
Las manchas formaron figuras, las figuras formaron dibujos, los dibujos formaron bocetos, los bocetos formaron letras, las letras formaron palabras, las palabras formaron historias y las historias formaron una vida.
Vio sobre su cama la ropa nueva, adquirida con el sueldo de barrendero de su papá, falda y blusa, zapatos y medias, ropita interior, dos cuadernos y un lápiz, se sentía la niña más dichosa.
No había nadie con mayor fortuna que ella, iba a la escuela por primera vez, su mamá con cariño bordó su nombre en la ropa y escribió sus datos en la primera hoja de ambos cuadernos y todo estaba listo, su primer día de clases estaba a unas horas.
Sentía susto, cómo sería estar en la escuela, jugaría mucho y haría muchos amigos, su maestra sería muy buena y la querrá mucho, eso le dijo su madre, ella jamás mentía. Con el atardecer llegó la cena, con la cena llegó la noche, con la noche llegó el sueño y con el sueño el descanso a un día entero de preguntas, de emoción y de más preguntas, se imaginaba en un jardín lleno de flores, con muchos niños jugando con ella y una mujer vestida como una princesa que los cuidaba y reía con ellos. Su primer día de clase llegó pronto, vestida con su uniforme nuevo, iba por la acera de la mano de sus padres. Miraba a su alrededor buscando a la princesa de su sueño, pero no estaba, tal vez ya había llegado a la escuela y la esperaba adentro con todos los demás niños que jugaban con ella mientras dormía.
Al volver en sí después de sumergirse en sus propios pensamientos, se topó de frente con un enorme portón plateado, muchos niños llorosos y asustados entraban, pero no veía a ninguno volver a salir, entonces un sentimiento terrible la hizo temblar, el pensamiento se le llenó de arañas y empezó a llorar también.
“Mami no te vayas, repetía entre sollozos una y otra vez.”

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