gustará. Lástima el final. Yo no sé qué es eso de que la gente venga a morir al terminar la lectura. Manga de amargados, los escritores. ¿Verdad, Julio?”, dijo.
Al día siguiente, después de volver de la oficina, corrió las cortinas, y se sentó en el lugar de siempre, para leer la novela prestada.
Las palabras, las frases, las sugerencias, el ambiente mal iluminado del bar donde un joven pecoso (era el personaje central) estaba terminando de beber su cerveza, las risas que llegaban desde las mesas donde los hombres intercambiaban bromas, aún los números de las páginas, apuraban la decisión del joven que se largó del bar, salió a la noche, y, silbando alegremente, se dirigió a la boletería.
La vio y quedó deslumbrado. Ella, delgada, hermosa, con su traje celeste, giraba cual trompo sobre la pista de hielo. Y al girar era como si fuera una flor rara que se abría lentamente.
Julio Castel suspiró convencido y cerró definitivamente el libro.
Algunos días después, Juliana observó embobada, mientras hacía la limpieza de la nueva galería de juguetes de su patrón, aquella bailarina (su tutú era celeste) de una cajita musical. Le daba cuerdas y bailaba, girando sobre sus pies. No. No era tanto la música... Era un no sé qué casi humano, quizás triste en su expresión. Su diminuta expresión de pequeña bailarina.

Dama de blanco - Blanca Varela

14 de abril de 2010



El poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo Dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado.

Pero te amo - Amado Nervo

12 de abril de 2010


Yo no sé nada de la vida,
yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte;
¡pero te amo!

Según la buena lógica, tú eres luz extinguida;
mi devoción es loca; mi culto, desatino,
y hay una insensatez infinita en quererte;
¡pero te amo!

La oración de las rosas - Federico García Lorca


¡Ave rosas, estrellas solemnes!
Rosas, rosas, joyas vivas de infinito;
bocas, senos y almas vagas perfumadas;
llantos, ¡besos!, granos, polen de la luna;
dulces lotos de las almas estancadas;
¡ave rosas, estrellas solemnes!

Amigas de poetas
y de mi corazón,
¡ave rosas, estrellas
de luminosa Sión!
Panidas, sí, Panidas;
el trágico Rubén
así llamó en sus versos
al lánguido Verlaine,
que era rosa sangrienta
y amarilla a la vez.
Dejad que así os llame,
Panidas, sí, Panidas,
esencias de un Edén,
de labios danzarines,
de senos de mujer.
Vosotras junto al mármol
la sangre sois de él,
pero si fueseis olores
del vergel
en que los faunos moran,
tenéis en vuestro ser
una esencia divina:
María de Nazaret,
que esconde en vuestros pechos
blancura de su miel;
flor única y divina,
flor de Dios y Luzbel.

Flor eterna. Conjuro al suspiro.
Flor grandiosa, divina, enervante,
flor de fauno y de virgen cristiana,
flor de Venus furiosa y tonante,
flor mariana celeste y sedante,
flor que es vida y azul fontana
del amor juvenil y arrogante
que en su cáliz sus ansias aclara.

¡Qué sería la vida sin rosas!
Una senda sin ritmo ni sangre,
un abismo sin noche ni día.
Ellas prestan al alma sus alas,
que sin ellas el alma moría,
sin estrellas, sin fe, sin las claras
ilusiones que el alma quería.

Ellas son refugio de muchos corazones
ellas son estrellas que sienten el amor,
ellas son silencios que lentos escaparon
del eterno poeta nocturno y soñador,
y con aire y con cielo y con luz se formaron,
por eso todas ellas al nacer imitaron
el color y la forma de nuestro corazón.
Ellas son las mujeres entre todas las flores,
tibios sancta sanctorum de la eterna poesía,
neáporis grandiosas de todo pensamiento,
copones de perfume que azul se bebe el viento,
cromáticos enjambres, perlas del sentimiento,
adornos de las liras, poetas sin acento.
Amantes olorosas de dulces ruiseñores.
Madres de todo lo bello,
sois eternas, magníficas, tristes
como tardes calladas de octubre,
que al morir, melancólicas, vagas,
una noche de otoño las cubre,
porque al ser como sois la poesía
estáis llenas de otoño, de tardes,
de pesares, de melancolía,
de tristezas, de amores fatales,
de crepúsculo gris de agonía,
que sois tristes, al ser la poesía
que es un agua de vuestros rosales.
Santas rosas divinas y varias,
esperanzas, anhelos, pasión,
deposito en vosotras, amigas;
dadme un cáliz vacío, ya muerto,
que en su fondo, mustiado y desierto,
volcaré mi fatal corazón.
¡Ave rosas, estrellas solemnes!
Llenas rosas de gracia y amor,
todo el cielo y la tierra son vuestros
y benditos serán los maestros
que proclamen la voz de tu flor.
Y bendito será el bello fruto
de tu bello evangelio solemne,
y bendito tu aroma perenne,
y bendito tu pálido albor.
Solitarias, divinas y graves,
sollozad, pues sois flores de amor,
sollozad por los niños que os cortan,
sollozad por ser alma y ser flor,
sollozad por los malos poetas
que no os pueden cantar con dolor,
sollozad por la luna que os ama,
sollozad por tanto corazón
como en sombra os escucha callado,
y también sollozad por mi amor.
¡Ay!, incensarios carnales del alma,
chopinescas romanzas de olor,
sollozad por mis besos ocultos
que mi boca a vosotras os dio.
Sollozad por la niebla de tumba
donde sangra mi gran corazón,
y en mi hora de estrella apagada,
que mis ojos se cierren al sol,
sed mi blanco y severo sudario,
chopinescas romanzas de olor.
Ocultadme en un valle tranquilo,
y esperando mi resurrección,
id sorbiendo con vuestras raíces
la amargura de mi corazón.

Rosas, rosas divinas y bellas,
sollozad, pues sois flores de amor.

Las cuatro letras mágicas - El Brujo de Letziaga

11 de abril de 2010


Llevo el corazón repleto
con dos vocales y dos consonantes,
me encantan esas cuatro letras
elegidas azarosamente del abecedario,
que armoniosamente conjuntadas
escenifican una mágica palabra.

Para muchos son prescindibles;
para otros sanan heridas
de almas y muchos corazones,
también tienen algo de víricas,
pues dicen que son muy agresivas,
son cuatro letras rompecorazones.

Cuatro letras cohesionadas
pilares básicos de nuestras vidas,
están en todas partes y lugares,
en las universidades, en las fábricas,
en las escuelas y parques...
por estar, estuvieron hasta en el Paraíso.

Verdaderamente la palabra existe,
no está en extinción y es muy abundante,
pero hay gente que no la ve,
no cree en absoluto en ella y menos la busca,
y si la consigue es porque casualmente
el amor se le aparece.

Seguramente estén ustedes pensando,
en tres palabras que pudieran ser distintas
ó tal vez pudieran ser iguales,
dependiendo de la mente de cada uno,
pero por el Amor de Dios, en su pensamiento,
han atinado en cualquiera de sus bellas variantes.

El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo IV) - Antonio Moreno Castellet

10 de abril de 2010


- De todas formas no me dieron muchas; yo estaba en el pelotón de los listos. Además fue el final de una época. Los que repartían tortas tuvieron que reciclarse. Y dime, ¿has pensado en alguna profesión para el futuro, aparte de maestro?
- No lo tengo muy claro; la verdad es que nunca me he decidido, porque siempre he visto barreras entre una carrera y yo.
Espera asintió, en silencio.
- Pero me gustaría trabajar en el comercio internacional, viajar por el mundo como representante de mi empresa para vender los productos...
- Vaya; picas alto, ¿eh?
El profesor se masajeó la cabeza, con un gesto de fastidio.
- Me está empezando a doler el coco.
- Supongo que no es por mi charla.
- No; es por la comida. Ya debería estar comiendo.
Gómez abrió su mochila y sacó algo envuelto en papel de aluminio;.
-No me he comido el bocadillo hoy –dijo desenvolviéndolo. Luego lo partió por la mitad y le ofreció al maestro.
- Gracias.
- ¿Por qué no quieren que traigamos los bocadillos envueltos en papel de aluminio?
- Porque hay un montón de gente que no tiene nada que hacer y tiene que amortizar un puesto de trabajo.
- ¿Qué quiere decir?
- La administración está compuesta de toda una patulea de gente con unas competencias determinadas; hay miles de directores, subdirectores, técnicos, secretarios, subsecretarios, adjuntos... Todos ellos desempeñan sus funciones; y, paralelamente, van sacando leyes tendentes a mejorar nuestra calidad de vida, todas basadas en soltar más dinero, por supuesto.
- Pero...
- Lo que más me fastidia es que tienen razón; comenzaron por la guerra contra los fumadores. Y tienen razón: el tabaco perjudica la salud. La energía nuclear, las bolsas de plástico, el papel de aluminio... todo eso fastidia al medio ambiente. El cambio climático puede cargarse el planeta.
- ¿Usted cree que es cierto lo del cambio climático?
- Es probable que no sea tan dramático como dicen; o tal vez lo sea más de lo que dicen. De todas formas, es cierto; fíjate en las lluvias por ésta zona. Cada vez llueve menos; pregúntale a tu padre y te hablará de unos inviernos de agua que déjalos ir.
- Si, ya he oído hablar de eso.
Espera volvió a imponer silencio con la mano; terminó de comerse la porción de bocadillo, se levantó y se acercó a la ventana. No oía nada; luego se acercó a la puerta, apartando algunas ramas del árbol. Golpeó varias veces y esperó.
Silencio.
Volvió a sentarse.
- Es probable que tengan dificultades para llegar hasta aquí; ya tienen que haberse dado cuenta de que faltamos.
Volvió a mirar el móvil, pero seguía sin cobertura.
- Gómez.
- ¿Sí?
- ¿Ha estado alguna vez en el extranjero?
- ¿Yo? ¡Que va!
- ¿Y dice que le gustaría viajar por el mundo?
- Pues... pues sí; me encanta viajar.
- ¿Sabes? Aunque estudies una carrera es probable que tengas que trabajar en algo distinto a lo que quieras ser.
- ¿Probable? En mí es seguro; por eso siempre he estado tan indeciso.
- Pero, de todas formas, lo importante es trabajar; y el saber no ocupa lugar. Quiero decir que, todo lo que aprendas te puede servir de algo.
- Sí; que Aníbal cruzó los Alpes a lomos de un elefante es probable que me ayude a venderles juguetes fabricados en Alicante a los australianos.
- No se te da nada mal el sarcasmo.
Fuera parecía oírse un rumor indefinido.
- ¿Qué opinan tus compañeros?
- ¿De qué?
- Hombre, de quitarte del colegio, claro.
- Hay opiniones para todos los gustos.
- Supongo que habrá mayoría que apoya tu decisión; incluso ellos querrían quitarse.
- ¿Cómo lo sabe?
Espera soltó una carcajada suave.
- Llevo muchos años de profesor; y todos tus compañeros han sido también mis alumnos. Simple deducción lógica.
Gómez se levantó y comenzó a pasear entre los cascotes.
- El problema es el trabajo... ¡Si tuviera donde trabajar!
- Vente para acá y no te muevas
Gómez volvió junto al profesor y se sentó.
- No quiero que andes por ahí dando vueltas
- ¿Se refiere a ahora o a cuando deje el colegio?
- Me refiero a ambas cosas; la estructura del edificio puede haber sido dañada y un pisotón con esos zapatones podría enviarnos a la planta de abajo a través del suelo. En cuanto a que te vayas...
Calló unos instantes, aguzando el oído por si había algún sonido nuevo.
- Es un mal momento por lo de la crisis.
Gómez miró al profesor con una expresión nueva en su rostro, como si la pregunta que iba a formular llevase mucho tiempo quemándole en su interior.
- Maestro, ¿de donde ha salido ésta crisis?
Espera se rascó una oreja.
- Creo que nunca un alumno me ha preguntado algo así.
- Pero, ¿usted sabe como se ha originado la crisis y porqué?
- Hombre, tengo una ligera idea. Verás, la crisis deriva de varios factores...
- Pero use un lenguaje asequible; usted conoce mi talla intelectual.
Espera asintió y se quedó pensativo; transcurrió más de un minuto. Un ligero rumor le llegaba desde el exterior.
Un rumor que definió como “lluvia”.
Miró al joven con condescendencia y se dispuso a exponerle lo que sabía de la crisis que había sido definida como las grave desde el crack del 29.
Era la canción de la vida.
La economía era una parte de la vida; influenciada a nivel mundial por todo tipo de notas discordantes.
Igual que la economía familiar, pasaba por periodos buenos y malos.
Intentó buscar las palabras adecuadas para que fueran comprendidas por la mente del joven, pero finalmente decidió otra cosa.

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo V

Galaxia Serok - Sofía Victoria Cala Prada

8 de abril de 2010


En la galaxia Serok vivía un ser de raza OÑETS llamado Oironet Arual, era un ser joven, muy sociable y alegre que gozaba de vivir la vida según lo dictaba su corazón, la mayor parte de su vida fue alegre y rodeado de gente que gustaba de ver la vida sin apremio alguno. A medida que fue creciendo se fue llenando de dudas y ansiedades, ya que sus padres le exigían mucho para tener un futuro promisorio como la mayoría de jóvenes de esa galaxia. De tanta exigencia de sus padres empezó a participar en eventos que le generaran una idea de cómo construir su futuro y hacer feliz a sus padres. Fue así como conoció a Airotciv un ser de la raza Alor, él gozaba de ser severo, autoritario y de pocos amigos, un ser con visión de construir un futuro prospero.
Al principio se limitaban a realizar los eventos, Airotciv cumplía con los requisitos, organizaba y daba vía libre para que los eventos se realizaran, al finalizar su labor simplemente se marchaba sin cruzar palabra alguna con nadie. Oironet quien era más sociable, gozaba de participar en los eventos, ya que estaba conociendo más seres, aprendiendo una labor y sus padres ya no lo molestaban por no hacer nada, al finalizar se quedaba compartiendo con otros jóvenes cada experiencia que el día le trajera.

Con el tiempo entre evento y evento, estos dos personajes, empezaron a tener más contacto y a realizar actividades en conjunto, lo cual produjo que compartieran experiencias en común. Pasaban horas hablando, llegando a convertirse en buenos amigos.
Para Airotciv, el joven Oironet era un ser de gran capacidad de aprendizaje con muchas cualidades ocultas por los miedos y dudas que el joven tenía, pero también le había recordado que a él se le había olvidado tomar la vida con alegría y conmoción; que eso siempre le había dado la capacidad de enfrentarse a cualquier reto que la vida le ponía y a tomar las mejores decisiones en el momento que sucedían, por eso había logrado todo lo que tenía hasta ese momento.
Para Oironet, el señor Airotciv era un gran señor, con una energía envidiable y alguien que siempre veía una solución a todo aunque fueran poco convencionales, se dio cuenta que de él había aprendido tanto o más de lo que le pudiesen enseñar sus padres o profesores y de una forma didáctica y paciente.
Estos dos seres de la galaxia Serok, entendieron que no siempre somos lo que vemos y que muchas veces vemos lo que queremos ver y no lo que realmente puede ser, no podemos dejarnos llevar por la primera impresión por qué no se sabe si se puede perder aun más, asimilaron también, que todos podemos aprender de los demás y no importa que tan grande o pequeño sea, o cuantos años tengas, siempre poseerás algo para dar y recibir.

El Profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo III) - Antonio Moreno Castellet

