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Presentación - Los comparsistas se la dan de artistas

29 de enero de 2009



Yo, los carnavales
los aprendí en la calle.
Yo, los carnavales
los aprendí en la calle.
Bufones de barrios bajos,
y de costumbres obreras
que suben siempre a su casa
cantando por la escalera
raboneros en la escuela
sin futuro de estudiante
gente de pocas maneras
y sin familia importante
Se echan de novia
a la primera que se les arrima,
presumen sin tener nada
que pueda estar por encima
pobres payasos baratos que
por un par de botellas
creen que nos mira la luna
y que los ven las estrellas
y creen también que el carnaval
que aquí hay los llevará al paraíso
ignorando que ya por desgracia allí
entra quien aprenda a mentir
aunque no tenga permiso
Yo, pueden decir lo que me digan
pero esta es mi presentación
gaditano vacilón que se la da de artista.
El de los barrios bajo coste
las costumbres tienen nombre
estudiante rabonero
con apellido de obrero
y comparsista
Que besa a su novia primera
igual que si a la luna fuera
y sin capricho ni perdón
cantar hasta que el corazón
le resista.
Yo, los carnavales
los aprendí en la calle.
Yo, los carnavales
los aprendí en la calle.

Entrevista - Fina García Marruz

28 de enero de 2009


Entrevista con la poetisa cubana Fina García Marruz
"Me comunico mejor con el silencio"



Es tan proverbial su timidez que rara vez ha dado una entrevista. Cuando aparece en un diálogo para la prensa es porque ha sido testigo de alguno en el que el protagonista ha sido su esposo, Cintio Vitier, “el Presidente de la República de las Letras cubanas”, como lo ha llamado Roberto Fernández Retamar.

Su sigilosa presencia pública no la hace menos conocida. Fina García Marruz es autora de una obra en la que se reconocen algunos “de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española desde que se asomó el milnovecientos”, diría otro grande de su espléndida generación vinculada a la Revista Orígenes, Eliseo Diego.

Madre de dos músicos geniales, Sergio y José María Vitier, a la poesía y a la ensayística de Fina no le ha faltado el reconocimiento internacional ni la lectura apasionada de sus contemporáneos. Difícilmente quien ame nuestra literatura desconozca, por ejemplo, los versos de Visitaciones y los de Créditos de Charlot, o sus juicios martianos, publicados en coautoría o no con Cintio, que los convierte a los dos en genuinos descubridores de nuestro Héroe Nacional. “Apóstoles del Apóstol”, diría, otra vez, Retamar. A sus premios ahora se suma el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, que recibirá en junio, en Chile, de manos de la Presidenta Michelle Bachelet.

Blindada con este pretexto para intentar la entrevista tantas veces deseada, llegué la misma tarde del anuncio del Premio al apartamentito del Vedado que comparten los esposos Vitier-García Marruz. No hay paz en los teléfonos y todavía Fina no sale de la sorpresa, mientras Cintio se balancea en su sillón, feliz como un niño.

El diálogo se prolongó por dos horas y aunque muchas preguntas quedaron en mi agenda, dejé que la entrevista siguiera su propio rumbo, bordeando a veces ámbitos de intimidad, fascinada no solo por lo que decía, sino por cómo lo decía. Fina recuerda de memoria, sin esfuerzo, versos de Neruda, de Gabriela Mistral, de Vallejo, de Lezama, e imita las voces conocidas. Cuando habla de música, tararea las notas. Es imposible apresar tanto talento solo con palabras. Podrían, si acaso, asomarnos a la otra orilla de la timidez de esta mujer que en abril cumplirá 84 años y que sigue entrando con el alma tremolante, como una lengua de fuego, en toda empresa: un libro, una carta, una conversación, un verso.

NERUDA

Fina, se impone hablar de Neruda…

Fina García Marruz: Es un gran poeta, eso no cabe la menor duda. Como todos los jóvenes de mi época, me sabía de memoria los 20 poemas de amor y una canción desesperada. Es un clásico del romanticismo americano, que no era de escuela, sino de esencias. Venía del romaticismo libertario. También leí con gusto Crepusculario y La tentativa de un hombre infinito, pero sobre todo Residencia en la tierra. Tanto Tala, de Gabriela Mistral, como Residencia… son libros focales de la poesía americana. Cuando a Cintio le dieron la Medalla de Honor por el Centenario de Pablo Neruda, terminó su discurso con los versos de Residencia… Cintio Vitier: Del poema “Entrada en la madera”, que cierra con ese verso relampagueante: “y ardamos, y callemos, y campanas.”

¿Han visitado Chile?

Fina García Marruz: Estuvimos en Santiago y en Valparaíso.

Cintio Vitier: Visitamos la casa de Neruda en Isla Negra, que más que una casa es un castillo.

Fina García Marruz: Isla Negra es impresionante, con ese mar dando sobre aquellas soledades. No sé cómo se puede vivir contemporáneo con ese mar. La casa está llena de objetos marinos de toda especie y mascarones de proa bellísimos. Aquella casa parecía en sí misma los restos de algún naufragio.

Hablando alguna vez por usted y por él, Cintio dijo que “desde La Araucana, de Alonso de Ercilla, profunda es nuestra deuda con la cultura chilena”. ¿Ratifica esas palabras?

Fina García Marruz: Absolutamente. Leí esa obra en el bachillerato y allí descubrí el valor arauco que admiró a Ercilla, como también sorprendió al cubano Manuel de Zequeira, que hablaba de “esos indios que llevan penachos de plumas”, enfrentados a un ejército mucho mejor armado. Ese valor ha persistido en el pueblo chileno, que dio a un líder tan entrañable como Salvador Allende.

¿Usted conoció a Neruda personalmente?

Fina García Marruz: Solo lo vi una vez, y fue aquí, en La Habana, en marzo de 1942. Hizo una lectura preciosa de los sonetos de amor y muerte, de (Francisco de) Quevedo.

Cintio Vitier: En la Academia de Artes y Letras de Cuba, al amparo del Arco de Belén, centro mágico de La Habana Vieja. Dijo algunas palabras de presentación, pero su homenaje fundamental fue recitar, inolvidablemente, los poemas de Quevedo.

Fina García Marruz: ¿Te acuerdas, Cintio? Recorría la sala de un extremo a otro, recitando de memoria. Recuerdo, como si lo estuviera oyendo: Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevaré el blanco día… Aspiraba la última sílaba, pero mucho más débilmente que Gabriela Mistral, sin esa voz declamatoria que adquirió después y hemos escuchado por la televisión, recitando el Canto General.

Perdóneme la pregunta obvia: ¿qué se siente con un premio que lleva el nombre de Pablo Neruda?

Fina García Marruz: Un honor, una sorpresa. Estoy muy agradecida, pero ante un premio, cualquiera que sea, uno piensa siempre en tantos escritores que lo merecían, y no lo recibieron. Martí, “el hombre más puro de nuestra raza” --como lo llamó Gabriela--, no tuvo sobre su pecho más que una medallita escolar que recibió a sus nueve años. Eso obliga a una gran humildad.

PROFECÍAS MARTIANAS

En el argumento del jurado se reconoce su “espiritualidad cristiana, abierta a las preocupaciones sociales del mundo.” ¿Qué es para usted lo más urgente hoy?

Fina García Marruz: Permíteme responder con dos profecías que hizo Martí para Nuestra América. La primera está en la frase, “Ya se probó el odio, ahora se prueba el amor”. Me extrañó siempre esa frase, porque da por sentado que el amor ya está instalado en el presente. Pero es que el tiempo de su prosa --como en los profetas-- es el del presente que será, porque, como tú sabes, el odio se probó y se sigue probando. No ha quedado atrás. Tengo la impresión de que él alude aquí a su discurso fundacional, que conocemos como “Con todos y para el bien de todos”, donde dice que habrá que poner alrededor de la estrella, la fórmula del amor triunfante --con todos y para el bien de todos. Ese amor triunfante no excluirá absolutamente a ningún país. Él habla de un presente un poco más lejano al tiempo que vivimos hoy en Nuestra América, donde vemos un indudable alborear. Él habla para ese momento en que todos puedan vivir pacíficamente. Tiempo que llega.

Sobre este sentido del presente en Martí, Cintio ha recordado esta anécdota, que me parece hermosísima. El padre de Martí, que era un militar escaso de luces, aunque con la “honradez en la médula” --decía Martí--, temía por su hijo desde niño, como Doña Leonor que le dijo “acuérdate de lo que desde niño te estoy diciendo, que quien se mete a redentor sale crucificado”. Cuando Martí publica La Patria Libre --como sabes, él tenía 16 años--, Mariano también trata de advertirle a su hijo los enormes riesgos que se corría en una cárcel a la que podían llevar hasta niños pequeños. Los dos temían por su vida. Años después, Mariano le increpa: “Pero tú eres solo de ‘presente”. Sin quererlo, fíjate qué clase de elogio.

¿Cuál es la segunda profecía?

Fina García Marruz: Tiene que ver con la gran esperanza en el progreso de la Ciencia que caracterizó al siglo XIX, que la ve solo como fuente del Progreso y de libertad absoluta. Pero Martí escribe: “Riesgo de la ciencia sin el espíritu”, que vio simbolizado en el personaje Wagner del Fausto, de Goethe, lo que estaba ya en el Génesis, en lo del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, situado en el Paraíso frente al Árbol de la Vida. Libertad no absoluta, sino con ese límite --señalado en el Libro de la Sabiduría salomónica--, que lo había puesto en los cuatro elementos para que no inundaran, arrasaran o hicieran arder la tierra. La idea no era nueva, y estaba ya en el libro de Job y en los griegos. Pero cuando Martí señala esto, el tema estaba muy lejos de ser preocupación para los ecólogos de su tiempo. Hoy es el tema central del nuestro.

Estas no parecen ser preocupaciones urgentes del imperio que domina hoy.

Fina García Marruz: La primera víctima del imperio fue Cristo, y sus seguidores, a los que con crueldad característica el imperio echó a los leones en lo que Martí llamó “los primeros cinco siglos puros” de la Iglesia --a los que acaso añadió uno, ya que fue en el siglo IV que el Emperador Constantino se proclamó cristiano sin serlo. Él puso a la Iglesia al servicio del imperio, y no al revés. El nada “católico” Rey Fernando --no así la Reina Isabel que sí se preocupó por los indios--, trajo a la América un Cristo “impío”, “inquisitorial”, y no al de los “brazos abiertos”, como diría Martí. Fue una gran traición al verdadero legado de Moisés, guía político y religioso de su pueblo, a quien, a su llegada a Caracas, Martí dedicara un gran discurso, desdichadamente perdido.

Dice Ernesto Sábato que si vamos a juzgar a la humanidad por lo que ha hecho hasta hoy, tendríamos que admitir que ella ha dado más pruebas de locura que de cordura. ¿Lo cree usted?

Fina García Marruz: No hay nada más parecido al Apocalipsis que los titulares de la prensa de hoy: inundaciones nunca vistas, terremotos, guerras, la miseria apoderada de medio planeta; los Cuatro Jinetes, en fin… Pero no te olvides de que el Apocalipsis termina bien. Cristo dijo: “cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca.” Reino que habría de empezar en la tierra, no extraña a ella, ya que enseñó el “Venga a nosotros tu Reino”. Ya en nuestra América empiezan a surgir fuerzas que están tratando de encontrar una solución a la ambición imperial, y aun en los propios EE. UU. --antes que se acabe el mundo. La catástrofe ecológica alcanzaría por igual a todos.

GABRIELA

Hablemos de Gabriela Mistral. ¿Cuándo la conoció?

Fina García Marruz: Ella vino en 1934, cuando yo solo tenía once años, pero cuando regresó a Cuba, en 1938, le llevé al entonces Hotel Vedado --donde residieron Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia por tres años-- mi ejemplar de Tala, como le llevaban otros. La Editorial Sur acababa de publicarle su libro Tala. Ella me lo dedicó bondadosamente.

Usted tenía entonces solo 15 años…

Fina García Marruz: Era una adolescente que hacía mis primeros versos y ella se comportaba como la generosa maestra que era para todos. Con sus letras anchas, abiertas, fluidas, que se tomaban casi entera la página, me escribió: “Para Fina García Marruz, compañera en el amor de nuestra madre la poesía. Gabriela Mistral.”

Cintio Vitier: ¡Qué linda dedicatoria!

Fina García Marruz: Esa tarde también estaban allí el poeta Emilio Ballagas, un grupo de damas del Lyceum de La Habana y otros poetas mayores que ya conocía. Tú no estabas, Cintio. Aunque Cintio y yo nos habíamos visto en la Hispano-Cubana de Cultura, en el 36, cuando Fernando Ortiz invitó a Juan Ramón y otros exiliados de la Guerra Civil española, mi hermana y yo los tratamos realmente --también a Eliseo-- en nuestra entrada en la Universidad, en 1940.

En aquella ocasión en que conocí a Gabriela, desde donde yo estaba sentada, en una sillita un poco retirada, no podía oírla del todo bien, pero sí lo suficiente para que me sorprendiera su voz lenta, aindiada…

Que algunos dijeron que era monótona…

Fina García Marruz: Yo no lo creo. Tenía, si acaso, la monotonía del paisaje andino. Yo tengo muy mala memoria visual, pero muy buena memoria auditiva. Y recuerdo cómo ella leía su propia poesía. Me parece que tengo todavía en el oído su peculiar cadencia, silabeada, con aquella ligera entonación hacia arriba: Tengo –la -di–cha fi–el/ y la di–cha per-di- da. Son muy frecuentes esos cambios acentuales en la poesía popular anónima española y en la latinoamericana, como cuando dice (Rubén) Darío: Francisca Sánchez, acompaña-mé, volviendo aguda la entonación llana. O (César) Vallejo: cuando habráse quebrado el propio hogar…

¿Qué fue lo que más le impresionó del primer encuentro con Gabriela?

Fina García Marruz: Su físico. Era una mujer que parecía una montaña, no solo por lo grande y recia, sino por esa sensación que daba de pureza elemental. Tenía la risa niña, una risa que me recordaba lo blanco de la sal, o cuando rompe el agua entre peñascos oscuros.

Gabriela regresó en 1953 a La Habana, para asistir a la conmemoración del Centenario de Martí. ¿La vio entonces?

Fina García Marruz: Yo no asistí, desgraciadamente, a la conferencia que ella dio. Aunque mi nombre aparece en una larga lista de personas que colaboraron en esa celebración, no recibí invitación alguna, ni tuve nada que ver con esas fiestas que se celebraron. La fecha, por supuesto, no podía dejarse pasar, en una República que estuvo lejos de la que quiso Martí. En el primer ensayo que escribí, dedicado a él y publicado en 1952, me referí precisamente a la “tristeza del homenaje oficial”. Fue Fidel quien dio a la Generación del Centenario su verdadero sentido.

Cintio Vitier: Aunque estaba Batista en el poder, el Centenario había que celebrarlo y hubo aportes importantes, como el estudio de Fernando Ortiz y el de Anderson Imbert, quien prácticamente descubrió la novela de Martí Amistad funesta. Aún en medio de la política andando y ardiendo.

Fina García Marruz: Desde luego que los que fueron invitados a hablar hicieron bien en saltar por encima de la situación política del país y rendirle --a él solo-- una recordación y homenajes tan necesarios en aquel momento.

En esa época Gabriela colaboró con Orígenes.

Fina García Marruz: Cintio y yo la vimos en casa de Dulce María Loynaz, donde ella residía. Le pedimos una colaboración para la Revista y ella, con una gran sencillez, nos dijo: “espérense”, y fue un momento a su cuarto y regresó con varios manuscritos. Elegimos el poema que figura, en lugar principal, en el número que Orígenes dedicó al Centenario de Martí. Número, por cierto, en el que (José) Lezama publica sus comentadísimas palabras que avizoraban las “cúpulas de los nuevos actos nacientes”, que como ha dicho Cintio, en esa época nadie podía imaginar cuáles eran esos nuevos actos nacientes que se gestaban. Fue profético.

Cintio Vitier: Ella vino con una bandeja cubierta con un montón de poemas y dijo: “escojan el que quieran”.

Fina García Marruz: Otra vez más la vimos, creo que en el Ateneo, donde Dulce María leyó los versos de Gabriela. No recuerdo si fue en esa ocasión, o en otra posterior, que pude oírle a ella misma leer fragmentos de su bellísimo poema inédito dedicado a la geografía de Chile. ¿Qué pasó con este poema que nunca se ha publicado completo? ¿Qué pasó con las notas que dejó para una biografía de Martí, que ni siquiera la entrega del Nobel hizo posible que se rescatara? Son preguntas que nos hemos estado haciendo todos estos años.

¿Por qué este homenaje tan sentido a Gabriela en el momento en que usted recibe el Premio Pablo Neruda?

Fina García Marruz: Por causas obvias, estuvimos muy cerca de la poesía de Gabriela. Y de algún modo ella es Chile para nosotros.

Cintio Vitier: Es que a ella también le debemos el mejor ensayo que se ha hecho a los Versos sencillos, de Martí.

Fina García Marruz: Y también, Cintio, su texto “La lengua de Martí”. Son dos clásicos de la estimativa martiana. En el ensayo que hace tiempo estoy preparando sobre Gabriela, me detengo bastante en su lenguaje. No se trata de lo que Juan Ramón llamaba “acento”, que tiene que ver más con la escritura. En ella se aprecia más el “tono”, que en el lenguaje americano se expresa como “deje”, que es lo que quedó de la Conquista en la lengua indígena. Es decir, el traspaso al habla del signo escrito. Está en el “parla y parla” de la “tarde cocinera” de Vallejo y en la Gabriela de “El ruego” por su novio suicida, por el que reza a Dios familiarmente “parlándote un crepúsculo entero”. Gabriela tomó muchas de sus palabras del vocabulario hogareño. Ella dice, cuando llevan a la tierra “humilde y soleada” al que perdió para siempre, “luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas”, con el gesto del que esparce canela sobre una masa de sabor insípido. Ella es, a mi juicio, nuestra Teresa americana, recia como la de Ávila. Es extraordinaria como poeta.

SER POETISA NO ES UNA DEBILIDAD

¿Poeta o poetisa?

Fina García Marruz: Hay algunas escritoras a las que no les gusta la palabra “poetisa”, porque piensan que es más débil que poeta, que afortunadamente termina en “a”. Yo creo que son dos cosas completamente distintas. La poetisa deja el idioma tal como estaba. A la que se pudiera llamar “poeta” es a alguien que crea un idioma y Gabriela creó uno. No porque “invente” vocablos, sino porque toma mayor conciencia del instrumento de su trabajo, que es el lenguaje, que ¿quién no sabe --como decía Martí-- que “es el jinete y no el caballo del pensamiento?” Es esta la diferencia entre Desolación y Tala. Sor Juana Inés de la Cruz, por la que siento una admiración enorme, con toda la riqueza personal de su sensibilidad y estilo, es una poetisa porque su lenguaje no se parece al del uso diario, es más confesional que consciente de su capacidad creadora. Es una poetisa, lo cual no es una debilidad. Sor Juana no es débil en lo absoluto. Un poema es un poema, no tiene adjetivos: tan grande es un poema suyo, como de Gabriela. Lo que quiero distinguir es que como indica la palabra poiesis, la poesía como creación, es algo muy diferente. James Joyce es un creador de idioma, lo que no son otros excelentes novelistas. Eliseo Diego decía, con toda razón, que había que poner a Gabriela más que en la Historia de la Literatura, en la Historia de la Lengua.

¿Usted se siente poeta o poetisa?

Fina García Marruz: Soy más bien una poetisa, si nos atenemos a este análisis.

LA MÚSICA

Una vez le pregunté a Cintio cuál era su mayor orgullo, y me dijo, sin pensarlo: “mis hijos músicos.”
Doy por descontado que la madre de las criaturas va a decir lo mismo, pero me gustaría que explicara por qué.

Fina García Marruz: Tengo que decir lo mismo.

Cintio Vitier: Me estás plagiando… (ríe)

Fina García Marruz: Sí, tengo que plagiarte. Tú sabes que nosotros somos de un pájaro las dos alas. Lo que él siente, es exactamente lo que siento yo.

Cintio Vitier: En mi caso hay una razón: yo quise ser músico y no lo fui, y mis hijos lo han cumplido.

Fina García Marruz: La música quizá fue en nosotros la primera poesía. Mi madre y mis hermanos, mi casa toda --como ha contado Cintio-- era “musical”. Estaban todos los géneros representados: Cintio, violinista; mamá (Josefina Badía) lo acompañaba al piano con un amplio repertorio clásico; mi hermano, Felipe Dulzaides, fue uno de los que introdujeron en Cuba el jazz latino; mi otro hermano Sergio, que era médico, tenía una voz preciosa.

Con 15 años, mi madre fue Premio del Conservatorio Orbón, de La Habana, en un certamen al que llegaban muchachas de toda la Isla que habían estudiado con maestros particulares. Era tan niña cuando empezó que el maestro tenía que cargarla, pues no llegaba a los pedales. Decía que en Cárdenas no había otra que hacer que tocar el piano, año tras año, y se los enseñaba sin llamarlos primero ni octavo. Así cuando llegó al último año, fue examinarse la guajirita de Cárdenas con trencitas y vestidita de blanco, al Conservatorio de Benjamín Orbón --el padre de Julián, que como se sabe perteneció a Orígenes--, las habaneras le preguntaban: “¿Y tú no estás nerviosa? ¿Tú sabes qué va de Chopin?”. Y ella: “¿Yo? No. Mi maestro me lo hizo aprender todo.” Y ganó el Premio, que era ofrecer un concierto por la noche con Don Benjamín, en la fiesta de graduación. Mi hermana Bella conserva el suelto del periódico con el comentario que él hizo de nuestra madre: “Puede llegar a ser una concertista.”

Esa fue su formación, al igual que Cintio, que estudió por años y años el violín. De hecho, me ha dicho, que él tenía más ambiciones como músico, que como escritor.

Cintio Vitier: Pero ahí está, difunto, mi violín (se ríe).

Fina García Marruz: Un violín, que creo que es alemán, con una sonoridad muy buena. A mamá le gustaba tocar con “su yerno violinista”. ¿Te acuerdas?

Cintio Vitier: Ella tocaba perfectamente a primera vista.

¿Estudió usted algún instrumento?

Fina García Marruz: No, por razones largas de explicar. Pero lo que más amo sobre la tierra, después de la luz, es la música, igual que Cintio. Para mí es más fuerte, casi, que la poesía. La música es mi madre, mis hermanos, mis hijos, mi familia.

¿Y su padre?

Fina García Marruz: Era médico y mi hermano no se dedicó a la música porque mi padre le inculcó su pasión por la Medicina y por los libros. Y como a él no lo conocían como el Doctor García, sino como el Doctor Marruz, y dijo siempre: “Yo quiero que mi hijo sea partero como yo”, y fue al juzgado a cambiarle su apellido por “García-Marruz”, cuando el niño llevaba poco de nacido. Pero mamá le dio el amor por la música. Y él no solo se sabía las óperas que todos se saben, sino otras, raras. A casa iba el barítono Hugo Marcos, a quien le gustaba conversar y hasta algo cantar con mi hermano, que tenía una voz linda… No tenía tanta extensión, como un timbre muy bonito. De modo que mi hermano Sergio aportó el gusto por la música italiana; Felipe, la música norteamericana con sus “blues”, la comedia musical de los años 30, y mamá, el repertorio clásico, las danzas cubanas, la zarzuela española y Manuel de Falla, de quien nos enseñó las Siete canciones. Hasta Cintio cantaba en el coro de la casa…

Cintio Vitier: Sí, y hasta Eliseo, que en el coro de las sobrillas baritoneaba: “¡Yo soy un caballero español!”

Fina García Marruz: Y a eso se sumaría que Alfredo Hernández, el esposo de mamá --ella se casó tres veces-- era uno de los mejores trompetistas de Cuba, al extremo de que cuando fueron a filmar El Manicero, en Hollywood, lo mandaron a buscar a él, aunque su preferencia era la música de Cámara y un cuarteto de Mozart, cuyo nombre, Divertimentos, inspiró a Eliseo el título de su libro. Alfredo nació en Remedios. Sus hermanos eran todos músicos y tocaban de oído los instrumentos. Mamá tocaba de Cuba más bien las danzas de Saumell y Cervantes, y la canción romántica o trovadoresca. Cuando ellos venían a La Habana conocimos entonces lo que nos faltaba en casa: el danzón y el son.

Cintio Vitier: Ellos eran de Remedios, como Alejandro García Caturla…

Fina García Marruz: …donde casi todos fueron discípulos de un cura que enseñaba el solfeo que llaman rezado, que es el más difícil. Podían cantar una partitura viendo solo las notas. Esta es una de las razones que me alejó algo del aprendizaje de la música. Tenía buen oído y en el primer año completo de solfeo podía repetir de memoria las distancias entre las notas, pero no cantar sin ellas el solfeo mudo. Además mi hermana y yo tuvimos un maestro que no nos gustaba nada como tocaba.

¿Se distanció de la música?

Fina García Marruz: Por esa dificultad y porque yo me abstraigo. A mí me cuesta mucho trabajo atender dos cosas a la vez y para tocar ese instrumento se requiere independencia de las manos, leer a la vez la clave de sol y la de fa.

Eso no lo hace ni el violinista, ni el saxofonista. Solo el pianista. Y mamá nos enseñaba mucha música, pero a ella no le gustaba dar clases, sino repertorio. Además de todo eso, tuve desde niña gran afición a la lectura. Me era más apasionante que jugar, y eso también me alejó del aprendizaje de la música

Cintio Vitier: Fina, el orgullo por nuestra familia “musical” se extiende también al amigo genial que los dos tuvimos.

Fina García Marruz: Sí, nuestro entrañable Julián Orbón, que como dice Cintio “es el único genio que había conocido”.

Cintio Vitier: No solo como músico, sino como persona.

Fina García Marruz: Lezama mortificaba a veces a Julián y decía: “Cintio siempre dice que es músico, pero nadie le ha oído tocar nunca el violín.”

Cintio Vitier: Es verdad que no toqué nunca delante de él ni tampoco delante de Julián, por lo que este me dijo: “Cintio, trae el violín un día…”

Fina García Marruz: Una noche fuimos al “Palacio Orbón”, como llamaba Lezama, con sus hipérboles, a la casa de Julián medio deshabitada. Cintio tenía una característica: nunca tocaba el violín, pero cuando lo sacaba no lo soltaba. Recuerdo repasaron sus dos sonatas preferidas: la “Primavera” y la “Kreutzer”, de Beethoven, y con mamá, además, la de César Franck, que nos entusiasmaba.

Cintio Vitier: Julián me hizo el honor de darme, para que yo lo tocara, el único cuarteto que él escribió, cubanísimo…

Fina García Marruz: Después de aquella experiencia Julián le dijo a Lezama: “Cintio domina el violín... Puede tocar como primer violín en la Sinfónica…”

Cintio Vitier: La música para nosotros es un alimento.

Fina García Marruz: A veces siento una pequeña depresión y cuando busco el porqué me doy cuenta de que hace algún tiempo que no escucho música. Siento entonces cuánto la necesitaba.

EL SILENCIO

Hablemos de su poesía, que ha recibido las mejores críticas que podría esperar un autor.

Fina García Marruz: He tenido suerte, porque nunca necesité llevarle a nadie mis poemas. Tenía en la casa a Cintio y a Eliseo, y como amigo a José Lezama Lima.

Si me deja elegir una frase de los críticos que han escrito sobre su poesía, quisiera recordarle las palabras de Cintio, en la antología Diez poetas cubanos (1948): “Fina hace de sus poemas verdaderos movimientos del alma.”

Fina García Marruz: El elogio viene de muy cerca.

A la opinión de Cintio podríamos añadir la de María Zambrano: “Ella escribe sin romper el silencio…”

Cintio Vitier: Eso aparece en un artículo de María, bellísimo: “La Cuba secreta”.

Fina García Marruz: Sin embargo, críticos muy apreciados en su país no entendieron el lenguaje nuevo de los extraordinarios Sonetos de la muerte, de Gabriela, que la darían a conocer en el mundo de las letras.

Sé que Gabriela le escribió una dedicatoria muy especial, que usted comenta en un poema.

Fina García Marruz: A las jóvenes que iban a verla, ella les dedicaba siempre estímulos, en tarjetones en que su amplia letra ocupaba casi toda la página. En el que me dedicó, lo que me impresionó fue solo esto: “Escriba solo por urgencia del alma.” Es lo que recuerdo en el poema que le habría de dedicar, tanto tiempo después.

A Juan Ramón Jiménez --que había pedido que los jóvenes le llevaran sus versos-- sí le mostré algunos poemas, cosa que me avergüenza. Cuando se los entregué, yo no había leído nada de él todavía. Cintio sí lo había leído un año entero antes de que llegase y por tanto, tuvo la posibilidad de un aprendizaje directo de su obra. Pero yo solo había leído poesía en los libros del colegio y en textos de poca calidad. Aunque conocía a Bécquer --tengo todas sus Rimas copiadas por mamá--, según costumbre de los jóvenes de la época, yo no sabía qué era realmente la poesía. Y se puede leer la poesía buena como si fuera mala y no descubrir qué es lo esencial en un poema. Lo “herédico” --como decía Martí--. Yo no sabía qué era lo becqueriano. No hay que aprender el griego, decía él, sino saber qué es lo griego.

En Hablar de poesía usted niega que exista una “poética”.

Fina García Marruz: Digo que no se debiera tener "una" poética. En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles. Juan Ramón nos enseñó a buscar: no una poética en general, sino la característica principal de cada poética.

Cintio Vitier: Lezama decía: “Juan Ramón no nos enseñó su poesía, sino la poesía.”

Fina García Marruz: Exactamente eso fue lo que nos enseñó.

Fina, ¿qué le falta por escribir?

Fina García Marruz: Desearía terminar algunos trabajos que tengo inconclusos, por ejemplo, uno acerca de José Asunción Silva, poeta que me interesa mucho. También, el de Gabriela… Cintio y yo tenemos dos tomos aún inéditos de Temas Martianos y yo otro sobre las ideas educacionales de Martí. Cintio llama la “Cueva de Montesinos” al lugar en que guardo mis trabajos.

Nunca me apuré por publicar. En el tiempito que nos queda, me gustaría tener alguna paz para terminar al menos algo que no he dicho ni en la poesía, ni en el ensayo, que tienen que ver con las relaciones de Religión y Revolución, pero que forma parte de la contribución que me pidiera el Padre Jesús Espeja para su coloquio sobre ateos y creyentes, que se dio en el aula “Bartolomé de las Casas”, de San Juan de Letrán, bajo el título El rumor del alma cubana, y que no pude terminar de leer por el apagón más grande que ha conocido el Vedado.

¿Sigue escribiendo poesía?

Fina García Marruz: Muy poca, aunque no he dejado de escribirla del todo, pero no la busco: la espero cuando viene, aunque es bien huidiza.

¿A qué se debe esa resistencia suya, desde muy jovencita, a publicar sus obras?

Fina García Marruz: Siempre me costó mucho trabajo decidirme. Si te fijas, suelen pasar años desde que he terminado un libro a la fecha en que se publica. Pero ahora “antes de morirme quiero” decir algunas cosas. Solo algunas. Veremos si el tiempo me lo permite.

¿Por qué le cuesta tanto trabajo dar entrevistas y hablar de sí misma?

Fina García Marruz: Me siento en esos casos como una violinista a la que le piden un concierto de flauta. Yo me comunico mejor con el silencio, sin el que no se podrían dar la poesía, la música, ni el encuentro con uno mismo.


Fuente: Rebelion.com

Pasodoble - Las muchachas del congelao

27 de enero de 2009



Erase una vez
piensa y parate
a ver si este cuento lo adivinas
que cuento será
que le contará
un padre a su niño en Palestina
duermete niño que estan tirando cohetes y fuegos artificales
y no te asustes si es que estallán los petardos
y revientan los cristales
por las nubes vuelan angelitos
que están tirando desde el cielo regalitos
y juegan a derribar un colegio y un hospital
igual que los tres cerditos.
Ven, échate a dormir
y cierrame los ojitos porque el lobo a venir
y no hay nada que hacer
que si llaman a la puerta jugaremos al esconder
a dormir, y occidente que es así
retransmite nuestras muertes los telediarios
a dormir que el petróleo no está aquí
y mientras nosotros sólo perdemos la vida
la vergüenza pierden los de naciones unidas.

Bendita Soledad - Patricia R.A.


Bendita soledad
que estás siempre conmigo
protegiéndome en la oscuridad
y arropándome del frío.

Bendita soledad
que llegas en silencio
precedida por la tempestad
y dejando un sueño eterno.

Bendita soledad
que te come por dentro
asumiendo una tranquilidad
que te deja muerto.


Bendita soledad
que me alejas a un rincón
lleno de amargura
y que me rompe el corazón.

Bendita soledad
que llevo en secreto
disimulando la tristeza
y mi ansiado deseo.

Presentación - Los Condenaos

26 de enero de 2009



La Luna me está mirando
y acariciándome el pelo
y yo le he dicho que el Cielo
puede quedarse esperando.
La Luna me está sintiendo
bajo su octava costilla
y con su luz amarilla
la luna me está diciendo:
“Yo sé que te están condenando,
te están condenando, te están condenando.
Porqué las cosas, niño, que tu dices,
las dices cantando las dices cantando.
Y si cantando las digo
las oye la luna llena.
Y si por eso hay condena
yo no le temo al castigo.
La condena de los besos largos
en las plazas de las catedrales
adonde el vino sabe amargo
y amarga amores inmortales.
Y mortales condenas de encargo
de besos largos en nuestros portales.
Qué me condenen si es “pa” algo
y muera por los Carnavales.
Carnavales de los besos largos.
Carnavales, mortales condenas.
Carnavales, risas por encargo
Y por encargo, besos en nuestros portales...
La libertad está “pa” algo. La Libertad...
¡Los Carnavales!

Nostalgia - Isabel Cristina


Hoy, al salir de casa y cruzar el parque
bajo la lluvia, me acordé de ti.
Las bancas donde algún día
dijiste que me amabas, mientras el agua corría
por nuestros cuerpos
están vacías.
Ni los pájaros están allí.
El paraguas que me compraste,
aún me hace compañía
aunque sus pliegues se doblan
sobre si mismo, porque están rotos.
Tan rotos como mis ilusiones.
Aquellas que se entrelazaban con fantasías,
con los sueños y quimeras
que se quedaron varados
a la orillas del camino que tomó mi vida. Y tú no estas allí.
El aroma de las ramas y las rosas
se confunden con el aroma de mi soledad.
La penumbra que cubre los troncos de los árboles
se parece mas a la nostalgia
que envuelve mi existencia en este momento en que pensé en ti
y que hizo mas presente tu ausencia
que en el mismo instante q’ huiste de mi.
Las gotas de la lluvia cubren mi rostro
borrando las huellas de mis lágrimas
estas que inmerecidamente
hoy derramé por ti.

Pasodoble - Los trasnochadores

25 de enero de 2009



Voy a contar hasta veinte
y te esconde donde te dije
que luego yo te voy a buscar
ya verás que divertido el escondite
te aseguro que este juego te gustará.
Si escuchas un bombardeo tu no te asustes mi vida
ya sabes que en Palestina eso algo natural
porque Israel con nosotros es que le encanta jugar
no salgas hasta el fin del juego por Dios te lo ruego
sino perderás, a este juego perderás.
Si afuera escuchas gritos cierra los ojos
permanece conmigo y no tengas miedo
hasta que la diplomacia internacional
consiga ya un alto al fuego
que el juego se hace largo
y los palestinos llevamos escondidos ya tanto tiempo
y si ves que no regreso y el terror te lo permite
sal y corre cuanto puedas a buscar otro escondite
dieciocho, diecinueve, ya van las veinte,
ya voy a buscarte mi niño valiente
juega bien mi vida, juega bien y ojalá que tengas suerte.

Pasodoble - Las Estaciones

23 de enero de 2009



Quédate conmigo, tú que eres amigo,
tú que me conoces, tú que me eres fiel.
Quédate conmigo y bébete otra copa,
que quiero contarte que anoche lloré.

¿Qué es lo que hecho para que no quiera mirarme esta mujer?
¿Qué es lo que hecho "pa" que mis hijos no me hablen?
Tú sabes bien que yo jamás la traté mal,
que yo no fui un mal padre, me cachis en la mar.
Que poco a poco a mi me esta matando
y ya yo no puedo más.

¿Por qué es así esta mujer?
¿Por qué tiene que portarse así conmigo?
¿Por qué dice lo que le dice a mis hijos?
¿Por qué es así esta mujer?
Que le doy lo que me pide y Dios lo sabe,
solo quiero ver a mis niños algunas tardes.

¡Ayúdame!, amigo del alma que es lo que voy a hacer,
que con esta ropa llevo mas de un mes,
que como no cambie voy a perder el trabajo,
que ya estoy loco de atar,
que tanto castigo me tiene "revelao",
que antes de pegarle, me corto las manos.

Amigo, ¿dónde voy a denunciarlo?
que me han robado la vida,
a ver si esto no es un maltrato.

Abriendo páginas - Maria José Mures

22 de enero de 2009


Abriendo página

que no termina

abriendo espera

descargando…

nada descarga,

pero cargo

con el vacío.

Vi…

da tus palabras

son

muerte si no descargan.

Lejos de mi tierra - F. Sánchez

21 de enero de 2009


Que lejos te vas quedando
y que lejos mi olvido,
que lejos esta mi vida
sin contemplarte a mi lado,
susurrando mi nostalgia
suspirando mis recuerdos,
que pena corre en mi cuerpo
al ver la tierra que cubre tu lecho,
cuando muera quiero estar en ti dentro
porque fuera con mas dolor muero,
y si pudiera reencarnarme, en un pájaro quiero
para volver a mi tierra y cantar con los soleros

Morir naciendo - Alberto Hernández Güemes

20 de enero de 2009


ACTO PRIMERO

Su vida era el cambio, el ser feliz sin quererlo o sin merecerlo. La estabilidad su deseo, el riesgo una trampa. Sólo miraba hacia delante con una sonrisa demasiado falsa, demasiado cálida.

Los besos en la noche, las sábanas y los tequieros que eran su futuro, que eran su hasta siempre en forma de corridas y saliva. Existía un mañana pero igual al hoy y eso le alegraba, todo estaba en equilibrio.

ACTO II: ODIO

Estaba orgullosa, la casa suspiraba en silencio, los papeles y el bolígrafo también. Su marido era su esposo y de esta forma sus cenas eran más calientes, el pan más blando. No olía a cerveza, estaba tan sujeto que no podría escaparse; ambos lo sabían.

El brasero calentaba esperanzas, lo paraba, no quería nada. Miraba a su mujer, la quería y por ello moría, y se dejaba arrastrar porque sabía que la marea lo arrastraría a buen puerto, estaba convencido de que lo haría.

ACTO III: DESGRACIA

En la tele escuchó un poema de Gala, le atacó el corazón. En su cabeza se escuchaban antiguas melodías y se mezclaban pentagramas y vasos con tres hielos. ¿Dónde iba? Esa noche a la cama y la siguiente a la cama y a los besos y las sábanas...

Sus manos andaban vacías todo el día, sin tinta, sin folios blancos que lo atacaran. Necesitaba sufrir y mancharse la cara de notas. Entró en el servicio y sacó de un armario olvidado un chivato de marihuana y se hizo un porro. Las viejas notas seguían retumbando en sus sienes y la marihuana transportó su alma lejos de su tranquila casa.



ACTO IV: AMOR

El salón solo, la tele aún calentaba el aire de la pequeña habitación. El sillón azul, más azul que nunca, limpio, sin cenizas. Los papeles de la mesa eran felicitaciones de navidad y una postal de una catedral nevada.

En la esquina descansaba una guitarra sin cuerdas, sin alma. La vio y se acercó temblando. La suavidad de la madera congeló sus manos y sus mejillas. Imaginó sus cuerdas y tocó una triste melodía imaginaria.

Su mujer entró en la habitación.

  • Suelta eso. No pierdas en el tiempo.
  • Solo la miraba...
  • No te pierdas, sigue el camino, cierra tus ojos.
  • Lo sé, lo siento.

Dejó descansar su guitarra y las cuerdas imaginarias volaron y el frío de su cara y sus manos.

Se sentó en su sillón más azul que nunca, su mujer se acercó por detrás y le besó el cuello.

ACTO FINAL

Las sábanas se movieron y se despertó, unos brazos rodeaban su cintura, unas piernas sus piernas. Notaba el aliento cálido en su espalda acompañado de unos suaves besos que ponían sus pelos de punta.

Por la ventana apenas se colaban algunos tímidos rayos de aquella mañana de invierno. Todo en silencio, todo en paz, los dos se amaban.

Se dio la vuelta y sonrió.

Ya no estás conmigo - Tiquicia Vargas

19 de enero de 2009


He llegado hasta tu puerta, reuyendo del olvido,
ya no recibí más cartas, tampoco encontré más
tus besos sobre los míos, hoy desperté y ya no
estabas conmigo.

Con la conciencia en pleno desvarío y tus brazos
cerrados por el cansancio, tu puerta abierta se
ha mostrado, y ya no estabas conmigo.

Te exraño, seguí tus pasos y te extraño como un
niño sediento de cariño. El jardín se muestra triste,
ya no hay quién lo acaricie, como lo hacías tu cada
domingo.

Sobre la hierva descanza una piedra con tu nombre
inscrito, bajo ella tu duermes. La muerte te ha llevado
consigo.

18 de enero de 2009


Yo me expandiré tanto que para poder acariciarte
que se volverá átomos invisibles mi carne mortal
y cuando sientas, sin saber por qué, de pasión un
temblor
será porque te envuelve, aunque no lo
comprendas, este amor ideal.

Desde que vi tus ojos,
¿recuerdas cuando miré tus ojos la útlima vez?
no se han vuelto a cerrar desde ese instante los
ojos míos
-te veo en sueños-
pero me ruboriza acariciarte con la palabra
y no comprendo bien el porqué.

Sólo por eso, sólo por eso quiero morirme,
porque me ruboriza soñar contigo, y sé por qué:
porque soy hombre y tú mujer.

Recuerdos - Manuel Magallanes

17 de enero de 2009


Cuando experimentas la pérdida de la persona amada,de algún modo pierdes más cosas de ella de las que hubieras podido imaginar:Pierdes una amiga;una amante;una confidente.

Los recuerdos te van comiendo,despedazando la vida con sus mandíbulas masticadoras, engulliendo días,tragando semanas,devorando meses.Con el pasar del tiempo he descubierto que casi todo lo escrito sobre el amor es verdad.

Me sorprende constantemente su poder para alterar y definir nuestras vidas.Para unas personas,inexplicablemente el amor se desvanece.Para otras, simplemente se pierde.

Para mí todo se desintegró como papel mojado el día en que Carol falleció en aquel terrible accidente de coche.

Era imposible estar a su lado y no sentirse contagiado por el calor que emanaba cada frase suya, por el calor de su cuerpo, por el calor de su sonrisa.

Aún recuerdo el olor de su pelo recién lavado. Del perfume seco y sediento que desprendía su cuerpo. Sus labios eran cruelmente sensuales y sus mejillas podrían haber sido talladas por el escultor mas famoso del planeta.

Mi vida tenía que cambiar. Estaba harto de encontrarme en un país remoto, un país del que la gente no conoce su existencia, donde la única actividad posible es el recuerdo y el dolor.

Necesitaba recuperar una parte de mi alma, que aún seguía perdida. Primero vendí el piso. Era algo comprensible, y todos mis amigos y familia entendieron que era lo mejor que podía hacer. Me mudé a un apartamento pequeño. Quería descargar parte de mi dolor, pero en lo más profundo tenía el convencimiento, de que podría recuperar una parte de mi alma si conseguía despejar lo suficiente el camino.

Me compré un gato para que que me hiciera compañía. Me enganché de nuevo a mi trabajo como freelance, escribiendo artículos para varios periódicos nacionales. Ahora, reflexiono sobre este período de mi vida, y me doy cuenta de que si no hubiese llegado a este punto,jamás hubiera estado preparado para los cambios que podían surgir.

Así fue, como me convertí de la noche a la mañana en un viudo de cuarenta y dos años, sin apenas darme cuenta.

La hija pródiga - Dulce María Loynaz

16 de enero de 2009


¿Qué me queda por dar, dada mi vida?
Si semilla, aventada a otro surco,
si linfa, derramada en todo suelo,
si llama, en todo tenebrario ardida.

¿Qué me queda por dar, dada mi muerte
también? En cada sueño, en cada día;
mi muerte vertical, mi sorda muerte
que nadie me la sabe todavía.

¡Que me queda por dar, si por dar doy
—y porque es cosa mía, y desde ahora
si Dios no me sujeta o no me corta
las manos torpes — mi resurrección...!

En busca del amor - Manuel Magallanes

15 de enero de 2009



"Hola, ¿qué tal?"
Tras leer su anuncio me apetece contestarle, y le contesto.
Quizá sea el hombre que busca. Fiel, libre, equilibrado, con un físico aceptable.
No me dedico al arte, pero me gusta.
Tengo una librería, me encanta la literatura.
Tengo que advertirle una cosa: no soy eso que llaman un extrovertido.
Si la gente me gusta, me retraigo por temor a caerles mal o a no parecerles interesante, y claro, no les parezco interesante.
¿Qué más puedo decir?
Dicen que hablo demasiado poco. Que no tengo suficientes amigos.
Siempre he soñado vivir con una mujer que amase, que respetase y que me gustase.
Pero me parece tan difícil como acertar la bonoloto.
Llevo una vida muy normal. Y poseo una buena memoria.
¡La verdad es que soy un poco torpe con las mujeres!
Quisiera tener una familia numerosa con muchos primos viniendo a mi casa de visita.
Aunque en esas familias los niños no son tan monos, los adultos no son tan interesantes, las tías son excéntricas, beben a escondidas y huelen a perfumes baratos.
Aún no me pueden admitir en un hogar del pensionista porque tengo cuarenta y dos años.
Estará pensando que o soy un genio o bien un sospechoso de asesinato.
¿Le puedo dar mi ficha policial, mi currículo?
El amor es como un río, debe estar siempre en movimiento. No dejes que llegue el invierno y que las aguas de ese río se congelen.
Me gustaría imaginar mi ciudad a oscuras, sería tan impresionante y bella como las pirámides, si pudiera contemplarla sólo bajo el brillo de las estrellas y la luna.
¿Cuánta gente muere a diario con el corazón vacío?
¿Por que no han encontrado a nadie que les ame?
A veces me gustaría que mi corazón estallara y dejara al descubierto todo el dolor que encierra.
¡Vaya! ¡Soy una auténtica caja de sorpresas!
¿Me situó en una escala de valores? ¿De qué valores?
¿Enumero mi patrimonio, citó a mi mejor amigo? ¿Qué claro es parcial?
Para aparentar seguridad, hay que tenerla.
Lástima, pues me siento capaz de amar y de asumir las consecuencias.
¿Hasta pronto? Carlos

Oda a la manzana - Pablo Neruda

14 de enero de 2009


A ti, manzana,
quiero
celebrarte
llenándome
con tu nombre
la boca,
comiéndote.

Siempre
eres nueva como nada
o nadie,
siempre
recién caída
del Paraíso:
plena
y pura
mejilla arrebolada
de la aurora!

Qué difíciles
son
comparados
contigo
los frutos de la tierra,
las celulares uvas,
los mangos
tenebrosos,
las huesudas
ciruelas, los higos
submarinos:
tú eres pomada pura,
pan fragante,
queso
de la vegetación.

Cuando mordemos
tu redonda inocencia
volvemos
por un instante
a ser
también recién creadas criaturas:
aún tenemos algo de manzana.

Yo quiero
una abundancia
total, la multiplicación
de tu familia,
quiero
una ciudad,
una república,
un río Mississippi
de manzanas,
y en sus orillas
quiero ver
a toda
la población
del mundo
unida, reunida,
en el acto más simple de la tierra:
mordiendo una manzana.

Trifecta - Ricardo Rubio

13 de enero de 2009


El gordo entró en la oficina, encendió un puro y evitó sentarse. Sus ojos repulsivos recorrieron los muebles grasosos, las cortinas sucias y el rayo de sol que entraba por las roturas de la ventana; luego, midió el talante del abandonado y resopló de fastidio. El buen pasar le llenaba el cinto y no recelaba el gasto para mantener mansa a su manceba. El obeso habló y dijo que a su nena la merodeaba un galán de fuste con experiencia de noche, ávido por engatusar señoritas de bien para la deliciosa entrega. El abandonado oyó el pedido como quien acepta un hado sin aura y sin resistencia. Después, se calzó el gabán, cargó la nueve y avanzó por la avenida. Según el obeso, esa noche pararían en el Parisién donde solían beberse los largos tragos del olvido, donde las musas encendían las mechas de la inspiración y de la fiebre, donde los hombres vanos festejaban su languidez. A las nueve, entró al vodevil y cruzó entre los trajes lustrosos hasta la última mesa. Desde allí pudo ver los disimulados escarceos de la manceba frente al farsante y los gestos de escarnio que dispensaba a los susurros del gordo. Dos horas después, cuando el alcohol sumía la realidad de los parroquianos en el sopor de la incertidumbre, el abandonado avanzó. Le llevó un minuto cruzar el salón, y en tres segundos disparó seis veces. Luego, desapareció como un sueño desabrido, fundiéndose a la sombra de la noche. El local se llenó de gritos, los gritos se colmaron de preguntas, y las preguntas y los gritos alcanzaron un teléfono, un número y la desesperación. Cuando llegaron los hombres de azul, desalojaron el local y trazaron con tiza el frondoso contorno del barrigón. Al otro día, la manceba traspuso la puerta de la oficina, dejó los quince grandes sobre el escritorio y salió sin saludar. El abandonado juntó los quince con los quince del galán y con los treinta del gordo. Otro año para entrarle al trago, rumiar sencillo y abandonarse.

Sublime - Milonga

11 de enero de 2009


Dios fue virtuoso en su creación
Creo la luz, creo el calor, creo la paz en mi corazón.
Luz que me iluminó al verte
calor que me inspiraste al conocerte
y paz que me trasmites cada vez que te recuerdo.

Es sublime, saber que existes!

Existes en cada amanecer
en cada atardecer, en cada luz que me ilumina.

Gracias daré a Dios todos los dias
por darme la alegria de conocer el amor a traves de ti
Aunque estes lejos y a veces como ausente.

Gracias Dios por darme la bendición de conocer,
lo sublime de sentir el amor.

