
Espera dio un salto en la silla y se acercó a la puerta, procurando no correr; esta vez sí le había llegado el sonido nítido y fuerte de un grito.
Pegó el oído a la puerta y escuchó rumores de voces.
Cogió una piedra y golpeó la puerta; primero suavemente, luego fue aumentando la potencia y por fin se detuvo en seco.
Volvió a pegar el oído, esta vez a la cerradura; a través del pequeño orificio le llegó el inconfundible sonido de varias voces y el ruido que hacían al aproximarse apartando escombros.
Por fin, como en un eco lejano, escuchó que alguien le llamaba.
Espera cogió aire y gritó todo lo que pudo.
Gómez se tapó los oídos.
- ¡Estamos aquí!
Del exterior una voz fuerte llegó hasta sus oídos.
- Resistan –le pareció oír-; estamos llegando.
El profesor se volvió hacia el alumno.
- Bueno, chico; parece que los refuerzos se aproximan.
Gómez asintió, en silencio.
- ¿Has sentido miedo?
- Yo no; y usted.
- Yo sí; dicen que el miedo es humano.
- Bueno, tal vez yo no haya sentido miedo porque no haya llegado a comprender el alcance de la situación.
- Es probable.
- Maestro, ¿tiene usted miedo a la muerte?
- Sí.
La lacónica respuesta sorprendió al alumno.
Pero Espera ahondó enseguida en la cuestión:
- Bastante –prosiguió-; tanto a la muerte que me pudiera sobrevenir ahora, por causas accidentales, como a la que me pueda llegar por ley de vida. No me imagino en absoluto con ochenta y pico de años, sin otra cosa que hacer que esperar el viaje final y eterno. Me da auténtico pánico.
- Entiendo.
- Tu eres demasiado joven para pensar en esas cosas.
- Ya sé.
- Cuando yo tenía tu edad... no pensaba en la muerte; tan solo en la vida que tenía por delante. Con el paso de los años la percepción de las cosas se hace diferente.
- ¿De todas las cosas?
- De muchas cosas; cuando eres un muchacho apenas tienes responsabilidades. Tus padres cuidan de ti.
Gómez asintió.
- Luego, te haces mayor; la vida de un vuelco. Las cosas cambian; eres tú el que tiene que pasar a ocuparse de sus padres y cuidarles. Ves que una buena parte de tu vida ha pasado, más bien o más mal y empiezas a pensar en que un día la vida, tu vida, se acabará. Serán tus hijos, a los que has cuidado, los que cuiden de ti.
“En fin... la canción de la vida.
Oyeron un estrépito en el exterior y luego pasos precipitados y voces; alguien golpeó la puerta.
- ¡Espera! – reconocieron la voz del director-. ¿Estás ahí?
- Estoy aquí con uno de mis alumnos; Gómez Fernández. Los dos estamos bien; pero todas las salidas están obstruidas. Las ventanas están tapiadas y la puerta está atrancada por el árbol del patio.
- ¿Qué?
El director no podía dar crédito a lo que oía.
- El tornado lo arrancó de cuajo y entró por la ventana empotrándose aquí; será imposible abrir la puerta.
Se oyeron murmullos de voces y luego, finalmente, otra vez la voz del director.
- Está bien; los bomberos están aquí. Echaos hacia atrás; van a abrir un boquete en la pared para que salgáis.
- ¿Ha habido víctimas? – preguntó Espera a voz en grito antes de retirarse.
- No; nadie ha resultado herido. Los únicos desaparecidos erais vosotros.
Espera suspiró aliviado; tiró de Gómez hacia atrás.
Inmediatamente comenzó a oírse el zumbido de un rotaflex; estaban cortando la pared, a la derecha de la puerta.
- Maestro, gracias por su ayuda.
- De nada, chico...
Tenían que gritar ahora para poder oírse uno al otro.
- He tomado una decisión, ¿sabe?
Espera le miró, condescendiente.
- ¿Qué vas a hacer?
- Voy a quedarme; buscaré trabajo. Pero si no lo encuentro, y eso será lo más seguro, terminaré los estudios que pueda hasta donde pueda.
- ¿Estás seguro de que quieres hacer eso?
- Completamente.
- El hecho de que hayamos estado aquí atrapados y hayamos compartido esta conversación y de que hayas decidido seguir estudiando y de que hayamos intercambiado opiniones y vivencias personales no hará que cambie nada cuando la canción de la vida siga desgranando sus notas y nos veamos frente a frente en las aulas.
- ¡Oh! No se preocupe –Gómez sonrió-; cuento con ello, maestro.
El rotaflex, hábilmente manejado por un bombero, trazó un cuadrado en la pared en medio de una polvareda que volvió a llenar el aula de una espesa neblina. Luego se oyó un golpe seco y el trozo de pared cortado cayó hacia dentro, dejando un hueco lo suficientemente ancho para que pudieran salir.
Espera empujó a Gómez para que saliera antes que él; el muchacho cogió su mochila y, ayudado por un bombero, salió al exterior.
Luego lo hizo el profesor.
El director le abrazó y, tras asomarse al interior a observar el árbol y lanzar una sonora exclamación de sorpresa, emprendió el camino de regreso hacia la salida con el brazo echado por encima de ambos.
- No ha habido víctimas –comentaba-; pero el tornado ha cruzado por dos lugares: cerca de tu aula y cerca del final del pasillo que conduce hasta aquí. Nos ha costado un poco de trabajo abrirnos camino. ¡Menos mal que estáis bien!
- Ni un rasguño –dijo Espera; luego, mirando a Gómez de reojo, añadió-; la madre naturaleza ha formado esto para que te quedes.
- ¿Qué?
El director miró alternativamente a uno y otro sin comprender de qué hablaban.
- No te preocupes; cosas nuestras –sentenció el profesor.
Y Gómez sonrió, pensando en el futuro que se abría ante él.
Capítulo VII

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada