Rosa Regás

Sobre la cama, vestido, medias, bolso y zapatos de tacón negro. Junto a la ropa, arrugado, un breve telegrama.
Sobre la mesita de noche, un reloj despertador marca las tres de la tarde. La lluvia cae intensamente en el exterior.
Se oye correr el agua de la ducha y en momentos se confunde con la lluvia. El agua cesa, no así la lluvia que arrecia por momentos. La puerta del baño se entreabre dejando salir una oleada de vaho que caldea todo el distribuidor. El contraste de temperatura logra poco a poco desempañar el espejo del baño, mientras Amparo lía el cabello en una toalla y seca su cuerpo. El pelo lo luce en una corta melena que ha arreglado con desparpajo. Ha vestido su ropa interior, aquel conjunto negro que comprara con Zoe una de las últimas veces que se vieron. Después le pediría paciencia, que ya volverían a encontrarse. No ha sido así.
Se dirige a su habitación y comienza a vestirse. Al ponerse las medias recuerda momentos que han vivido juntas y susurra levemente su nombre “Zoe”. Ante el espejo, toda vestida de negro, éste le devuelve la imagen de una Amparo abatida. El carmín rosado simula levemente una sonrisa y el maquillaje oculta los surcos de las lágrimas.
Son las cuatro menos cuarto de la tarde en el reloj de la mesita. Desde Badajoz tardará casi una hora, quizá más, si no cesa esta lluvia.
De la percha, coge el abrigo negro y cierra tras de si la puerta con llave. Ya en el ascensor se dirige a la cochera, entra en el coche y mientras se prepara para el viaje no puede evitar pensar en los últimos días con Zoe, si aquellos días fueron o no el detonador.
***
Sigue lloviendo, los limpiaparabrisas del coche no dan abasto, los vehículos circulan a toda velocidad por la autovía, un indicador kilométrico anuncia Mérida a 30 Km.
Amparo mira en el retrovisor y recuerda. Sacude la cabeza como queriendo sacar esos recuerdos pero no lo consigue y sintoniza una emisora en la radio que la distraiga momentáneamente cuando el sonido de las ruedas con las bandas sonoras laterales la saca de su ensimismamiento. Llueve. Un área de descanso a 1000 metros. Buen momento para una parada.
La cafetería, como cualquier otra de carretera, es impersonal, mucha gente entra y sale pero no retiene esencia. Se acerca a la barra y pide un café al camarero, indicándole la mesa en que va a sentarse. Minutos más tarde el mozo trae el café con la nota que abona al instante.
Ante la taza, Amparo rememora aquella noche. Ante la taza, Amparo llora lo que no va a llorar después.
***
Cuando sonó el teléfono a aquella hora, Amparo supo que algo no iba bien y que algo le ocurría a Zoe. Se disponía a irse a la cama, así que volvió a vestirse, salió a la calle y atravesó el parque hasta llegar a la casa donde llamó levemente. La puerta estaba abierta y entró.
Sentada en una esquina del sofá, envuelta en una manta y llorando desconsoladamente se encontraba Zoe. Ante ella, cartas esparcidas por la mesa y el suelo.
_ ¡Siéntate! Se está haciendo café-dijo entre sollozos-.
_¿Que te ocurre? ¿Qué son todas estas cartas? ¿Y a que viene este llanto? –preguntaba Amparo perpleja-.
_¡Toma, léelas!-le dijo Zoe tendiéndole unas cuantas cartas-.
Se oye correr el agua de la ducha y en momentos se confunde con la lluvia. El agua cesa, no así la lluvia que arrecia por momentos. La puerta del baño se entreabre dejando salir una oleada de vaho que caldea todo el distribuidor. El contraste de temperatura logra poco a poco desempañar el espejo del baño, mientras Amparo lía el cabello en una toalla y seca su cuerpo. El pelo lo luce en una corta melena que ha arreglado con desparpajo. Ha vestido su ropa interior, aquel conjunto negro que comprara con Zoe una de las últimas veces que se vieron. Después le pediría paciencia, que ya volverían a encontrarse. No ha sido así.
Se dirige a su habitación y comienza a vestirse. Al ponerse las medias recuerda momentos que han vivido juntas y susurra levemente su nombre “Zoe”. Ante el espejo, toda vestida de negro, éste le devuelve la imagen de una Amparo abatida. El carmín rosado simula levemente una sonrisa y el maquillaje oculta los surcos de las lágrimas.
Son las cuatro menos cuarto de la tarde en el reloj de la mesita. Desde Badajoz tardará casi una hora, quizá más, si no cesa esta lluvia.
De la percha, coge el abrigo negro y cierra tras de si la puerta con llave. Ya en el ascensor se dirige a la cochera, entra en el coche y mientras se prepara para el viaje no puede evitar pensar en los últimos días con Zoe, si aquellos días fueron o no el detonador.
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Sigue lloviendo, los limpiaparabrisas del coche no dan abasto, los vehículos circulan a toda velocidad por la autovía, un indicador kilométrico anuncia Mérida a 30 Km.
Amparo mira en el retrovisor y recuerda. Sacude la cabeza como queriendo sacar esos recuerdos pero no lo consigue y sintoniza una emisora en la radio que la distraiga momentáneamente cuando el sonido de las ruedas con las bandas sonoras laterales la saca de su ensimismamiento. Llueve. Un área de descanso a 1000 metros. Buen momento para una parada.
