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El profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo VI) - Antonio Moreno Castellet

19 de abril de 2010


- ¿Cuántos hermanos tiene tu padre?
- Cinco.
- ¿Y tu madre?
- Siete.
- Ahí tienes el ejemplo; la pirámide de la población va envejeciendo. Tus abuelos tuvieron doce hijos. Doce hijos entre dos parejas; hoy, dos parejas a lo más que llegan es a cuatro, cinco o seis hijos. Tres como mucho por pareja.
- Quiere decir que España será pronto un país de viejos, ¿no?
- Lo será.
Gómez pensó que era un problema tremendamente endiablado.
- ¿Qué opina usted del Euro? –inquirió, cambiando de tema.
- No me hables del Euro, Gómez; no me hables del Euro.
Gómez se dio cuenta, y Espera también, de que éste le estaba tuteando.
- Mi madre dice que con el Euro las cosas han subido muchísimo.
- Y tiene razón; pero después de su implantación y hasta la crisis el país ha conocido un buen periodo de bonanza económica.
- Demasiado bueno, dice mi padre.
- Tampoco le falta razón; va explicado en esos papeles que te he dado. Y si te das cuenta, ahora que la locomotora económica se ha detenido, el paro ha subido y las ventas en todos los negocios se han desplomado, los precios no han bajado, ni bajarán, al nivel en el que estábamos antes del euro.
- Soy demasiado joven para absorber todo el tema de la economía. Solo quiero tener una idea.
- Está bien; ahí la llevas.
Espera se giró en su silla y fijó la vista en la rendija de la ventana que había quedado al descubierto; la luz que entraba por allí era difusa. El cielo debía estar cubierto y no había sol.
Permaneció así durante más de quince minutos.
Gómez no quiso interrumpir sus pensamientos.
O lo que quiera que fuese que estaba haciendo el profesor.
Inesperadamente éste se volvió de nuevo hacia su alumno.
- Creo que deberíamos seguir charlando; el tiempo se hará más corto.
- Puede; pero yo no estoy preparado para esto. Nunca pensé quedarme atrapado junto a un profesor durante tanto tiempo.
-Sigue charlando; de lo primero que te venga a la mente.
- El otro día mi padre estaba indignado con la justicia.
- ¿Por qué?
- Dice que habían multado con un dineral a un hombre por cazar; y el hombre estaba cazando por necesidad.
- ¿Y?
- Pues que hay gente que ha cometido grandes desfalcos, incluso delitos de sangre y no les ocurre nada.
- Ya.
- ¿Usted también lo ve así?
- Gómez, no es que lo vea así; es que así. En ésta vida se cometen grandes injusticias. Y sería bueno que existiera un Dios que reparara esas cuestiones.
- Ya; pues yo desearía que esa reparación fuera aquí y ahora y no en un hipotético más allá.
- Yo también; pero créeme, hijo: si ese Dios existe, y piensa que es mejor así, sus razones tendrá.
- Veo que usted concede el beneficio de la duda a todo el mundo; hasta a Dios.
- Creo que es lo razonable; los radicalismos son funestos para todo y para todos.
Nuevo silencio forzado.
Un minuto.
Ningún ruido nuevo.
Ninguna evidencia de rescate.
- ¿Le gusta a usted el fútbol, maestro?
- Me gusta jugar al fútbol, pero no esa locura que se desata por parte de los hinchas. Además, hay una parte, como en todo, podrida en ese mundo. Siempre hay gamberros que aprovechan el tema para incordiar a los demás.
- ¿Y aún juega usted? –Gómez no se imaginaba al “estera” jugando al fútbol.
- No; ya no.
- ¿Por qué?
- Porque no quiero que éste me de un susto –se señaló el pecho a la altura del corazón-; hace algún tiempo que colgué las botas.
- ¿Y que deporte hace ahora?
- Me limito a dar paseos; sin prisa pero sin pausa.Es muy saludable.
- Ya.
- Tu, en cambio, deberías hacer más deporte; te noto pelín obeso. Y eso no es bueno.
- Es probable que siga su consejo, si salimos de aquí.
- ¿Tienes alguna duda sobre nuestra salida de aquí?
- ¡Oh! No me haga caso; sólo era por utilizar una grase grandilocuente; tipo cine.
- ¿Te gusta el cine?
- Bastante.
- ¿Qué tipo de películas?
- Acción, claro.
- Ya –Espera asintió-; lo mismo que a mí, cuando tenía tu edad. ¿Ves como yo también he sido joven?
- Pero, ¿qué es lo que no le gusta ahora, el cine o las películas de acción?
- Si; el cine sí. Pero no las películas de acción. Prefiero historias tranquilas que te puedan aportar alguna moraleja.
- Entiendo.
El silencio que siguió apenas duró unos segundos; del exterior pareció entrar un ruido.
- Ve a la puerta y golpéala por donde puedas, como si estuvieras llamando; no lo hagas muy fuerte.
Gómez se acercó a la puerta y golpeó con los nudillos.
Espera se acercó a la ventana por la que se filtraba un poco de luz, cogió un cascote del suelo y golpeó suavemente lo más cerca que pudo de la rendija.
- Quieto –dijo.
En el siguiente minuto no ocurrió nada.
- Déjalo; vuelve aquí. Tendremos que repetir esta acción más adelante. Especialmente si escuchamos algún sonido.
Y alumno y profesor volvieron a sentarse frente a frente, dispuestos a seguir hablando de la canción de la vida.

Capítulo VII

Capítulo V

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