
Me deleita escuchar las voces de la calle
en mayor medida que leer el diccionario.
Me gustan más los pueblos que las ciudades
y prefiero una buena canción a un concierto.
Es por eso que me enorgullezco
de mantel, mesa y plato opíparo casero.
Prefiero la sensibilidad y el detalle
de la cocina de mi madre
antes que la de un precioso, chorreante,
menú a la carta de un restaurante,
con terrazas mirando al horizonte
en días azules y quietud de mares,
con olas en perezosa y aburrida calma.
Mi madre mueve acompasadamente la cintura
con su delantal en ristre y mangas arremangadas.
Para nosotros, sus cuatro hijos de tantos días de aceituna,
no es suya la cocina de los grandes clásicos populares,
es sencillamente, y muy humildemente,
la cocina de la Venus de los fogones,
mi entrañable, explendida y querida madre.
Que nace y muere cada vez que arrima,
ó retira su olla del horno sagrado.
Y ayer nos deleito sobradamente:
Con un sabroso entrante
de gambas salteadas con alcachofas
cremosas y fritas
desvestidas hoja a hoja
escama a escama
exquisita pulpa de corazón verde.
Luego unos ajos amigos del valiente
y un horror para el rebelde.
Un delicado plato de verduras
mordiendo berenjenas, calabacines y tomates,
cocinados con una aterciopelada crema de arroz y hojas tiernas.
En la hora del bacalao, col y patata,
y unos saludos cordiales de un alioli inmaculado
lubina estofada sin piel con apio,
almendras y calabaza
que se dejó meter mano
con un jugo cremoso de albahaca,
lomo de ciervo que flirteó con bizcocho de castaña
dátil fresco y algunos madroños.
Antes de los postres mi madre nos sodomizó
con un surtido golfo de quesos
y luego el sol que nos iluminó
con manzanas, naranjas y fresones
y luciendo de perlas en la mesa
nos sorprendió con un vino valiente
y poderoso en la copa
que pasó triunfal y goloso por la boca
con potente aroma a miel y levadura
toques de jugosas frutas tropicales y manzana
de cuerpo ligero, casi femenino.
Esa es mi madre,
que dice que al hombre
se le gana por la boca
y que ayer brilló más que el sol
resplandeciendo entre todas las estrellas del cielo,
más bonita ella que las aguas cristalinas del arroyo
y que para mí vale más que toda la plata y el oro.
te quiero madre de mi amor.
en mayor medida que leer el diccionario.
Me gustan más los pueblos que las ciudades
y prefiero una buena canción a un concierto.
Es por eso que me enorgullezco
de mantel, mesa y plato opíparo casero.
Prefiero la sensibilidad y el detalle
de la cocina de mi madre
antes que la de un precioso, chorreante,
menú a la carta de un restaurante,
con terrazas mirando al horizonte
en días azules y quietud de mares,
con olas en perezosa y aburrida calma.
Mi madre mueve acompasadamente la cintura
con su delantal en ristre y mangas arremangadas.
Para nosotros, sus cuatro hijos de tantos días de aceituna,
no es suya la cocina de los grandes clásicos populares,
es sencillamente, y muy humildemente,
la cocina de la Venus de los fogones,
mi entrañable, explendida y querida madre.
Que nace y muere cada vez que arrima,
ó retira su olla del horno sagrado.
Y ayer nos deleito sobradamente:
Con un sabroso entrante
de gambas salteadas con alcachofas
cremosas y fritas
desvestidas hoja a hoja
escama a escama
exquisita pulpa de corazón verde.
Luego unos ajos amigos del valiente
y un horror para el rebelde.
Un delicado plato de verduras
mordiendo berenjenas, calabacines y tomates,
cocinados con una aterciopelada crema de arroz y hojas tiernas.
En la hora del bacalao, col y patata,
y unos saludos cordiales de un alioli inmaculado
lubina estofada sin piel con apio,
almendras y calabaza
que se dejó meter mano
con un jugo cremoso de albahaca,
lomo de ciervo que flirteó con bizcocho de castaña
dátil fresco y algunos madroños.
Antes de los postres mi madre nos sodomizó
con un surtido golfo de quesos
y luego el sol que nos iluminó
con manzanas, naranjas y fresones
y luciendo de perlas en la mesa
nos sorprendió con un vino valiente
y poderoso en la copa
que pasó triunfal y goloso por la boca
con potente aroma a miel y levadura
toques de jugosas frutas tropicales y manzana
de cuerpo ligero, casi femenino.
Esa es mi madre,
que dice que al hombre
se le gana por la boca
y que ayer brilló más que el sol
resplandeciendo entre todas las estrellas del cielo,
más bonita ella que las aguas cristalinas del arroyo
y que para mí vale más que toda la plata y el oro.
te quiero madre de mi amor.

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