
Tan rica, tan abigarrada es la realidad, que nuestra mente, a fuerza de querer
(necesitar) manejarla, se ha vuelto, sin apenas darse cuenta, clasificatoria. Todo lo encorseta,
todo lo encaja en esquemas canónicos, todo lo simplifica. Y lo que en principio es un
abundante flujo –el color, la belleza, la bondad, la sabiduría...– acaba por convertirse en una
figura deslavazada cuyas pedazos conforman generalmente, para mayor mal, parejas
dialécticas.
Y es que los elementos de la vida natural y social, próximos y en movimiento, se
friccionan como si fueran partículas mecánicas. La tensión, la chispa, el acaloramiento..., son,
por tanto, inevitables, como inevitable es también, a juzgar por la evidencia, que la mente corte
por lo sano y establezca contrastes binarios. En consecuencia, aunque las relaciones que
pueden establecerse entre los fenómenos son múltiples (inclusivas, complementarias, de
alianza, de influencia mutua…), las de oposición anidan en gran parte –si no en la totalidad– de
ellos. Y oponemos lo que simple y llanamente es distinto. De toda la gama de verdes, por
ejemplo, forzados por dicho proceder, vemos sobre todo el prototipo, y, además, lo
enfrentamos al rojo, también focal, discreto, cortado, estereotipado.
Así, rojo y verde llegan a ser, por obra y gracia de nuestra cultura, conceptos
contrarios: el primero, prohíbe; el segundo, permite. Y aunque hay que decir, en honor a la
verdad, que entre ambos colores existe, a niveles perceptivos, una relación de antagonismo –
no pueden ser percibidos simultáneamente (no hay rojos verdosos)–, desde luego ésta nada
tiene que ver con la cultural. Opuestos se tornan también los conceptos blanco y negro, azul y
rosa, perro y gato, profesor y alumno, homosexual y heterosexual, viejo y joven, hombre y
mujer.
Podría sumar y seguir cuanto quisiese. Porque, poco a poco, con suma sutileza, las
infinitas variables de la realidad –continuas, cambiantes, llenas de matices, vivas–, que integran
(en principio) conjuntos estructurados y armoniosos, pasan a formar parte de sistemas
oponentes, quedando así convertidas en mitades enfrentadas, lo cual es, además de erróneo,
verdaderamente grave. «Ser macho» y «ser hembra» –y es éste un sangrante ejemplo–, ni en
el seno del mito bíblico –Eva procede de una costilla de Adán– ni en el de la genética –el
humano básico es hembra, y es la presencia de un solo cromosoma Y lo que hace abortar el
plan Eva– son cosas opuestas. La relación entre sexos es una relación de complementariedad,
de influencia recíproca, o, si aceptamos lo anterior, inclusiva (según el Génesis el macho
englobaría a la hembra y según la biología contemporánea la hembra al macho), mas nunca
hostil. Pero es que, además, existen múltiples casos intermedios y ambiguos de hermafroditas
(cromosómicos, genéticos, hormonales, gonadales y anatómicos) que no son ni machos ni
hembras, casos que, o son silenciados, o forzados a encajar en una u otra de las dos únicas
casillas clasificatorias concebidas por nuestra cultura, o arrojados sin piedad a categorías
residuales (enfermos, casos atípicos, fenómenos de la naturaleza...). Y el dimorfismo se
mantiene también si pasamos del sexo al género: varón y mujer, sola y exclusivamente,
saturado de masculinidad el primero y de feminidad la segunda, puros ambos, heterosexuales
plenos, y homofóbicos hasta más no poder.
La derivación de pensar en términos duales (y hostiles) es peligrosísima. Al separar (y
oponer) lo inseparable, nos escindimos –(nos)otros– y enfrentamos las desarticuladas mitades
2
(«nos» y «otros»), que se baten cuerpo a cuerpo y sin tregua. Así, como hombres pugnamos
contra las mujeres, como heterosexuales contra los homosexuales, como blancos contra los
negros, como viejos contra los jóvenes, como cristianos contra los musulmanes; como
autóctonos contra los inmigrantes, como ricos contra los desposeídos, y como animales –como
lobos– contra la humanidad.
Mª Carmen Gil del Pino
Profesora Dpto Educación
Facultad Ciencias de la Educación
Universidad de Córdoba
Octubre/05

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada