
La luna estaba preciosa
en aquel otoñal atardecer,
y la noche iba apagando el día
cuando el cielo de rojo se teñía.
Eran fiestas en la aldea
dónde vivía la bella Lucía,
bella entre las bellas,
de las más bellas, la bella.
Lucia no era de nadie
y nadie era de Lucía,
todos querían su amor robar
pero sus muros no podían derribar.
Lucía respiraba aire limpio,
era un vergel sin explotar
un oasis sin secar,
cantaba bailaba y reía
claveles rosas y alegría.
En las tabernas del boulevard
con sus canciones de amor
los corazones alegraba,
de los que con vino dulce y ron
sus penas con la bella olvidaban.
Como era noche de fiesta
la verbena ya estaba dispuesta
y allí se acercaron cuando Lucía,
fijó sobre un brujo su mirada
que en una barraca de feria paraba.
Se acercó, hablaron y bailaron
toda la noche así la pasaron,
el brujo entre bailes la fue subyugando
y con su intensa mirada hechizando.
Por la alameda junto al río se la llevó,
por un sendero de hojarasca que el otoño tendió,
junto a un álamo con un cálido beso la hechizó
y allí Lucia temblando, entera se le entregó.
Cuenta la leyenda que hasta la luna se enceló
por el amor de un Brujo que a Lucía cautivó.

























