
Era yo muy niño todavía cuando mi padre al cual le gustaba mucho contarme relatos, me explicó mientras le observaba como tantas otras veces con ojos ojipláticos, que el abuelo tenía por costumbre el 24 de junio de cada año coincidente con el comienzo del solsticio de verano, ascender a la cima para él sagrada del monte que sobresalía por su altitud sobre todas las demás cimas que circundaban mi pueblo. Mi padre nunca supo el motivo exacto de porqué el abuelo consideraba a ese monte con un rictus especial y sagrado.
Este día tan especial era el día mas largo del año, el día de San Juan, y mi abuelo creía que la Naturaleza y sus deidades celebraban una fiesta y era el día apropiado para dar las gracias por las cosechas y pedir por la fecundidad de la tierra, así como por la fecundidad de los hombres. Era además el día donde se comenzaba el almacenaje de alimentos para pasar el otoño e invierno.
Tras escuchar el relato a mi padre, yo con mi inocencia de niño le dije como a modo de premonición futura que cuando tenga la edad suficiente yo haría lo mismo que el abuelo y todos los 24 de junio de cada año, día de San Juan y comienzo del solsticio de verano ascendería a ese monte que para el abuelo era sagrado como una forma de homenajearle y de recordarle.
Así fue, a la temprana edad de 14 años cogí una mochila donde introduje un mendrugo de pan, un embutido, una navaja que mi abuelo en su día me regalo y que yo guardaba como un tesoro divino y me acerque hasta el pie de la gran montaña sagrada dispuesto con muchos ánimos para iniciar mi primera aventura personal.
La montaña era una mole inmensa con muchos árboles que llegaban justo hasta el mismo casco de la cima. Comencé la dura y difícil ascensión por un camino pedregoso, zigzagueante entre curvas que recorrían incansables formaciones boscosas de robles y hayas, atravesando túneles vegetales, ya que en muchos tramos del camino las ramas de los árboles se extendían por encima del mismo dando lugar a un extraordinario vergel de ramificaciones y hojas que impedían ver la luz del cielo.
Era toda la subida hacia la cima de una belleza inenarrable, y empecé a notar que mi corazón palpitaba con celeridad debido a que la pendiente por la que caminaba no era como se dice vulgarmente "cosa chupada". Los olores y la belleza del enclave compensaban mi esfuerzo, la verdad que era imposible que me quedará impasible ante el regalo que resultaba para la vista el entorno en el que me hallaba.
Al cabo ya de un buen rato, mas o menos cuando llevaba ya recorrido tres cuartas partes del trayecto hacia la cima, divisé un manantial donde manaba agua abundante. Me acerqué al paso que mi cansado organismo me lo permitía, y una vez allí tras beber un buen trago de agua fresca, pude comprobar que el sitio tenía un aura especial, misterioso y enigmático; notaba sensaciones extrañas, trascendentales que me invadían.
El enclave disponía de una mesa y un banco de madera que circundaba toda la extensión de la misma, así como de un asador con leña seca tapada dentro de una entrada de la roca contigua al manantial; pero mis ojos de niño curioso de 14 años se dirigieron sorprendidos hacia un árbol imperial, enorme, que reinaba con su exuberancia sobre todos los demás que hasta ese momento habían sido compañeros de viaje en mi dificultosa ascensión camino de la cima. ¡!!Que árbol!!! exclame con gran admiración. No había visto nunca nada parecido, quede perplejo, obnubilado ante tanta grandiosidad y majestuosidad de masa arbórea.
Decidí entonces hacer un pequeño fuego e introduje un palo de madera atravesando un embutido (chorizo) que llevaba en la mochila y lo puse cerca del fuego para que se fuera asando. Una vez asado lo prepare en bocadillo y me senté sobre la mesa de madera allí ubicada y que hacía una bella sintonía con el entorno colocando los pies encima del banco y mientras degustaba el excelente manjar que me sabia a gloria celestial acompañado con un vaso metálico lleno de agua mineral que disponían en la fuente del manantial, me quede admirando el hermoso árbol que ante mis ojos se elevaba magnánimo hacia el cielo azul y desprendía una sensación de energía espiritual que cambió mi estado de ánimo logrando que yo contactara con el poder de la naturaleza, al mismo tiempo que escuchaba a los pájaros como cantaban revoloteando entre sus ramas. El inmenso árbol exhibía además un tronco de gran circunferencia y sus robustas ramas, y ramajes con sus hojas daban al lugar una sombra que se agradecía.
Observé detalladamente como el tronco del árbol tenía grabados multitud de corazones con sus respectivas flechas que los atravesaban y con los nombres de los que allí, sobre ese árbol, se prometieron y juraron amor eterno sellando sus promesas en la corteza del agradecido árbol. Mi sorpresa fue morrocotuda cuando vislumbre en la parte superior del tronco un hermoso corazón con dos nombres grabados que se correspondían con los apelativos de mis abuelos.
Me quede pensativo y meditabundo a mi corta edad de 14 años haciendo una reflexión al respecto y me prometí a mi mismo y al árbol que tenía enfrente admirándolo por su fortaleza y belleza, que cuando tenga novia yo también grabaría sobre la corteza del tronco un corazón con el nombre mío y de la chica que quisiera compartir conmigo mis días en esta vida terrenal, del mismo modo que lo hizo mi abuelo ya fallecido.
Esa promesa mía ante el árbol; los corazones grabados con el nombre de mis abuelos; los demás corazones registrados en la corteza; además de la majestuosidad y la belleza del árbol hicieron que yo le apodara como el Árbol Sagrado del Amor. Además jure ante él que nunca faltare a la cita, todos los 24 de junio de cada año allí me presentare y estaré cumpliendo mi promesa en el monte sagrado ante el árbol del amor, el día de San Juan al igual que mi abuelo así lo hizo durante toda su vida.
Estuve tanto tiempo absorto contemplándolo ensimismado, escuchando el trino de los pájaros que hacían del árbol su nido, que se me hizo tarde, por lo que decidí realizar el descenso sin haber llegado a la cima, bajé raudo y contento por la alegría de los descubrimientos realizados y deseando contárselo a mis padres. Mi padre al conocer lo que yo le narraba, se quedo pensativo y empezó a intuir y comprender las razones de porque el abuelo todos los años visitaba esa cima; yo, había encontrado la clave y la llave del secreto tan bien guardado por mi abuelo.
En los años siguientes fui cumpliendo mi promesa y seguí visitando el árbol del amor todos los 24 de junio, y allí me quedaba horas y horas, largo rato aturdido y pasmado ante tanta fortaleza arbórea, tras prepararme previamente el bocadillo de rigor, asado en un fuego que preparaba en el merendero. Como aún no tenía novia, no podía grabar un corazón, y le decía al árbol que lo sentía, que disculpara, pero que no encontraba a la mujer de mis sueños, mi princesa azul encantada.
El caso es que con veinte años cumplidos llego de nuevo el 24 de junio, y volví a visitar el árbol del amor, muy triste por estar un año más sin novia, y por tanto otro año que no grabaría un corazón en la corteza con la misma navaja que mi abuelo me regalo. Realice las mismas actividades, la verdad es que todos los años hacía lo mismo, pero este año ocurrió algo extraordinario, de repente oí un ruido minúsculo como de una rama rota por una pisada producida detrás mío que me despertó del aturdimiento que tenía en la contemplación del árbol y volviendo mi cabeza hacia atrás pude ver una chica de pelo rubio, con ojos azules color de mar, unos pómulos que le sobresalían, unos labios rojos grandes y carnosos y un exuberante cuerpo de mujer; tendría mi edad aproximadamente. La invite a compartir amablemente el bocadillo que yo degustaba y lo acepto con una bella sonrisa de complicidad, no hablaba, solamente asentía con la cabeza a los comentarios que la interpelaba amigablemente por mi parte; pero si me contesto hablando cuando la pregunte su nombre, AGERKARI, me dijo que se llamaba. Estuvimos allí un rato largo, la enseñe los corazones grabados en la corteza, el corazón grabado de mis abuelos, la hice ver la inmensidad del árbol, el bello entorno que nos rodeaba, el aura de misterio que envolvía el lugar etc...hasta que nos despedimos, ya que yo empecé el descenso y ella dijo que se quedaba allí, quise entenderla que esperando a otra persona.
Fueron pasando los días y no conseguía quitar de mi cabeza a la joven, era una dulce obsesión, me pasaba los días y las horas con su imagen en mi cabeza e incluso en ocasiones hasta el sueño perdía. Ese año subí muchas veces a visitar el árbol del amor pensando y deseando que a lo mejor me encontraba de nuevo con ELLA, pero esta vez no la dejaría marcharse sin quedar mas días para conocernos mejor. No hubo suerte, fui tantas veces al hermoso lugar de nuestro encuentro, tantas veces en el mismo año, pero ella nunca estaba, y mi obsesión por ella aumentaba al ser imposible de nuevo verla, necesitaba volver a reunirme, hablar, reírnos, compartir.....
Por fin llego de nuevo el 24 de junio y ese día me levante con una corazonada, pensé que si yo le había producido a AGERKARI el año anterior algún tipo de sentimiento especial de atracción como el que ella produjo en mí, seguro que iría a la cita no acordada, pero si intuida telepáticamente.
Realicé la ruta y llegue de nuevo otro año más hasta el lugar donde se ubicaba el árbol del amor, allí no había nadie y me quede nuevamente compungido y triste, y cuando fui a por mi mochila para marcharme del bello enclave, al levantar la cabeza apareció ELLA, esplendorosa, sonriente, con su belleza innata y esta vez si me habló, diciéndome !!hola ¿qué tal?!!, la conteste que bien, que la había echado mucho de menos, que pensaba en ella todos los días.... y empezamos a hablar largo tiempo. Quede sorprendido cuando ELLA me dijo que había sentido los mismos sentimientos durante este año transcurrido sin vernos y allí mismo delante del Árbol del Amor sellamos nuestro pacto de amor eterno grabando un corazón justo debajo del grabado por mi abuelo en su día con el nombre de AGERKARI y el mío y la fecha del mutuo encantamiento amoroso. Utilicé para sellar el corazón en el árbol del amor, la navaja que mi abuelo me regalo y que posiblemente él mismo la manipulo cuando grabo el corazón con el nombre suyo y el de mi abuela.
En el momento en que mi amor eterno le prometí a ELLA, ocurrió algo sobrenatural, extraordinario, espectacular, ya que todos los pájaros y aves del bosque como atendiendo al unísono una llamada misteriosa de algún ente sobrenatural se posaron en las ramas y follaje del árbol sagrado del amor acompañando al celebre acto con sus trinos e incluso unas aves que llevaban rosas en sus picos las dejaron a estas caer, y yo las recogí cuidadosamente e hice un ramo precioso que a Agerkari la regale en señal de amor. Incluso algunos animales terrestres del bosque como liebres, ciervos, y otros fueron testigos de tan espectacular ceremonia con beso incluido ante el árbol sagrado del amor.
Posteriormente todos los 24 de junio de cada año, como también lo hacía mi abuelo, acudía a visitar al Árbol Sagrado del Amor para cumplir la promesa que allí le realice en su día cuando tenía 14 años.
Este último año decidí invitar a mi hijo más pequeño tras cumplir los 14 años para que me acompañase, sin decirle el verdadero motivo de mi curiosa sugerencia para ascender el que para mí era ya un monte sagrado. Mi hijo muy contento acepto la proposición que le realice, ya que sabía que me hacía mucha ilusión y conocía que todos los 24 de junio iba yo a ese lugar al igual que mi abuelo lo hacía antiguamente. Una vez llegados al mágico enclave montañoso, junto al árbol conoció de primera mano el motivo y la razón del secreto de mi abuelo y mío, quedando alegremente sorprendido y maravillado del relato que le hice, así como del lugar y su entorno maravilloso, del manantial y sobretodo del árbol del amor y su belleza majestuosa que a modo de rey del bosque regia sobre todo ser viviente a su alrededor y donde anidaban y trinaban los pájaros que felices vivían en el lugar. Tras dejar que la sorpresa inicial de mi hijo se iría apagando y tras comer el bocadillo de chorizo casero que tan cuidadosamente asamos, le dije a mi hijo que el día que Dios decida que abandone este mundo, me incineren y mis cenizas sean esparcidas alrededor del tronco del árbol sagrado del amor. Así lo haré aita, no se preocupe, me contesto.
Posteriormente iniciamos el descenso de la montaña para regresar a casa y durante el camino mi hijo se dirigió a mí contándome que:
¿Sabes aita? Le he prometido al árbol sagrado del amor que el año próximo te acompañare, iré contigo, y además le he dicho que no dejaré ningún 24 de junio de visitarle. ¿Tu crees aita que yo algún día también dibujaré un corazón en el árbol del amor? ¿Encontrare un amor eterno aita? ¿Sellare un pacto con alguna chica junto al árbol? Yo no le respondí a ninguna de sus preguntas, le conteste con una sonrisa mirándole a los ojos, y mi hijo me respondió devolviéndome otra sonrisa de complicidad........porque sabia que el árbol sagrado del amor dispondría.........







2 comentarios:
Aupa Brujo... Excelente tu relato, tu como siempre soltando maravillas de tu mente y corazón.
Te felicito mi amigo.
Agurrak (Saludos)
Manuel M. Teles (cp)
A Manuel M. Teles (cp)mi amigo venezolano le envio un saludo desde E.H. y le deseo tanta suerte como arena tiene el mar. Felices Fiestas de Navidad.
El Brujo de Letziaga.
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