
Acostumbrado a situaciones de riesgo Espera se levantó de un salto y tiró de Gómez hacia el rincón donde estaba situada su mesa, lanzándolo al suelo junto a él.
El estruendo se hizo más fuerte, oyeron cristales romperse, las mesas y sillas volaron y algo calló en el exterior, levantando una nube de polvo que se extendió por la clase; luego el ruido se alejó y ambos se levantaron, tosiendo.
- ¿Estás bien? – preguntó el profesor.
- Sí; ¿y usted?
Espera no respondió; dio varios manotazos apartando el polvo y trató de acercarse a la ventana más cercana para mirar. No pudo ver nada; la cornisa se había derrumbado y tapaba todo el lateral del edificio.
Rápidamente se giró hacia la puerta y entonces pudo comprobar que estaban atrapados; el gigantesco árbol había quedado empotrado de tal manera en el aula que impedía cualquier acceso por la puerta de entrada.
En un gesto instintito se llevó la mano al bolsillo para buscar su móvil
- Ha sido un tornado –dijo, mientras marcaba el número del director.
Gómez se acercó a la puerta, después a la ventana y por último volvió al rincón.
- Estamos atrapados aquí.
- Calma – miró el móvil, frunciendo el ceño; no había cobertura.
La zona donde estaba ubicado el Instituto tenía poca cobertura para los móviles; eso había sido una ventaja más que un problema porque los alumnos apenas podían utilizar lo que él denominaba “malditos trastos infernales” y no causaban problemas con esto. No había habido necesidad de prohibirlos.
- ¿Qué vamos a hacer?
- No te preocupes; dentro de poco vendrán a buscarnos. A ambos nos echarán de menos.
El panorama desolador se aclaró un poco; Espera volvió a acercarse a las ventanas. No podía ver nada desde allí, salvo por una rendija que había quedado en una esquina. Aguzó el oído, a ver si oía algo, pero no escuchó nada.
- De momento no se oyen gritos; es probable que no haya habido víctimas.
- ¡Je! Esto tiene gracia – Gómez puso de pie una silla y se sentó en ella, soltando la mochila en el suelo lleno de cascotes-; mi último día en el colegio y me quedo atrapado en él. Parece que no quiere que me marche.
- Me encanta tu fino humor; es probable que así sea; una señal, para que te quedes. Pero, en eso caso, el que te la ha dado, si crees en un ser superior que lo ha hecho, debería haber sido un poco más fino.
El alumno soltó una carcajada.
Lo último que había imaginado en su vida era quedarse atrapado en su clase, el último día de colegio y con él último maestro en el ranking de la simpatía.
Luego se puso serio.
- Esto ha sido culpa mía; quiero decir, que esté usted aquí. Si yo no le hubiera entretenido...
- Me habría quedado por cualquier otra causa, no te preocupes.
- ¿Ha vivido usted alguna situación parecida?
- No.
- Yo tampoco.
Espera también levantó una silla y se sentó; ambos, profesor y alumno, quedaron frente a frente, con sus ropas polvorientas y rodeados por material escolar destruido y esparcido por toda la clase.
- No quiero ni pensar –dijo Gómez-, lo que debe ser una guerra; imagínese vivir situaciones como éstas o peores día si y día también.
- Si, bastante malo.
Hubo un silencio que duró varios minutos.
- ¿Por qué las guerras, profesor?
Espera suspiró, contrariado.
- El abanico de causas por las que hay guerras es grande; pero todo se basa en lo mismo. Las guerras surgen porque cuatro imbéciles que no saben lo que es el respeto organizan y arrastran a un sector que se ve envuelto en sus designios y no ven otra salida.
La situación se les antojó extraña: atrapados después de un tornado, hablando como si nada hubiese ocurrido y con una serenidad que no era habitual.
- ¿Cree que tardaremos mucho en salir de aquí?
- Un par de horas, supongo; primero tendrán que echarnos en falta y luego tendrán que traer a los bomberos para rescatarnos.
Gómez asintió.
- Respecto a lo que le dije antes...
- ¿Si?
- Mi marcha del Instituto...
- ¿Qué pasa con eso?
- Lo he pensado mucho, pero no me decido.
- Ya; esperas que alguien te de el empujó definitivo, en uno u otro sentido, ¿no?
- Bueno, algo así; yo lo llamaría buscar consejo.
- ¿Y por qué viniste a mí?
- Aunque no lo crea, usted es un profesor que genera confianza en los alumnos; puede parecer duro, pero...
- ¿Y que te hace pensar que no lo soy?
- Es igual; no quiero ni ser filosofar acerca de las conductas humanas. Solo sé que no encuentro rumbo en mi vida. No sé que hacer.
Espera asintió, comprensivo.
- La decisión no es sencilla; es probable que te veas libre de las ataduras del colegio, pero, ¿qué harás luego? ¿Qué pasará si no encuentras trabajo?
- Estar aquí tampoco es una buena opción; seguiré atado y tampoco tendré trabajo.
- Es probable; pero tendrás más oportunidades.
- ¿Por qué?
- Al margen de los enchufes, siempre es más probable que entre a trabajar quien está más preparado.
- Dentro de nada no habrá trabajo al margen de los “enchufes”. Este país es así.
- Bueno, tampoco hay que ser tan pesimista. ¿Imaginabas tú que vivirías esta situación surrealista? Seguramente no; y aquí estás.
- No sé que hacer, no se que hacer... –repitió Gómez, moviendo la cabeza.
Espera le dio un par de palmadas en la espalda.
- Lo importante es tomar una decisión; no puedes vivir sumergido en la duda durante días y días. Luego, podrás acertar o fracasar, pero habrás tomado la decisión. ¿Qué dicen tus padres?
- No quieren que me quite
- Lo suponía.
- Usted es la tercera persona a la que consulto; y tampoco quiere que me quite.
- Exacto.
Callaron ambos; buscaron algún sonido que les indicara que ya se acercaban rescatarlos.
Todavía no se oía nada.
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