Cinco poemas para abdicar - Blanca Andreu

9 de enero de 2009


Cinco poemas para abdicar,
para que sean un destello terrestre en mi tránsito
mientras el vaivén de mi cuerpo me dote de viejo sueño y tenga un altar adornado,
mientras mis ojos suspendan la aspersión del líquido más breve,
abandonen su aire lacustre y la ligereza de la lágrima cóncava en donde beben grullas
y otras zancudas con pie de bailarina,
mientras mis manos sean hangares en las salina negras para aviones de turbios vuelos,
mientras el súcubo murciélago diga en mi oído espuma y diga oscuridad
en las marineras negras.

Cinco poemas para la marcha en el paisaje de sábana de hilo,
un páramo es encaje antepasado,
iniciales bordadas hace ya tres mil días
y alguna mancha de amor.

Cinco poemas como cinco frutos cifrados
o como cinco velas para la travesía:
el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada del lago:
un resquicio de abril para Virginia, porque amó a las mujeres.

El segundo para mi amor:
sé bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus heridas,
sé bien que encima de mis heridas una cigüeña pone sus huevos.
Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han dormido
y ahora son alas, páginas, oleaje, seres verdes.

Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada y ocre,
rasgada de enemigos,
o una palabra emborrachada por el lacre.
Pero cuando me duerma
ya no te querré.

El tercero para la casa que cae y el álamo vihuela o jardín bello,
para el ángel que guarda a la lombriz,
para todo lo que es pueril o leve y que clava
submarinos anzuelos en los ojos adultos.
El tercero es para el corazón de la raíz
y para la cerrada tierra de los estambres,
para la lluvia seria de las siestas del norte,
mala como una institutriz.
Dile que no se meta en los salones
y los llene de gafas estrujadas.
Ay, dile que no espante los espejos de mirada niña.

Había tres balcones sangrantes,
había tres balcones como tres heridas incurables del muro,
había tres balcones y siete temblorosos escabeles.
Ay, dile que no asuste las palabras palomas,
que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de cuchillo.
Las palabras apátridas de mi tercer poema
que no me muerdan las mejillas
y las sonatas que yo no toqué nunca, que no cesen,
ni el pequeño cuaderno de Ana Magdalena.
Yo no dije: ¡silencio!,
y ahora el réquiem se teje con seres y desastres consanguíneos.
Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de mirada,
esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo epílogo,
y las magnolias catalejos,
y aquel sillar tan grande como el siglo más cíclope.
Yo no dije: ¡silencio!
pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra,
bebiendo fermentado líquido migratorio,
los ramos de las tórtolas de agosto y el eco de la casa que se cae.

Veo que no sobrevive el alma alta del muro,
la espuma voladora borracha de gaviotas,
el ángel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz,
ni ningún pájaro como lágrima póstuma y celeste,
ni la resina tañendo su ámbar triste,
ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.

El cuarto es para mi amor.
Amor mío,
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen encalada de mi muerte.
Y por eso voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrico
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.

Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el hule astral de abril.
Sé bien que galoparé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
y sin espuelas, y sin bridas,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de
tijera y abismo.

El quinto para mi caballo,
para cuando ya estemos sucediendo
como dos estaciones
o dos días iguales.

Mis noches - Alberto Hernández Güemes

8 de enero de 2009


Si, aquella maldita zorra potó en mitad del coche, tuvimos que cambiarlo. Era una putilla, tendría unos dieciséis, su falda era corta, su escote no enseñaba nada. ¿Qué coño hacía en la calle a las cuatro de la mañana?. Iría buscando pollas, desde luego. Sus amigas también estaban borrachas, debían de ser cinco, pero la dejaron tirada en la primera parada. Ella bajo para que le diera el aire, ellas siguieron su búsqueda.

Yo me gano la vida como puedo ¿entiendes? Nunca saco mi porra, solo acompaño al chófer. Llevo tres semanas en este curro, es deprimente. Los chavales buscan tetas, las chavalas pollas. Entran haciendo eses, salen haciendo eses, puta rutina. En la parada de la discoteca siempre hay alguien tirado en el suelo, alguien con los ojos demasiado rojos y todos borrachos.

La mayoría no saben por qué lo hacen, tampoco recordarán la primera vez que se pusieron su camiseta rosa y escucharon el tema del momento. No recordarán la cara de la primera persona que les ofreció coca, ni el primer amigo que acabó echando espuma por la boca o sangre por el costado. Eso no importa, nunca importa si lo hace todo el mundo, si es la moda o si estás obligado a hacerlo para pertenecer a esta puta sociedad.

El otro día se montaron dos chavalas al autobús, un grupillo de borrachos comenzó a piropearlas; demasiado borrachos, rimas puercas y caras bonitas. Las chavalas se acercaron, una de ellas se lió con el que más había gritado, algunos le cogían el culo a la otra. Seguramente al día siguiente irían contado que se ligaron a los tíos más cachas de la discoteca...

Mis noches son paradas, son insultos y vómitos. Es el aguantar a chulitos borrachos y a putas indecentes. Es oler a colonia de zorra y ron. Es rimel, son mechas y son camisetas apretadas y pantalones anchos y tangas rojos. Son zapatos de charol y tacones por el pasillo del bus.

Ceguera - Delmira Agustini

7 de enero de 2009


Me abismo en una rara ceguera luminosa
Un astro, casi un alma, me ha velado la Vida.
¿Se ha prendido en mí como brillante mariposa?

No sé…
Rara ceguera que me borras el mundo,
Estrella, casi alma, con que asciendo o me hundo:
¡Dame tu luz y vélame eternamente el mundo!

En su cárcel - Rosalía de Castro

6 de enero de 2009


En su cárcel de espinos y rosas
cantan y juegan mis pobres niños,
hermosos seres, desde la cuna
por la desgracia ya perseguidos.

En su cárcel se duermen soñando
cuán bello es el mundo cruel que no vieron,
cuán ancha la tierra, cuán hondos los mares,
cuán grande el espacio, qué breve su huerto.

Y le envidian las alas al pájaro
que traspone las cumbres y valles,
y le dicen: —¿Qué has visto allá lejos,
golondrina que cruzas los aires?

Y despiertan soñando, y dormidos
soñando se quedan
que ya son la nube flotante que pasa
o ya son el ave ligera que vuela
tan lejos, tan lejos del nido, cual ellos
de su cárcel ir lejos quisieran.

—¡Todos parten! —exclaman—. ¡Tan sólo,
tan sólo nosotros nos quedamos siempre!
¿Por qué quedar, madre, por qué no llevarnos
donde hay otro cielo, otro aire, otras gentes?

Yo, en tanto, bañados mis ojos, les miro
y guardo silencio, pensando: —En la tierra
¿adónde llevaros, mis pobres cautivos,
que no hayan de ataros las mismas cadenas?
Del hombre, enemigo del hombre, no puede
libraros, mis ángeles, la egida materna.

Prisa... - Yuli G.M.

5 de enero de 2009


Caminando rápido intentando llegar a correr
para escapar de algo lo cual aun no se q es...

Si quisiera lo que tu quieres habría tan pocas buenas mujeres y mi autoestima estaría muy alta, sin embargo mi dignidad muy baja y lo que tu encuentras placentero una mujer lo debería encontrar indignante...
¿Pero que podemos hacer si simplemente no hemos abierto los ojos al papel que desempeñamos en esta sociedad tan compleja que nos priva de las buenas cosas, de lo verdaderamente esencial en nuestro ser?.

Baa!!! ya es tarde y no llamas la preocupación de que me dejes me hace sentir lastima de mi
eso el sentirme inferior a alguien ya pesa, me pesa a mi, ¿pero cómo puedo objetarte algo si tu me lo anticipaste; que demonios tendría en la cabeza si te llamara y te suplicara q me poseyeras si ni siquiera me quieres y amas?...
Y me detengo y una nueva forma de pensar me invade y mi cerebro se paraliza, razona y concluye que no es necesario el amor simplemente el deseo y entonces...
¿Para qué tanto deseo, si al final no te va a llenar el corazón, el cuerpo y la carne de otro ser?.

Si de constantes hablamos yo podría ser irremediablemente la mejor en ese aspecto irreversible, irreparable es lo que siento no por ti, si no por mi. Los ojos me pesan mi único alivio es que tu deseo siga en pie y mañana llames o simplemente que mi fuerza no sea la suficiente para dejarte de lado y continuar puramente mi vida; ¡Y que vida digo! Si en el momento en que te vi lo único que por mi mente pasaba era decirme a mi misma que la vida es un pretexto para hacer cualquier cosa y que si de pretextos hablamos todos podríamos dar uno para no hacernos sentir mal.
¿Quién limita a quién, la luz a lo oscuro o este a ella?

●•٠·Unyuu--Yuls--Buuu๑♀ Quisiera dejar d pensar ♀๑ Pero no puedo dejar de sentir...♣♠

Feliz Año Nuevo - Almudena Grandes

4 de enero de 2009


Cosas que no deberían repetirse:

Los atentados terroristas con muertos. Los atentados terroristas con heridos. Los atentados terroristas con muertos, con heridos y hasta sin víctimas, de cualquier signo, credo o nacionalidad.

La violencia machista que mata. La violencia machista que convierte la vida en una tortura apenas preferible a la muerte. La violencia machista, y la que se ejerce sobre los niños.

La tragedia de los seres humanos que mueren ahogados, después de que las pateras en las que han intentado escapar de la pobreza naufraguen en el Estrecho. La tragedia de los seres humanos que mueren de hambre o de sed en las pateras que no naufragan al cruzar el Estrecho, y en las traseras de los camiones que los transportan clandestinamente por carretera. La tragedia de los seres humanos que mueren despacio, de hambre, de sed y de desesperación, mientras trabajan como esclavos bajo el control de mafias criminales.

Los accidentes de tráfico con muertos. Los accidentes de tráfico con heridos. Los accidentes laborales con muertos o con heridos. Todos los accidentes que se habrían podido evitar.

Los asesinos descerebrados que entran en un colegio o en una universidad con un arma y el deseo de no saber el nombre de las personas a quienes van a matar. Los adolescentes descerebrados que matan a ancianos e indigentes por curiosidad. Los matones y porteros nocturnos que matan a adolescentes por chulería, o movidos por algún otro impulso que no soy capaz de concebir. Los asesinos.

La pena de muerte. La tortura. La lapidación. Las mutilaciones. Las legislaciones que puedan llegar a amparar en cualquier país las ejecuciones sancionadas por un tribunal, la tortura aprobada por un tribunal, la lapidación o la mutilación sentenciada por un tribunal. Las instituciones religiosas y civiles que alientan o consienten el asesinato legal, con o sin tortura previa, de cualquier persona que haya cometido, o no, un delito. Y los presos de conciencia, con independencia de la sentencia que estén cumpliendo.

La directiva de retorno que ha aprobado la Unión Europea. Los campos de internamiento para inmigrantes ilegales. El racismo. La xenofobia utilizada como argumento político o factor de cohesión social. La insolidaridad entendida como sentido común. El egoísmo entendido como sentido común. La avaricia entendida como sentido común.

El tráfico de mujeres. La tolerancia social que ampara al tráfico de mujeres. El beneficio económico que genera el tráfico de mujeres. La impunidad de la que gozan quienes se enriquecen gracias al tráfico de mujeres. Y el turismo sexual, la tolerancia, las cifras económicas, la impunidad de la que gozan quienes practican el turismo sexual, con o sin menores de edad.

El tráfico de armas. La tolerancia social que ampara a las naciones occidentales que se enriquecen vendiendo armas a países subdesarrollados. Los pingües beneficios que las economías más potentes del mundo obtienen fomentando la guerra y la destrucción en los países más pobres del planeta. La absoluta impunidad de la que disfrutan quienes se forran con este negocio sin que llegue siquiera al conocimiento de la opinión pública de sus respectivos países.

La guerra. Las guerras. Las que se libran bajo el teórico paraguas del humanitarismo y la democratización de un pueblo que nunca le ha encargado a nadie la guerra que padece, y las que enfrentan a pequeños tiranos locales entre sí, o con los respectivos, pequeños opositores, que aspiran a desalojarlos del poder para ocupar su puesto y llegar a ser, al menos, tan tiranos como ellos. Las guerras que desuelan, que arrasan, que matan y despedazan cada vez más a la población civil, y menos a los ejércitos.

El hambre. La desesperación de los padres y las madres de medio mundo que no tienen nada que dar de comer a sus hijos. El hambre de los niños, y el hambre de los adultos, el hambre que mata a diario a una multitud de personas en África, y no sólo en África, mientras los habitantes de los países ricos se quejan de que la economía va mal, y de que este año han tenido que reducir la inversión en sus banquetes navideños.

El sida, que en Occidente es una enfermedad mortal que se puede combatir con prevención, pero al sur del Sáhara representa una epidemia de dimensiones apocalípticas, mortal como una peste medieval y capaz de despoblar regiones enteras. El sida del subdesarrollo, de la miseria, de la pobreza. Las muertes masivas de enfermos de sida y otras epidemias.

Y para los privilegiados como yo, que escribo este artículo, y como ustedes, que lo están leyendo, la crisis económica.

Ojalá 2009 sea un buen año, un año mejor que 2008. Para todos.


Fuente: El País

Versos Bandera - Susana Rodrigues Tuegols

Ilustración: http://www.pincelsuhr.blogspot.com/


Por esos balcones grises
de mi patria , enarbolada
aparece aún en nostalgias
una bandera…callada,
insisten en su memoria
los rumores de batallas
que agitan en un sombrío
remolino de rencores
nudos de besos tardíos
y ejercicios de fragores.

Bandera…cosecha inerte
Bandera…surcos sagrados
que atestiguan de la sangre
vertida de los soldados.

Versos que no son extensos
pero tiemblan los sentidos
agudos , desgarradores
como el gozo reprimido
por ajenos que amonestan
y no entienden los suspiros.

Soledad - Carolina Montilla

3 de enero de 2009


Momentos de tristeza invaden mi alma,
lágrimas que mi corazón llora
y sangre que de mi alma brota
con el dolor de la soledad
con el amargo sabor de ignorar que
todo todo el viento se lo llevará...

Se lo creía - Alberto Hernández Güemes

2 de enero de 2009


Por supuesto, no sé quién le dijo que era guapa. Ella se lo creía, creía que podía gustarme. Su pelo le caía sin gracia sobre sus hombros. Rubio, muy rubio, pero sin brillo. Sus ojos no querían hablar, apagados también como su pelo. Decía tonterías, no me divertía para nada; ella creía que lo hacía. Pasamos diez minutos en silencio. Me gustaría haber salido corriendo, era un caballero, esperé.

A la tercera cerveza empecé a ver todo más claro, ella se animó contándome algo sobre un novio que tuvo, ya solo bebía. No podía esperar nada interesante de ella, solo esperaba poder acabar en la cama de su padre, pero tenía que esperar. Ahora hablaba sobre el Canto del Loco, su grupo favorito. Amaba a la música, también le gustaba el “break beat”, según me contó. No le hacía ni caso, solo importaba la siguiente ronda.

Me contó algo sobre sus tiendas favoritas. Solo vestía de marca, y claro, odiaba a los que llevaban ropas falsas, era muy importante la etiqueta. Pensaba que ella era original, que ironía, toda ella había sido creada por revistas para adolescentes y series vomitivas de televisión. Su charla me mareaba; no paraba de hablar de una cosa y otra. La quinta cerveza estaba entre mis manos, ella empezó a mirarme preocupada.

“¿No me cuentas nada interesante?”. Estaba claro que el listón estaba por las nubes. No podía cagarla, era el momento clave, dos o tres frases bonitas, la cuenta, y a la cama de su padre. Todo se paró para mi, noté como la música me acompañaba; notas cálidas de piano. Le miré a los ojos, sus ojos tristes, sus ojos sin vida. Le quería decir lo bien que me lo estaba pasando con ella, lo que me gustaba su pelo y su olor. Le quería decir que ella era especial, que no encontraría a nadie como ella. Ella esperaba impaciente que se lo dijera al otro lado de la mesa.

“Creo que eres una niñata insoportable”. Me levanté y bebí de un sorbo lo que quedaba de la sexta cerveza. Salí de aquel bonito bar tambaleándome. Al salir, el frío invernal azotó mi cara, que estaba ardiendo. Siempre pasaba lo mismo, no tenía paciencia, de nuevo había fracasado. Imaginé a la rubia allí sentada, con los ojos abiertos sin saber que hacer, junto al vaso vacío. Borracho como estaba, solo me apetecía seguir bebiendo un rato largo.

Tras unos minutos arrastrándome, encontré un bar oscuro. La barra estaba sucia, me apoyé en ella. El camarero era un tipo simpático, moreno, su sonrisa iluminaba la barra de metal. Pedí ron, lo sirvió con exquisita eficacia. No recuerdo cuanto más bebí, ni puedo hablar de tiempo. Yo estaba allí sentado, bebiendo, descansando. Había sido torturado mentalmente. La próxima vez sería paciente, seria educado y acabaría en la cama de cualquier padre al precio que fuera.

La Eternidad - Fernando Sabido Sáchez

1 de enero de 2009


Suspendidas en la duración de Zeus, deslumbrantes
estatuas entonan panegíricos a los dioses del Olimpo.
Erectas, con los ojos saturados de belleza inacabada
semejan espíreas que gritan o susurran en función
de un viento despiadado.

Rebosa el tiempo y las excita un ansia de inmortalidad.
 

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