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El Profesor, el alumno y la canción de la vida (Capítulo I) - Antonio Moreno Castellet

31 de marzo de 2010


La estridente sirena puso fin a una agobiante semana de exámenes y a una clase más del profesor Espera (apodado “estera” desde tiempo inmemorial); sus alumnos, sin embargo, no se movieron hasta que él levantó la vista y musitó, con voz cansina:
- La clase ha terminado; podéis marcharos.
Entonces los alumnos fueron recogiendo con celeridad sus bártulos y abandonando la clase antes de que al profesor se le ocurriera algún examen sorpresa para el lunes que les amargara el fin de semana o cualquier otra insidiosa tarea escolar.
Siempre era así en las clases de Espera.
El aula quedó vacía rápidamente; Espera siguió corrigiendo exámenes. Transcurrió un minuto antes de que se diera cuenta de que había alguien que no se había marchado. Levantó la vista y miró por encima de sus gruesas gafas, sorprendido.
- ¿Qué hace usted, Gómez? ¿Horas extras?
Trataba de “usted” a sus alumnos, igual que ellos le trataban a él; desde el primer día de clase había dejado claras las normas por las que se regiría, había marcado las distancias y no había consentido que nadie traspasara las barreras, imponiendo un principio de autoridad que los alumnos detestaban.
El resultado había sido medianamente aceptable, no exento de incidentes, desde luego, pero no había llegado al punto de tener problemas graves, lo cual era un logro, tal y como estaban las cosas en la educación.
Gómez había sido repetidor y, después de dos años en cuarto de la ESO, daba sus primeros pasos en bachillerato; nunca había sido un alumno ejemplar, sino incordiarte, más bien, aunque, en los últimos tiempos algo parecía haber cambiado en la actitud del muchacho.
Con la mochila a cuestas se acercó a la mesa ocupada por Estera, que continuaba con un rotulador rojo escrutando las respuestas de sus pupilos.
- Voy a dejar el Instituto –dijo, deteniéndose frente al profesor.
Espera volvió a levantar la cabeza.
- No sé por que será que no me sorprende –volvió a bajar la vista y añadió-; ¿por qué me lo dices a mi? Habla con tu tutor para que arregles los papeles.
- ¿Qué papeles?
- Siempre hay que arreglar papeles para todo en ésta sociedad burocrática, muchacho.
- Bueno.
Gómez caminó hacia la puerta; antes de que pudiera cruzarla el profesor le llamó.
- ¿Vas a trabajar?
Gómez se volvió y miró al profesor distraídamente.
- Usted sabe que no hay trabajo, con esto de la crisis.
Espera asintió, dejó el examen que había corregido y comenzó a guardar sus cosas en la gruesa cartera que siempre le acompañaba.
- Exacto –asintió-; creo que has elegido el peor momento para irte. Tus notas no son para enmarcarlas, pero has conseguido llegar hasta aquí. Es más, has venido a Bachillerato; yo creí que te largarías al acabar ESO. Mentira, creí que te largarías cuando cumplieras los dieciséis. Cuando esto no fuera obligatorio.
- ¿Le importa mucho a usted? Al fin y al cabo, ha dicho antes que no le sorprende mi marcha.
- En efecto, no me sorprende –terminó de guardar sus cosas y enlazó sus manos sobre la mesa-; pero quizás porque había abrigado falsas esperanzas contigo.
- ¿Cree usted que hay esperanzas para mí? ¿Cree que puedo sacar una carrera?
- A pesar de lo que has incordiado en los primeros cursos de Instituto, sí.
- Y luego, ¿qué? ¿A engrosar las listas del paro? No quiero pasarme mi vida estudiando para eso; prefiero intentar buscar una oportunidad en la calle. Al menos sé leer y escribir.
- Bueno, desde ese punto de vista, tampoco te falta razón –concedió Espera-; pero hay que mirar todas la posibilidades.
- Cualquiera diría que está usted interesado en que me quede.
- ¿No estás acaso esperando que alguien te diga “quédate”? ¿No es por eso que has venido a decírmelo a mí?
Gómez suspiró y asintió; tenía razón. En la lucha que había llevado en su interior desde hacía unos días sobre si se quedaba o se iba no estaba nada claro quien iba venciendo.
- Entonces, usted, ¿qué opina? –desanduvo los pasos que había dado hacia la puerta y se acercó otra vez a la mesa.
- Opino que deberías quedarte.
- ¿Por qué?
- Sólo te voy a dar dos razones: una, no tienes a donde ir. Dos, puedes buscar trabajo aparte de estudiar. Es perfectamente compatible.
Gómez movió la cabeza; no parecía convencido.
- ¿Usted hizo eso?
- Ya lo creo; sólo que yo tuve suerte. Trabajé en la tienda de un tío mío durante mucho tiempo; con eso me pagué los estudios. Durante mucho tiempo no tuve vida, pero eso sería muy difícil para un joven en la sociedad de hoy. Muy difícil, pero no imposible.
- No creo que pueda encontrar trabajo.
- Yo creo que sí, que podrías; hay trabajos basura.
- ¿Trabajos basura? Yo había oído hablar de los contratos basura...
- Pero, ¿en qué mundo vives, chico? Ahora, con la crisis, hay algunos trabajos que no pueden ser aceptados por gente con responsabilidades familiares, porque no les resuelve el problema de la vida. Sin embargo, para alguien como tú son perfectos: empiezas a trabajar, empiezas a cotizar, ganas algún dinerillo y sigues estudiando.
- De todas formas, no creo que pueda sacar el curso; me doy cuenta de que es muy difícil. ¡Todas esas asignaturas que no sirven para nada...!
- La cultura es uno de los pilares fundamentales de la sociedad y la persona.
- No me haga reír –Gómez extendió los brazos y los dejó caer sobre ambas partes del cuerpo, en un gesto de desesperación-. Usted sabe que el noventa por ciento de lo que estudiamos en el colegio no sirve para nada.
- Sí, tienes razón; hay muchas cosas superfluas. Pero ese es el status de la cultura en la que estamos; aprendes un poco de todo, porque de todo te hará falta en la vida.
- Yo no creo que...
Las palabras de Gómez fueron interrumpidas por un súbito estruendo; él y Espera giraron la vista hacia la ventana y vieron acercarse algo que les dejó helados. El árbol centenario que había en el jardín del Instituto volaba hacia la clase girando con fuerza en medio de otro montón de objetos.

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

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