7 de abril de 2010


- ¿Cree usted en Dios, maestro? –pregunto Gómez, dubitativo.
Miró con recelo al profesor y agregó:
- Como antes ha mencionado a un ser superior...
Espera sonrió, no por la pregunta en sí, sino porque siempre le había hecho gracia que le llamaran “maestro”; aunque fuese “maestro de escuela” que es lo que siempre había querido ser le sonaba como si fuese “el gran sabio” que con su maestría solventaba todos los problemas de sus seguidores. Y él no era nada de eso.
- No del todo.
- ¿Qué quiere decir?
-¡Oh! Te daré una respuesta de las que pululan por ahí; verás, creo que algo hay. Todo este tinglado ha tenido que salir de alguna parte. Pero no sé como llamarle; se han inventado demasiados nombres para Dios.
Gómez asintió, pensativo.
- No obstante –prosiguió el profesor-, como no quiero que te lleves una idea equivocada de mí, es decir, no quiero que pienses que no tengo personalidad definida en todas las áreas de mi vida, te diré que esa es una puerta que no he cerrado. Algún día me ocuparé del asunto y si encuentro a Dios, actuaré en consecuencia.
- O sea, que cogerá la religión acorde con sus principios.
- Más o menos.
Volvió a reinar el silencio durante unos minutos; Gómez lo volvió a romper.
- Mi padre siempre me decía que estudiase para maestro.
- ¿Por qué?
- ¿Está de broma? Tienen un buen sueldo, tres meses de vacaciones en verano. Semana Santa, Navidad, puentes, semana blanca, días de esto y de lo otro... ¿Cuánto trabaja un maestro?
El alumno cayó en la cuenta, de pronto, que quizás había ofendido al profesor, o, al menos, le habría molestado; pero la cara de Espera seguía reflejando la misma inexpresividad de antes del comentario.
- Sí –asintió-; ya he oído muchas veces esa cantinela.
Gómez movió la cabeza afirmativamente.
- ¿Y está de acuerdo? –se atrevió a preguntar, después de otro breve silencio.
- No del todo.
- Lo suponía.
- Verás, normalmente, la gente ve lo bueno de las cosas y no lo malo; solo se ven las ventajas, y los inconvenientes quedan solventados rápidamente. Estoy seguro de que tu padre habrá dicho más de una vez que todas esas ventajas vienen a cambio de ir al colegio y soltarles cuatro paparruchas a mis alumnos. ¿No es cierto?
Gómez asintió en silencio.
- Evidente; nadie sabe de lo que yo pasé hasta conseguir una plaza fija. Del estudio para las oposiciones, de la interinidad, de los traslados a una y otra provincia hasta conseguir una plaza fija.
A Gómez no le parecían suficientes razones para tan generoso dispendio vacacional; pero no dijo nada.
- Por no hablar –continuó Espera-, de venir a lidiar cada día con una patulea de alumnos que se creen los dueños del mundo y viven como si nada importara.
- Eso no es cierto; no se puede generalizar. Toda la juventud no es mala.
- Vaya, veo que estamos de acuerdo en algo; la juventud no es mala, en general. Es como todos los sectores de la sociedad. Hay buena gente y mala gente; y los malos son los menos. Pero la gente tiende a generalizar. Parte de la culpa la tiene este desarrollo social que tenemos.
- ¿A qué se refiere?
- La comodidad; ¿cómo vienes tu al colegio?
- En autobús escolar.
- ¿Y donde vives?
- En Plaza Sur.
Espera asintió, sonriendo.
- Cuando yo iba al colegio, lo tenía a mucha más distancia de la que lo tienes tú. Sin embargo, tenía que ir y venir andando; y dos veces por día. Hoy, ya ves; vienes en autobús; otros muchos alumnos en coche. Es por ponerte un ejemplo; estáis siendo criados en un mundo sin dificultades y las dificultades son parte de la formación del hombre.
-No acabo de estar de acuerdo con usted, pero...
Espera levantó la mano; le había parecido escuchar un grito.
No oyó nada; solo el silencio desde el exterior.
- Continua.
- Pero es probable que tenga razón; de todas formas, no vamos a crearnos las dificultades para formarnos mejor, ¿no?
- No se trata de eso; solo te estaba hablando de una de las causas de vuestra “rebeldía”. En todo caso, lo principal en la formación de una persona es el respeto hacia los demás. Para eso también hay que formar a las personas.
- Concienciarlas.
- Algo así.
- ¿Algo así?
- Sí, pero no solo concienciar; tienes saber que si faltas al respeto tendrás problemas. Y esa es la situación que hoy no se da. Todo el mundo hace lo que le da la gana porque no tiene problemas.
Espera volvió a mirar su móvil; si habitualmente no había cobertura en el centro, mucho menos ahora.
Sin embargo, le extrañaba y le preocupaba no haber oído ninguna sirena.
No quiso transmitir su preocupación al joven alumno y siguió hablando.
- ¿Crees que serías un buen maestro?
- No lo sé; solo sé que me gustaría serlo. ¿Sabe? A mi también me gusta enseñar cosas a los demás. Pero creo que no soy muy buen estudiante.
- Tendrás tus limitaciones, pero, si te lo propones puedes conseguirlo; créeme, hay gente más torpe que tu que son colegas míos.
Ahora sí, Espera escuchó a lo lejos el sonido de una sirena y luego otra.
Era probable que hubiesen tardado en descubrir que el tornado había afectado al Centro, ya que quizás no quedase nadie en él. De todas formas le preocupaba el conserje, que si debería haber estado. La mayoría de sus compañeros quizás se hubieran marchado ya, pero tampoco estaba seguro de que se hubieran ido todos.
- Tardarán un buen rato aún –dijo-; no estamos cerca de la entrada.
- Maestro...
- ¿Si?
- Siempre me ha parecido usted un tipo raro.
- ¿Por qué?
- No sé; al principio creí que era uno de esos que durante la dictadura pegaba tortas a los alumnos. Pero no acabo de encajarlo en ese perfil.
Espera rió a carcajadas; luego se puso serio.
- Me sorprendes; utilizas expresiones que no son propias de un mal estudiante, ni de un repetidor.
- Ya.
- Respecto a las tortas, fui yo quien las recibió; nunca he pegado a nadie.

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo IV

Capítulo V

Una noche de Noviembre - Sofía Victoria Prada Cala

6 de abril de 2010



Una noche de noviembre, en la capital del mundo donde nadie duerme, movida por el gran espectáculo del ir y venir de la gente por sus calles llenas de luces y sonidos, camina Lorna ensimismada en sus pensamientos, sin siquiera percibir todo este movimiento. Para ella todo se resume a un solo tema… su próximo casting para trabajar en una gran obra de teatro llamada MALABAR DEL CIELO.



Ha practicado varias semanas y solo sueña con el día en que se inaugure la obra y ella, allí, recibiendo todos esos aplausos y reconocimiento a su trabajo, solo piensa en volver a la fama y estrellato, quiere estar de nuevo entro los grandes; sólo, que esta vez piensa hacerlo al derecho y no dejarse llevar por caminos de oscuridad que la llevaron a perderlo todo.

Recuerda como perdió la visión real de la vida, tomando decisiones poco convencionales solo para ser la diva más recordada, vivió entre drogas, licor, sexo, asesinos, capos, políticos, cirugías, etc. Logro ser famosa efímeramente, porque de un momento a otro se encontró en la cárcel víctima de una manipulación de aquellos que decían ser sus amigos y admiradores.

Si bien, vivió seis meses de crueldad y sufrimiento, también aprendió a ser valiente y a ponerle sentido a su vida, el conocer a Joah, el sacerdote que iba cada martes y jueves, el cual con sus predicaciones le enseño a ver y darle sentido a su existencia, poco a poco, fue comprendiendo que se debía esforzar por si misma si quería lograr todo lo que se propusiera.

Entro al teatro, cruzo el pasillo que daba a los camerinos y se encontró con los que decían ser sus amigos, actúo como si nunca hubiese pasado nada, a pesar de escuchar murmullos a su alrededor, espero a que la llamaran y entro a escena. Su acto fue tan majestuoso que todos quedaron anonadados, logro su papel, salió de allí con la cara en alto y una gran sonrisa de satisfacción, por lograr por primera vez en su vida algo por sus propios méritos.

Heterosexual - Delfina Acosta

5 de abril de 2010


Soy heterosexual. Lo confieso aunque respaldan mi condición sexual señalada los muchos versos de amor al hombre que escribí, llora que te llora, ríe que te ríe (desde mi adolescencia hasta mi edad madura).

Desde niña supe que nací para casarme o para vivir en concubinato. Solterona y con bigotes, nunca.

He tenido muchos novios pues me gustaban sobremanera los hombres. Ya está. Uno, por su hombría. Otro por su caballerosidad. Otro por el pecado capital de su mirada atrevida. Otro por la inteligencia que le concedió la naturaleza. Y así...

Encuentro natural decir lo que diciendo digo pues es la pura expresión de la verdad.

Dentro de esta sociedad sofocada, a veces, por los prejuicios, yo me siento libre.

Algunos lectores pensarán: ¿Y a quién importa la sexualidad de esta doña ?
Creo que a nadie.

Pero, visto y considerando que los tiempos están cambiantes y que las personas de cierto reconocimiento en la comunidad artística han empezado a hacer pública su sexualidad, me pareció oportuna la idea de contar que pertenezco al rebaño de mujeres que gustan del sexo opuesto.

El cantante Ricky Martin confesó, carta mediante, su homosexualidad. Bien por él. Me parece muy humano el hecho de que un ícono del rock pop latino se haya desembarazado de una falsedad sexual ligada a la fama que alimentaba la venta de sus discos.

No voy a caer en la tontería, en la superficialidad y en la falta de prudencia de sugerir que muchos homosexuales deberían “blanquear” su situación ante la sociedad. Cada cual sabe lo que debe o puede hacer partiendo de lo que su conciencia le hable.

La naturaleza no produce, como una fábrica, productos de la misma serie y condición.

La fábrica, por ejemplo, trae al mercado de la venta miles de envases de gaseosas idénticos.

La naturaleza no es una máquina. De entre cientos de tréboles que nacen en el pasto de un patio, zas, aparece uno de cuatro hojas, distinto, único, que alguien toma y guarda entre las páginas de un libro para retener así la buena suerte.

La naturaleza trae homosexuales al mundo.

Los homosexuales no toman la decisión de ser distintos de los demás. No optan por mostrarse indiferentes ante una mujer de ojos poblados por la belleza y de cutis tocado por la tersura. No deciden sentir amor por alguien de su mismo sexo. Se enamoran y ya está.

No debemos marginarlos, pues marginarlos significaría que somos necios o no podemos entender la función de la naturaleza en el acto de la Creación. Ella jamás “prometió” uniformidad total.

Los homosexuales son gentes que se han destacado históricamente en las ciencias, las artes, la política, la literatura, la escultura, la danza, la música, el cine, el teatro. Paro de contar.

¿Cómo discriminarlos? ¿Qué nos hace superiores a ellos?

No solamente confieso que soy heterosexual. También confieso que no hago distinciones de amistad guiada por razones sexuales.

Uno de mis libros de cabecera se llama “A sangre fría”. El material literario es obra de Truman Capote, gay.

Fuente

El Profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo II) - Antonio Moreno Castellet

4 de abril de 2010


Acostumbrado a situaciones de riesgo Espera se levantó de un salto y tiró de Gómez hacia el rincón donde estaba situada su mesa, lanzándolo al suelo junto a él.
El estruendo se hizo más fuerte, oyeron cristales romperse, las mesas y sillas volaron y algo calló en el exterior, levantando una nube de polvo que se extendió por la clase; luego el ruido se alejó y ambos se levantaron, tosiendo.
- ¿Estás bien? – preguntó el profesor.
- Sí; ¿y usted?
Espera no respondió; dio varios manotazos apartando el polvo y trató de acercarse a la ventana más cercana para mirar. No pudo ver nada; la cornisa se había derrumbado y tapaba todo el lateral del edificio.
Rápidamente se giró hacia la puerta y entonces pudo comprobar que estaban atrapados; el gigantesco árbol había quedado empotrado de tal manera en el aula que impedía cualquier acceso por la puerta de entrada.
En un gesto instintito se llevó la mano al bolsillo para buscar su móvil
- Ha sido un tornado –dijo, mientras marcaba el número del director.
Gómez se acercó a la puerta, después a la ventana y por último volvió al rincón.
- Estamos atrapados aquí.
- Calma – miró el móvil, frunciendo el ceño; no había cobertura.
La zona donde estaba ubicado el Instituto tenía poca cobertura para los móviles; eso había sido una ventaja más que un problema porque los alumnos apenas podían utilizar lo que él denominaba “malditos trastos infernales” y no causaban problemas con esto. No había habido necesidad de prohibirlos.
- ¿Qué vamos a hacer?
- No te preocupes; dentro de poco vendrán a buscarnos. A ambos nos echarán de menos.
El panorama desolador se aclaró un poco; Espera volvió a acercarse a las ventanas. No podía ver nada desde allí, salvo por una rendija que había quedado en una esquina. Aguzó el oído, a ver si oía algo, pero no escuchó nada.
- De momento no se oyen gritos; es probable que no haya habido víctimas.
- ¡Je! Esto tiene gracia – Gómez puso de pie una silla y se sentó en ella, soltando la mochila en el suelo lleno de cascotes-; mi último día en el colegio y me quedo atrapado en él. Parece que no quiere que me marche.
- Me encanta tu fino humor; es probable que así sea; una señal, para que te quedes. Pero, en eso caso, el que te la ha dado, si crees en un ser superior que lo ha hecho, debería haber sido un poco más fino.
El alumno soltó una carcajada.
Lo último que había imaginado en su vida era quedarse atrapado en su clase, el último día de colegio y con él último maestro en el ranking de la simpatía.
Luego se puso serio.
- Esto ha sido culpa mía; quiero decir, que esté usted aquí. Si yo no le hubiera entretenido...
- Me habría quedado por cualquier otra causa, no te preocupes.
- ¿Ha vivido usted alguna situación parecida?
- No.
- Yo tampoco.
Espera también levantó una silla y se sentó; ambos, profesor y alumno, quedaron frente a frente, con sus ropas polvorientas y rodeados por material escolar destruido y esparcido por toda la clase.
- No quiero ni pensar –dijo Gómez-, lo que debe ser una guerra; imagínese vivir situaciones como éstas o peores día si y día también.
- Si, bastante malo.
Hubo un silencio que duró varios minutos.
- ¿Por qué las guerras, profesor?
Espera suspiró, contrariado.
- El abanico de causas por las que hay guerras es grande; pero todo se basa en lo mismo. Las guerras surgen porque cuatro imbéciles que no saben lo que es el respeto organizan y arrastran a un sector que se ve envuelto en sus designios y no ven otra salida.
La situación se les antojó extraña: atrapados después de un tornado, hablando como si nada hubiese ocurrido y con una serenidad que no era habitual.
- ¿Cree que tardaremos mucho en salir de aquí?
- Un par de horas, supongo; primero tendrán que echarnos en falta y luego tendrán que traer a los bomberos para rescatarnos.
Gómez asintió.
- Respecto a lo que le dije antes...
- ¿Si?
- Mi marcha del Instituto...
- ¿Qué pasa con eso?
- Lo he pensado mucho, pero no me decido.
- Ya; esperas que alguien te de el empujó definitivo, en uno u otro sentido, ¿no?
- Bueno, algo así; yo lo llamaría buscar consejo.
- ¿Y por qué viniste a mí?
- Aunque no lo crea, usted es un profesor que genera confianza en los alumnos; puede parecer duro, pero...
- ¿Y que te hace pensar que no lo soy?
- Es igual; no quiero ni ser filosofar acerca de las conductas humanas. Solo sé que no encuentro rumbo en mi vida. No sé que hacer.
Espera asintió, comprensivo.
- La decisión no es sencilla; es probable que te veas libre de las ataduras del colegio, pero, ¿qué harás luego? ¿Qué pasará si no encuentras trabajo?
- Estar aquí tampoco es una buena opción; seguiré atado y tampoco tendré trabajo.
- Es probable; pero tendrás más oportunidades.
- ¿Por qué?
- Al margen de los enchufes, siempre es más probable que entre a trabajar quien está más preparado.
- Dentro de nada no habrá trabajo al margen de los “enchufes”. Este país es así.
- Bueno, tampoco hay que ser tan pesimista. ¿Imaginabas tú que vivirías esta situación surrealista? Seguramente no; y aquí estás.
- No sé que hacer, no se que hacer... –repitió Gómez, moviendo la cabeza.
Espera le dio un par de palmadas en la espalda.
- Lo importante es tomar una decisión; no puedes vivir sumergido en la duda durante días y días. Luego, podrás acertar o fracasar, pero habrás tomado la decisión. ¿Qué dicen tus padres?
- No quieren que me quite
- Lo suponía.
- Usted es la tercera persona a la que consulto; y tampoco quiere que me quite.
- Exacto.
Callaron ambos; buscaron algún sonido que les indicara que ya se acercaban rescatarlos.
Todavía no se oía nada.

Capítulo I

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Si hubiera de morir - Jaime Sabines

3 de abril de 2010


Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite, cruz gamada. Y me echaría a llorar.

Uno puede llorar hasta con la palabra «excusado» si tiene ganas de llorar.

Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café. («Te convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío»).

Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero, quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín oculto sin que nadie me viera.

Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes —que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra— y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.

No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.

Cristo en la cruz - Jorge Luis Borges

2 de abril de 2010


Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

Calle del Arrabal - Dámaso Alonso

1 de abril de 2010


Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
intento recordarla.

A un lado, hay un calvero de solares
en frente, están las casas alineadas
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.

Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas,
el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.

Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire libre.

Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.

Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
 

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