La cafetería, como cualquier otra de carretera, es impersonal, mucha gente entra y sale pero no retiene esencia. Se acerca a la barra y pide un café al camarero, indicándole la mesa en que va a sentarse. Minutos más tarde el mozo trae el café con la nota que abona al instante.
Ante la taza, Amparo rememora aquella noche. Ante la taza, Amparo llora lo que no va a llorar después.
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Cuando sonó el teléfono a aquella hora, Amparo supo que algo no iba bien y que algo le ocurría a Zoe. Se disponía a irse a la cama, así que volvió a vestirse, salió a la calle y atravesó el parque hasta llegar a la casa donde llamó levemente. La puerta estaba abierta y entró.
Sentada en una esquina del sofá, envuelta en una manta y llorando desconsoladamente se encontraba Zoe. Ante ella, cartas esparcidas por la mesa y el suelo.
_ ¡Siéntate! Se está haciendo café-dijo entre sollozos-.
_¿Que te ocurre? ¿Qué son todas estas cartas? ¿Y a que viene este llanto? –preguntaba Amparo perpleja-.
_¡Toma, léelas!-le dijo Zoe tendiéndole unas cuantas cartas-.
Querida Zoe: No dejo de pensar en ti. Mi cuerpo aun recuerda tus caricias y pide más. Quiero verte de nuevo, tenerte de nuevo. Sentir mi cuerpo dentro de tu cuerpo y sentir que vivo. […] […] Necesito volver a verte. Mañana. A las diez de la noche. Estaré esperándote en la misma habitación. Ernesto.
A medida que avanzaba en la lectura de estas, la mente de Amparo viajaba hacia los lugares que le indicaban. Imaginó a Zoe sintiéndose sola, esa soledad que te lleva a buscar compañía en brazos extraños y la vio feliz, una felicidad pasajera. Imaginó como sus labios besaron otros labios, su cuerpo rozaba otros cuerpo y así un día tras otro, un hombre tras otro hombre o mujer ¿Por qué no?.
La imaginaba después, cada día, sentada ya sola en el motel, escribiendo una carta dirigida a ella misma, como si de un amante se tratara, donde describía los momentos más ardientes de la noche.
La imaginó al recibir la carta, simulando una alegría o peor aun alegrándose y creyendo sus propios engaños, alejando así su soledad.
Buscaba sin ataduras, su lugar en la vida y se sabía libre hasta cierto punto.
Y el punto se perdió en la última carta.
En la mano, Zoe sostenía un informe médico. Le habían diagnosticado un tumor cerebral.
Se abrazaron y lloraron juntas mientras en la cocina se oía silbar la cafetera.
Lo más cerca que tuvo a Zoe fue aquella noche, mientras la abrazaba y pudo sentir su cuerpo menudo temblar por el llanto. La abrazó, la acarició e incluso se atrevió a besarla en los labios. Hacía mucho tiempo que la deseaba, pero en ese instante la tenía entre sus brazos, sus pechos rozaban su piel y la besó de nuevo. Zoe la miró fijamente, acarició su cara con ambas manos y le devolvió un besó intenso y apasionado. Se despojó de la bata que cubría su cuerpo y ayudó a una primeriza Amparo a hacer lo mismo.
Reclinadas en el sofá, Zoe le desvelaba a Amparo secretos de su cuerpo, mientras, por la ventana, los primeros rayos de sol iluminaban el salón.
***
El viaje continúa y Mirandilla está cerca. Se agolpan sentimientos, recuerdos y Zoe ya no está. Desaliento, tristeza y lágrimas al paso de un coche mientras se escucha el tañer de las campanas.
La imaginaba después, cada día, sentada ya sola en el motel, escribiendo una carta dirigida a ella misma, como si de un amante se tratara, donde describía los momentos más ardientes de la noche.
La imaginó al recibir la carta, simulando una alegría o peor aun alegrándose y creyendo sus propios engaños, alejando así su soledad.
Buscaba sin ataduras, su lugar en la vida y se sabía libre hasta cierto punto.
Y el punto se perdió en la última carta.
En la mano, Zoe sostenía un informe médico. Le habían diagnosticado un tumor cerebral.
Se abrazaron y lloraron juntas mientras en la cocina se oía silbar la cafetera.
Lo más cerca que tuvo a Zoe fue aquella noche, mientras la abrazaba y pudo sentir su cuerpo menudo temblar por el llanto. La abrazó, la acarició e incluso se atrevió a besarla en los labios. Hacía mucho tiempo que la deseaba, pero en ese instante la tenía entre sus brazos, sus pechos rozaban su piel y la besó de nuevo. Zoe la miró fijamente, acarició su cara con ambas manos y le devolvió un besó intenso y apasionado. Se despojó de la bata que cubría su cuerpo y ayudó a una primeriza Amparo a hacer lo mismo.
Reclinadas en el sofá, Zoe le desvelaba a Amparo secretos de su cuerpo, mientras, por la ventana, los primeros rayos de sol iluminaban el salón.
***
El viaje continúa y Mirandilla está cerca. Se agolpan sentimientos, recuerdos y Zoe ya no está. Desaliento, tristeza y lágrimas al paso de un coche mientras se escucha el tañer de las campanas.

1 comentarios:
Un gusto leerte. Una prosa muy fluida y una descripcion que envuelve. un saludo!
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