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El Profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo III) - Antonio Moreno Castellet

7 de abril de 2010


- ¿Cree usted en Dios, maestro? –pregunto Gómez, dubitativo.
Miró con recelo al profesor y agregó:
- Como antes ha mencionado a un ser superior...
Espera sonrió, no por la pregunta en sí, sino porque siempre le había hecho gracia que le llamaran “maestro”; aunque fuese “maestro de escuela” que es lo que siempre había querido ser le sonaba como si fuese “el gran sabio” que con su maestría solventaba todos los problemas de sus seguidores. Y él no era nada de eso.
- No del todo.
- ¿Qué quiere decir?
-¡Oh! Te daré una respuesta de las que pululan por ahí; verás, creo que algo hay. Todo este tinglado ha tenido que salir de alguna parte. Pero no sé como llamarle; se han inventado demasiados nombres para Dios.
Gómez asintió, pensativo.
- No obstante –prosiguió el profesor-, como no quiero que te lleves una idea equivocada de mí, es decir, no quiero que pienses que no tengo personalidad definida en todas las áreas de mi vida, te diré que esa es una puerta que no he cerrado. Algún día me ocuparé del asunto y si encuentro a Dios, actuaré en consecuencia.
- O sea, que cogerá la religión acorde con sus principios.
- Más o menos.
Volvió a reinar el silencio durante unos minutos; Gómez lo volvió a romper.
- Mi padre siempre me decía que estudiase para maestro.
- ¿Por qué?
- ¿Está de broma? Tienen un buen sueldo, tres meses de vacaciones en verano. Semana Santa, Navidad, puentes, semana blanca, días de esto y de lo otro... ¿Cuánto trabaja un maestro?
El alumno cayó en la cuenta, de pronto, que quizás había ofendido al profesor, o, al menos, le habría molestado; pero la cara de Espera seguía reflejando la misma inexpresividad de antes del comentario.
- Sí –asintió-; ya he oído muchas veces esa cantinela.
Gómez movió la cabeza afirmativamente.
- ¿Y está de acuerdo? –se atrevió a preguntar, después de otro breve silencio.
- No del todo.
- Lo suponía.
- Verás, normalmente, la gente ve lo bueno de las cosas y no lo malo; solo se ven las ventajas, y los inconvenientes quedan solventados rápidamente. Estoy seguro de que tu padre habrá dicho más de una vez que todas esas ventajas vienen a cambio de ir al colegio y soltarles cuatro paparruchas a mis alumnos. ¿No es cierto?
Gómez asintió en silencio.
- Evidente; nadie sabe de lo que yo pasé hasta conseguir una plaza fija. Del estudio para las oposiciones, de la interinidad, de los traslados a una y otra provincia hasta conseguir una plaza fija.
A Gómez no le parecían suficientes razones para tan generoso dispendio vacacional; pero no dijo nada.
- Por no hablar –continuó Espera-, de venir a lidiar cada día con una patulea de alumnos que se creen los dueños del mundo y viven como si nada importara.
- Eso no es cierto; no se puede generalizar. Toda la juventud no es mala.
- Vaya, veo que estamos de acuerdo en algo; la juventud no es mala, en general. Es como todos los sectores de la sociedad. Hay buena gente y mala gente; y los malos son los menos. Pero la gente tiende a generalizar. Parte de la culpa la tiene este desarrollo social que tenemos.
- ¿A qué se refiere?
- La comodidad; ¿cómo vienes tu al colegio?
- En autobús escolar.
- ¿Y donde vives?
- En Plaza Sur.
Espera asintió, sonriendo.
- Cuando yo iba al colegio, lo tenía a mucha más distancia de la que lo tienes tú. Sin embargo, tenía que ir y venir andando; y dos veces por día. Hoy, ya ves; vienes en autobús; otros muchos alumnos en coche. Es por ponerte un ejemplo; estáis siendo criados en un mundo sin dificultades y las dificultades son parte de la formación del hombre.
-No acabo de estar de acuerdo con usted, pero...
Espera levantó la mano; le había parecido escuchar un grito.
No oyó nada; solo el silencio desde el exterior.
- Continua.
- Pero es probable que tenga razón; de todas formas, no vamos a crearnos las dificultades para formarnos mejor, ¿no?
- No se trata de eso; solo te estaba hablando de una de las causas de vuestra “rebeldía”. En todo caso, lo principal en la formación de una persona es el respeto hacia los demás. Para eso también hay que formar a las personas.
- Concienciarlas.
- Algo así.
- ¿Algo así?
- Sí, pero no solo concienciar; tienes saber que si faltas al respeto tendrás problemas. Y esa es la situación que hoy no se da. Todo el mundo hace lo que le da la gana porque no tiene problemas.
Espera volvió a mirar su móvil; si habitualmente no había cobertura en el centro, mucho menos ahora.
Sin embargo, le extrañaba y le preocupaba no haber oído ninguna sirena.
No quiso transmitir su preocupación al joven alumno y siguió hablando.
- ¿Crees que serías un buen maestro?
- No lo sé; solo sé que me gustaría serlo. ¿Sabe? A mi también me gusta enseñar cosas a los demás. Pero creo que no soy muy buen estudiante.
- Tendrás tus limitaciones, pero, si te lo propones puedes conseguirlo; créeme, hay gente más torpe que tu que son colegas míos.
Ahora sí, Espera escuchó a lo lejos el sonido de una sirena y luego otra.
Era probable que hubiesen tardado en descubrir que el tornado había afectado al Centro, ya que quizás no quedase nadie en él. De todas formas le preocupaba el conserje, que si debería haber estado. La mayoría de sus compañeros quizás se hubieran marchado ya, pero tampoco estaba seguro de que se hubieran ido todos.
- Tardarán un buen rato aún –dijo-; no estamos cerca de la entrada.
- Maestro...
- ¿Si?
- Siempre me ha parecido usted un tipo raro.
- ¿Por qué?
- No sé; al principio creí que era uno de esos que durante la dictadura pegaba tortas a los alumnos. Pero no acabo de encajarlo en ese perfil.
Espera rió a carcajadas; luego se puso serio.
- Me sorprendes; utilizas expresiones que no son propias de un mal estudiante, ni de un repetidor.
- Ya.
- Respecto a las tortas, fui yo quien las recibió; nunca he pegado a nadie.

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo IV

Capítulo V

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